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Santorín: Antes muerta que sencilla – Luis Alberto Ganderats
Santorín: Antes muerta que sencilla

Santorín: Antes muerta que sencilla

Llena de laberintos entre casas blancas y cúpulas azules, de lujosos hoteles y puestas de sol insuperables, la isla griega de Santorín es uno de los lugares más admirables y caros de Europa. Hace poco abrió al turismo una ciudad-museo de 3.600 años, Acrotiri, que permite ver el admirable progreso que alcanzó el hombre de la Edad del Bronce. Es la Pompeya de las islas griegas.

Por Luis Alberto Ganderats, desde Santorín.

Es elegante, pero también algo diabólica, aunque se vista con los colores de la virgen de Lourdes. Muchos sienten que debe ser temida. Por eso le pido permiso para contar como la vemos en este momento. Es como estar en lo mas alto de las graderías de la Quinta Vergara en día de Festival. Todas las miradas se dirigen al mismo lugar, pero en el camino los ojos se van encontrando con mil expresiones de vida que hacen del conjunto un espectáculo muy superior al que se ofrece en el escenario. Esta isla griega, descuartizada hace miles de años por una erupción descomunal, quedó con graderías naturales desde donde estamos presenciando el espectáculo mayor de la naturaleza: la puesta de sol en Oia.

En primer plano, como a través de una fina gasa dorada, vemos cientos de cúpulas celestes, livianos campanarios, casitas y molinos blancos suspendidos sobre el precipicio; y en el agua, a lo lejos, se asoma un trozo de tierra oscura desde donde el volcán echa todavía vapores de neblina que distorsionan los rayos solares como una lupa gigante. Si magma, a 1.000 metros de profundidad, recuerda a todos que somos hombres (listos para huir o sucumbir). Y también para emocionarnos.

El día del cataclismo, mas de 80 km2 de tierra se hundieron dejando esta especie de lago volcánico rodeado de islas e islotes. Desde hace 3.600 años el misterio se encuentra sumergido. En nuestra visita anterior dijimos que al pisar la isla nos habíamos acordado –sin esfuerzo- de un brevísimo cuento de Aldrich: “Una mujer esta sentada sola en una casa. Sabe que no hay nadie más en el mundo: todos los otros seres han muerto, Golpean la puerta…”.

Claro. Es la misma y doble capacidad para sobrecoger y a la vez para sugerir una esperanza. Santorín o Santorini tampoco parece más grande que ese relato. Apenas unos trozos de tierra, aunque igualmente inquietantes y hermosos. Al ver Santorín desde lejos, al desembarcar y al revisar su historia se descubre la semejanza, se siente la misma agitación del alma. Pocas erupciones como la que dio forma se registran en la historia antigua. Por la ceniza, hace mas de 3.600 años, casi toda Europa sufrió conmociones y la isla, que era mas o menos redonda, quedó partida en varios trozos, como una sandía caída desde la altura.

MAS QUE EL PARTENIN Y CNOSOS

Muchas cicatrices del desgarro siguen a la vista. Sobresale la enorme caldera, el cono del volcán lleno de mar. A los dos trozos mayores que quedaron de la isla original le han nacido varios pueblos blanquísimos. La isla principal fue bautizada por los dorios: Tera, del cual nació el nombre Teresa. Tiene varios pueblos blancos en la cumbre, y muchas casas que cuelgan sobre el abismo. Esos pueblos parecen guaneras sobre una gran roca. Al frente vemos Tersaia, muy parecida, mas pequeña, cuyos pyeblos están generalmente semivacíos por temos a los temblores. Otras cuatro islas permanecen deshabitadas. El conjunto se llama Santorín, pero la isla mayor se ha apoderado de su nombre, que tiene origen veneciano: Santa Irene. St. Irini. Solo unos pocos le dicen Tera (Thira, Thera…).

La imagen de Grecia más multiplicada en el mundo –incluso mas que la del Partenón- es la que vemos desde aquí, durante la puesta de sol. Tal vez porque se trata de la suma de lo que es la historia del mundo antiguo en esta perte del globo: ha sudo veneciana y bizantina, ateniense y dórica, egipcia y turca, cruzada y hasta vagamente hispana. Es ortodoxa, pero conserva barrios católicos romanos.

Miles vienen a casarse, a celebrar sus bodas de plata, a vivir su luna de miel. Por eso, a media tarde hemos trotado con nuestras cámaras por el pueblo de Oia siguiendo a una regocijada pareja de novios vestidos para la ocasión. Delante de ellos caminaban dos músicos tocando una serenata en violin y khitara, y los jóvenes padrimos tomando fotografías o grabando con sis iPhones. Alguna vecina romántica hacia volar puñados de arroz sobre los celebrantes. Nossotros terminamos el días invotados al cóctel… Premio al entusiasmo.

