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Mauricio, las islas del obstinado – Luis Alberto Ganderats
Mauricio, las islas del obstinado

Mauricio, las islas del obstinado

En las remotas islas Mauricio, sus habitantes ya agradecen a sus dioses, profetas y otros seres de otros mundos que en mundo real exista el Nobel de Literatura. El 10 de diciembre recibirá solemnemente ese galardón el francés Jean-Marie Le Clézio, y entonces todos volverán a hablar de Mauricio, donde la tradición familiar fue guiso cocinado entre africanos espiritistas, hindúes, protestantes, musulmanes,  católicos, budistas, taoístas, todos existiendo en milagrosa armonía, porque lo milagroso es aquí cosa acostumbrada. Nacido de cabeza abierta, Le Clézio (foto) se ve a sí mismo como hombre en exilio, y ha crecido en Francia, asegura, “diciéndome que había otro lugar que encarnaba mi verdadera patria.” 

Desciende de un bretón nacido casi en el Finisterre galo, quien con mínimo pretexto dejó esa tierra de confines para emigrar a la India. Su barco hizo escala en Mauricio, cerca de Madagascar y África. Ahí se quedó. Su mujer tenía familia en la isla y fue suficiente. Ahora el nuevo Nobel de Literatura está escribiendo la historia de aquel abuelo de raíces cortas. Cualquiera que se aleje un poco de Port Louis, la capital de Mauricio, seguramente irá a Moka para conocer una magnífica residencia colonial llamada Eureka, hoy museo, construida por otro de sus descendientes, Eugene Le Clézio, que fuera cabeza del poder judicial mauriciano. 

Estas islas destacan entre las delicias del gran turismo mundial (foto). Por estar perdidas en el Océano Índico, sólo reciben viajeros afortunados, amantes del surf, de las lagunas y jardines de coral, de las playas y los hoteles para regodeones. También desembarcan miles de hindúes. Llegan en peregrinación hasta el fondo de un volcán, donde dicen que el sagrado río Ganges se prolonga -naturalmente- en una vertiente milagrosa, saltándose los 5 mil kilómetros de geografía oceánica que la separan de la India.

Las grandes líneas aéreas de Europa aterrizan aquí, muy cerca de esta laguna sagrada, porque nada está lejos dentro de Mauricio. País mínimo, cabe unas cinco veces en la Isla Grande de Chiloé, pero tiene 1 millón 200 mil habitantes, que viven muy juntos,  entre caminos estrechos, para dejar espacio a lo que trae dólares: centros turísticos y cultivos de azúcar y té, que hacen de su territorio un jardín. Pese a todo, lo que hoy vemos  pareciera conservar intacto eso que entusiasmó a Charles Darwin hace 170 años: “A cada instante dan ganas de exclamar ¡qué feliz pasaría aquí la vida!”“Hombres de todas las razas”, caminaban por el Port Louis de entonces, con la mezquita al lado de la basílica y la pagoda al lado de la mezquita., envueltos todos por el calor húmedo, la música del viento y el olor a mar.

Los sueños del nuevo Nobel están en esta isla, la misma donde nació el romántico Pablo y Virginia en los días que el primer Le Clézio desembarcaba huyendo de sí mismo. Con su testa abierta, el autor de El atestado (El obstinado), piensa venir a conocerla. Veremos qué sorpresas le da su alma.