Tahiti cargaaante
Si usted no puede gastar 200 mil escudos diarios, ni se asome por la Polinesia Francesa. Tampoco si sueña encontrar mujeres condescendientes…o muchos varones atléticos. Pero si quiere vivir a la que te criaste, parta mañana mismo. Tenga, eso sí, cuidado con el trago y la neurosis. ¡Ah! Y no olvide el insecticida.
Reportaje de malas pulgas, por LUIS ALBERTO GANDERATSLas palabras que de pronto escucho me suenan a música celestial. ¡Lo más hermoso escuchado en mucho tiempo!
–Puchas, ¿qué vamos a hacer un mes entero metidos en esta custión?
La custión es Papeete, capital de la Polinesia Francesa, paraíso del Pacífico. Los que hablan, dos jóvenes profesionales de Concepción, están sentados sobre la vereda, con los pies en la cuneta…
Llevan solo cuatro días en Tahití después de un año de economías y con otro año por delante lleno de deudas. “Para esto…”
Conmigo, ya son tres los chilenos sentados en la vereda con los pies en la cuneta.
Mi afinidad con esos penquistas no surge del gusto por volver a escuchar “chileno” luego de un viaje estrellándome contra el japonés y el chino (había encontrado chilenos en Taipei y Tokio). Estoy sentado en la vereda porque tengo el mismo problema que ellos. Pero menor, gracias a Dios. Sólo me quedan tres días para dejar, ¡por fin!, el país de las vahines, el tamuré y los mares de coral.
Los tres alguna vez habíamos soñado con conocer el mundo que sedujo a Gauguin en el siglo pasado y ahora a Marlon Brando, propietario del atolón coralífero de Tetiaroa, casado con tahitiana.
¿Qué ha ocurrido con mi sueño?
Mi encuentro con el “Tahití cargante” parte del mismo aeropuerto de Faaa, en Papeete.
Faaa parece bautizado con intención hiperbólica. Faaantástico, faaascinante, faaabuloso, exclaman las señoras faaascinadas.
¿CACHAI, GANSO?
¡Faaastidioso
No cabe otro adjetivo, pienso yo. He llegado al aeropuerto abrigado como para atravesar el Polo (partí de un Tokio con neblina de medianoche), y lo primero que siento al llegar a Faa son unas gotas torrenciales que me recorren el cuerpo. Lo segundo que siento es angustia: me quedan dólares para dos días y mi avión a Chile parte dentro de una semana… Y además tengo que cargar con los responsables de mi pobreza: tres maletas y un maletín llenos de cosas y sensaciones.
No hay buses de aeropuerto que lleven a la ciudad. Con otros pasajeros tomamos un taxi, “en medias”. El vehículo me deja caer bajo el sol frente a las oficinas de LAN en Papeete.
¡Hora de colación! No hay nadie. Nadie para orientarme.
Así comienzo, con la cara mojada asomando por entre las maletas, un largo peregrinaje a pie en busca de un hotel. Uno de esos hoteles que no aparecen en los afiches turísticos ni conocen los extranjeros de paso. Llego al Hotel Stuart, el primer edificio de cuatro pisos levantado en miles de kilómetros a la redonda.
“En este hotel vivió el pintor Henri Matisse en1931”.
Es el orgullo de la casa. Una inscripción sobre mármol lo proclama. No queda más que eso. El resto no se acerca siquiera a la más modesta pensión de Cartagena. Las sábanas, sospechosas; las baratas huyen cuando entro al baño (¿baño?); el lavatorio separado del dormitorio por una cortina, no tiene desagüe por cañería, sino por una canaleta que desemboca en otra canaleta exterior, y de ahí al patio- … Durante una semana nunca me hacen la cama; ni pasan una escoba.
–Imposible menos de doce dólares, monsieur.
¡Más de cuarenta mil escudos diarios, sin desayuno ni comida alguna! Al tercer día “la madame” -así llaman a la dueña- accede a bajar la tarifa a diez dólares por temor a que me cambie de “hotel”.
