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Papúa Nueva Guinea | De viaje por Perro Mundo – Luis Alberto Ganderats
Papúa Nueva Guinea | De viaje por Perro Mundo

Papúa Nueva Guinea
De viaje por Perro Mundo

Excitante resulta caminar por el país donde el documentalista Jacopetti hizo su mejor cosecha de costumbres inconcebibles. Papúa-Nueva Guinea nos ha hecho vivir una opresiva alucinación y también reírnos de las arañas de colores. Aquí hay tierras donde el hombre blanco jamás ha llegado.

Vaya una confesión por delante: me está sucediendo en esta selva de Nueva Guinea algo emocionante, aunque nada divertido, Y lo menos divertido de todo es lo que me acaba de ocurrir con la araña rojinegra que se interpuso en mi camino. He pasado gran parte del día recorriendo esta hermosa selva tropical tras la última huella dejada por los indígenas koiaris: sus extrañas casas construidas sobre los árboles. Me han dicho que todavía quedan algunas, ya deshabitadas, en la región del Sogeri. Poca luz logra atravesar el follaje, de modo que la humedad es muy alta y la semioscuridad hace más difícil la búsqueda. ¿Lograré descubrir alguna? ¿O pasaré de largo, engañado por esta maraña vegetal que huele a yerbería?

No hay motivos para el optimismo.

A mitad de camino me fue imposible convencer al guía papúa de que diera un solo paso más. Estaba cansado… Kahira-kahira  repetía en lengua pidgin para convencerme que cerca-cerca estaban ya las casas de los koiaris, y que yo podría seguir sin su ayuda.
Decidió volverse por las huellas y esperarme en el jeep que hemos dejado junto al río Lakoli, camino a Port Moresby, la capital… papunuevoguineana.. Ese río rumoroso y una cumbre de piedra roja deberán servirme como puntos de referencia para mi regreso solitario…
Antes de dejarme, el guía papúa repitió en su lenguaje -el pidgin es mezcla de inglés con dialectos nativos- que debía tener cuidado con los troncos atravesados cono puentes sobre los esteros. Muchos están podridos. Al pisarlos se desintegran igual que un barquillo.

También debo escuchar con detenimiento los sonidos del bosque. Ha llovido mucho en los últimos días y los árboles maduros, envueltos por el musgo, se hallan llenos de agua, como esponjas.

Cualquier estruendo lejano puede anunciar la caída de gigantescos troncos en un descomunal juego de palitroques.

OCHO OJOS EN LA JUNGLA

Esta olorosa jungla no se parece tanto a los bosques de la vecina Australia como los del sudeste asiático: Vietmam, Camboya, Malasia. Y como no soy el Tigre de la Malasia, hasta debo pestañear con cautela. La humedad obliga a usar mangas y pantalones cortos, pero. en la selva hay un sonido que anuncia la presencia de diminutos habitantes ocultos. Existen otros signos fuera del murmullo: algo pegajoso se me adhiere al cuerpo, desde los tobillos hasta las cejas.

Son telarañas.

Las he ido recogiendo sin cesar, y sin querer, durante estas horas de exploración. Formadas por varias capas, parecen ya mi segunda piel.

Me detengo a tomar fotografías en un claro del bosque. Al bajar la vista, descubro una araña rojinegra que cuelga delante mío, a la altura del cinturón. No es muy grande, aunque su cuerpo escamoso le da un aspecto repulsivo. Me inclino para observarla de cerca, pero desciende rápidamente, como si me estuviera observando atentamente con sus ocho ojos.

Me levanto, decepcionado. Y entonces ella –curiosa– sube con la misma rapidez. Vuelvo a inclinarme; vuelve a bajar; vuelvo a levantarme; vuelve a subir. (“¡Qué bicho de…!”). Hago la prueba de empinarme. La araña sigue subiendo. Doy un paso hacia atrás, ella avanza hacia mí, como si volara.

¿Qué se hace en estos casos, de acuerdo con el Manual del Cortapalos?

Resoplo para darme tiempo. Y junto con el resoplido se me hace visible el hilo en que se columpia la araña.

Ese hilo cuelga de mi sombrero. (¿Con cuántas bocas ríe la araña?).

No lo averiguo. Del sombrero hago un ovillo y lo tiro al suelo, descontrolado.