Oia es de las mas bellas ciudades de Europa. Luce como una escultura interminable por su multitud de casas blanqueadas con cal, sus domos azules, sus bungavillas rojas, naranjas, violetas. Los novios se detienen frente a una capolla para escuchar un hermoso coro de niños con tonos nasales, mientras los músicos guatdar silencio, por que en ese rito todo instrumento es profano.

Hay más de 350 capillas ortodoxa e iglesias en Santorín para menos de 15 mil habitantes. Cada marino sobreviviente , o simplemente enriquecido, deja su testimonio de agradecimiento construyendo estas cúpulas ocre o azul rey. El azul es usado para anular el mal de ojo. Muchos griegos llevan una bolita de ese color junto a la cruz que les cuelga del cuello, nos cuenta Ema, una muchacha franco-griega que participa de la fiesta y lleva esa bolita azul al cuello.

ATLANTIDA, CIUDAD IMPROBABLE.

Tal vez, si prolongamos la teoría, podríamos pensar que algo tan inexplicable pudo impedir hace 3.600 años que la erupción devastadora no dejara muertos en Santorín. Hace sólo medio siglo, el arqueólogo Spyidion Marinatos comenzó a escavar en las capas de ceniza depositada por la erupción. Las capas alcanzan hasta los 60m. De espesor y por tener piedra pómez, que es impermeable, protegieron la ciudad como en Pompeya. Es Acrotiri, ciudad minoica de la isla, 1.000 años más antigua que el Partenón de Atenas, donde el arqueólogo encontró la punta de la madeja. Pertenece a la Edad de Bronce, época de la que quedan pocos lugares tan bien conservados en el mundo. Desde hace menos de dos años, el sitio se abrió al público con todas las protecciones que merece. Se encuentran techadas mas de 13 ha. Es un tesoro griego solo comparable al Partenón y al Palacio de Cnosos. Conserva edificios de tres plantas, miles de jarrones intactos, muchos frascos de gran factura –como El Pecados, La flotilla, imágenes de antílopes, papiros, lirios- , y hasta pequeñas esculturas en oro. Entrega una visión bastante sorprendente de lo que era la refinada vida en el Egeo hace 36 siglos. Aquí vemos como recogían el agua, cultivaban flores, cuidaban animales, vemos escenas ceremoniales, juegos y boxeo, hay imágenes de pesca y caza, ritos de iniciación y entrega de ofrendas a sus divinidades. Toda la vida del hombre de entonces. Pero lo que nunca encontró el arqueólogo fueron… restos de seres humanos. ¿Alcanzaron a huir? Presumiblemente si. Ruidos subterráneos y movimientos de tierra pudieron alertar a la población. Es lo que se piensa. Alguien dice –sin pruebas- que en un tsunami pudo arrastrar al mar a los vivos ya  los muertos.

Los turistas de cruceros, que cada día llegan en mayor número a Santotín, disfrutan de esta sobrecogedora visita a sus hermanos de la Edad de Bronce y luego entusiasman navegando en torno a la caldera del volcán. Son las rutas preferidas, Muchos llegan tentados con los cantos de sirena de la Atlántida, ese estado belicoso que “en un solo día y una noche terribles” sucumbió por un terremoto y un diluvio. Es el mito de Platón, que la mayoría de los investigadores niega o al menos vacila en la respuesta. Muchos teóricos apresurados –o ventajeros guías de turismo- afirman que aquí estuvo.

No hace mucho se celebró en Santorín el tercer seminario sobre la Atlántica, el cual no hizo mas que revivir para el turismo esa ciudad improbable, regalona del Romanticismo. Quienes vivimos con los pies en la tierra, podemos agregarle a este rincón de Grecia las caminatas sin rumbo por las ciudades de Oia y Fira, experiencias estéticas difíciles de tener en otros lugares del mundo, y más difíciles aun si le suman las doradas puestas de sol.

OIA, PREMIO A LA PACIENCIA.

Santorín se ha llenado de hoteles lujosísimos, incluso en las antiguas viviendas de las clases pobres, especialmente de pescadores, verdaderas cuevas excavadas en la piedra, con solo una puerta y una ventana mirando hacia la caldera del miedo, pintadas con cal y rematadas en techos con forma de bóveda.

El Ritz de Santorín es, sin duda, la serie de cuevas lujosísimas del Hotel The Tsitouras Collection. Cuelga del acantilado de Firostinani, en Firá. Es como si multimillonarios Picapiedras hubiesen hecho de su espacio un palacio. Tiene obras de arte, camas de caoba y piscinas de refinamiento desvergonzado. Esta propiedad del famoso anticuario Tsitouras ha recibido como huéspedes a Moschimo, a Hugh Grant y al inefable Jean Paul Gautier, ahora diseñador de Hermès Tsitouras también nos invitó -¡perdón!- en nuestra anterior visita, cuando él se iniciaba en la hotelería, y recorrimos Santorín con Mario Fuenzalida Kesler, el fundador de la agencia de viajes chilena Cocha, en una escapada doblemente memorable. Ahora vemos que el Tsitouras Collection luce mas elegante y grande, pero le han surgido competidores amenazantes: Perivolas, Kaikies, Oia, Kastelli y otros hoteles estrellados, algunos entre playas pedregosas de casas blancas y arena negra, junto a los apartados pueblos de Kamari y Perissa. Sobre todo la de Kamari es una playa bonita y huele a Chanel y a Hugo Boss, recordable solo por su aglomeración de gente lujosa. A nadie invitaríamos a Santorín por sus playas.

