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Santorín | 
Ecos de la Atlántida – Luis Alberto Ganderats
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Ecos de la Atlántida

Santorín

Ecos de la Atlántida

Fácilmente se advierte que Santorín alguna vez fue ateniense, dórica, bizantina, veneciana, turca, egipcia, cruzada y vagamente española… Si bien, la Iglesia Ortodoxa es la que más ha marcado a su gente y a sus pueblos.

El lector podrá no creernos, pero al pisar la isla nos hemos acordado-sin esfuerzo- de este brevísimo cuento de Thomas Bailey Aldrich:

Una mujer está sentada sola en una casa. Sabe que no hay nadie más en el mundo: todos los otros seres han muerto. Golpean la puerta…”.

Claro, es la misma y doble capacidad para sobrecoger y a la vez para sugerir una esperanza. Santorín tampoco parece más grande que ese relato. Apenas un trozo de lava flotando en el Egeo. Y es igualmente inolvidable. Al verla desde lejos, al desembarcar y al revisar su historia se descubre la semejanza, se siente lo mismo.

La historia humana no recuerda una catástrofe mayor que la que dio forma a esta isla griega. La vecina Creta y su civilización del Minotauro quedaron heridas de muerte por la erupción.

Olas de setenta metros de altura partieron desde aquí y llegaron galopando hasta sus costas. Era el año 1500 antes de Cristo.

Grecia estaba en su apogeo, comenzó a decaer, y un siglo más tarde reinaba la oscuridad.

Muchas cicatrices del parto siguen a la vista en Santorín.

Quizá por eso en Grecia no hemos encontrado un lugar más deslumbrante. A las montañas de lava le han nacido varios pueblos blanquísimos, adonde de todo el mundo acuden los que están en el secreto. Miles vienen a vivir su luna de miel, al celebrar sus bodas de plata. O a casarse por la ley griega, con autorización previa.

Ahora recorro el pueblo de Oia, a la siga de una alegre pareja de novios. Delante de ellos caminan dos músicos tocando su serenata en violín y khitara, mientras los jóvenes padrinos sacan fotografías, graban un video, y alguna vecina hace volar puñados de arroz sobre los celebrantes.

Un viejo levanta su taza de café turco gritando a su salud: ¡Sti iyid sas!

En el centro de esta multitud de casas blanqueadas con cal -Oia parece una escultura interminable- , la alegre caravana se detiene frente a una capilla ortodoxa de cúpula azul. Escuchan a un hermoso coro de niños con tonos nasales. Los músicos guardan silencio, ya que todo instrumento es profano en este rito ortodoxo.

Para mal de ojo

Hay más de 350 capillas e iglesias en Santorín para menos de diez mil habitantes. Cada marino sobreviviente o enriquecido deja su testimonio de agradecimiento.

Casi todas las capillas tienen una cúpula azul.

Azul es el color usado aquí para contrarrestar el mal de ojo. Muchos griegos llevan una bolita azul junto a la cruz que les cuelga del cuello.

Otros le ponen cintas de ese color a los niños muy lindos, y así, cuando alguien los mira con envidia, no les causa daño…

— Si a uno le gusta mucho un niño ajeno, hay que escupir al suelo. Así se evita el mal de ojo— nos aconseja una mujer griega.

Santorín también pareciera necesitar el azul de sus capillas para defenderse del ojo de los extraños. No sería raro. “Ocupa el primer lugar en el catálogo de la belleza de las islas griegas”, dice un cronista. Incluso su nombre antiguo, Kalisti, significa “bellísima”.

La puesta de sol al borde del acantilado, en Oia, es uno de los espectáculos más impresionantes que hemos visto sobre la Tierra. Todo gracias al volcán, que suelta vapores de neblina sobre las aguas, y el vapor distorsiona los rayos solares como una lente. El cono volcánico se encuentra en un islote vecino, y su magma -a mil metros de profundidad, bajo la costa terrestre submarina- acecha día y noche.

Hay islas aún más pequeñas aquí. Todas forman un anillo, y en el centro existe una especie de lago marino: la caldera.

Es cuanto queda de la isla redonda original. Más de 80 km2 de tierra se hundieron y dejaron ese gran espacio, rodeado de islotes. Desde hace 3.500 años el misterio se encuentra sumergido.

Hoy los hoteles más caros de Santorín ofrecen como supremo servicio la mejor vista a la isla del volcán, en la caldera. Casi todos se encuentran pegados a Fira, la capital, en un lugar llamado Firostefani. Los más tradicionales tienen las habitaciones cavadas en la roca.

