Rumania y las huellas de Drácula
Tomamos un tren en Hungría teniendo a Rumania, Transilvania y Drácula en nuestro horizonte de viaje, para transitar por la emocionante vía entre la historia y los mitos. Pero lo que nos llenó de placer fueron las ciudades medievales y las tradiciones que sobreviven intactas.
Texto y fotos de Luis Alberto GanderatsHay que hacerse el ánimo. Chile ya entró al circuito de la entretención basada en esos no-muertos llamados vampiros. Por mucho tiempo habrá reediciones literarias y rocambolescas historias de TV. Mi recomendación más sincera es dejarse llevar por el mito, hacer contacto emocional con Drácula y hasta dejarse tentar con la idea de recorrer sus territorios en Transilvania. Dicha tentación la tuve hace algún tiempo, y se convirtió en una gran experiencia de viaje. Hay que recorrer las ciudades medievales de Rumania, sus pueblos campesinos, sus iglesias con liturgias que en 1.000 años han cambiado poco. El fenómeno Drácula se repite cuando ponemos un acento excesivo en la razón y algo nos trae de vuelta la concepción mágica. Y cuando exageramos lo mágico, volvemos a la razón… En eso nos llevamos.
Aprovechemos el minuto de Drácula. Transilvania, y Rumania entera, tienen ciudades medievales maravillosas, que por sus fiestas las recordaremos siempre. En julio, las vecinas Brasov y Bran acogen el Festival Internacional de Música; y durante agosto, en Sighisoara, cuna de Drácula, se celebran los Días Medievales con ferias, bailes y música. Cerca de la frontera húngara, en la región de Maramures, hallaremos gente que viste y vive como hace siglos.
PAISAJE DE BRAN.
Hay que visitar Brasov, a los pies de los Cárpatos. Las casonas de su calle peatonal y su Iglesia Negra, son un relato en piedra de muchas grandezas y devastadoras invasiones. En su interior cuelgan cientos de tapices turcos traídos por los mercaderes que regresaban de Medio Oriente. Al mérito de Brasov hay que agregarle su vecino castillo de Bran. La familia real rumana lo utilizó como residencia de verano hasta su derrocamiento en 1947, y sólo le fue devuelto hace pocos meses a un archiduque. Si creemos a los estudios más serios, aquí jamás vivió Drácula.
Para llegar al castillo, tomo un bus junto a estación de Brasov. En 40 minutos me lleva por hermosas zonas campesinas. Parecen viejas láminas con “siervos de la gleba”. Su castillo, en cambio, pertenece al territorio de los sueños, repleto como está de rincones sin destino conocido. En este lugar -maldito sea- Drácula sigue vivo y burlón, me advierte un artesano.
¿Por qué este miedo al miedo? Son tonteras, claro, porque a eso he venido.
CEAUCESCU EN LA PENUMBRA.
Ansioso, ayer tomé un tren en Budapest, para hacer un largo viaje desde Hungría a Rumania, y transitar por la frontera de la historia y los mitos. Me preparo para visitar Sighisoara, Patrimonio de la Humanidad, cuna del conde Drácula. Estoy a tres estaciones de tren, y dejo el hotel cuando caen las primeras tinieblas sobre Transilvania. Voy en un extraño convoy ferroviario. Los carros tienen ventanas mínimas sobre una estructura pintadas en celeste eléctrico. Si fuera gris, podrían servir para alguna película sobre los campos de concentración. Llega la noche, y la oscuridad dentro del carro se pone espesa. Ni siquiera alcanzo a distinguir los rostros de quienes están sentados frente a mí. Si Drácula existiera, este sería su hábitat natural. Imposible sentir más inseguridad. Protejo mi bolso fotográfico, mis racionados dólares.
Al detenerse en las estaciones, algo de luz entra por las ventanucas, y entonces puedo ver que mis compañeros de viaje son muchachas preciosas, bien vestidas y de aspecto moderno. También observo a ejecutivos mayores de 30 años que usan Palm. El ya ejecutado dictador Ceaucescu hace que aún hoy todos parezcan iguales en la penumbra. Imposible distinguir descendientes de húngaros, rusos, turcos, serbios, croatas, alemanes, ucranianos, gitanos…
En Sighisoara, en el año 1431, habría nacido Vlad Tepes, personaje del que se alimenta el moderno mito literario de Drácula. Para llegar a su supuesta cuna hay que subir muchos peldaños de adoquines brillosos por la lluvia. A la vuelta de cualquier callejón podría aparecer el verdugo con su hacha, y nadie levantaría las cejas. La casa, pintada de amarillo -donde hoy funciona un restaurante-, se encuentra junto a la importante Torre del Reloj. Al hombre nacido aquí le llaman El Empalador porque atravesaba a los prisioneros turcos como se hace con un pollo en el asador, dejándolos desgarrarse lentamente, hasta morir. Empalando vengaba las muertes de su hija y su padre.
BANDA SONORA DEL PARAISO.
Cerca de Sighisoara se intentó construir el Drácula Park. Los vecinos se opusieron, y entonces el proyecto se trasladó a Snagov, no lejos de Bucarest. En Snagov fue enterrado El Empalador, aunque en su ataúd sólo han encontrado huesos de caballo. Pero alguna razón, el proyecto sigue en veremos. Hasta los inversionistas aprendieron a tenerle miedo al difunto. Ir a Snagov, sin embargo, puede ser una deliciosa experiencia en septiembre, cuando se produce la bajada anual de los rebaños de ovejas. Los caminos parecen tejidos en lana y millones de patitas negras dan un ritmo lento al tránsito. Es la fiesta cuando se separan las hembras fértiles de las estériles.
Como no hay Drácula Park, una alternativa es llegar al Drácula Club de Bucarest. Para allá voy. Se halla junto al río de la capital, cerca del Palacio de los Tribunales, entre oficinas de notarios y abogados. El club permanece en silencio. Hago sonar varias veces una campana. Nadie vive. Un letrero con letras color sangre anuncia: Abre a las 00.01 horas. A través de un vidrio alcanzo a divisar una barra de bar. Todo lo demás es fácil de imaginar. Termino en la casi vecina Catedral Ortodoxa, confundido en una multitud apretada de mujeres jóvenes con pañuelos en sus cabezas, trajes largos y grises. Se persignan repetidamente, rezan en su bello idioma latino, llevando una y otra vez una mano hasta el suelo. El coro lo forman unas 50 personas sentadas hombro con hombro, en un pequeño altillo. Lo que brota de sus bocas es la banda sonora del paraíso, lo más noble y emocionante que podríamos escuchar. Me siento como extra de una película de Ingmar Bergman, donde la religión, la música y el pasado hacen posible crear una obra maestra. Hasta el incrédulo encuentra aquí razones para creer.
MAÑANA PUEDE SER TARDE.
La Catedral, levantada en el siglo XVII, se halla oculta por un interminable bloque de edificios de obvia inspiración faraónico-comunista. El conjunto remata en la construcción más grande de la Tierra después del Pentágono, hoy sede del Parlamento. Es obra del dictador Ceaucescu, ejecutado en 1989, quien no alcanzó a inaugurarla. Para levantar estos glaciares de concreto, el dictador destruyó buena parte de la vieja capital. Hoy es apenas una rareza, un afiebrado monumento a la vanidad de un tirano desvergonzado.
Ahora la amenaza parece ser otra. En la calle principal, el bulevar Bratianu, cada día más cosmopolita, nos recibe el absurdo: un restaurante de cerveza y comida basura que ya tiene 100 m. de frente y se llama Sheriff…
Corramos a Transilvania, ahora. Mañana puede ser tarde.