Indios kuna: nostalgia del paraíso
Las más memorables vacaciones de verano prometen las islas panameñas de San Blas, donde sólo mandan los indígenas kunas. Se puede alojar con sencillez a partir de 25 dólares diarios, con comida incluida. Hay otros de mayor confort y precio distinto. Fuimos a echar una miradita, y después no queríamos volvernos. Lo hicimos tragando saliva.
Por Luis Alberto GanderatsParece un mundo improbable, al menos a primera vista. Y es que cuesta poner en el orden los sensaciones, y sobre todo los sentimientos. Acabamos de aterrizar en Corazón de Jesús, una de las islas San Blas, después de seguir con los ojos desde el aire -montados sobre un moscardón para seis pasajeros- este territorio que tiene nostalgia del paraíso. Doscientas o trescientas migajas de tierra cubiertas de cocoteros, algunas semivacías, otras repletas de cabañas indígenas techadas con fibras oscuras y con muros hechos de caña brava.
Un mundo más que improbable, casi imposible. En este escenario precario se desarrolla un proceso humano potente, con indios separatistas y dignidades casi imperiales sobre pies descalzos. Marcado, además, por paisajes que pueden convertirlo en una especie de Liliput polinésico, ya que casi nada le falta, salvo la leyenda y los Gauguin de rigor.
Y una diferencia no poco importante: aquí se puede dormir bien, sin lujos, y comer con ganas hasta por 25 dólares diarios, y en una atmósfera de aventura que cualquier persona curiosa debería disfrutar intensamente.
Partiendo por su gente.
–Escogí bien la tribu donde nací y estoy contento de ser indio Kuna-, me dice Ismael Rojas clavando los ojos con seguridad, aunque me mira de abajo hacia arriba, pues no mide más de un metro cincuenta. Es que son pequeñitos por fuera y grandes por dentro estos kunas que he ido conociendo durante mi recorrido por una multitud de islotes frente a la costa atlántica de Panamá. El mundo los identifica por sus bellas telas bordadas, las molas, pero pocos se han propuesto descubrir qué se oculta detrás de esos trapos donde ellos han metido todos los colores del arco iris.
Y lo que ocultan eso ya me está quedando claro es una alegría de buena clase, que el hombre sólo puede obtener de su propia dignidad.
“No sólo hemos sido bravos e independientes. También astutos. Por eso llegaremos al tercer milenio sin doblar la espalda”, dice este indio kuna, y es verdad. Los gobiernos panameños -y antes los colombianos- han intentado domarlos o si no domesticarlos, y ellos siguen en su reguero de islas minúsculas tan orgullosos y porfiados como los vascos en los Pirineos.
Que se atrevan
Nadie los mueve, y su porfía lleva razón: en sus islas son reyes coronados, caciques o saylas, y no se trata de cualquier tipo de islas: son como castillos rodeados de fosos, donde nadie puede ingresar sin la voluntad de ellos. Al pisar la isla Corazón de Jesús, “qué diablos es esto“, me pregunté. Frente a mis ojos un memorándo pegado sobre un muro con la firma del cacique de Akuanasadup, Faustino Iglesias, en que comunica a los “jefes comarcales” que “la Policía de Panamá no debe autorizar el ingreso de nadie a la isla sin mi permiso“.
Es que las heridas y disputas tienen años de memoria, como ha ocurrido con los mapuches en Chile y Argentina.
-Los panameños quisieron cambiar nuestras costumbres en 1925, quitarles el aro de la nariz a nuestras mujeres, vestirlas al modo de los europeos.
-¿Y qué pasó?
–Hubo sangre. Y ahora nadie se atreve a faltarnos el respeto. Como los norteamericanos han tenido poder aquí, fuimos a pedirles apoyo, y lo dieron. Así Panamá aprendió a respetarnos. Formamos parte de Panamá, pero los que mandan son nuestros caciques, el consejo que los reúne.
Panamá les proporciona educación, salud, previsión.
-Ustedes se encuentran comprometidos aunque no quieran.
–No, señor. Recibimos lo que nos sirve o interesa, pero rechazamos todo lo que nos da la gana. Somos menos de 3 mil en total, pero tenemos la fuerza suficiente para escoger.
-Debe ser una rebeldía tolerada por los panameños, que se terminará cuando ellos lo decidan…
–No, no. Ya no, señor– insiste Rojas-. El mundo desarrollado aprendió a respetar a las minorías raciales. Y por las dudas, nosotros nos hemos reunido en noviembre con la Comunidad Europea. Nnos prestará millones de dólares. Nuestras costumbres y nuestras islas ya están a salvo.
Los kunas no sólo ocupan esta multitud de islas, islotes y cayos casi pegados a la costa de Panamá. También habitan las cuencas de dos ríos -Chucunaque y Bayano- y un territorio continental extenso, no delimitado, frente a la isla.
-Cualquiera de nosotros que vaya a allá, cultive o construya su choza, se hace propietario. Yo me he pasado la mitad de mi vida en el continente plantando y cosechando. Así eduqué a mis hijos. Ahora muchos kunas son universitarios. Tenemos educación para defendernos.
-¿Y para quién trabajaba esas tierras?
-¿Cómo que para quién? Para mi familia las trabajaba– dice sin entender, meneando su gran cabeza equilibrada sobre su cuerpo pequeño y cuerudo.
Y subraya: “Por eso, mis cinco hijos son profesionales”.
