Suiza
Rally por la huella de Adán
Periodistas de cinco continentes invitados por una línea aérea suiza compitieron en el primer rally-tour para redactores de viajes, realizado a través de los Alpes, Jura y los Grandes Lagos. Revista del Domingo estuvo en la relajada aventura, formando equipo con publicaciones brasileñas y argentinas. Sobrevolamos el lugar donde Adán debió tener su balcón para no llorar el Paraíso.
Atragantado me siento con este hallazgo. Lo que muchos chilenos han venido soñando por generaciones, esa transacción definitiva para el éxito, la he hallado aquí, emocionado. No me atrevo a comunicar el descubrimiento a mis compañeros, todos periodistas viajeros, que vigilan con un ojo mientras el otro reposa.
Por ahora, ¡a ocultar el regocijo! Y si alguien me descubre más sonriente y esponjado que ayer, no diré mi motivo.
Motivos para estar contento ahora me sobran, y hay uno principal. Por primera vez una línea aérea organiza un viaje experimental, un rally-tour, como le ha llamado. Pretende que la Suiza sea vista de otro modo, compitiendo, y desde lugares inusitados. Y tenemos la suerte de que Revista del Domingo fuera seleccionada junto a otras tres publicaciones latinoamericanas: la revista Manchete, de Río de Janeiro, y Clarín y Tiempo Argentino de Buenos Aires.
Los cuatro formamos el “equipo latinoamericano”, que lleva el número uno entre ocho. Los demás equipos representan a Australia/Indonesia, Gran Bretaña/Hong-Kong y Singapur, Estados Unidos/Canadá, Kenia/Japón, y al mundo árabe (Al Ahram, de El Cairo; Arab News, de Arabia Saudita, y Kuwait Times).
Cada equipo se moviliza y compite en un Ford Sierra-L, automático. Luego de casi dos semanas de paseo y competencia, habrá puntajes y aplausos, vencedores y vencidos.
Todos contentos, eso sí, (vencedores y vencidos), pues la competencia se hará durante un recorrido por los lugares más hermosos de Suiza, en sus tres grandes zonas naturales: los Alpes, la cordillera de Jura y la meseta, donde se encuentran los grandes lagos y ciudades.
JURA ENTRE CEJA Y CEJA
En esta atmósfera, nadie podrá sospechar que mi alegría es más dulce que las otras desde que hice ese hallazgo, que por ahora lo prefiero inconfesado.
Como los organizadores no adelantan nada sobre el carácter de las competencias en que participaremos, con nosotros, también viaja el misterio. Sabemos que mañana se saldrá desde Zurich y que se han fijado rutas distintas para cada equipo. Al final del día, todos coincidiremos en una pequeña ciudad de la cordillera del Jura llamada Saignelégier. El recorrido será lento para que podamos disfrutar y observar con detenimiento. Al culminar el día deberemos responder un brevísimo y preciso cuestionario sobre el área recorrida.
Entre ceja y ceja se nos ha metido la cordillera del Jura. Pensamos que por ahí cruzará el interés de los interrogadores.
Y hay razones para creerlo.
En el Jura, rústicos campesinos dieron vida a la relojería suiza, trabajando en talleres durante las larguísimas temporadas de nieve, frío y esterilidad. Jura produjo también en las últimas décadas el principal remezón político de esta Suiza asísmica: sus habitantes exigieron con toda energía que su región formara un nuevo cantón, separándose de Berna. Ellos son católicos y hablan francés; los de Berna, protestantes y hablan alemán. Todo se solucionó a la manera suiza, con infinita parsimonia, mediante votaciones y plebiscitos, y desde 1979 existe la República y Cantón de Jura, el vigésimo tercer estado confederado de Suiza.
Por tamaño, Suiza y Coquimbo son casi iguales, y ambos tienen una geología que corcovea casi sin pausa.
En lo demás, Suiza rechaza cualquier comparación con otras regiones o naciones del planeta.
UN JAPONES ENTERADO
Uno tras otro, en diez vehículos que llevan y el número de cada equipo, hemos ido saliendo desde el Hotel Internacional de Zurich, La gente observa con discreta curiosidad a esta fauna periodística de tan diversos rasgos, cargados como perchas de bolsos y cámaras fotográficas.
Cada equipo ha investigado en las últimas horas el área que recorrerá hoy. La línea aérea entrega mapas, folletos, libros, guías. Por ellos nos enteramos de que Suiza es la cuna universal del turismo como industria moderna. Grupos de escaladores ingleses organizaron clubes alpinos para recorrer y trepar este país de montañas. Y de esa iniciativa de los isleños en este país mediterráneo surgió el turismo en el siglo 19, una de las más potentes actividades de la economía universal, activo agente pacificador.
