Perú
Visita a la Señora de Cao
Mil años antes que existiera Machu Picchu, una joven del pueblo mochica pudo reinar y combatir cerca de la actual Trujillo, en el Norte del Perú. Una inesperada mujer en el poder. Se le llama La Señora de Cao. El hallazgo de su tumba tiene de cabeza a los expertos. Fuimos al cerro El Brujo a ver su cuerpo -tatuado y momificado- junto a su descubridor, el arqueólogo Régulo Franco. Vemos también una pirámide cubierta de murales, donde se expresan arte, poder y riqueza.
Por Luis Alberto GanderatsLe brillan sus pequeños ojos al arqueólogo cuando nos relata cómo descubrió la tumba de la Señora de Cao. Régulo Franco sigue trabajando en el mismo lugar. Nos dice que en mayo espera inaugurar un museo de sitio, pero ya abrió al turismo los circuitos que explican lo que ya se sabe de esta “señora” de hace 1.600 años, muerta mil años antes que los incas crearan Machu Picchu. Lo que ahora se sigue revelando es una historia tan admirable como la de los incas, y prueba que Perú se encuentra en el primer lugar de Sudamérica en la historia del desarrollo humano, compartiendo con México el protagonismo en las tres Américas.
Al visitar los feudos de la llamada Señora de Cao lo que hemos sentido es la misma agitación que cuando recorrimos el interior de las pirámides egipcias o los milenarios templos de Camboya y Birmania. En este sector llamado El Brujo, 60 km al noroeste de Trujillo y a unos 700 de Lima, cualquiera toma conciencia de la fugacidad de su propia existencia, y de lo poco que conoce de la historia del hombre americano. Algo sabemos de los incas, mayas y aztecas, pero no imaginábamos que podíamos alcanzar el mismo grado de placer y asombro en el Norte del Perú, con la herencia de los moches o mochicas, con sus pirámides llenas de expresivos murales.
La momificada Señora de Cao no sólo sorprende
a los visitantes: tiene de cabeza a los expertos. Su cuerpo milenario conserva
piel, uñas, dientes, pezones y un abultado vientre. Los tatuajes de connotación
mitológica que cubren parte de sus brazos, manos, piernas y pies están más
nítidos que cualquier otro de su época descubierto hasta hoy. Su vientre
muestra pliegues, que parecen producto de un embarazo. Huellas en su hueso
púbico indican que tuvo por lo menos un hijo.
Pero tal vez lo más extraordinario es que su aparición abre una enorme puerta
al misterio. Es la primera mujer mochica que pudo ser gobernante de su pueblo,
pues entre los objetos que la acompañaban en su tumba vemos báculos de mando,
coronas doradas de cobre y otros elementos que a su arqueólogo descubridor le
permite suponer que nos encontramos frente a una poderosa soberana. Otros -con
sigilo, y tal vez con celos profesionales- prefieren hablar de una importante
sacerdotisa, a la que se pueden atribuir
poderes mágicos antes que políticos o guerreros.
No importa lo que haya sido en vida, esta Señora reaparece con honores para instalarse en un lugar importante de la arqueología americana.
Fardo del asombro
¿Soberana, sacerdotisa o sólo una mujer de la nobleza mochica?
La polémica está instalada. La revista National Geographic llenó su tapa de agosto pasado con los tatuajes nítidos de arañas, serpientes, caballitos de mar y estrellas, que cubren mano y brazo derechos de la mujer momificada. “Nunca se ha encontrado otra mujer mochica como ella” dice la revista. Y su descubridor, el arqueólogo Régulo Franco, nos ratificó en el sitio del hallazgo: “Creemos que fue una soberana.”
Algún experto advierte que no se conocen hasta hoy imágenes de mujeres mochicas en el trono, ni en las cerámicas ni en los hermosos murales de las huacas. Pero nada puede parar el revuelo que produce encontrar signos de poder en esta tumba femenina. Aparece como la primera mujer líder de la cual se tenga constancia en la historia de este pueblo. Antes sólo fueron descubiertas dos tumbas de mujeres de la elite, sin símbolos de poder, y menos antiguas. El impacto de este hallazgo puede compararse al del extraordinario Señor de Sipán, gobernante del mismo pueblo cuya tumba y museo recorrimos en otro sector del norte peruano (ver reportaje).
Los restos de la Señora de Cao también son excepcionales entre los antiguos mochicas por tener la piel en excelente estado de conservación.Pudo favorecerla el que la tumba estaba en lugar seco, tan lejos de las aguas subterráneas como de las tierras de la superficie, a menudo afectadas por las lluvias torrenciales del fenómeno de El Niño. Su cuerpo lo cubrían unos 600 metros de tela de algodón, en 26 capas, hasta formar un grueso fardo. Algo más la protegió de la descomposición, pero sobre ese “algo” no tenemos más que hipótesis. Pudo ser la tintura de cinabrio con que fue cubierto su cuerpo, como parte del ceremonial funerario. El cinabrio o sulfuro de mercurio habría actuado como repelente y veneno para las bacterias que deterioran los tejidos blandos del cuerpo. Así, por una aparente casualidad, el cuerpo se momificó de manera natural.
