Warning: count(): Parameter must be an array or an object that implements Countable in /home/gand37/public_html/wp-content/plugins/modeltheme-framework/init.php on line 746

Warning: count(): Parameter must be an array or an object that implements Countable in /home/gand37/public_html/wp-content/plugins/modeltheme-framework/init.php on line 746

Warning: count(): Parameter must be an array or an object that implements Countable in /home/gand37/public_html/wp-content/plugins/modeltheme-framework/init.php on line 746
Luang Prabang | En medio de ninguna parte – Luis Alberto Ganderats
Luang Prabang | En medio de ninguna parte

Luang Prabang
En medio de ninguna parte

Sobre las orillas del río Mekong vivimos una ciudad que es el dulce secreto de Laos, pequeño país del Sudeste asiático. Se encuentra en medio de ninguna parte. A ratos parece un pedazo de Francia, aunque es fronterizo con China, Myanmar, Vietnam, Camboya y Tailandia. Al ver Luang Prabang es posible sentir una emoción que termine en lágrimas. El alma de su gente pareciera explicarse por los mil años solitarios y ocultos pasados en la selva, y también por la práctica rigurosa de sus creencias budistas y animistas.  

TEXTO Y FOTOS: Luis Alberto Ganderats, DESDE LUANG PRABANG, LAOS

Con un sentimiento extraño camino por el barrio antiguo de Luang Prabang.  Acabo de leer una confesión. “Nunca estuve en un lugar que se me metiera en el corazón de esta manera”. Ella parece interpretar bien lo que sintió un famoso novelista de Nueva Jersey en esta pequeña ciudad a orillas del Mekong. Y es exactamente eso lo que me gustaría decir en este momento. Pero me pregunto, confundido, qué diablos podemos tener en común ese Paul Kluge, criado en Berkeley Heights, y este periodista del fin del mundo criado en Arauco.

Tanto a él como a mí, cuando hemos necesitado partir de Luang Prabang se nos han hecho pesados los pies. Sólo podré abandonarla haciendo un gran esfuerzo. Kluge se fue con dolor,  y tres horas después, en Vientián, la capital de Laos, la cabeza le daba vueltas. Luang Prabang le parecía “algo que sucedió hace mucho tiempo y en un lugar muy distante”.

Es que esta ciudad de Laos se halla en medio de ninguna parte. No parece un reino de este mundo. Su gente vive sin prisas, lo que ya es raro en nuestro planeta apresurado. Se alimenta del budismo como los pulmones del aire. Una religión pacífica y amante de la meditación que sus vecinos practican intensamente, y sus casas se hallan rodeadas de templos, estupas, monasterios y monjes. Y tal vez por eso, en los mercados nadie intenta engañar a nadie, y si un vuelto queda olvidado, alguien saldrá trotando a ponerlo en manos de su dueño.

No es de este mundo. Un viajero ilustre, usando una expresión literaria, ha dicho que Luang Prabang es “el corazón de la levedad”. Las casas del hombre no son más altas que las de sus dioses, el pasado colonial francés no ha sido demolido, sino que los edificios de arquitectura europea del siglo permanecen tan protegidos como los templos budistas. Y aunque los reyes se fueron (de un día para otro), su recuerdo luce intacto en el ex Palacio Real –hoy un pequeño gran museo–, protegido por el régimen socialista que gobierna la República Popular de Laos. Todo lo de ayer es parte de la riqueza cultural de hoy. La vida cotidiana de los habitantes “está marcada y es medida por el ciclo de la Luna”; también respetan los descensos y las crecidas del Mekong y sus afluentes; se rigen escrupulosamente por el ciclo de las estaciones y por quizá qué otras fuerzas difíciles de identificar.

La alegría y el llanto

Carmen Teira, una joven viajera y escritora de Cantabria, que ha caminado medio mundo, nos dice que cuando hace poco regresó a Luang Prabang, navegando por el Mekong, “y la vi aparecer desde el barco, con los tejados de sus casas y templos asomando entre los árboles a la luz de la próxima puesta de sol, rompí a llorar…”. 