Sus huéspedes son cavernícolas que usan fax y equipos de CD. El más original, llamado Hotel Tsitouras Collection, agrupa varias viviendas tradicionales alhajadas con muebles de caoba, pinturas y esculturas. Una especie de hotel-galería de arte, con confort de cinco estrellas, con vista al volcán y pesadilla incluida. Hemos venido de visita con Mario Fuenzalida, presidente y creador de COCHA, y aquí hemos pasado uno de esos días que no se repiten mucho en la vida del viajero.

Todo está cerca en esta isla lejana. Para ir desde la capital a Firostefani basta caminar unas cuadras por un poético camino semi peatonal, entre casas campesinas blancas, colgando al borde del acantilado. Y a Oia -el más bello y sereno de los pueblos que hemos visto en Grecia- el camino se hace en ocho minutos. Lo mismo que para llegar al otro extremo, donde se ha descubierto una pequeña Pompeya,  que en su arte recuerda a la Creta del laberinto. 

Turismo que desnuda

En estos pueblos -que desde lejos parecen guaneras de gaviotas sobre la cumbre de una gran roca sobria- existe casi una completa síntesis de Grecia. No sólo tienen ruinas y la característica arquitectura de muchas islas del Egeo. En Oia, los burros con coloridas albardas pasan junto a joyerías tan finas como las de Atenas, y en sus restaurantes se ofrecen cartas para buenos paladares, especialmente en pescados y vinos.

Fácilmente se advierte que Santorín alguna vez fue ateniense, dórica, bizantina, veneciana, turca, egipcia, cruzada y vagamente española, aunque la Iglesia Ortodoxa es la que más ha marcado a su gente y a sus pueblos.

Recorremos tabernas, restaurantes, cafés, y siempre sale el Oriente por los aires. Es la rembétika, música con la cual todo el mundo hoy identifica a Grecia. Nacida entre emigrantes que por más de mil años vivieron en Asia Menor (Turquía), se difundió masivamente sólo después de 1923.

Ese año comenzaron a regresar, y el barrio de la Plaka de Atenas, a los pies del Partenón, y las tabernas de Santorín se llenaron de esa música exótica.

Ahora están llenos, además, de profiteroles (más grandes que los franceses); de pasteles de almendra y miel, llamados kadaifis; de queques baklavás: de tulumbas, moussakas, soublakis, kalamaris y yogur con miel, que es espeso como manjar blanco.

Todo lo mejor del mundo, pasado por el cedazo griego.

–Un café turco, por favor– pido en un restaurante.

Sólo tenemos café helénico.

–¿Se parece al café turco?

Es lo mismo.

Después de cinco siglos de blanda dominación y de un serio conflicto por la isla de Chipre en los años 70 (que aún no termina), todo lo turco produce acidez a los griegos. Por eso se acabó el turkiko kafé y ahora se llama ellinikó kafé (café helénico).

Una invitación al café ha sido siempre en Grecia una vaga invitación al amor. Ahora puede sonar como tambor de guerra.

En El Pireo conocí por muchos años el puerto Turkolimano.

El Mikrolimano le llaman ahora.

Nada con los turcos.

Mirando la piel y los rasgos de los griegos se recorre la historia de este país de invasiones. No es difícil tropezarse con rubias que parecen florentinas, morenas de rasgos finos, mujeres de piel blanca y ojos profundamente turcos.

Para distinguir a una turista de una griega basta ir a las extensas playas de Santorín. La extranjera es una Cenicienta que perdió el zapato antes de las 12, y ahora ha perdido el resto de la ropa y en lugares más apartados anda desnuda.

La griega no se atreve a tanto.

Aunque se atreve más que hace 25 años, cuando estuvimos en Creta y en el Peloponeso. Los coroneles que entonces gobernaban habían cerrado las puertas a las barbas y al pelo largo, a las minifaldas y al escote generoso.

El turismo derribó todo. Hizo que desapareciera el griego pobre y que el pobre griego aprendiera a soportar al turista, que se ha metido en su geografía como las termitas.

Engañado a Satanás

Santorín ha logrado conservar la paz, a pesar de su historia. Tal vez porque la paz forma parte de sus aspiraciones y de su nombre.

Después de soportar cientos de erupciones, de vivir con el cono del volcán ahí, en las narices, agazapado, bajo el mar, resulta fácil comparar a su gente con los nativos africanos de Benín. Ellos creían que Satanás era hombre venido del mar, porque del mar venían los cazadores de esclavos.

Hay, eso sí, curiosas maneras para defenderse de Satanás.