Llevo ahora mi primoroso sombrero de explorador en el fondo de la mochila, lleno de barro.

AVES DEL PARAISO

Ha pasado otra hora de caminata solitaria, y siguen invisibles las casas de los koiaris. Decido regresar. Aunque tomo otra huella, con la esperanza de encontrarlas. Antes de tres horas debo hallarme fuera del bosque. En esta región ecuatorial la noche cae como un telón negro, casi sin los anuncias del crespúsculo. El día se hace noche, y se acabó.

Salgo a tiempo del bosque y encuentro nuestro jeep con el papúa en su interior, más aburrido que una oveja. Pero no he encontrado las casas de los koiaris. (“A lo mejor se han caído”, observa el guía, desganado).

Pude, en cambio, fotografiar un ave del paraíso, hermosísimo símbolo de los koiaris, quienes comerciaban con sus plumas color calipso. El pájaro tiene una cabeza negra donde resaltan sus ojos celestes. Es el único de su especie que habita en las montañas de las tierras bajas. De las 43 aves del paraíso conocidas en el mundo, 38 viven aquí en Papúa-Nueva Guinea.


En colorido y espectacularidad sólo pueden ser igualados por los indígenas del país cuando llevan trajes y pinturas ceremoniales. Es fácil comprobarlo en estos días de mayo. La fiesta del Sing- Sing explota en colores lujuriosos sobre los cuerpos, en los tejidos, en las plumas, en las piedras.

El “arte del cuerpo” -para embellecerlo o hacerlo pavoroso- se ensaya por estos días cada aldea, en cada pueblo, en muchos templos de dioses distintos, El Sing-Sing reúne cada año a los tribeños -amigos y enemigos-, en competencias de bailes y destrezas guerreras. Participan 70 mil a 80 mil individuos. Es la fiesta más extraordinaria que se conozca en el Pacífico Sur. Los turistas vienen al Sing-Sing como otros van al Festival de Río.

Algunos nativos viajan a pie, por varios días, desde las profundidades de la Edad de Piedra, para tomar, semidesnudos, un avión que los llevará a la capital, Port Moresby. Muchos de estos hombres vieron la rueda por primera vez al acercarse a un avión que los llevó a lugares como Rabaul, Mount Hagen, Wewak, Lae o Goroka. Ni siquiera conocían los animales de carga.

UNA CAPITAL SITIADA

Muchas de estas cosas las he descubierto al llegar, hace dos días, a este país de apenas tres  millones de habitantes. Un avión de Qantas Airways me depositó -en la mayor inocencia- sobre la losa del aeropuerto de Port Moresby. Desde allí proyectaba viajar por tierra al interior del país, donde una población igual a la mitad de Santiago habla por lo menos 300 lenguas diferentes.

También me proponía visitar la costa oriental, y en lo posible el río Sepik, cuyas regiones interiores sólo fue reconocida por el hombre blanco poco antes de la segunda guerra mundial. Todavía hoy, dice el doctor Paolo del Papa, que ha escrito sobre la región, existen cazadores de cabezas entre los grupos más alejados. Tok Tok Nu Gini, un periódico local bilingie, anuncia en estos días que se acaba de descubrir una serie de nuevas poblaciones primitivas en los montes Hunstein.

Todo estimula mis deseos de partir pronto.

-Dónde puedo tomar un bus que me lleve a la otra costa?
-¿A dónde?-, me pregunta el recepcionista del Hotel Travelodge.
-A Lae, a Madang, por ejemplo.
-No, no hay buses, señor.
-¿Y ferrocarril?
-No hay ferrocarril, señor.
-¿Un taxi o un colectivo?
-Tampoco, señor-, dice, y sonríe en forma cazurra.
Es que no hay caminos.

La capital de Papúa-Nueva Guinea es una ciudad sitiada por el mar y las montañas boscosas. Ninguna carretera -ni siquiera una huella de carretas-la une con el resto de las ciudades del país. Y el territorio es tan grande como el de Chile sin su Norte Grande. Faltan millones de kinas para financiar la construcción de caminos.