No es raro, entonces, que sea aquí -donde estemos iniciando este primer rally- tour para “overseas travel writers”, O sea “escritores de viajes de ultramar”, como nos han clasificado. Hay ambiente de alegría y las sonrisas de las periodistas orientales resaltan como un pino en el desierto. Ellas aprendieron a sonreír de ese modo mil años antes de Cristo, y ocultan la fórmula.
Los colegas japoneses, por su parte, trabajan sin pausa, como siempre. Ya saben de memoria la historia y puntos de interés de las ciudades que visitaremos en la primera etapa, cuyos nombres resultan extraños aun para los occidentales: Aarau, Wildeg, Lenzburg, Olten, Solothurn, Grenchen, Tavannes, Tramelan, Baden…
Yoshio Morita, editor de Jitsugyo No Nihon Sha, de Tokio, sabe tanto de Suiza como de Ginza, el alegre barrio de Tokio donde él trabaja. Lo que más le asombra -me ha dicho- es la práctica de la democracia directa (brazo o paraguas levantado en la plaza pública), que subsiste en cuatro cantones alpinos.
Morita ha visto cómo los hombres se juntan un domingo por la mañana en esos cantones –Appenzell, Glarus, Obwalden o Nidwalden–, para resolver personalmente sobre asuntos que interesen a la comunidad. Si se trata de construir un puente, cambiar el mercado o subir los derechos municipales, todos pueden opinar, con derecho a no ser interrumpidos, hasta que les dé puntada. Al final se vota, y la decisión es irrevocable hasta que transcurra un plazo prudente.
Con deliberada ambigüedad sonríe Yoshio Morita cuando le recuerdo que a veces esta democracia ejemplar no alcanza a la mujer. Por ahí queda alguna comunidad suiza en que los varones se niegan a conceder derecho a voto a sus hijas, a sus esposas, a sus madres (sólo en materias cantonales). Y el argumento que el hombre da y repite lo acatan sus mujeres: “Ellas cocinan el día domingo a la hora de las votaciones”.
Ninguna mujer suiza votaba hasta hace poco, 1971, en las decisivas elecciones federales. Y sólo tres años atrás consiguieron absoluta igualdad ante la ley. Sin rubor, la digna democracia suiza soportó por siglos todas las críticas hechas en esa dirección. “Para qué cambiar, si el país ha caminado bien sin voto femenino”, era el resistente argumento de los varones. Y parece que éste algo de razón llevaba, pues han pasado trece años de voto femenino y los conservadores podrían repetir lo que dijo un observador francés:
“Sería necesaria mucha galantería para decir que el voto femenino ha mejorado las instituciones”.
Pero nobleza obliga: tampoco las ha desmejorado, y su democracia luce hoy impecable.
¿YA VIVISTE HOY?
En cada rincón de nuestra ruta hay algo digno de ser recordado o aprendido. Junto al Limmat, por ejemplo, disfrutamos de la ciudad de Baden. Sus casas lucen con dignidad el año de construcción: 1583, 1630, 1596. De pronto descubro una fecha que parece producto de una dislexia: 1978. Es una casa de piedra que no sobresale del conjunto, que luce pinturas en el frontis como las más antiguas, y sólo reparamos en su juventud por la fecha que no oculta. Así se conserva la armonía del área más antigua de Baden. Es un índice de cultura. Y si alguien piensa de otro modo, admitirá que al menos revela sensatez. El turismo es la tercera fuente de entrada de divisas en la nación helvética (primero las maquinarias y los productos químicos), y no puede dañar su patrimonio arquitectónico. Sería objeto de ejemplar sanción la autoridad que permitiera construir allí un edificio de cristal gigantesco, invasivo, como ha ocurrido en la vieja Plaza de Armas de Santiago.
Y esa sensatez explica no sólo la armonía urbana. También explica la historia y la realidad diaria de Suiza.
Es una hipótesis personal, y se la digo a Helio Carneiro, de la revista Manchete, que viene de la ciudad del carnaval y vive frente a las playas de Ipanema.
Reflexiona un minuto y explota en una sentencia:
–A Suiza le falta un poco de locura. No es barroca.
