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Rostros ignorados de Neruda – Luis Alberto Ganderats
Rostros ignorados de Neruda

Rostros ignorados de Neruda

No cabe Neruda en una crónica de cuatro páginas ni en un libro de cuatro mil. Solo su obra casi alcanza esa cifra. Juicios, análisis, entrevistas, polémicas, correspondencia, hechos biográficos y un torrente de noticias lo escoltaron en los 56 años que dedicó a la literatura. Este caudal rompió las cauces hace dos años cuando su nombre reconoció cuartel en el selecto batallón de Premios Nobel de Literatura. Hace dos semanas, su lamentada muerte hizo desbordar nuevamente su figura por los cinco continentes, recogiendo el homenaje de las más nobles plumas de la literatura universal. Por lo tanto, en su vida y en su obra pocos caminos quedaban por recorrer. Revista del Domingo se une al homenaje mundial entregando lo inédito y lo menos conocido de su vasta iconografía, subrayando al Neruda hombre, con su fortaleza y debilidad, penas y alegrías.

Textos que acompañan las principales fotografías

El niño, hijo de un ferroviario recto como un riel, práctico y autocrático, nació en una familia de clase media provinciana, como Gabriela Mistral. Lo crio su madrastra, Trinidad Candía Marverde, a quien en sus versos llama con cariño entrañable mi mamadre. En su familia lo llamaban “El Canilla” por lo “delgado ceñido y fruncido”.

El poeta padre está casi ausente de su obra (en la foto con un sobrino). Su único hijo, una niña llamada Malva Marina Trinidad, nació prematuramente y murió a los 8 años en París, sin perder nunca su condición de inválida. Cuando la niña tenía dos años, Neruda se separó de la madre, su primera esposa, María Antonieta Haagenar. Su tercera esposa, Matilde Urrutia, perdió un hijo del poeta antes de que naciera. El poeta del amor y gran amador murió sin dejar descendencia.

El bautismo en la parroquia San José de Parral, se hizo con el nombre de Ricardo Eliécer y no el de Neftalí que, al parecer, fue agregado en la inscripción civil. Neftalí fue también el segundo nombre de su madre que murió cuando él tenía 45 días de vida. Su seudónimo lo creo con el apellido del poeta checo Jan Neruda, y el nombre del personaje Paolo Malatesta (“Paolo y Francesca”, del siglo XIII). En 1947 transformó en legal su nombre literario.

Con su familia no mantuvo una relación muy estrecha, exceptuando a su

Mamadre (al fondo) y su medio hermana Laurita Reyes Candia, amiga inseparable (izquierda). El poeta  no logró convencer a su padre (fondo izquierda) que la poesía no era sinónimo de chifladura y bohemia, quien al morir en 1938 aun le reprochaba que no hubiese recibido su título de profesor. De su medio hermano Rodolfo, empleado municipal primero y luego comerciante en abarrotes, se mantuvo distante. (En la foto Neruda de bigote)

La única esposa chilena, Matilde Urrutia, que lo acompañó desde 1949 hasta su muerte. La unión entre ambos se consolida en 1956 cuando Neruda se separa de Delia del Carril, y se legalizó once años más tarde (noviembre de 1967), frente al oficial civil de Isla Negra. De testigos (ver foto) sirvieron Armando Carvajal Quiroz, músico y compositor, y su esposa la cantante lírica Blanca Hauser Venegas.

En los últimos años, un mundo fantástico habitado por mascarones de proa, caracolas, buques y cartas marinas, rodeó la intimidad del “fracasado estudiante de francés.”  Imaginó, trazó y dirigió la construcción de su casa-museo de Isla Negra, donde vivió más de 30 años, con largas y frecuentes ausencias. Para las visitas jamás estaba en la hora de la siesta (“en esta materia soy conservador tradicionalista”),  y para ingresar a su casa era necesario vencer a su esposa Matilde, celosa vigilante de su intimidad y descanso.

Neruda escondido bajo la identidad falsa de “ornitólogo Antonio Ruiz” y con negra barba, eludió a quienes intentaron detenerlo y procesarlo por sus actividades políticas contra el régimen de Gabriel González.

