Vivos o muertos, bajo tierra
¿Viviremos como topos, bajo tierra? ¿O en ciudades y playas techadas, donde el sol llegará a nosotros a través de enormes filtros de radiación solar? Eso puede ocurrir. No abundan los argumentos para levantar la bandera del optimismo. Tampoco para izar hoy mismo una bandera negra. El hombre -como siempre- puede hallar la manera de sobrevivir. Viajar por el planeta es recibir lecciones sobre esa capacidad humana. Si nos equivocamos de camino al volver de los géyseres del Tatio, y en lugar de tomar el camino que nos lleva a San Pedro de Atacama, tomamos el que conduce a Calama, pasaremos por impresionantes pueblos de cultura de oasis -Toconce, Ayquina-, donde cuesta entender cómo y por qué los hombres han escogido vivir allí, por siglos. Habitar en medio de la nada, en el más absurdo imperio de la soledad y el agua mínima.

En otros extremos la escena se repite. Cerca de La Meca, trotábamos un día persiguiendo camellos asilvestrados en medio del desierto absoluto de Arabia Saudita, y sin darnos cuenta llegamos a un campo de golf sobre las arenas pedregosas. Ahí estaba el ser humano otra vez haciendo una vida inexplicable. Otro día, en el desierto helado de Groenlandia, donde cerca del 90 por ciento es hielo, tan agresivo como los de la Antártica, fotografiamos niños esquimales disfrutando intensamente una pichanga de fútbol en un trocito no congelado del vecindario.
Sobre ambos extremos de la Ruta de la Seda, y en algunos fragmentos del camino, hemos encontrado lugares semejantes al Bazar Imperial, el Bazaar e-Bozog de la iraní Isfahán, donde no hay nada que no se pueda comprar en sus entrañas. En Isfahán, no en Teherán, se encuentra lo mejor de lo mejor, y es interesante experiencia conocer la belleza y la riqueza de lo que se vende. ¿Clautrofóbica? Sí, para muchos, pero no menos que los hormigueros humanos que hemos encontrado en las turcas Mazikoy, Kaymakli y Derinkuyu de Capadocia (ver reconstrucción gráfica histórica).
Si visitamos el moderno y muy frío Toronto podemos en estos días de invierno bajar a un enorme barrio subterráneo, climatizado, con 1.200 tiendas y servicios repartidos en 27 kilómetros. Es, según, Guiness, el complejo de compras más grande del mundo. Los malls que todos conocemos, se encuentran buena parte en superficie, pero podrían no estarlo, y el resultado sería más o menos el mismo. Semejan un útero, con vida pero sin vista al exterior. En algunos países no es el frío, sino el calor –el calor del sol o de las bombas–, el que hizo nacer ciudades subterráneas que hoy se visitan con el corazón galopando.

Nos damos cuenta que –aceleradamente– esta realidad ya se asoma en nuestro propio horizonte. Lo más recomendable es empezar a conocerla, salvo que el hombre, encuentre luego una solución menos drástica para enfrentar los efectos letales de la radiación solar. Puede llegar el día en que las alternativas serán vivir como topos o languidecer en la superficie con la piel enferma. El minuto de izar la bandera negra.