¡Le pide peras al olmo! Pero si ésta es “la sensatez hecha país”. Lo cual salta a la vista cuando llegamos a la milenaria Solothurn, donde reparo en dos expresiones que me llevan de vuelta al tema de la sensatez. Sobre muros enfrentados, alguien ha escrito su protesta. En un muro pregunta:
“¿Ya viviste hoy?” Al otro lado, responde:“Chit”. “Quédate callado”, quiere decir. En alemán tiene un significado adicional: “¡cuidado!”, y en vez de chit se escribe pstt. La pregunta “¿ya viviste hoy?” es una queja de los jóvenes que se sublevan contra el sistema. Juzgan que los suizos son previsores en exceso, que sacrifican el hoy pensando en el mañana. Y el pstt intenta prevenir, irónicamente: si quieres vivir tranquilo en Suiza, vale la pena que guardes silencio; acepta que la mayoría manda.
Otro joven anónimo, en el corazón de la vieja capital, pregunta en una muralla: “Woist die liebe?”(¿dónde está el amor?).
Así protestan los suizos, y muy rara vez lo hacen. Las huelgas prácticamente se desconocen y los sindicatos son cosa rara.
Existe holgura en casi todos los hogares, y hay mecanismos eficientes para que las partes en conflicto se pongan de acuerdo: árbitros, representantes de los trabajadores, transparencia de los datos económicos, y reuniones sucesivas que casi siempre concluyen con una solución sensata. Los trabajadores no piden más aumentos de los que aseguren el progreso de la empresa, y los empresarios no niegan aumentos que la empresa se halle en condiciones de otorgar sin riesgo.
CHILENA EN LA SIBERIA
Suiza, evidentemente, no siente la necesidad de cambiar. Mi sigilo ha crecido en los últimos momentos, al descubrir la silenciosa región del Jura. Está poblada de pinos hermosos y monumentales. Hasta hace diez o doce años, las propiedades agrícolas no lucían aquí cercos ni vallas. Los suizos gozaban subiendo y bajando lomas en sus autos, a campo traviesa, como si vivieran en una remota zona inconquistada, y no en el corazón de Europa.
Hasta hoy una de sus tres comunas recibe el nombre de Franches-Montagnes. “montañas abiertas”. Tropillas de percherones recuerdan al viajero que se halla en la capital del caballo suizo (ver edición 938).
Vive aquí una chilena trasplantada, Odette Hagnauer, cuyo hijo es juez en Zurich. Lleva cuarenta años observando los cambios que se producen en esta región, que fue “medieval hasta hace poco”.
–Cuando llegué, vivíamos sitiados por los malos caminos y el frio. En invierno los vientos polares arrasan la planicie del Jura y suele haber veinte grados bajo cero. Una pasa entumida. Por eso algunos le llaman “la Siberia Suiza.” Ahora tenemos buenos caminos, y cuando la nieve cunde mucho, las máquinas de la municipalidad pasan tres veces al día, y así logramos salir.
Odette Hagnauer -de quien hablaremos en otra oportunidad- es una culta mujer que vive rodeada de valiosas pinturas chilenas, mates y collares araucanos.
Luego de recorrer durante tres días los dramáticos paisajes del Jura, los “competidores” tomamos caminos distintos para iniciar la marcha hacia el paraíso helado de los Alpes. Durante dos días nos reuniremos a orillas del gran lago Ginebra (Leman), antes de comenzar el ascenso a las montañas.
COMPETENCIA GASTRICA
Simple y poco disputada nos ha parecido la competencia hasta hoy. Hemos debido responder sobre la identidad de algunos dueños de viejos castillos. O sobre el número de piezas exhibidas en el notable Museo de la Relojería, instalado en la incolora ciudad donde nació Le Corbusier, La Chaux-de-Fonds.
Una tarde competimos en la preparación de postres, sin que hubiese que lamentar bajas ni tripas demasiado afligidas.
Ahora estamos estudiando con los jugos gástricos a flor de piel: visitaremos la zona de los quesos Gruyére y de los vinos, cerca del lago Ginebra. En esta materia, la capacidad humana de sacrificio no conoce fronteras ni razas. Todos los competidores se ven bien dispuestos a enfrentar con entereza un mantel lleno de quesos Appenzell Emmental, Fribourg, Gruyécre, Sprinz. Y con la comprensible excepción de los abstemios, todos quieren iniciar pronto la prueba de los vinos. ¿Quién sacará más puntos distinguiendo entre un Salvagnin y un Dole, un Pinot Noir de un Perlin, un Feudat de un Malvoisie?
No entraré en detalles provocativos sobre la competición. Baste decir que se efectúa en el pueblito de Villeneuve dentro de la bodega de un productor local, y nadie recuerda haber visto caras largas.