No hay otro medio para viajar rápidamente entre la capital y el resto de las ciudades, que el transporte aéreo. Un enjambre de aviones y avionetas cruza su geografía magnífica. Ellos usan las 430 pistas de aterrizaje construidas junto a las aldeas primitivas, sobre las Tierras Altas o incluso en las peligrosas tierras bajas de la hoya del río Sepik.

JACOPETTI Y SUS HISTORIAS

Papúa-Nueva Guinea -que cumple diez años de vida independiente el próximo 16 de septiembre-, es uno de los pocos países del globo donde viajar es aún aventura para exploradores y descubridores. Existen zonas de las Tierras Altas -cuatro de las veinte provincias a lo menos- donde aún las tribus no han sido pacificadas; y quedan retazos de su territorio todavía desconocidos por el blanco.

No es mi ánimo explorar ni descubrir (naturalmente). Con pocos dólares y sin compañía experimentada, intentarlo sería una excursión al disparate. De todos modos me entusiasma el estar pisando el umbral del Perro Mundo. Cuando el documentalista Gualterio Jacopetti estrenó su película en 1962, la imagen de Nueva Guinea y de la Papuasia estuvo en todos los cines. Un tercio de Perro Mundo Nº1 se ocupa de sus hombres y costumbres.

Vimos, entonces, sobrecogidos, a las mujeres chimúes amamantando pequeños chanchos; a hombres muy oscuros y motudos (papúa significa motudo en lengua malaya), orando en altares insólitos, cerca de Port Moresby, para rendir culto a los aviones. Y no pudimos contener una sonrisa de superioridad racial al ver las novias de un cacique que eran engordadas como cerdos -alimentados con tapioca- seis meses antes de la boda. Dicho cacique es habitante de este país y goza de sus gordas en una de las islas Bismarck.

Jacopetti hizo un manejo claramente sensacionalista de los documentos que filmó y se afirma que en su Perro Mundo hay evidentes deformaciones o falsificaciones. Ese italiano ladino no se propuso entender, sino sólo mostrar lo chocante y excepcional para estremecer al público y sus cajas registradoras. Es cierto, sin embargo, que no le resultaba fácil explicar muchas cosas que ocurren en Nueva Guinea. Hasta hoy -23 años después-, no es muy confiable la literatura etnográfica sobre esta multitud de pueblos tan diversos.

Por tal razón, y si es verdad aquello de que “los buenos viajeros son inhumanos” -como dijera el Nobel Elías Canetti, este país necesita de muy buenos viajeros. Deben dejar la indignación en su casa; mirar, escuchar y entusiasmarse con las cosas más espantosas simplemente porque son nuevas. No hacerse demasiadas preguntas morales, sociales o políticas, y dejar trabajar a la máquina fotográfica.

MI CEREBRO EN CAPILLA

Ahora que un pequeño avión me lleva a Lae -para sumergirme luego en las míticas Tierras Altas- intentaré comportarme como “un buen viajero” Al menos por esta vez.

Fuera del recorrido por la selva húmeda de Sogeri, mi encuentro con este país remoto ha sido hasta ahora tranquilo. Casi rutinario. Salvo por esa araña repelente que me puso el corazón como en baño turco, y ese guía desertor a mitad de camino.

Otro pequeño sobresalto tuve al llegar. ¡Ahora lo recuerdo! Fue mi encuentro (en las oficinas de Policía Internacional del aeropuerto) con los seres humanos más feos que haya visto. Resalta en especial su frente huidiza, propia de los criminales natos fotografiados en las crónicas policiales. Nariz ancha, ojos amarillentos, piel negra y boca desmesurada.

Ahora veo a esos hombres sentados junto a mí en la avioneta que se dirige a Lae. Me resultan simpáticos, como simpática es la fealdad del bulldog. Son hombres que tienen la sonrisa fácil del niño y una mirada dócil que nos hace temer que de pronto se acercarán a olernos. Más próximos del “buen salvaje” que del hombre “civilizado”, son seres que terminan provocando una gran ternura.
Pero no tuve este sentimiento al llegar -como he dicho-, ni menos cuando leí sobre sus cabezas una serie de letreros alarmantes en el aeropuerto:

“Malaria is endemic in Papua New Guinea. Appropriate preventive medication is recommended”.

Y yo llegaba sin vacunas ni medicamentos, después de consultar en Santiago, San Francisco y Sydney.