Leyendas occidentales señalan que el cinabrio era utilizado para impedir que las personas muertas regresaran a la vida. La Señora de Cao –viva o muerta– ha regresado, sin embargo, desafiando a todos, a pesar de su exiguo metro y medio de altura. Quienes ven en esta momia a una hechicera y no a una gobernanta, creen –naturalmente– que ella misma pudo hacer incorruptibles sus restos.
La joven mujer –que seguramente tenía entre 25 y 30 años– fue enterrada con todos los honores, completamente desnuda, y con dos vestidos doblados sobre su cuerpo. Ropa extraordinaria, a juicio del arqueólogo y antropólogo Dr. Luis J. Castillo Butters, de la U. Católica de Lima: “En la textilería, yo nunca había visto vestidos moche, vestidos así de mujer, pintados además, maravillosos.”
Vemos también láminas hechas de cobre y oro, cocidas a una tela de algodón, que cubrían gran parte de su cuerpo. El fardo funerario estaba decorado con un gran rostro bordado y cubierto por una especie de camastro de caña y una almohada. En su interior, junto con el cuerpo había objetos más lujosos y elaborados que los descubiertos en la tumba del Señor de Sipán, aunque más pequeños por el carácter femenino del difunto. Podemos ver 18 collares de oro, plata, cuarzo, turquesa y lapislázuli (originario del actual territorio de Chile); treinta adornos de nariz de oro y plata; diademas y coronas de cobre dorado; objetos de metal, cerámica, lanzas, agujas de oro para coser y enseres para el tejido.
Llaman la atención en esta tumba de mujer la presencia de elementos de caza –estólicas para disparar dardos– y largas porras o báculos de madera cubiertos de una aleación de cobre y oro, usados como símbolos del poder en las ceremonias mochicas. Su rostro estaba cubierto con un paño de algodón y protegido totalmente con una pulida vasija de media esfera, hecha de cobre dorado.
Descubrimiento
Régulo Franco, director del Proyecto Arqueológico Complejo El Brujo, nos cuenta cómo se produjo el hallazgo. A fines del 2004, trabajaba con su equipo en la huaca de Cao Viejo, una pirámide trunca o templo de 2.500 metros cuadrados, hecha de ladrillos de barro, con una plaza de 180 m de largo, para 10.000 espectadores. Inesperadamente, encontraron una pequeña muestra de pintura mural en una esquina de la plataforma intermedia de la pirámide.
-Como tales manifestaciones de arte son significativas para los mochicas, resolvimos profundizar la excavación, aunque jamás pensamos hallar allí la tumba de una soberana. La tumba del importante Señor de Sipán estaba en un espacio exterior de su respectiva pirámide, en Lambayeque.
Meses más tarde, la prolija excavación los llevó a un hermoso patio. Por el tipo de dibujos de peces que adornaba uno de sus muros, Régulo Franco no tuvo dudas: se trataba de un recinto sagrado. Al ampliar los trabajos descubrieron, agitados pero contenidos, un patio ceremonial con varias representaciones de un ser mitad humano, mitad felino, con dos serpientes y cóndores sobre la parte superior de su cabeza. Sobre el piso inmediato encontraron los primeros signos de la existencia de “algo más.” Eran agujeros superficiales parecidos a los de una tumba moderna, con lápidas, más unas extrañas protuberancias huecas destinadas tal vez a recibir libaciones. El equipo siguió trabajando en el 2005, con extremo cuidado, como cirujanos en un trasplante de corazón. Justo al lado de la imagen con cóndores, y a dos metros de profundidad, apareció el fardo mortuorio de la Señora de Cao. Fue un día memorable. Junto a su tumba había otras cuatro, ocupadas por mujeres jóvenes y muchachos, que la acompañarían a otra vida, de acuerdo con las creencias mochicas.
Mochicólogos alerta
La noticia del hallazgo encendió la luz roja de los arqueólogos. Martín Huancas, del diario El Comercio de Lima, dio el aviso al mundo. Después de eso, la Señora de Cao guardó silencio. En el año que recién termina, la revista National Geographic, que financió gran parte de los trabajos, en conjunto con la peruana Fundación Wiese, la presentó en sociedad. Hizo una primera publicación oficial en distintas lenguas, hablando de “los misterios” de la Señora de Cao. Viajes de La Tercera fue la primera revista chilena en visitar a la Señora, acompañada del arqueólogo descubridor. En mayo de este año, anuncia el arqueólogo, se concluirá el edificio del Museo de Sitio. El cuerpo de la Señora de Cao y todo lo que le acompañaba serán presentados con un concepto museográfico moderno. Fechados por radiocarbono entre los años 300 y 400 d.C., se conservan ahora con atmósfera climatizada, en un edificio provisorio junto a la pirámide, que se halla entre zonas de cultivo y el mar.