Villeneuve se halla en el extremo opuesto de Ginebra, junto a las aguas del mismo lago. Es como un suburbio de “la perla de la Riviera suiza”, el balneario de Montreux. En el más tradicional de sus grandes hoteles de cinco estrellas, el Excelsior, los participantes en el rally-tour hemos empezado a conocer una madriguera estupenda. En ella han buscado refugio invernal, desde hace décadas, los que teniendo poder o riqueza gustan de un clima suave y de paisajes irrepetibles junto al Leman. Aquí la francesa belle époque se conserva imperturbable.
Advertimos, eso sí, un cambio en el Excelsior: ahora también se dedica a curar el estrés y a recuperar cutis injuriados por los años (usa hormonas y otros procedimientos modernos). Los clientes alojan en el hotel, y en los pisos subterráneos reciben el tratamiento. Cualquiera puede ser atendido.
Sólo necesita disponer de medio millón de pesos chilenos, por semana, sin contar extras.
-Basta con diez días- advierte, comprensivo, el Dr. Claude Rossel, jefe de la clínica.
CENCERROS DE MEDIANOCHE
Completamente recuperado (de la impresión), participo ahora de un saludable recorrido por Montreux. Todos los periodistas y sus anfitriones suizos hemos abandonado las infinitas comodidades y paisajes del Excelsior para pasar, bruscamente, a montar una veintena de bicicletas austeras, que ni siquiera ofrecen el alivio de los cambios. Pasamos, sin escalas, de la relajación la transpiración. Pedaleando llegamos a un museo que exhibe quinientas obras de Picasso y al castillo de Chillon.
Gran parte de la noche transcurre en el corazón campesino de Gruyére, dentro de la aislada Posada del Montañés, sobre la punta de un cerro. Adentro, se provoca a los parroquianos con una sentencia anónima: “El vino es el enemigo del hombre; el verdadero hombre nunca huye del enemigo”. A las dos de la madrugada, los periodistas de los cinco continentes bailan como en carnaval. De pronto se hace un silencio brevísimo, y a través de la ventana alcanzo a recibir en mi oído un sonido excitante: un desacompasado concierto de cencerros.
Viene de lejos. Salgo al camino, y veinte minutos más tarde, después de apurar el paso, descubro la primera choza campesina, recortada sobre un pequeño alcor, sin ninguna luz. El ruido ya se ha hecho ensordecedor. Parece imposible que alguien pueda conciliar el sueño con ese alboroto. No sin cierta aprensión, paso frente a la cabaña oscura y llego por fin a una loma pequeña donde algo de luz cae sobre esos músicos involuntarios. Es una media docena de vacunos de pelo rojinegro. Lo que parecía una orquesta filarmónica, es apenas un grupo de cámara, capaz, eso sí, de hacerse escuchar a muchas leguas a la redonda. Todos llevan un cencerro del tamaño de una pequeña pelota de fútbol sujeta al pescuezo por una ancha correa. Comen pasto sin descanso, y el movimiento de la cabeza acciona los badajos produciendo ese mágico alboroto de la noche de Gruyére.
Ese mismo sonido rural me acompaña hasta nuestro hotel de la belle époque en Montreux.
BOQUIABIERTOS EN EL BALCON
De amanecida abandonamos las palaciegas habitaciones del Excelsior, y después de trepar pausadamente las primeras eminencias de los Alpes durante tres horas, hemos llegado al Hótel du Golf, en Crans-sur-Sierre. Este pueblo se halla fundido con otro, y ambos llaman la atención en el mundo turístico europeo: Crans-Montana. Es lugar de esquí y de deportes más pausados.
Y otra competencia se anuncia para el día siguiente: preparación de queso fundido a la manera suiza, en la cumbre de una montaña del cantón de Valais. Muy temprano, la caravana de automóviles deja el Hôtel du Golf ya mediodía el queso fundido produce tanto entusiasmo como el paisaje campesino que se ofrece a los pies. Al frente, en un extenso escenario, el sector más hermoso de todos los Alpes, el área del noreste. Aquí no logro evitar que se apodere de mí el recuerdo del hallazgo secreto que me ha tenido tan contento durante los últimos días.
El entusiasmo de todos ha llegado al punto de ebullición incontenible después de almuerzo. Con suizos y suizas vestidos a la usanza tradicional, bailan en una gran ronda, japoneses, kenianos, egipcios, sauditas, brasileños, kuwaitíes, yanquis y canadienses. Otros cantamos y hacemos palmas. Al terminar el jolgorio se nos anuncia una excursión especial por el valle de Herens. Llegaremos hasta Arolla, pueblito que cuelga de las cumbres alpinas.