Hoy, antes de partir rumbo a Lae, una francesa que trabaja para la estatal Air Niugini en su oficina de Corner Douglas, me dijo:


-Hay mucha malaria en las zonas bajas del rio Sepik, pero muy poca en el resto del país. Quizá por eso no es un requisito la vacuna para entrar. Habría sido mejor, sin embargo, que usted se hubiese vacunado hace unos diez días.

Y para ser más convincente, agregó:

-En la silla donde usted se sienta estuvo un inglés hace poco tiempo. Era sábado. El lunes volvía muerto del río Sepik. ¡Malaria cerebral! Es una variedad fulminante, que se ve muy de tarde en tarde.

Desde que salí de esa oficina, siento mi cerebro en capilla. Estoy consciente de que si comienzo con escalofríos -primer síntoma del paludismo-, en vez de dormir valdrá la pena ponerse a rezar. Rezar a las ánimas, por deferencia con los dueños de casa, que en su mayoría son animistas bajo un barniz cristiano.

SORPRESA DE LAS HIGHLAND

En el Lae Lodge, establecimiento hotelero rodeado de vegetación tropical, descubro que en este país florece el aprecio por los blancos. Australianos y británicos son aceptados en el país con un sentimiento en que no se halla ausente una sumisa admiración.

Y de esa buena voluntad hacia el blanco me beneficiaré, sin proponérmelo. Muchos pasajeros y empleados del Lae Lodge me informan de cómo viajar a las Tierras Altas, de qué comer, y a qué lugares alcanzar, sin entregarles mis pocos dólares a las agencias de turismo.

Lae es una ciudad de sólo 38 mil habitantes, por la cual pasan casi todos los viajeros que quieren subir por carretera a las Tierras Altas y su Babel de 300 lenguas. Casi todos habitan en simples caseríos, ni siquiera en aldeas. Viven pendientes de lo que ordena el cacique de la tribu y no de las órdenes oficiales. Por miles de años aprendieron a autogobernarse, viviendo separados unos de otros por montañas, pantanos, ríos, distancias y rivalidades tremendas.

Ahora se ha descubierto que la justicia se imparte mejor entre estos indígenas que en la capital, donde los jueces se hallan sujetos al modelo y a la corrupción extranjera introducida. A ningún “juez” de la tribu se le calientan las manos con billetes. A los otros, casi siempre. Es una conclusión a la que llegó en 1984 una comisión nombrada por la Comunidad Británica.

Y, sin embargo, los civilizados europeos estaban convencidos en 1930 de que nadie vivía en esta enorme área de montañas, llamada The Highland. Menos podían sospechar que existía justicia bien organizada.

Un avión con buscadores de oro sobrevoló la zona casualmente en los años 30, y esos buscadores quedaron boquiabiertos: en las montañas “deshabitadas” y en los valles interiores descubrieron zonas bien cultivadas por hombres de rostros feroces.

CAZADOR DE CABEZAS EN RETIRO

Eran los mismos hombres feos que me inquietaron en el aeropuerto. Hombres que cortaban las cabezas de sus adversarios muertos para atrapar su fuerza y su inteligencia. Los llamados “cazadores de cabezas” tenían aquí (¿y tienen?) por ocupación principal vivir, no matar.

Después de los buscadores de oro llegaron los buscadores de hallazgos antropológicos; luego, los exploradores, tras la emoción y la eternidad, y -más atrás- los turistas y periodistas. No son muchos los turistas, sin embargo. Permanecen lejos por la distancia y el temor reverencial que tantos sienten por lo desconocido. Y entre los periodistas, que se sepa, ningún chileno ha hecho aún esta ruta. Quizá porque se halla en la otra orilla del Pacífico, a más de 37 horas de viaje en un programa de viaje normal.


Por todas estas razones, al salir de Lae no podía imaginar que cerca del pueblo de Mount Hagen -en el hotel del río Karawari- podría intercambiar monosílabos con un cazador de cabezas en retiro -pequeño, viejo, flaco-, pero (afortunadamente) no hambriento. Sonreía a viajeros y turistas, mostrando satisfecho su vestimenta ceremonial con plumas de Casowari, conchas marinas, dientes de jabalí, colmillos de perro y vértebras de pescado.