Milagro en San Blas
Rojas, que sólo tiene educación básica, también ha sido pescador entre estas islas de playas blancas.
(Sus siguientes declaraciones, relacionadas con un emprendimiento hotelero, aparentemente al borde de la legalidad, fue desautorizado tiempo después por la comunidad kuna. Ya no existe y el recinto hotelero se encuentra abandonado. Rojas siguió viviendo en San Blas).
Dice Ismael Rojas que un día pudo ver un pedacito de tierra que empezaba a asomarse desde las aguas mansas y tibias
–Eso ocurrió hace 34 años exactamente, un 4 de mayo. Lo vimos con un amigo. Ambos andábamos por los 30 años, llenos de energía. Decidimos tomar posesión de esa tierra, como se acostumbra entre los kunas en un caso así. Entonces, mi amigo plantó tres cocos. Pero se los llevó el agua. Entonces yo le dije cómo debíamos hacerlo, y les puse estacas bien firmes. Un mes después, el primer cocotero había prendido, y entonces fuimos dueños del islote.
Sobre ese islote conversamos ahora. Ya mide 10 hectáreas. Y desde hace casi tres años existen seis hermosas cabañas montadas sobre las olas, en la orilla, con todos los servicios modernos y un restaurante suficiente para recibir a muchos turistas. Rojas tuvo el auxilio de importantes socios no indígenas. La isla, llamada Kwadule, ya comienza a ocupar un sitio en los mapas turísticos de la región.
–Mi hija se tituló técnica en turismo, está casada con un navegante francés que pasó por aquí, y me acaba de escribir desde Tahití, donde lo ha visto casi todo, incluyendo Bora Bora y Moorea. Me dice que no construya más cabañas por ahora, que trae buenas ideas para nuestra islita.
Se siente un privilegio, y lo es. Rojas tiene 65 años, una casi inexplicable vitalidad y gran fuerza de carácter. No sólo se enfrenta a los panameños. También a los caciques de su pueblo, que son declarados enemigos de que los indios kunas tomen socios capitalistas para instalar cabañas o comercio dentro del territorio. “Un socio es un asaltante“, dicen.
-Usted pudo conseguir ese permiso, sin embargo.
–Eso es verdad, pero me costó mil reuniones y discusiones. No ha sido fácil. Tuve que convencerlos con ayuda de astucia y corazón.
-¿Cómo es que le aceptaron su socio?
–Es un hombre serio, propietario de la línea aérea que hace los vuelos entre el continente y las islas. Pero en las cabañas y el restaurante sólo pueden trabajar kunas. Mi socio no participa directamente de la administración. Sólo hizo un préstamo de 300 mil dólares.
Porgie Novy, el socio, es panameño de origen hebreo, y lo que pretende, dice, es que el archipiélago tome vida turística para activar su aerolínea y soñar con una gran prosperidad para el archipiélago. Está de acuerdo en proteger el ambiente, en que se haga una difusión racional del turismo, que los kunas decidan soberanamente sobre sus tierras.
Rojas le ha ido pagando puntualmente.
En poco tiempo más, “antes del año 2000”, será el dueño absoluto de las instalaciones de Kwadule, y como es propietario de una isla nueva y sólo tiene cinco hijos, no enfrenta los problemas de la escasez de tierra que tienen, por lo general, las otras familias kunas. A veces, 170 individuos deben compartir la propiedad y el goce de una sola isla. Han encontrado, sin embargo, fórmulas para repartir sus pobrezas. Sólo 2 o 3 por ciento del total tiene servicios turísticos. Las demás islas se mantienen cubiertas de cocoteros, con sus playas tan blancas como vírgenes en medio de aguas transparentes. Sólo se explotan los cocoteros.
-¿Y cómo lo hacen para repartirse el trabajo y la cosecha?
–Muy fácil. Primero, nadie puede sacar un coco del árbol. Hay que esperar que caiga. Ese es el que se cosecha. Y como los propietarios son muchos, hay un calendario para que los distintos grupos familiares se instalen en la isla y hagan la recolección.
-¿Y cómo se evita que alguien saque desde el árbol?
–La gente sabe que no debe hacerlo. Y cualquiera puede denunciar al infractor de la norma, y los caciques se encargan de sancionarlo. Pasa un año sin derecho a cosecha. Es muy raro que algo así ocurra entre nosotros.
Nalunega de la mano
Un mundo de diferencia hay entre la microscópica y casi vacía isla de Kwadule, con sus seis cabañas alineadas en sus orillas, y la isla de Nalunega, en el otro extremo del archipiélago. Este es un bello hormiguero donde no hay lugar para el aburrimiento. El mundo kuna se expresa aquí con todos sus matices: multitud, color, artesanía hecha sin prisa y sin pausa, y sobre todo una calidez humana difícil de encontrar en otros lugares tan rudamente separatistas.
Quien llegue a Nalunega debe saber que irá por la isla con un niño kuna colgado de cada mano. Y que otros le seguirán mirándole con sonrisas que no buscan más beneficio que otra sonrisa.
Emociona. ¡Para qué negarlo!
Los niños kunas viven lejos de la televisión, cerca de la naturaleza. Están familiarizados con su vecino. No conocen las murallas entre casa y casa. Quizá por eso se comportan como debíamos hacerlo todos los seres humanos.
La tibieza de esas manos tan pequeñas es el regalo que nos llevamos al partir, tratando de atajar una lágrima detrás de los anteojos.
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