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Sigiriya | Montaña mágica con un rey y varias doncellas – Luis Alberto Ganderats
Sigiriya | Montaña mágica con un rey y varias doncellas

Sigiriya
Montaña mágica con un rey y varias doncellas

Hace 15 siglos un rey de Ceylán atrincherado en la cima de un volcán inerte construyó palacios y jardines, instalando allí la más extraña capital de que haya memoria. Fuimos a visitar los restos de su mansión y los jardines en el cielo. También hicimos una visita de cortesía a misteriosas mujeres pintadas en una pared de la montaña. Son milenarias obras de arte que han sobrevivido en medio de la selva tropical, para asombro de los viajeros. La UNESCO las declaró Patrimonio de la Humanidad.

TEXTO: Luis Alberto Ganderats, DESDE ANURADHAPURA, SRI LANKA

Es día de luna llena. Razón suficiente en Ceylán para que no haya clases en los colegios y las familias llenen los accesos a Sigiriya –donde estoy ahora– para visitar la que fuera, dicen, hace 1.500 años, la capital más pequeña y extraña que haya construido el Hombre. El rey que en el siglo V ordenó levantar aquí su palacio es un recuerdo incierto, pero Sigiriya, que pareció penetrar por siglos en la neblina de los tiempos, tercamente sigue viviendo. En lo más alto del cono de un volcán, con paredes a pique, el monarca buscó sosiego, diseñó fuentes y jardines en sus alrededores.  

Tenía razones para escoger ese extraño emplazamiento: dice la tradición que habría dado muerte al rey, su padre, y desde entonces vivía temeroso de que uno de sus hermanos llegara tras la venganza. En la altura, nadie podría asaltarlo por sorpresa. Pero fue sorprendido y derrotado. Entonces el rey Kassapa se atravesó con su espada. Es lo que me explicó en su casa cerca de Colombo, la estudiosa cingalesa Indrani Rathnasekara. De esa mente atormentada, surgió, paradójicamente, esta ciudad de los cielos. También hizo construir dos ciudades amuralladas a los pies de la roca.

Desde hace muchos siglos visitantes de todo el mundo vienen a ver los restos del palacio. Antes y ahora el motivo principal es admirar los retratos de mujeres muy alhajadas y poco vestidas que el monarca cingalés habría mandado eternizar en frescos de gran tamaño en los muros de las paredes de la roca. Las mujeres lucen bustos desnudos, pesados, y livianas flores de loto en sus manos. Hasta hoy se discute si ellas son representaciones de la diosa Tara o imágenes de reinas y princesas, o seres celestiales llamados Asparas.

Para ver esas doncellas y ese palacio en las nubes, y también otras milenarias ciudades pobladas de  fantasmas, he llegado hasta el corazón de Ceylán, ahora llamado Sri Lanka. No hay otro lugar más sorprendente en este país, cuyo territorio cuelga como una lágrima del subcontinente indio, anunciando aflicciones eternas.

El hombre de ayer empeñado en visitar Sigiriya trepó varios cientos de metros aferrado a escaleras colgantes tejidas de fibras vegetales. Hoy camina –caminaremos– al borde del precipicio sobre enrejadas escalinatas de madera y metal, que forman una inmensa jaula vertical. La escarpada roca tiene sectores de la parte superior que no están ni siquiera a plomo, sino a extra plomo. Sobrepasan la vertical. 

En estas horas son muchos los que se proponen llegar a  la cumbre de este Patrimonio de la Humanidad. Los turistas que caminan cerro arriba se comunican en muchas lenguas, pero de las que se entienden, se escucha menos el inglés que el francés. Desde lejos miro la enorme piedra ensombrerada de verde. Escéptico, pienso que para subirla necesitaría a lo menos un trago de chupilca del diablo (como los chilenos que se tomaron el morro de Arica). Este morro asiático es aún más alto y no dispongo de otras fuerzas que la porfía. Llevo 16.000 kilómetros recorridos desde Santiago y para alcanzar la cumbre faltan sólo unos 1.000 escalones. Pero la atmósfera está saturada de humedad, con alta temperatura, porque casi pisando la línea del Ecuador. “Al llegar a la cumbre los cuerpos sudan como tetera hirviendo, y como tetera resoplan”, me anuncia mi acompañante tamil. 