Para llegar al Karawari Hotel he tenido que acostumbrarme a ser un viajero diferente. Largos trechos en bus, por caminos bien cuidados, y larguísimos trechos subiendo y bajando cerros por senderos cubiertos de piedrecilla volcánica amarillenta, o con el barro salpicando como en un corral de chanchos.

Y en lugar de buses, para llegar a casi todos los pueblos debo usar camionetas de carga. Los pasajeros viajan en el lugar que normalmente ocupan los sacos. Al comienzo no me importa sentarme sobre el latón duro, pero cuando los kilómetros suman cientos, hasta lo curioso y pintoresco se pone borroso. Y después, cuando de sentarse se trata, nadie puede olvidar esos vehículos, que aquí se conocen por las siglas inocentes de PMV (Passenger Motor Vehicle).

APARENTE PRIMITIVISMO

Pero gracias a los PMV se pueden pasar de un siglo a otro -y aun retroceder miles de años- con toda libertad y a gusto del viajero. Basta alejarse unos kilómetros de la carretera que une a Lae con Goroka para descubrir aldeas donde los conceptos de “antigüedad”, o “Edad Media” carecen por completo de sentido. En milenios, apenas han sido alteradas. Pareciera que están sólo un poco distintas a cómo nacieron. El hombre llegó a Nueva Guinea –probablemente- de las islas conocidas ahora por Indonesia. Y de eso hace más de 10 mil años. Las fotos de estas páginas parecen demostrar que el primitivismo se conserva casi virgen en algunos lugares.

¿Es así?

Al menos en apariencia. Pero si observo el comportamiento de las gentes, el dominio de la justicia por sobre todo, de los más capaces por sobre los herederos importantes, ya no me queda duda que socialmente son más evolucionados que los individuos de ciertas sociedades modernas.

Hasta en los secretos de belleza podrían dar lecciones. En Kutubu, al sur, donde llueven 4.700 milímetros al año, la mujer llama la atención por su piel limpiamente depilada y de apariencia suave. Usa una crema capaz de pelar a un puercoespín y… dejarlo suave como piel de durazno. Muchos pueblos de la región ya acusan el impacto de la influencia extranjera. Antes cultivaban, principalmente, camotes, que llegaron aquí desde Sudamérica, a través de Polinesia, en edades remotas. Ahora cultivan té y café introducidos por los blancos, y se benefician de su riqueza.


En los PMV he cruzado ,¡ay!, cafetales interminables, con tecnología moderna a la vista. Y es precisamente un vendedor de fertilizantes y pesticidas, nacido en Nueva Zelandia, quien me permite volar junto a él, en su Piper, desde Goroka a Tari. La región fue pacificada recién en los años 60. Casi todas las negrísimas mujeres de Tari nos muestran_su pecho descubierto con infinito candor, aunque a veces su presencia sea voluminosa. Los varones usan flores sobre el pelo con la elegancia que nuestros abuelos las usaban en el ojal, pero ellos en vez de trajes llevan taparrabos hechos de ramas. Así ocultan —¿o adornan?— sus genitales.

Todos juntos hacen un cuadro extraño en el mercado, que funciona improvisadamente sobre el piso, a la sombra de los árboles. Es una de las escenas más ajenas la historia con que lo ojos de “un buen viajero” pueden disfrutar en 1985. Sorprende ver a estos mocetones caminar con sus camaradas tomados de la mano. O de los dedos meñiques. Es un gesto de amistad, de compañerismo. Mientras en Chile nos conformamos con estrechar las manos del amigo, aquí el gesto se prolonga con afecto, sin ambigüedad.

LA INCOHERENCIA DESNUDA

Es un deleite observar la sorprendente mezcla de razas, dialectos y costumbres. El mercado de Tari parece un ensayo vivo sobre la incoherencia de la vida en el planeta. Junto a esos hombres salidos del pasado, vehículos japoneses reciben en sus radios las noticias traídas por el satélite, una avioneta roja sobrevuela la región y desde lejos me llega un murmullo cuyo origen he averiguado: nativos trapientos juegan un partido de rugby sobre un campo de tierra apisonada.

