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Todos somos de Kiribati – Luis Alberto Ganderats
Todos somos de Kiribati

Todos somos de Kiribati

Para el sábado 28 se anuncia que los habitantes de Santiago y otras ciudades apagarán sus luces durante una hora. A este gesto simbólico ha convocado la World Wild Life Found, preocupada por la vida en la Tierra, como consecuencia del cambio climático y el derroche de energía. A esta Hora del Planeta adhirió Chile sumándose a 400 ciudades, con 50 millones de personas de todos los continentes. Un acto simbólico destinado a sensibilizar a los líderes mundiales y a que la gente común tome medidas que permitan detener la alteración del clima universal.

Las amenazas ya no son retóricas ni lejanas. A principios de marzo supimos que en la cordillera de Maule desapareció la laguna El Blanquillo. El calentamiento global habría producido lluvias anormales, que rompieron un dique natural. Las aguas desaparecieron. Con ellas, la vegetación. Un daño insignificante al lado de lo anunciado por los mismos días respecto de la región amazónica. Unos 70 científicos analizaron 100 zonas diferentes de la selva luego de una sequía atribuida al calentamiento, y llegaron a la conclusión de que una sequía más intensa y extensa del Amazonas provocaría una auténtica catástrofe planetaria. Como consecuencia de la última sequía, la selva liberó millones de toneladas del tipo de gases que provocan el efecto invernadero, con un impacto superior a las emisiones anuales de toda Europa y Japón. Una sequía más generalizada revertiría la capacidad de la selva para absorber las emisiones de carbono, originando un ciclo devastador de calentamiento global. El impacto total –dice la BBC– fue equivalente a la emisión de cinco mil millones de toneladas de dióxido de carbono a la atmósfera. A un ritmo así, los niveles de dióxido de carbono se harían muy pronto intolerables.

No sólo nos amenaza la atmósfera. Ya hay a lo menos dos pequeños países del Pacífico  central que empiezan a buscar territorios ajenos dónde refugiarse por la elevación del nivel de las aguas. Son la República de Kiribati y el Reino de Tuvalú. Lo mismo podría ocurrirles en este siglo a los habitantes de miles de ciudades del mundo construidas a baja altura en las costas marítimas. Dos atolones de la República de Kiribati ya están bajo el agua y quedan 31 amenazados. Por eso, sus autoridades lanzaron una llamada en verano de 2008 solicitando a dos potencias de Oceanía que aceptaran a la población del archipiélago en sus territorios. La respuesta ha sido negativa en un caso, y tibiamente  solidaria en el otro, aunque afecta a cerca de 100 mil personas. 

Después de sufrir invasiones, colonizaciones y deportaciones masivas por parte de potencias como el Reino Unido, Japón y Estados Unidos, las islas de Kiribati, comienzan a transformarse en un símbolo de lo que puede ser un planeta entero sometido a las consecuencias del calentamiento global.

Todos los hombres somos de Kiribati.