Mirando desde arriba empiezan a tomar sentido las escalinatas rodeadas de jardines hechos con milimétrica armonía, llenos de fuentes y pabellones. Fueron parte de las dos ciudades amuralladas a los pies de la roca que imaginó el rey Kassapa. En ellos dio espacio a su corte. Primero subiremos hasta la mitad de la roca para visitar las llamadas doncellas de las nubes. Luego tendremos que descender unas docenas de metros y caminar en torno a la roca hasta una especie de espolón natural que ofrece lugares de sombra y descanso. En ese lugar se inician nuevas escaleras empinadas, en zigzag, que llevan al palacio y a los jardines de la cima. El ingreso está marcado por dos inmensas patas de león hechas de yeso y ladrillo. Se dice que en otra época, al subir los visitantes debían pasar por la garganta de ese animal, símbolo de los reyes de Sri Lanka. Hoy sólo vemos sus patas delanteras. Algunos expertos aseguran que pueden identificar perfectamente los orificios en la roca donde se sujetaba el resto del cuerpo. Pero no se ven más que extensos panales de abejas y repetidas muescas en las paredes de la roca, necesarias para trepar. No han sido encontradas constancias gráficas de la existencia de un león de cuerpo entero, y nadie sabe en qué época pudo desaparecer. ¿O nunca existió? No lo sabemos. Incluso hay quienes debaten apasionadamente en Sri Lanka sobre la verdadera identidad de quien construyera estos palacios y jardines. El rey atrincherado en Sigiriya habría pertenecido, como la mayor parte de la población de Ceylán, al clan indo-ario de los sinhalas (de donde viene el nombre de cingaleses). Sus miembros profesaban el budismo theravada, basado en la enseñanza tradicional de los ancianos indios, y muchos adoptaron la filosofía de la no violencia. Pero sobre su residencia aquí se seguirá discutiendo.

Nadie puede discutir, eso sí, la existencia de las doncellasde las nubes. Lo que está en duda es su número. Y el tiempo en que fueron pintadas. Antiguos testimonios describen un conjunto de cientos de frescos, los cuales ocupaban un espacio de 140 metros de largo y 40 de altura. Hoy, contando las figuras completas y fragmentos, en dos niveles, podemos hablar de apenas una veintena. UNESCO dice que las imágenes sobrevivientes “son comparables a la más bellas creaciones de Ajanta”, parte de la pintura gupta, época clásica por excelencia del arte indio, cuyas principales realizaciones son los magníficos murales donde se entrelazan el antiguo naturalismo hindú con el misticismo budista.

Las mujeres de Sigiriya han sido visitadas desde el siglo 6 dC, por admiradores apasionados, que dejaron más de mil grafitis en los muros vecinos expresando su pudor o su entusiasmo. Medio cuerpo de las mujeres permanece oculto por nubes. Según la tradición, en este lugar el cielo está a sólo 40 millas, y “desde aquí puede oírse el sonido de las fuentes del paraíso”.

Por el enorme gentío, hoy no está resultando fácil visitar a las enjoyadas doncellas de las nubes. En un rincón, casi inadvertida para la gente, veo la que algunos llaman La doncella del loto. Usando sólo dos dedos de su mano derecha toma con delicadeza una flor –tal vez un lirio de agua–, hecha con un pincel lleno de gracia.  Quienes hoy intentan representar con una sola imagen la cultura de Ceylán, escogen a esa mano con esa flor, síntesis perfecta de sus talentos.

Con imperceptibles restauraciones, las mujeres han sobrevivido a la intemperie por 1.500 años, a unos cientos de metros sobre el bosque tropical. Están sufriendo un deterioro manifiesto. Llama la atención la doncella de la flor de loto. El grueso soporte de la imagen, hecho de yeso y cal, se desprende de la roca a simple vista. Nadie parece hacer nada, salvo el monzón, que a mediados de año lanza demoledoras ráfagas de agua, rayos y relámpagos, afectando incluso a los óleos más ocultos en la gruta.