Papúa-Nueva Guinea forma parte de la Comunidad Británica de Naciones; a su gobernador lo nombra Isabel II, y el nuevo Parlamento -hermosísimo edificio hecho al estilo nativo, en concreto armado y madera interior- fue inaugurado no hace mucho por el príncipe Felipe, sobre una colina de Port Moresby.

Mi amigo neozelandés estará todo el día en Tari, abriendo camino a sus productos. Decido abrir un camino propio a la intimidad de los hombres que habitan esta región. A sólo tres kilómetros del pueblo, una comunidad de los meldpas celebra hoy un pequeño sing- sing, con trajes ceremoniales y comilona de chanchos. Un grupo de seis alemanes y japoneses ya ha partido con sus cámaras en bandolera y su emoción a flor de piel.

Calculo que en media hora podría unir Tari con Bundo, el caserío Meldpa. Si me detengo a fotografiar y a esponjarme en esa soledad alegre y sobresaltada, caminaré los tres kilómetros en una hora.

No hay vehículos que hagan la ruta, de modo que la gente carga sus productos. Las mujeres llevan enormes bolsas de color –sus bilums-  sobre la espalda, afirmadas en la frente como un cintillo. Los hombres -con grandes chaquetas sobre el torso desnudo- cuelgan sus bolsas en bandolera, como los japoneses sus cámaras fotográficas.

Haciendo morisquetas y gestos amistosos, una multitud de niños me acompaña en todo el trayecto. Casi todos andan desnudos y ninguno –ninguno- ha aprendido a pedir dinero, a pedir nada. Alguna abuela, tatuada desde la frente hasta el ombligo, me permite fotografiarla, sin ocultar sus redondeces y rollos. Sus tatuajes les dan un fiero aspecto a estas mujeres mansas.

Alguna, sin embargo, se oculta como lagartija cuando ve que preparo mi cámara.

Puedo robarles el alma.

NOBLEZA DE LOS MELDPAS

No se trata de pudor por mostrarse como Dios dispuso que llegaran al mundo. Tampoco es pudor, seguramente, lo que a muchos nativos de aquí les hace cubrir su pene con una gran semilla hueca, la cual le da una aparatosa presencia.

Cuando los gritos y un canto monótono atraviesan el aire, ya sé que mi caminata hasta Bundo está pronta a concluir. Bundo no es ni siquiera una aldea. Se trata de casas esparcidas en un área montuosa. Casas de barro que parecen orzuelos salidos a la tierra, las mismas con que he tropezado en todo el trayecto. Otras son cabañas de madera con divisiones interiores hechas de estera, montadas sobre pilotes y techos abiertos con algo semejante al coirón.

Quietos, en muchas puertas, se ven viejos fumando en pipas larguísimas de caña. Calvos y barrigones, son apretados de carnes en las piernas, brazos y glúteos. Se han criado en casas que sus padres construían en las cumbres -para avistar al enemigo- y crecieron subiendo y bajando cerros en busca del agua y alimento. Algunos todavía conservan colecciones de cráneos. Son de los enemigos muertos por sus padres y abuelos. También conservan calaveras de cocodrilos y chanchos, dispuestos en casilleros especiales. Mientras más grande la colección, más noble la familia del dueño de casa.

CHANCHOS SEMI SAGRADOS

Cuando llego a Bundo, sólo un pequeño grupo de hombres -desprovistos de trajes ceremoniales- preparan lo que ellos llaman el murmu. Es una especie de curanto con carne de chancho. Desde lejos el aire huele a tripas y desechos. En medio del humo, veo algo        semejante a una pirca circular llena de troncos ardientes, de carne trozada, y con una cubierta de piedras del tamaño de un camote. En su interior -sobre las brasas y bajo las piedras calientes-, la carne de cerdo se sancocha y se ahúma por completo.


Con un gran mumu hay esperanza de que los dioses intercedan por un buen resultado de la siembra. También que los partos de las chanchas se multipliquen. Esta carne es sólo carne de fiestas y sacrificios; no de consumo diario. Todos los días comen camote, sojo y otros vegetales, Los cerdos pueden sobrevivir hasta el gran sing-sing anual, donde suelen sacrificarse 10 mil animales. Algunos mueren en un pequeño sing-sing como éste, repetido en todas las comunidades para distintas fechas.