-Mercí, madame.
Ese mismo día encuentro a alguien que intenta hablar castellano. Una linda lolita de la agencia turística Tahiti Voyages, frente a la plaza de Papeete. Ha estado en Chile. Se da cuenta que apenas comprendo su castellano. Pone, entonces, cara de interrogación y me dice:
-¿Cachai?
(¡Cachai…! ¡Se pasó!)
-¿Qué me dijo?, señorita…
.. Esa tahitiana había vivido en un hogar de Providencia… Una de las veinte que pasó una temporada en Santiago durante 1974, gracias a un sistema de intercambio estudiantil.
Si me dice “¿cachai, ganso?” me vuelvo a Chile ese mismo día, nadando.
Por ella cacho que también se puede viajar a lo pobre hasta Moorea, isla distante menos de 20 kilómetros de Tahiti, una de las más faaascinantes de la Tierra, según muchos (así lo hago días más tarde).
LOS DEDOS EN LA NARIZ
Y me fui a recorrer el paraíso de los hombres, empezando por Papeete.
Unos 35 mil habitantes, construcciones sin ningún atractivo especial (me lo habían advertido: “Papeete no es Tahití ni menos toda la Polinesia Francesa”). Sólo unos ocho hoteles clase A, o de lujo, la mayoría en los suburbios de la capital, realmente provocan asombro por su belleza. Pero sobre todo por sus precios: 25 a 50 dólares diarios, sin comida. Aire acondicionado, cocoteros a granel, cabañas al estilo tahitiano, flores por todas partes, sábanas limpias, y al frente, un mar que a menudo no es azul, sino verde-turquesa. Pero adentro sólo turistas europeos y, sobre todo, aquellos tan conocidos que hablan inglés, llevan siempre la máquina fotográfica en bandolera y unos primorosos pantalones anchos a media pierna.
Mi huida termina en Quai Bir-Hakeim, avenida costanera de Papeete, donde días más tarde encontraría a los chilenos junto a la cuneta.
Una miradita por las tiendas… Me siento otra vez en Taiwán: sólo se ven rostros chinos. Más del 10 por ciento de los habitantes de Polinesia tienen rasgos orientales. Ir a comprar se dice “voy a los chinos”.
Una miradita por restaurantes y bares… Me siento en Francia o en cualquier fuente de soda de Valparaíso, cuando llegan al puerto naves extranjeras. Casi no hay tahitianos. ¡Ni tahitianas! Más de 90 por ciento de hombres, algunas muchachas con el traje típico (pareu ) y la flor de rigor (tiaré), prendida en el pelo.
-¡Aquí se ven casi solamente franceses!- le digo a una linda joven, mezcla de india y tahitiana, que atiende en un restaurante. Y la verdad es que me asombra ver tantos militares jóvenes, sin uniforme, pero luciendo un inconfundible corte de pelo. Llenan mesas, más melancólicos que alegres; casi todos sin mujeres.
La joven tahitiana del restaurante no abre la boca cuando le menciono a esos franceses. Mira con cierta picardía y se lleva los dedos a la nariz: ¡Apestan!
Claro. Están cansadas de los franceses. Ni por buenos ni por malos. Casi no ven ni tocan otra cosa. Existen varias bases militares, oficinas y cuarteles repletos de hombres que han llegado en la última década, principalmente por los ensayos nucleares. Tahití es colonia o territorio de ultramar de Francia desde hace 95 años.
No existe, al parecer, sentimiento anti francés, por razones políticas, ¡Nadie se preocupa de la política! Algunos pocos de trabajar. Ellos lo admiten: “Nosotros sabemos vivir. No vivimos para trabajar”.
Por eso la joven que se llevó los dedos a la nariz tal vez debió llevarlos al corazón. O a sus lindas caderas. (“Hechas a mano ”, me dijo un piloto de LAN en el viaje de regreso).
