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Samarcanda y los territorios del silencio – Luis Alberto Ganderats
Samarcanda y los territorios del silencio

Samarcanda y los territorios del silencio

Petra, la antigua capital de las caravanas y de los nabateos, hace trotar el corazón de cualquiera. Llegamos a esta magnífica ciudad de Jordania montando un camello, porque no se aceptan motores. Sólo la habita el silencio. Palmira, otra milenaria en la ruta de las caravanas, se nos presentó como una aparición salida desde el fondo de las arenas sirias, oculta por siglos; también vacía, con edificios romanos a medio restaurar y muchas columnas, aquí y allá, como brotes de una siembra de colosos. No queríamos respirar siquiera, para que retumbara el silencio. Son ciudades calladas, que no dejan registro sonoro, pero que al verlas una vez las seguiremos viendo toda la vida. Samarcanda, en cambio, ama la algarabía. Sigue viva. Legendaria como pocas, cumple ahora 2.750 años y alimentó las caravanas de la Ruta de la Seda. En su mercado hay barullo de lenguas, de músicas, túnicas, chilabas, velos y turbantes. Hablando en sus jerigonzas, caminan hombres y mujeres que se llaman kirguizes, turkmenos, afganos, kazakos y tayikos, y abundan los uzbecos, porque Samarcanda forma parte de Uzbekistán, que fuera soviética hasta los años 90, y hoy es independiente. En julio, la UNESCO acordó una  “vigilancia reforzada, porque está en riesgo la integridad de su tejido urbano histórico.” Metida en los riñones del Asia Central, entre China y Rusia, entre Irán y Afganistán, era lugar donde se juntaban las rutas caravaneras de la India, China, Bizancio, Persia y Siberia. Aquí vivían también los nabateos, los árabes de Petra. Las vendedoras del mercado, que parecen gitanas con cejas ennegrecidas, entienden muchas lenguas que para nosotros resultan  música incomprensible. No lejos del mercado, eso sí, existe silencio. Silencio que envuelve un lugar que al verlo  nos aturde. Es la plaza Registán. Si la explicamos en clave cristiana, es como una plaza en que sólo hubiera tres magníficas catedrales y sus respectivos conventos llenando completamente tres de las cuatro calles del cuadrado. En vez de catedrales, se levantan tres monumentales madrazas, escuelas coránicas de altos estudios. Vemos alminares, cúpulas y pórticos, y al desfallecer el sol brillan los mosaicos donde sobresale el lapislázuli. En este lugar surgió un modelo de arquitectura islámica imitada luego desde la India hasta Marruecos. Para que la gente pueda observar mejor la plaza, una de las cuatro calles que la forman  permanece abierta, y en el lugar se han instalado 20 hileras de asientos hechos en madera y metal trenzado. En cualquier momento podrían entrar al anfiteatro las hordas encabezadas por el mayor conquistador del Islam, Tamerlán, pues nació en este vecindario y fue él quien le dio a Samarcanda, cerca del 1400, la riqueza artística que conquista hasta hoy la imaginación del hombre. 

A pesar de la sangre y las traiciones, el haber podido meter un ojo en este Jardín de Alá  nos hace amigos de Tamerlán. Samarcanda ennoblecerá su memoria hasta el día en que la Tierra sea puro silencio.