A quien Dios quiere, la perra le pare chanchos” es una sentencia popular que aquí tiene más sentido que en parte alguna. El cerdo -aunque ofrezca carne blanda- es moneda dura para hacer negocio con los dioses. Por tal razón, si una chancha muere en el parto, las mujeres de algunas aldeas suelen amamantar con sus propios pechos a los cerditos hasta que toleren otro alimento.

En su Perro Mundo, Jacopetti no quiso saber esta razón.

EXPLICACION DEL SING-SING

Uno de los alemanes que llegó a Bundo antes que yo. ha conversado largamente con el pastor anglicano de Tari. Así pudo entender mejor el porqué de esas pinturas espantables en el rostro, de esas máscaras, de esos fantoches gigantescos, de esas inquietantes danzas.

-Se trata de asustar al enemigo. Vienen de la época de las guerras tribales. Son como niños asustadizos. Por eso, antes de combatir, los guerreros asaros se bañaban en barro y luego cubrían sus rostros con máscaras imitando las formas del chancho. Es así como ellos imaginan a los espíritus malignos del bosque, y de ese modo cohibían al adversario.

Por las fotos es posible imaginar la reacción de esos seres crédulos ante una presencia tan inesperada y fantasmal. Lo que no se advierte en las fotos es que los propios asaros ocultaban bajo ese disfraz su alma de niños asustados. Son ellos los animadores preferidos del gran sing-sing, que cada mayo reúne a las tribus principales del país. El de este año -por ser el número 20 desde que lo iniciaron las autoridades australianas- fue concebido para superar todas las celebraciones anteriores. Más de 100 mil participantes, con la presencia del representante de Isabel II, el gobernador general, vestido de gala, durante la inauguración solemne.

Y así debe ser.

Nada más solemne que estas fiestas tribales, pensadas para unir a las tribus, para que los caciques se conozcan y respeten, para que se acostumbren a competir sin herir, para que de tantas tribus alguna vez se pueda hacer un país en forma.

Resultan solemnes aunque se celebren con taparrabos.

ENTRE PATRAÑAS Y CEGUERAS

Hoy en Bundo sólo he podido presenciar apenas un remedo de sing-sing. Pocos hombres y mujeres semidesnudos danzando en un sitio sin cultivar, en el fondo de una hondonada. Ni siquiera se nos permite acercarnos a la fogata del mumu, Desde una ladera con bosque raleado, muy quietos, tenemos que observar, sin hacer uso manifiesto de nuestras cámaras. Antiguos dominadores aquí, los alemanes y japoneses siguen la ceremonia en silencio, siempre con sus máquinas en bandolera. El baile de ritmo hipnótico parece haberlos hipnotizado.

Dos truenos, un resplandor tome anuncio y el cielo abierto como una compuerta, nos obligan a sacar gorros impermeables y a darnos cuenta -con pesar- de que no hay aquí otra protección para la lluvia. Los bailarines, pocos segundos después, se hayan convertidos en monigotes y yo decido tomar el camino de vuelta a Tari. Me siento como

un viajero que regresa de una patraña inventada por su cerebro.

Cinco minutos más tarde, las nubes y sus truenos en vez de decrecer han aumentado, y bajan como una manta lanzada al aire. Se me dijo ayer que en las Tierras Altas no hay peor ceguera que la neblina.

Tomo paso de carga.

¡Ya no es tiempo! He avanzado apenas un kilómetro cuando la neblina se me hace ceguera. Camino a tientas sobre un suelo que no veo. Nunca antes he mirado tanto para ver tan poco.

Estas neblinas suelen durar muchas horas. Aterrorizan a los aviadores, y por eso los montañistas se ven obligados a tomar las cumbres en plena noche. Aunque llueva torrencialmente y el sol aún no se asome siquiera, ellos ven más en una noche sin nubes que en una mañana con neblina. Y eso no me lo ha contado nadie: lo estoy comprobando con mis propios ojos.

Ahora es la ceguera total. Camino en medio de nubes opacas como el mármol, A lo lejos escucho gritos, llamados, risas, y cerca -no sé dónde- muchos gruñidos de cerdos con su monótono oinc-oinc.