Curioso resulta el fenómeno. Uno espera ver a la mujer maorí en actitudes provocativas; o al menos coquetas. La abrumadora mayoría, sin embargo, ofrece una imagen exterior mucho más formal que las chilenas (aunque el amor libre se practica desde que se tiene recuerdo, y no disminuirá porque responde a una filosofía o moral arraigada). Pero exteriormente -al menos en las calles- llama la atención por su formalidad. ¡Hasta las prostitutas pasean indiferentes con una dignidad casi imperial!
TAHITIANAS Y TAHITIANOS
Por lo demás, y hay que decirlo de una vez, la tahitiana no es una mujer bonita. Tosca de facciones; enormes pies -desde niña anda descalza, aunque descienda de la reina Pomaré-; normalmente tampoco actúa con la delicadeza femenina a que nos hemos habituado los chilenos: desconoce la sofisticación. Pero el cuerpo de la tahitiana es otro cantar: esbelta, piernas hermosas, color… color de tahitiana. Su traje tradicional, el pareu, lo usan todas… toda el día. ¡Incluso a veces para dormir!, según cuentan…
Todo lo hermoso, sin embargo, sucumbe pasados los 30 años.
Sin asomo de galantería alguien las comparó a los burros, que sólo son lindos cuando nuevos. Como trabaja poco, come mucho y jamás hace ejercicios, la mujer madura casi siempre engorda hasta perder por completo la gracia de sus años juveniles. No pierde, en cambio, jamás la cadencia al caminar. ¡Hay que ver eso cuando pesan 100 kilos!
Otro defecto que asoma alrededor de los 30 años yo lo descubrí violentamente en una sonrisa cuando buscaba un hotel. Una atractiva señora me dio la dirección y al despedirse sonrió con gentileza. Nunca la podré olvidar. ¡Casi no tenía dientes!
Alguien me explica:
-El agua es muy pobre en minerales. Casi todos sufrimos de la dentadura. Algunos se mandan a hacer prótesis, pero después no las usan. Aquí se vive en forma natural.
No todas las vahines (mujeres) de Tahití caben naturalmente en este cuadro desbordado y desdentado. Sobre todo abundan mujeres hermosas de origen mestizo: mezcla de maorí con francés (¡ou la lá), o con emigrantes de India y China.
Un chileno llegado a fines del siglo XIX a Papeete es responsable directo de que los varones tahitianos -especialmente los adultos- revienten en carne y barriga, transformándose a menudo en seres casi grotescos. Con esa pinta y con ese talle usan casi siempre una flor en la oreja…El chileno de quien hablo es el fundador de la familia Martín, la más rica de Polinesia, que produce la electricidad para todo Tahití y la cerveza Hinano. De esta “biere de Tahití” los varones beben 10 y hasta 20 botellas al día. Como, además, tienen costumbres sedentarias, trabajan lo menos posible y a ninguno se lo “comen los nervios”; desde los 20 años el tahitiano crece más hacia los lados que hacia arriba.
COMBATE EN El DORMITORIO
Todo aquello no salta a los ojos en pocas horas. Surge con el transcurso de los días. Lo del clima, en cambio, no precisa más que unas horas. Más bien una sola noche. Sobre todo una noche pasada en hotel para marineros, sin aire acondicionado, sin rejillas para los zancudos y zancudos que atacan en verdaderos escuadrones apenas se enciende la luz.
¡Duelen hasta los dientes!
Los ¡zancudos -mosquitos es el nombre inocente que reciben- y el calor y la humedad que no ceden, convierten la noche tahitiana en una pesadilla. Durmiendo, acosado por los “mosquitos”, el extraño aprieta los dientes en quizá que combates oníricos. Al otro día se tiene la sensación de haberle aguantado quince rounds a Mohamed Alí. ¡El cuerpo molido, los dientes sueltos de tanto apretar!
