Vivamos la crisis como viajeros

Tal vez porque le duelen los hombres comunes, que según la visión más peyorativa “no hablan idiomas, sino dialectos; no profesan religiones, sino supersticiones; no hacen arte, sino artesanía; no practican cultura, sino folklore”, al periodista-escritor uruguayo Eduardo Galeano le cuesta sumarse al consumo sin control de los más afortunados. Como dijo en un texto inolvidable, a él le intriga que el hombre se deshaga de sus cosas sólo porque a alguien se le ocurre achicar el modelo de un artefacto o añadir una tecla. A su generación, que es la mía, milimétricamente, le cuesta botar lo que tiene. “¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los mocos en el bolsillo…”, ironiza Galeano, acordándose de los pañuelos de tela. No se resigna a cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses. Fuimos educados para cuidar lo que servía y aun lo que algún día podía volver a servir.
“Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra”, explica. Viene de un tiempo en el que las cosas se compraban para toda la vida. Es más. Se compraban también para que sirvieran luego a los hijos. Y resulta que en su no largo matrimonio, Galeano ha cambiado tres veces de refrigerador y ha tenido más cocinas que las que había en todo el barrio de su niñez. Algo de todo esto quizá sea revisado ahora que la economía mundial sufre una crisis profunda, y la gente le ha agarrado miedo al mañana. Como las guerras, los remezones económicos suelen llevar al hombre de vuelta a las cosas esenciales. De ese viraje quizá podamos esperar a mediano plazo una recuperación de valores que hemos venido haciendo desechables. Escuchemos a Galeano, para darles nueva sonoridad a sus reflexiones:
“Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos… Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va desechando, del pasado efímero. No lo voy a hacer. No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne”.
Agregaré, por mi cuenta, que cuando nos gana el placer del viaje, andamos como esponjas. Miramos todas las cornisas, nos llenan de curiosidad las ventanas y los seres que pasan a nuestro lado. No dejamos que ni un minuto del día se nos vaya entre los dedos, aunque cuidemos cada peso o no comamos lo que estamos acostumbrados. Pero estando en nuestra ciudad caminamos mirando el suelo, gastamos las horas en quejas evitables, repetimos nuestras rutinas hasta el bostezo. Si estamos con otros, no nos miramos a los ojos, miramos la TV. La juventud nos parece jodentú; molesta, antes que otra cosa. Quizá no es lo que deseamos, pero es lo que hacemos. Ahora, con la crisis revoloteando, deberíamos recuperar todos los días el espíritu del viaje, rastrear el Eduardo Galeano que puede estar sumergido dentro de nosotros. Mejorará nuestra vida.