No puedo avanzar, y la ansiedad ya ni siquiera me permite respirar acompasadamente. Casi a tientas descubro un tronco caído junto al sendero. Sobre él dejaré mis mochilas y tensiones. ¿Por cuántas horas? No es por el frío que se me comienza a erizar la piel, tampoco por la incertidumbre. Lo que me preocupa es el riesgo de no regresar a la hora, para juntarme con el vendedor neozelandés. Quiero viajar con él, esta tarde, a Mount Hagen, más arriba de Goroka.

Y también hay un cosquilleo diferente: en la isla abundan los asaltantes de caminos. Tanto abundan, que el Gobierno ha optado por mandar en avión -desde Lae- los fondos destinados al pago de sueldos funcionarios. Los hombres de las Tierras Altas cargan siempre pequeñas hachas. Sirven para cortar ramas en los senderos, y para defenderse.

EXPLORACION SUPERFICIAL

Aprovechando mi descanso forzado, exploro lo que tengo más cerca y puedo ver mi cuerpo. Descubro una serie de manchas rojizas en la piel, ciertamente producidas por hongos o bacterias tropicales, y una urticaria intensa debido al recargo de las glándulas sudoríparas.

Y para evitar que alguna picada de insecto o araña -que prefieren tobillos y cintura- me provoque úlceras tropicales, que dejan una cicatriz permanente, he tomado tabletas de penicilina y antibióticos. Todos los días, al comienzo y al final de cada jornada. Y un poco más de sal que lo normal me ha servido para evitar el agotamiento.

Nunca imaginé cuán largas pueden resultar dos horas sentado –ciego- sobre un tronco, escuchando ruidos amenazadores cada cuanto y una sonatina sin parar: oinc-oinc, oinc-oinc..
Junto con ceder la neblina, desaparece mi inquietud, y puedo hacer el camino sin sobresaltos.


EL MIEDO SE PONE MANDON

De regreso, en el avión, mi amigo neozelandés trata de persuadirme de que visite el Sepik. Un buque, el Melanesian Explorer, pasa regularmente por la ciudad costera de Wewak, cerca de la desembocadura, y remonta el río entre garzas reales, canoas indígenas y aldeas ribereñas construidas sobre pilotes y pantanos. Orquídeas, helechos, colas de caballos, lianas y bosques húmedos forman murallones impenetrables. El mejor camino sigue siendo, por lo tanto, el agua apacible del Sepik, que se deshilacha en brazos y afluentes, por el cual ese buque turístico avanza 400 kilómetros aguas arriba, en el túnel del tiempo.

Semejante recorrido -entre garzas – blancas… y malarias cerebrales- es una tentación tantálica. Por fin, el miedo se pone mandón, y la renuncia a hacer el viaje resulta dolorosa. El pueblo de Mount Hagen, sin embargo, me tenía reservado un encuentro insuperable con el júbilo.

Llegamos casi de noche a su aeropuerto, junto al poblado de Kagamuga, centro de la provincia de Enga. Centenares de nativos deambulan por el pueblo, algunos sorprendidos por las casas de dos pisos, las vitrinas con artefactos, y una librería en su Chinatown. Son hombres que visten ropa liviana y convencional, parecida a la de mil aldeas pobres de los cinco continentes.

Muy distinto es en los barrios. La gente se prepara para el Sing-Sing con entusiasmo animal. Aserran troncos en medio de las callejuelas, bailan desaforadamente, como sonámbulos, y gritan, ¡gritan! Muchos lucen sus caras desfiguradas con la repulsiva ceniza volcánica del monte Hagen, y llevan sombreros que recuerdan a napoleones de manicomio.

Todo -a ratos- parece de manicomio, en verdad. Con su desusada fealdad, untados y pintados, estos seres buenos podrían escribir un capítulo del Infierno que el Dante haya olvidado. En medio de tal desvarío, siento que en mis viajes he visto poco.

He visto nada.

Es éste un enorme escenario de calles repletas de actores ingenuos que hacen sus muecas y sus juegos guerreros atemorizantes bajo un cielo apenas clareado por la luna. Sobre la cima de una isla del Pacífico Sur, vivo una opresiva alucinación. No es Perro Mundo. Siento que es la fantasía primitiva del hombre acorralada en cuatro calles. La síntesis de un país imborrable, como lo dirían, tal vez, todos los que nos hayan acompañado hoy con ojos de buen viajero.

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