Se aprende la lección.
Combatir a los zancudos es la consigna de la noche siguiente. Pero, ¿qué hacer? No hay ventanas. Si abro la puerta, entra el enemigo. Si no la abro, muero asfixiado. Si abro la puerta, me roban hasta el alma. Si no la abro… ¡Que me roben todo!
Todo, menos el pasaporte y la máquina fotográfica.
(¿Ha probado Ud. usar una máquina fotográfica en vez de guatero?)
No me robaron nada.
El tahitiano es uno de los pueblos más honrados del mundo. Hay muchas razones, pero una evidente: ¿para dónde huir? ¿cómo huir? Y existe otra razón fundamental: el tahitiano no emigra. Vive feliz solamente en su tierra, donde a nadie le falta qué comer y se trabaja poco. Carece de sentido para él arriesgar todo por algo que vale menos que su felicidad.
No roban, es cierto, pero -lo que es peor- cantan. Cantan, cantan y cantan… ¡Lindo! a las 2 del día; lindo a las 6 de la tarde; fascinante todavía a las 10 de la noche; tolerable a la 1 de la madrugada, pero si a las 3 de la mañana siguen cantando uno se da vueltas en la cama con ojos de búho e instintos de hiena
Mi cuarto del “hotel” está en el cuarto piso. En el primero funciona el bar Bairoa. Ahí cantan y bailan borrachos desde “la madame” hasta el aseador, que ya anda por los setenta. No pudiendo dormir, varias noches me levanto a escuchar a los alegres cantantes y músicos.
¡Ya se cansarán!
Se cansan cuando en el horizonte alcanzo ya a divisar la isla Moorea, y por la calle muchachos de aspecto equivoco -algunos vestidos de mujer- regresan a sus casas, tambaleándose. Las vahínes, ajadas pero alegres -“que importa el trabajo si anoche lo pasé bien”-, desaparecen junto con la madame y las luces del alumbrado.
Entonces me voy a dormir.
DEMASIADO HERMOSO
Tres horas más tarde debo estar en el puerto para viajar a Moorea.
Moorea, Faaa, Papeete, Tamaaraa, Taarroa. Taa, Punaauia, Faaruumai, Te Anuanua de Pueu, Haapiti, Ua Huka, Opunohu, Tetiaroa Paeao… El aluvión de vocales hace pensar que la lengua maorí fue inventada para hablar con poco esfuerzo; apenas si se usan la lengua y los labios. También la vida en Moorea parece hecha con vocales, sin esfuerzo. Y el turista queda con la boca abierta, como si dijera Faaa o Taarroa; no resulta necesario describir la belleza de Moorea, como la de ninguna de las islas de los Mares del Sur. Se han usado ya todos los adjetivos.
Pero ¿por qué los occidentales que intentan radicarse en estas islas paradisíacas terminan huyendo o convertidos en harapos humanos, borrachos y neuróticos? ¿Por qué?
Eugenio Burdick, escritor norteamericano que pasa la mitad del año en Moorea y es uno de los habitues del hermoso hotel Bali Hai, nos da una explicación:
–El mar, los arrecifes, las flores, todo resulta maravilloso cuando se contemplan por primera vez. Dos semanas más tarde aún es hermoso, pero hay ya una vaga sensación de saciedad. Al cabo de dos meses se tornan casi nauseabundos, salvo que uno se acostumbre a no mirar los paisajes. Los que no se han ido borrachos o amargados y siguen en Moorea, aprenden a ver con cautela, en dosis. Desarrollan una coraza autoprotectora. Parece que los hombres de países industriales hemos adquirido, ¡para bien o para mal! un metabolismo de trabajo muy intenso. Nos enferma el ocio. Por otra parte, un lugar puede ser “demasiado” hermoso, que empalague, como tantas cosas que nos gustan, irrita. No todos caen en el alcoholismo. Algunos arrancan a Papeete y se vuelven sibaritas. Seducen a las muchachas maoríes y terminan disgustados con ellos mismos. ¡Es casi una maldición!
