Mont St.Michel, el monte que se mandó a cambiar

Con el Mont St.Michel deberíamos hacer como con ese ser que un día nos enamora de primera mirada. Es decir, averiguar lo menos posible, entregarnos en cuerpo y alma, y hasta amar el dolor, que de todo eso se construye la felicidad. Si queremos sorber toda su poesía y quizá sentir el estruendo callado de su mística, debemos estar atentos a las campanadas de las 6 y media de la tarde. Es cuando se inician el oficio en la abadía benedictina. Poco importa si somos agnósticos o creyentes, lo que sentiremos no es una invitación a hablar, sino a guardar silencio entre obras maestras de la arquitectura y la nobleza mayor del gótico.
Por eso, mejor no averiguar mucho sobre su pasado. En él se juntan los prodigios que producen la fe de los hombres santos con lo más oscuro del alma humana. Es ahora una especie de pirámide, cuyos edificios se hacen más bellos a medida que se acercan al cielo. En la parte baja se levantan tiendas finas, algunos de los mejores restaurantes de Francia; a media altura, el palacio, y sobre la cima, la abadía. Una ciudad vertical que llega a los 170 metros en la aguja de la iglesia. Originalmente, la roca era apenas más espigada que nuestro cerro Santa Lucía. Hoy casi le dobla en altura después de 1.600 años de construcciones montadas una sobre otra, de manera indescifrable. Nada debiera distraernos de la abadía y su conjunto, llamada la Merveille, la Maravilla, cuyo etéreo claustro parece levitar sobre el mar.
Este monte disimula décadas de asedios, de incendios provocados, de abusos por siglos (en tiempos de Napoleón fue cárcel de monjes que habían sido carceleros.) En las próximas semanas, durante marzo, se producen las grandes mareas, y alcanza entonces su apogeo de belleza. La pleamar hace que el agua suba hasta 15 metros y avance con la fuerza de potros asustados, agitando las arenas. No hay mareas más violentas en Europa. Cuando el agua se retira, reaparecen miles de hectáreas de arenales traicioneros, que podemos fotografiar desde miradores en la normanda Grouin du Sud, o en una saliente junto al pueblo bretón de Roz-sur-Couesnon.
St.Michel se halla sobre el Canal de la Mancha, en un punto donde está por concluir la Normandía y casi se inicia la región de Bretaña. El río que marcaba la frontera entre ambas regiones, un día cambió su curso, fluyendo al oeste de St. Michel. Eso significó que el santuario se hizo emigrante y desde la Bretaña se mandó a cambiar a la Normandía. Ambas se hallan reconciliadas en el 2007. Son sede conjunta de este gran patrimonio histórico de Francia y patrimonio de la UNESCO. Pero en aquel momento, para los normandos fue un regalo divino, y para los bretones, una nueva maldición normanda. El arcángel fundador guardó silencio.