Socialité: de Zapallar a La Habana

Investigando el pasado de nuestras playas encuentro un artículo que identifica a Zapallar como lugar de descanso de “personajes de la socialité criolla.” No es nuevo, pero lo que puede producir cierto regocijo al amante de las palabras es que tengan algo en común Zapallar y la revolución cubana. Un nexo puramente de lengua, como veremos, donde se juntan los extremos en medio de una caliente discusión sobre el vocablo socialité. Produce repugnancia a muchos, y algunos, apresurados, clavan sus cuernos a Chile. Escribe un criollo señor Gray:
“La palabra socialité, afrancesada, simplemente no existe. Peor aún: se trata de una siutiquería exclusivamente chilena, que pone en evidencia la miseria del periodismo nacional y de la instrucción en general. La verdadera palabra existe solamente en inglés, socialite (pronúnciese sóshalait). Nuestras revistas magazinescas -livianas, vergonzosamente ignorantes del idioma y arribistas por añadidura- le agregaron un acento y la afrancesaron. Como para retorcerse de risa y pena. Esta locura no ocurre en ningún otro país de habla castellana”.
Otro opinante, A. Kouyoumdjian, sentencia:

“Socialité no existe en ningún idioma; desde luego, no en castellano.” Socialité, a pesar de lo que se diga, ha puesto sus dos pies en nuestro idioma. Nace en la prensa de farándula mexicana y en una gigantesca televisora del D.F., que hoy conocemos como Canal de las Estrellas, exportadora de programas de farándula y telenovelas. Socialité y guácala llegaron a Chile por ese camino. También a Argentina, a Venezuela.
Pero el vocablo no es sólo usado por revistas “livianas, vergonzosamente ignorantes del idioma y arribistas por añadidura.”
Existe una versión intelectual.

La revista Revolución y Cultura de La Habana hace un tiempo incluyó un ensayo titulado La libertad, el desparpa-jo y lo re-re-re- revolucionario, utiliza el vocablo socialité en una edición de 2005. Nara Araújo, profesora de la Universidad de La Habana, en un ensayo sobre literatura cubana, menciona a una poetisa habanera, y explica que “en los años 50 era considerada por el campo intelectual cubano como una socialité…” Esta supuesta socialité fue Dulce María Loynaz, Premio Cervantes 92, entregado por el rey Juan Carlos I, enemiga de Batista y de Fidel, amiga de la Mistral, quien la elogió escribiendo que “en ella vive el talento lírico que se encuentra en plenitud de creación” (Foto: Ambas con Doris Dana y otra amiga en La Habana). Hoy la podemos ver saludada como una princesa por el poeta cubano Eliseo Diego (foto), fundador de la importante revista Orígenes junto con otros cubanos, entre ellos Virgilio Piñera, colaborador del diario Revolución, que caería en desgracia con el régimen de Fidel por su independencia ideológica y su calidad de homosexual.

Como vemos, socialité ha tomado asiento provisorio en el español luego de pasar desde La Habana a Zapallar; desde la morena Araújo hasta la rubia platinada McGill, y desde la Dulce Loynaz -que conocimos mejor gracias a Cartas que no se extraviaron-, hasta un Piñera extraviado políticamente y sexualmente invertido.
¿Qué podemos hacer para que socialité no llegue a otro diccionario? Nunca pronunciarla. Decir ¡guácala! También podemos pedirle más atención en su trabajo a la Academia Chilena de la Lengua. En su Diccionario del uso del español de Chile, dice lo siguiente:
“Socialité. (De origen francés).m-f. Persona de clase alta que frecuenta eventos sociales.
¡No es de origen francés! El vocablo se halla ausente en la lengua gala, salvo por uno que significa otra cosa: Instinto que hace vivir al hombre con su prójimo”. El origen de la palabra socialité -como hemos visto líneas arriba- es inglés, caricaturizado con una pronunciación y acentuación que le hace sonar como francés. Eso es todo.
Quien fue principal responsable de autorizar lo que dice ese diccionario sobre socialité tenía una doble razón para no equivocarse: era la académica de la lengua que presidió la Comisión de Lexicografía, y porque el léxico francés simplemente dice otra cosa.