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Ser un troll en Stavanger – Luis Alberto Ganderats
Ser un troll en Stavanger

Ser un troll en Stavanger

Los trolls viven en Stavanger, como en muchas otras ciudades noruegas. Estos míticos gnomos de la fantasía nórdica han llegado hasta el siglo 21 en videojuegos, en Tolkien, en Harry Potter. Es que viajan sobre los vientos. Los encontramos en las dulces sonatas de Edvard Grieg, y en las tocatas violentas de la troll-metal. Gigantes o diminutos como una bacteria, ellos siempre tienen enormes orejas y narices, sus brazos cuelgan hasta el suelo. Son atractivamente feos. Pero nuestro personal recuerdo de Stavanger -que desde el mes pasado es la capital cultural de Europa 2008- no está asociado a la fealdad de los trolls, sino a la belleza inaudita de una mujer joven con quien compartimos -hace décadas- el aire fresco a la salida de la estación de esta ciudad, ya que veníamos en el mismo tren desde Oslo. Todo en esa niña-mujer era perfecto. Cada uno de sus rasgos, su altura armoniosa, el brillo de su pelo castaño; para qué hablar de sus ojos. Estábamos separados por un par de metros y me quedé congelado mirándola, como si hubiese visto una aparición. No había hallado nunca otra mujer tan linda (antes de conocer a mi señora), y mi actitud debió ser la de un obseso. Ella soportó la mirada por un par de minutos, y sin perder la serenidad alejó su maleta de mí…

Vivíamos en polos opuestos. Ningún noruego mira de ese modo a una mujer. Para ella, este viajero era un ser raro, un troll atemorizante, un extranjero del que debía cuidarse (éste, dicen, puede ser el origen más remoto de los trolls, sólo enemigos deformados por el miedo.) Aquí muy cerca de Stavanger, el rey vikingo Harald, se cortó su largo pelo para cumplir una promesa luego de vencer a su eterno troll extranjero. Ahora, toda el área, con unos 300.000 habitantes, no repite sus gestos de desconfianza al extranjero. Abre sus brazos. ¡Sonríe! Miles y miles de turistas están llegando a conocer sus bellas construcciones de madera, los fiordos, la fabulosa roca de El Púlpito, a presenciar espectáculos en que se potencian los noruegos universales como Ibsen y Munch, Hamsun y Grieg. A ver sus auroras boreales (foto). Pisar las calles de Stavanger no pide un viaje tan largo, pues si bien Noruega significa “el camino hacia el Norte“, y ese camino avanza 1.750 kilómetros rumbo al Ártico, la nueva Capital de la Cultura se encuentra en el inicio de ese camino. Como hay esquí hasta mediados de mayo, aún podremos presenciar grandes espectáculos sobre la montaña. Y todo el 2008 veremos danza, acrobacia y acciones de arte al aire libre, conciertos masivos y títeres. En los días de fiesta, miles de bengalas zarparán del puerto hacia el cielo, y una formidable fogata se encenderá entre los fiordos del Mar del Norte. Encenderse ante la belleza de las noruegas o de los noruegos es, advierto, lo único desaconsejable de Stavanger.