Algunos griegos tienen la costumbre de vestir con hábitos y cambiar de nombre a sus deudos muy pecadores, y así burlar al demonio. Parece que Santorín ha escogido un camino como ese. Se ha cubierto de capillas como ninguna otra isla del mundo y se ha cambiado de nombre o ha usado nombres supuestos, de chapa.

Veamos.

Santorín, Santa Irene, St. Irini son una misma cosa. La han pronunciado mal, hasta deformarla y disfrazarla. Eso es todo. El nombre griego Irene significa Paz, corresponde a la patrona local y al de su templo principal. El templo ha terminado por darle el nombre a la isla.

Pero es un nombre de fantasía. El legal y verdadero es otro: Thera, y aquí nació el nombre Teresa, el de la Madre Teresa, que enterramos hace poco.

Thera también podría ser de fantasía, pues nadie sabe con certeza si es mítico o real el soldado dórico o espartano que le dio tal nombre.

Antes -hace 3.500 años- la isla se llamaba Stronguili. Redonda. Vino el cataclismo y la isla redonda quedó con forma de herradura y se la empezó a llamar Kalisti. Bellísima. Otro disfraz, seguramente, pues durante siglos era una masa rojinegra sin habitantes, con severos acantilados y con una amenaza: el demonio podría surgir de las aguas en cualquier minuto.

Sólo ahora es bellísima de verdad. La gran masa rojinegra se ha decorado con la arquitectura común en estas islas de las Cícladas: casas blancas y cilíndricas, capillas con cúpulas coloreadas y las pacientes dueñas de casa griegas.

Mi abuela, es capaz de cubrir con cal los pisos y muros todas las semanas o varias veces a la semana— nos cuenta una joven guía de Rodas.

La cal no sólo combate el calor y aleja plagas. También les da alegría a estos lugares de poca vegetación.

El turismo a su vez ha contribuido a hacerla bellísima. A partir de los 60 se notó el interés de los extranjeros y las viejas casas de campo fueron reparadas, ampliadas, modernizadas, vendidas. Gracias a la fidelidad de sus habitantes, puede decirse que Santorín es de los sitios que quedan tatuados en la retina.

Nadie tuvo la mala idea de disfrazar a Santorín. No sintieron vergüenza o desprecio por la arquitectura de sus abuelos, como ocurriera con los griegos en otras épocas. La arquitectura clásica helénica -en la que todos buscan hoy un modelo- pasó durante siglos olvidada en la propia Grecia. Los templos y palacios no eran destruidos sólo porque se les tenía por embrujados. Cuando otros europeos viajaron miles de kilómetros para estudiar, maravillados, las ruinas o semi ruinas, se les miraba con curiosidad o sospecha.

Militares turcos que observaban, sin entender, el obsesivo interés de los arqueólogos extranjeros por una columna clásica, terminaron más de una vez destruyéndola a cañonazos, para descubrir -más intrigados aún- que ¡no había tesoro oculto!

Los primeros edificios modernos de Grecia construidos con los cánones helénicos fueron obra de extranjeros.

Santorín tiene el mérito de haber apreciado lo propio, aunque se trata de una arquitectura sencilla. Algunas son cuevas hechas en la roca, sólo con una puerta y ventana mirando al mar. Son las skaftá. No tienen altura, sólo profundidad. Las estrechas calles pasan a menudo por el “techo” de las casas-cuevas. Las terrazas no son terrazas, son balcones cavados en la piedra, con multitud de maceteros y flores de adorno.

Una salvaje e irrepetible belleza.

Buen morir en Santorín

La calle principal de Oia tiene un nombre importante: Spiros Marinatos. Es un erudito que investigó el pasado de esta parte de Grecia. Según él, Santorín corresponde a parte de la Metrópoli de la Atlántida, y la vecina Creta, a otra de sus islas.

La mayoría de los investigadores lo niegan o al menos vacilan en la respuesta. Podrían repetir como el huaso chillanejo: “Creo de que sí, pero me parece de que no”.

Como sea, éste es un lugar para gozar, y no para perderse en los laberintos de la introspección o la filosofía. Mientras algunas ciudades despiertan pasiones, esta isla da rienda suelta a los caprichos. Por eso, quizá, llegan tantos novios jóvenes y viejos. Santorín no produce -por decirlo así- unas compulsivas ganas de multiplicarse. Invita más bien a enamorar, a ver la puesta de sol y a vivir los rituales de la noche. No cabe, casi, sino el amor rendido del enamorado.

Vivir y morir aquí, en estos improbables vestigios de la Atlántida, no parece mala cosa. Pero en el testamento es prudente copiar una gran idea: “Pongan  en mi tumba un bote-salvavidas, porque uno nunca sabe”.

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