En occidente pensamos que Polinesia está cubierta por una “niebla erótica”, y algo dice el hecho de que el primer nombre puesto aquí por los blancos a un accidente geográfico fue el de Punta Venus. Pero lo sexual no es lo que define a los maoríes. No es eso. Es su estilo de vida. Incomprensible para nosotros, inevitable para ellos
No hay para ellos mejor mundo que Tahití. Otros mundos ni siquiera les interesan. Nadie tiene prisa. Nadie vale por lo que tiene. Nadie vale por la forma en que viste. Nadie vale, siquiera, por lo que sabe. No existen las conversaciones a la manera nuestra. Nadie arregla el mundo. “Que lo arreglen otros”. Otros fabrican para que ellos importen; otros venden para que ellos compren. Sólo en los últimos años -por el boom de las pruebas nucleares- ha habido trabajo para todos y lo mucho que ganan se les va de entre las manos.
–No hay para ellos, ayer ni mañana. Su defecto es la falta de responsabilidad en el trabajo. Su cualidad de contrapeso: no hay mejores amigos ni familias más solidarias – me dice Cecilia Froigiere Tumahai, nieta de un cacique tahitiano, esposa de un ex militar chileno.
CAMION CON SORPRESAS
Nada sorprende más en Papeete que la parsimonia. Esta se refleja sobre todo en el único medio de movilización colectiva que existe: el truck . El truck (camión) lleva atrás sólo dos largos asientos laterales, un techo de madera y ventanas de mica, siempre abiertas, aunque llueva (y llueve como en el diluvio cuando menos se piensa).Toda la isla es cubierta por los trucks, pero los recorridos se cambian de acuerdo con las necesidad de los pasajeros. Me subo el primer día a uno de ellos. De pronto se estaciona frente a un pequeño supermercado. Baja tranquilamente uno de los pasajeros y diez minutos más tarde regresa cargado de paquetes. El ayudante del chofer corre a ayudarle. Prosigue el viaje. Un kilómetro más allá el camión se desvía de la ruta principal, internándose por un camino pedregoso. Se baja el chofer. Entra a una casa.¡¡Su casa!! Hace cariño a un niño, se pierde por una puerta y al rato asoma tomándose una cerveza… Vuelve adentro a dejar el envase. Con el pelo mojado y frotándose las manos monta en el truck… Prosigue el viaje. La gente conversa entusiasmada. Otro kilómetro más, y vuelve a perderse en un camino vecinal.
“Llegamos a su casa, abuela”
De nuevo al camino principal.
Así siempre. No hay prisa. Un día decido hacer la prueba.
-Podríamos pasar al hotel Stuart. ¡Cinco minutos de espera nada más!
-Oui, monsieur.
Por lo menos ocho cuadras se desvió el truck de su ruta y todos sonreían.
Igual que en Chile…
Otras cosas tampoco son igual que en Chile. En épocas de crisis los tahitianos saben apretarse el cinturón. James Michener (Retorno al Paraíso) asegura que en vísperas de una Navidad los adultos se dieron cuenta que no podrían hacer regalos a los niños. Las cosechas habían sido malas. Para salir del paso se envió a todas las escuelas una carta circular:
“Tenemos el sentimiento de comunicar que Papá Noel acaba de morir”.
Así (de a poco) voy reconciliándome con Tahití. Pero cuando cada noche regreso al hotel quisiera estar en Chile. O al menos ser una “bestia de mar”-extraño ser pescado por los buzos de Moorea- que no tiene vista, oído ni olfato. Tampoco le importan los “mosquitos”.
Volveré cuando me gane la lotería. No estoy dispuesto a pasar otra semana en Tahití comiendo ricas piñas al desayuno, piñas más o menos al almuerzo y piñas abominables a la comida.
¡Me cargan las piñas!