Definir el rol exacto que cumplió la Señora en la sociedad mochica exige estudiar todo el entorno de su tumba. Los trabajos piden lentitud. Tanta, que aún sigue en su fardo mortuorio uno de sus “acompañantes”. Para entender mejor el contexto, también es necesario que “hablen” otras tumbas reales que presumiblemente oculta la pirámide o su entorno. Debido a sus 500 años de vida, desde el segundo siglo de la era cristiana, es muy probable que existan varias otras.
La Señora de Cao empieza a producir una fiebre de excavaciones a cargo de otros equipos, no dispuestos a ceder a sus colegas arqueólogos el placer del descubrimiento. El Dr. Luis J. Castillo Butters, director del Proyecto Arqueológico San Joé de Moro, profesor de la U. Católica, no le tiene miedo a esta carrera por asomarse al pasado mochica. Es importante llegar antes que los huaqueros, destructores de evidencias y ladrones de piezas invaluables. Advirtió en una entrevista:
—La gente nos dice “ustedes son unos huaqueros, van a salir a buscar otra tumba más.” Bueno, yo no creo eso. Pienso que la competencia nos mantiene alerta, al día, atentos. Es siempre sana.
Se estima que la región existen unas 200 edificaciones de la cultura mochica, incluso pirámides ocultas bajo tierra. El frenético tugar-tugar sólo comienza. Como hoy hablamos con reverencia de los egiptólogos, es muy fácil creer que mañana hablaremos con el mismo respeto de los mochicólogos. Son clave para escribir la historia del hombre.
La clave mochica. Los moche o mochicas fueron los primeros en la costa norte del Perú. No sólo son muy trascendentales por sí mismos, sino que influyeron en la importante cultura chimú (Chan Chan), la cual, a su vez, hizo heredero de sus conocimientos a los incas (Machu Picchu). Eran sembradores del desierto, maestros del riego, navegantes, grandes constructores de templos-tumbas, con una vaga forma de pirámide truncada; sabían también de metalurgia y dieron forma a una civilización notable, sin que llegaran a escribir ni a usar la rueda. Pese a todo, alcanzaron con sus adelantos hasta Lima. De toda la cerámica universal, ninguna tiene más variedad de temas que la mochica, en formas y pinturas. En una pasta muy fina y perfectamente cocida se encuentra escrita gran parte de su historia, de sus costumbres, conocimientos, vida social y política, tareas cotidianas, casas de los pobres y de los poderosos, rasgos físicos (pequeños, algo rechonchos, de nariz gruesa y aguileña, piel más oscura que clara). Excepcionales son los huacos-retratos, muy realistas, los mejores de América. Representan cabezas humanas en múltiples estados de ánimo, oficios y aficiones. Conocían las técnicas del bordado, el doble tejido, del brocado, la soldadura en oro, plata y bronce, el engaste en plumas, la joyería y la tapicería. Sus joyas anuncian la exquisita joyería de los chimú, de quienes son sus antecesores inmediatos.
Tatuajes. La piel era perforada con espinas de cactus, cañones de plumas de aves o estiletes de hueso, con hilos empapados con la indeleble tintura azul oscuro de la pepa del arbusto amazónico llamado huito (los nativos lo utilizan también para teñir sus ropas y artesanías.) Para el rojo utilizaban el rojo de la bija, una planta americana; para el negro, madera del árbol bálsamo del Perú, y para otros colores, la fruta el totumo.
Cómo llegar. Vuelo desde Lima, 1 hora aprox., hasta aeropuerto Carlos Martínez de Pinillos, a 15 minutos del Centro Histórico de Trujillo, a 545 km de Lima. Viaje por la Panamericana Norte, aprox. 7 horas. Desde Trujillo, el sitio de la Señora de Cao, la huaca Cao Viejo, en El Brujo, se encuentra a 1 hora de viaje por tierra.
Tours. La Huaca Cao Viejo se halla en Magdalena de Cao, junto al mar, unos 60 km al noroeste de Trujillo. Estuvo activa aprox. siglos II al VII d.C. Se ofrecen tours desde esta ciudad de 3 noches y 4 días, lo mínimo para recorrer la Huaca Cao Viejo, Chan Chan y el Museo Tumbas Reales de Sipán. El tour también puede tener como lugar de partida la ciudad de Chiclayo, donde se encuentra el museo del Señor de Sipán. Valor: 400 dólares en hoteles de 3 estrellas. Guías cobran 100 dólares adicionales y 70 por el transporte.
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