“Ninguna más, amor, dormirá con mis sueños”, escribió Neruda en versos dedicados a Matilde Urrutia. Y agregó: “De todo lo que he tocado, sólo tu piel quiero seguir tocando”. Quienes conocieron íntimamente al poeta ratifican que esas fueron palabras sentidas. En amores dejó de ser el “ladrón de caminos” de otras épocas, y la Matildina Silvestre, nombre que le dio a su esposa en Arte de pájaros, lo acompañó en los últimos 24 años, hasta su tumba.

Con Revista del Domingo el Nobel desaparecido conversó y viajó largamente en varias oportunidades. En la foto con nuestro subdirector, Luis Alberto Ganderats, quien lo entrevistó al estrenarse su única obra de teatro (Fulgor y muerte de Joaquín Murieta), luego al ser elegido académico honorario por la Academia Chilena, y más tarde al ser nominado precandidato presidencial para las elecciones de 1970.

Lentes op-art lució el poeta en el Congreso del Pen Club de Nueva York en 1966. Desafió así a radio La Habana de Cuba que criticó dicho viaje y luego su almuerzo con el presidente Belaúnde del Perú. Los cubanos zahirieron de tal manera al poeta chileno que desde entonces sus relaciones con el gobierno de Fidel Castro permanecieron tirantes.

Neruda cowboy fue el poeta que encontraron sus amigos al regreso de Nueva York. Cuando un periodista norteamericano le preguntó si se había reconciliado con Estados Unidos, respondió que no se pudo reconciliar porque nunca había peleado con ese país, aunque no aceptaba su política exterior.

Embajador en Francia resultó un cargo alivianado para Neruda, que en la foto trabaja junto a un león de felpa, “tendido como un amigo amaestrado, como un soneto rendido, como un viejo enemigo disecado”. Al poeta lo asechaba un cáncer prostático, que lo llevaría a la muerte un año después de abandonar la embajada, ya recluido en Isla Negra.

Isla Negra, con su playa y sus casas, fue dejada en herencia a los “sindicatos del cobre, del carbón y del salitre”, según dice Neruda en su Canto General. En Testamento 1 escribe: “Quiero que en el limpio amor que recorriera mi dominio, descansen los cansados, se sienten  a mi mesa los oscuros, duerman sobre mi cama los heridos”, (Obras Completas, tomo I página 717).

La esposa argentina, Delia del Carril, quince años mayor, lo acompaña en su casa de Isla Negra que comenzaba a enriquecerse de historia y recuerdos. Ella, militante comunista, influyó en su formación política. La foto (1944) está dedicada a Ángel Cruchaga y a su esposa Albertina Azócar, muchacha que a los 20 años inspiraba los versos  Me gustas cuando callas porque estás como ausente y me oyes desde lejos y mi voz no te toca…”

Bestiario, trozo e ilustración de versión inglesa.

Con bigote a lo mexicano, participa en un corso hace 8 años.

La esposa javanesa, María Antonieta (Maruca) Haagenar Vogelzanz, hija de un comerciante javanés-holandés arruinado en especulaciones comerciales, le dio al poeta afecto durante su soledad en Batavia. En 1932 viajaron a Chile. No pasó mucho tiempo sin que “nuevos y viejos amores lo perturbaran en Santiago y Temuco”. Dos años más tarde en Madrid conoce a Delia del Carril y en 1956 el matrimonio se rompe definitivamente (la foto es de esa época).

Viajero incansable, a los 26 años llegaba a la India, de paso a Birmania, donde asumiría un cargo consular en 1927. Casi tres años más tarde conocería a su primera esposa, Maruca Haagenar, en Batavia, Indonesia. A ella no la menciona en ninguno de sus versos de amor, y en su poema Itinerario la alude al preguntarse: “¿Para qué me casé en Batavia? Fui caballero sin castillo / improcedente viajero / persona sin ropa ni oro / idiota  puro y errante”.

El poeta ha muerto y su cuerpo yace en la urna como en un profundo sueño.

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