Menos mal que en Chile son caras. En Tahití son el pan del pobre.
Chilenos en la polinesia
–Nadie conocía la existencia de Chile en Tahití cuando yo era estudiante. En mi casa sabíamos algo de Valparaíso por tener una tía viviendo allí, pero Valparaíso era una cosa y Chile otra. Sólo en enero de 1968, cuando llegó el primer LAN, comenzó a hablarse un poco más de Chile. No mucho, tampoco, porque el tahitiano es malo para estudiar y sólo le interesa vivir y gozar.
Rubia, aunque su abuelo fue cacique en Tahití y su abuela dama de compañía de la última reina Pomaré, Cecilia Frogiere Tumahai (hija de un alto funcionario francés), se siente polinésica hasta los huesos. Vive en Santiago hace casi tres décadas, envuelta siempre por la nostalgia. Su esposo, Roger Divin Bardy, oficial en retiro del Ejército chileno (hijo de franceses), desde hace 14 años es funcionario de la Embajada de Francia en Santiago.
MILITARES CHILENOS
Divin tiene un récord difícil de igualar: durante la segunda guerra mundial dejó el Ejército para enrolarse como voluntario para luchar por Francia. Fue el capitán que comandó toda la artillería de la Polinesia Francesa y Director de Obras Públicas de Tahití. Allí casó con su actual esposa.
Otro chileno notable casado con tahitiana fue Pedro Eyzaguirre del Carril (madre argentina, de gran fortuna). Su primera esposa, la princesa de Wagram, desciende del gran mariscal Bertier, hombre de confianza de Napoleón. Luego de divorciarse, Eyzaguirre casó con una sueco-tahitiana. Vive actualmente en Marbella, España.
Fuera de la familia Martín -mencionada en el reportaje principal-, otros chilenos viven en Tahití: una larga familia Chávez, y un maestro chasquilla llamado Pedro Rojas, que tuvo algunos líos en Chile siendo muy joven, y ahora apenas recuerda el castellano: su idioma es el maorí y sus hijos también lo son.
Sin duda el chileno más importante para los tahitianos es el general Roberto Parragué Singer. Advierte Cecilia Frogiere:
–Para los tahitianos ya no es un hombre. Es casi un mito.
Hace una década, Parragué llevó el primer Correo Aéreo Nacional a la polinesia, abriendo para Chile la ruta aérea del Pacífico.
Muchos otros llegaron a Polinesia en el pasado. Aún en los muelles de Papeete quedan restos de cañones que pertenecieron al Araucano, velero desprendido de la escuadra de Cochrane para dedicarse al corso. Capturado, terminó sus días en Tahití.
REY CHILENO DE FANGA-INA…
Ningún episodio más pintoresco se ha conocido en esta materia, que el viaje de Juan Francisco Doursther -abuelo del canciller chileno Juan E. Tocornal-, al atolón coralífero de Harpa, hace 144 años. La goleta se llamaba Pomaré, nombre de la dinastía tahitiana que reinó hasta 1880. Al llegar a Papeete debió cambiarle el nombre: los naturales esta- ban indignados. Por la falta de respeto con su reina Pomaré.
Continuó viaje al archipiélago Tuamotu, y a poco de desembarcar en Harpa, Doursther y el resto de la tripulación fueron apresados por los maoríes. Más de un mes estuvieron prisioneros. Los primeros días atados a un tronco de cocotero, víctimas de los ratones, lagartos, zancudos y hormigas. Salvaron por milagro.
Doursther no escarmentó. Poco después instalaba en Papeete una sucursal de su empresa de comercio porteña.
Otros, al parecer, han tenido mejor suerte, Julio Lira Vergara, de aventuras en Tahití, escribió una crónica hace cerca de 30 años, en la cual menciona a un chileno no identificado que sería rey de un remoto atolón polinésico llamado Fangaina.
Si no es verdad, al menos es envidiable.
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