Sigo camino a la cumbre sintiendo algo amargo en la boca. Al llegar a las Patas del León me distraigo observando y fotografiando esa imagen tan fuerte y misteriosa. Aún faltan cien metros para la cima. Por fin, tomo la escalera en zigzag que se inicia junto a esas dos garras, para seguir subiendo. Mi acompañante cingalés, que ya estuvo antes aquí, ha resuelto no seguir. En las escaleras la multitud no disminuye, pero el ascenso lento me permite al menos recuperar el aliento y administrar mejor las fuerzas. Aprieto los puños y me doy aliento recordando las palabras de un hombre grande que viviera y muriera en Sri Lanka, y al que he estado leyendo por estos días: “La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse un poco más allá de esos límites: en lo imposible”. Es lo que dijera Arthur C. Clarke, quien supo traspasar muchas fronteras en su famosa cinta 2001: Odisea del espacio.

El aliento de Clarke parece que ayuda a alcanzar la cumbre; y lo imposible se hace posible… La excitación permite ignorar todo cansancio y cualquier apetito. Hay que seguir caminando, subiendo y bajando escaleras. No hay techo alguno que permanezca en su lugar, y no hay sombra en ninguna parte. En el cielo tampoco hay nubes. Sólo con la ayuda de un plano de dudosa exactitud es posible ir identificando algunos espacios que pudieron formar parte de las construcciones reales y los jardines. Desde la muerte del monarca, fueron monjes budistas los que habitaron aquí. Se dice que después de la muerte del rey sirvió de fortificación, y finalmente fue abandonada. Hasta que en época moderna la redescubrieron. Sin embargo, hasta hace cinco años, una prolongada guerra contra los separatistas tamiles –con cerca de 100 mil muertos– tuvo a Sirigiya separada del mundo.

No es fácil saber si quién hizo más daño al palacio fue el hermano de rey que lo venció, los monjes theravadas o los tamiles independentistas. O quizá la multitud de visitantes modernos, o bien algunos moradores desconocidos de Sigiriya durante los siglos en que vivió fuera de la historia. En la cumbre permanecen todavía grandes cisternas hechas de losa de piedra, algunas fuentes alimentadas por ingeniosos sistemas hidráulicos, piscinas con lotos florecidos y extensas construcciones a medio derribar. Una hectárea y media tiene la cima, y en ella domina el rojo del ladrillo. Al mirar hacia abajo, sorprende la selva que se extiende en 380 grados, hasta donde la vista alcanza. Pareja, espesa, intensamente verde, y en el horizonte vegetal un alto Buda demasiado blanco. Desde la altura se alcanza a ver el trazado de los enormes jardines, terrazas, arcos de piedra y fuentes, que estaban cubiertos hasta hace poco por la selva. Su dibujo responde a una admirable combinación de simetría y asimetría. Es este el jardín paisajístico más antiguo que se conserva en Asia.

Los muchos visitantes que hemos terminado en la cumbre nos movemos en un aparente sin ton ni son. Mirado desde el lugar más alto, el gentío se parece a las escenas que el holandés Brueghel pintara en sus famosas plazas medievales repletas de gente haciendo mil gestos y piruetas. Nosotros, los visitantes brueghgelianos de Sigiriya, hacemos piruetas muy parecidas, pero por razones distintas: tomamos fotografías con modernos iPad, grabamos videos, nos asomamos al barranco, forzamos un autorretrato con el celular. Muchas mujeres visten como en la Edad Media, igual que los personajes de Brueghel, aunque llevan trajes hindúes, budistas, musulmanes. Parece un día de feria…sin feria. No faltan los adolescentes que dan extraños saltos para ser fotografiados, que parece la opción estética de los nuevos turistas, capaces de dar brincos en el recinto solemne de Machu Picchu o frente al Baptisterio de Florencia, y tal vez –si los apuran un poco—junto a los estremecedores hornos de Auschwitz.

Al descender me voy acordando de los grafitis relacionados con las doncellas de las nubes. Están hechos hace mil años sobre los llamados “muros de espejos”. Son paredes de protección que tuvieron superficies reflectantes, gracias a su esmalte liso o fino enlucido de cal. Ahora lucen opacas y los grafitis se van desvaneciendo. Alguien, por suerte, ha recuperado en un libro cerca de mil. Uno de ellos puede interpretar a todo buen viajero: 

“Habiendo llegado hasta aquí, la muerte ya no me perturba”.

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