Pero le diríamos con entusiasmo que venga a Oia, que se aloje o tome un café en las antiguas casas de pescadores escavadas en la roca, o en los cafeníon, aristocráticos y esenciales, que se aferran con dientes y muelas a las paredes del acantilado, desde donde todos quieren ver como el mar se traga al sol.

¡Ojo! El ingreso por mar a Santorín pude paciencia y un poco de emoción forzada. No es posible echar anclas, por la nada tiene 400m de profundidad. Los barcos deben permanecer lejos de tierra. Son botes los que llevan a los pasajeros hasta Santorín, quienes deben escoger como llegar ala cumbre del acantilado volcánico. deben subir por una escalera zigzagueante de casi 600 escalones, o bien montar en un burro que se mueve mas que sus casas en días de terremoto o usar un funicular transparente, al que algunos no trepan muy confiados. Todos hacen el esfuerzo porque saben que arriba les esperan dos pequeñas ciudades cautivadoras como pocas en el mundo: Fira y, especialmente, Oiam que es el premio a la paciencia.

ÉXITO DE LA NO-VERGÜENZA.

Como es una isla pequeña, todo está cerca. Para ir desde Fira, la capital, a su famoso bario de Firostefani, basta caminar unas cuadras por un bucólico camino semipeatonal entre blancas viviendas equilibrándose al borde del acantilado. El camino a Oia se hace en 15 a 20 minutos. Es el más bello y sosegado de los pueblos que hemos visto en Grecia, a pesar de la invasión transitoria de los cruceros. Los burros con coloridas almohadillas pasan junto a joyerías tan finas como las de Atenas, y en sus restaurantes se ofrecen menúes para buenos paladares, especialmente pescados y vinos. También es fácil llegar al otro extremo de la isla principal. Ahí se encuentran las mejores playas, y es obligatorio visitar Acrotiri, infinitamente más antigua que Pompeya y contemporánea de los palacios de Cnosos.

El turismo abruma a ratos, pero su auge ha contribuido a hacer mas atractiva a Oia. Desde los 60 se notó el interés de los extranjeros y las viejas casas de campo fueron vendidas, reparadas, ampliadas, puestas al día. Nadie, sin embargo, tuvo la mala idea de traicionar la historia y la imagen de Santorín. Nadie sintió vergüenza o desprecio por la arquitectura de sus abuelos, como ocurriera con los griegos en otras épocas. La gran arquitectura clásica helénica –la cual fue por siglos un modelo, y lo es hasta hoy- pasó durante siglos olvidada en la propia Grecia. Los templos y palacios en ese estilo se libraron de ser destruidos solo porque la gente los creía embrujados o sagrados. Cuando otros europeos llegaron a Grecia para estudiar esos edificios en ruinas, eran mirados con sospecha o una sonrisa burlona. Os invasores turcos, a veces observaban –sin entender- el obsesivo interés de los arqueólogos extranjeros por una columna clásica. Mas de una vez terminaron destruyendo esa columna a cañonazos, para descubrir –mas intrigados aun- que ¡no había tesoro oculto! Nadie era capaz de ver la riqueza de sus formas.

Extranjeros fueron responsables de los primeros edificios de la Grecia moderna construidos con los cánones antiguos. Por eso, resulta admirable que Santorín haya protegido lo propio, aunque se trata de una arquitectura simple. Algunas son cuevas exclavadas en la roca, con solo una puerta y una ventana mirando al mar. No pueden ganar altura, solo ganan profundidad en la roca volcánica. Ñas estrechas calles pasan a menudo por el “techo” de esas casas-cuevas, y en ese enmarañado conjunto, hoy muy bien restaurado y pintado, da origen a una belleza urbana nada común. Los cables eléctricos están enterrados y como el acceso es muy dificil, los temibles promotores inmobiliarios apenas si han legado. Alginas construcciones de hormigón se apoderaron –desgraciadamente- de los alrededores del aeropuerto, pero lo que abunda en la isla no es esa construcción que desfigura, sino los hoteles con charme, casas trogloditas para coger a millonarios en esa telaraña de laberintos urbanos. Por eso Oia parece hoy la ciudad mas cara de Grecia. Podría cantar: ¡Antes muerta que sencilla!.

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