Hasta hace pocas horas, la región nos había parecido excepcionalmente hermosa. El cantón del Valais es una danza de cerros nevados, de vericuetos por donde el hombre ha construido caminos imposibles. Pero de eso excepcionalmente hermoso hemos pasado sin anuncio previo a una situación en que los adjetivos se empequeñecen. Vamos ahora a bordo de un helicóptero de cabina muy transparente, y el aparato vuela como un matapiojos entusiasmado por sobre los Alpes cubiertos de nieve y glaciares.
Sube y baja un centenar de metros por segundo, entre los acantilados, aterriza sobre el glaciar del Pigne d’Arolla, vuelve a volar, y cuando llega a su mayor altura, dejando las cumbres a nuestros pies, nadie dice una palabra.
Algo así debe ocurrirle a quien se enfrenta a una aparición.
La mandíbula caída, los ojos evitando el pestañeo y una indescriptible sensación física de hallarse ante algo que creíamos inexistente, más allá de la experiencia, de la esperanza y de los paisajes relajantes de tarjeta postal. Parece testimonio del primer día. Si Adán hizo un balcón en la Tierra para no llorar el Paraíso, sus huellas deben estar por aquí.
Ni siquiera las inmensidades heladas de Groenlandia y de la Antártica, que también he podido contemplar desde helicópteros, opacan esta belleza próxima al absoluto. Desde la altura es posible ver o divisar los montes más hermosos: el Mont Blanc, el Matterhorn, el Monte Rosa, el Gran Combin, el Diente Blanco; ver los caminos que llevan a los túneles más largos del mundo, en el paso del Simplón, la hospedería de los perros San Bernardo.
Estamos en el balcón de Adán con el monte San Gotardo a la vista, donde concluyen los cuatro grandes grupos alpinos y donde hace siete siglos nació la Suiza, el milagro político y del secreto bancario de Europa. Conviven aquí, sin conflicto, hombres que hablan cuatro lenguas diferentes (todas oficiales), profesan religiones contrastantes y se mantienen en paz aunque las armas son guardadas en sus casas por los miles de hombres encargados de la defensa.
¡A CRUZAR LOS DEDOS!
Este balcón al cielo y a la sensatez, se halla a la misma distancia del Ecuador caliente que de la frialdad del Polo.
“¡Y todo esto tan cerca de París!”
Alcanzo a pensar esta exclamación en voz alta. Nadie me escucha. Pero el lector ya comenzará a sospechar sobre el hallazgo que he mantenido en secreto con tanto esfuerzo. Lo destaparé por fin (no se lo cuente a nadie), para no morir atragantado,
De esto se trata: muchos chilenos insatisfechos vienen soñando hace décadas con un proyecto audaz (autor anónimo), solución definitiva para los problemas que nos siguen como la sombra: “Hay que vender Chile, y con esa plata comprarse un país chiquitito cerca de París”.
Desde Ginebra, en avión, se tarda sólo una hora en llegar a París. ¡¡Una hora!! Suiza se parece a Chile por sus lagos y sus montañas, carece de costas (no más veraneos en la playa, ¡yupi!, ni problemas con Bolivia), y, miel sobre hojuelas, ya ha solucionado todos sus problemas de transición.
Sólo falta iniciar la negociación con los suizos. Y acordarse de lo que sugirió el ICTUS en los años setenta, que Chile se estaba vendiendo a capitales extranjeros: Un país esquina con vista al mar.
Apenas el helicóptero se posa en un potrero de Arolla, lleno de entusiasmo, no puedo evitar sugerir las ventajas de esta compraventa a uno de los dueños de casa. Es el mismo suizo que tiene a su cargo el cálculo de puntajes del rally.
No sé de qué modo mi insinuación pudo influir en su ánimo. Lo cierto es que nuestro equipo, el latinoamericano, llegó en el número seis entre los ocho competidores… No terminamos últimos gracias a la gentil colaboración de los equipos de Hong-Kong/Singapur y Canadá/Estados Unidos.
Triunfador absoluto: el equipo Australia/Indonesia.
Pero como hemos encontrado por fin este país chiquitito, cerca de París (sin vista al mar), lo demás es lo de menos.
Si Suiza ha descubierto el encanto de no ser grande (“Amigos, sigamos siendo lo que somos”, dijo un bávaro a su pueblo), los chilenos aprenderemos aquí -Dios mediante- a empequeñecer sin dolor.
Cruce los dedos. Después cruzaremos los Alpes.
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