Reaccionan con sorpresa muchos que aterrizan aquí pensando que en Laos pisarán  una estación más del Sudeste Asiático. Saben que llegan al país que Estados Unidos convirtió en el más castigado de la historia humana, con dos millones de bombas lanzadas durante la guerra de Vietnam. “El zumbido de un B-52 cada ocho minutos durante casi una década”. Entonces, esperan encontrar ruinas humanas. Pero como Luang Prabang se halla en medio de ninguna parte, la encuentran intacta, convertida en una de las obras colectivas más delicadas hechas por el hombre. De ahí nacen estas palabras: “Parece la isla feliz de un cuento de hadas”. Es lo que nos dice Joseph  María Romero, incansable cronista de viajes con quien hemos coincidido en algunas esquinas del mundo, y ahora en lo alto de un cerro sagrado en medio de Luang Prabang, llamado Phu Si.

Tanto entusiasmo de los extranjeros amenaza con iniciar un proceso que muchos temen aquí: la aparición del turismo de masas. Desde su nacimiento en el remoto año 698 –con otro nombre, con otros reinos dominantes–, la aldea atrajo al visitante por estar entre dos ríos, el Mekong y el Nan Khan, y en medio de un festín de montañas verdes. En los años del descubrimiento de América era parte del legendario Reino del Millón de Elefantes. Y en el siglo XX, cansado de las amenazas de los gigantes vecinos, sus monarcas aceptaron a regañadientes la “protección” francesa. No fue la solución perfecta. En 1954 los ejércitos galos, derrotados en la guerra de Indochina, se fueron de aquí sin ganas de volver.

Templos para volar

Pero los franceses habían dejado mucho de lo que ahora veo. La arquitectura de Luang Prabang conserva lo más cotidiano de un barrio de París sin opacar la arquitectura budista de sus templos y palacios. Sus construcciones religiosas no se parecen mucho a la de sus vecinos, por haberse desarrollado en esta remota tierra separada del mundo por montañas, selvas y torrentes. En algo se asemejan sus construcciones budistas a las estupas que he visto en Nepal y la India. Y por la escasa presencia de pagodas tiene algo en común con Corea, Japón y China. Muchos de sus templos dejan caer sus magníficos techos casi hasta rozar el suelo. Parecen bellas aves desconocidas de la selva prontas  a emprender el vuelo. 

Servand Muteau, un guía entrañable, me ha propuesto un bistró para probar la comida mixta franco-laosiana, y para intentar explicarme algo que me tiene sorprendido: nunca había visto una muchedumbre de recintos religiosos en una ciudad con tan poca gente. Y de características tan diferentes. (Todo esto fue valorado por la UNESCO para designar a Luang Prabang como Patrimonio de la Humanidad).

–No es difícil saber por qué hay tantos templos aquí –advierte Muteau–. Tienen que ver con la forma de vida de buena parte de sus habitantes. La mayoría de ellos permaneció por milenios en la selva, concentrados en pequeñas  aldeas, sin contacto entre ellas. Al permanecer ocultas, las tribus eludían el control militar y económico de los distintos reinos extranjeros que dominaron esta zona, donde Francia fue el último de muchos. Pero se produjo  un punto de quiebre: llegó la paz y la modernidad, y entonces esos nativos ocultos empezaron a asomarse a los barrios de Luang Prabang.

No llegaron solos. Ni llegaron con las almas vacías.

–Traían a sus dioses. Y eran dioses nacidos en creencias espiritistas y animistas a medio fundir con el budismo. También traían su concepción de los templos, nacidos durante ese largo encierro selvático. Son los templos que vemos ahora multiplicarse en los barrios de la periferia, pobre todavía.

Están repartidos aquí y allá, tan independientes y, seguramente sus fieles son tan recelosos de los otros como cuando permanecían en los bosques. Siguen siendo reinos mínimos dentro de Luang Prabang, siempre controlados por los líderes tribales o los descendientes. Tanto la solidaridad  como la vigilancia sobre sus miembros parecen intactas, dice Muteau. Muchos aún hacen ceremonias para apaciguar a las nagas y a otros espíritus del río, representados en sus templos.

Claves de otro mundo

La suma de esas costumbres tribales intactas ayudan a entender por qué Luang Prabang no parece un reino de este  mundo. Por ejemplo, “tienen un natural horror al robo”. Se cuenta de reyezuelos que hacían freir a los ladrones en una caldera de aceite hirviendo.  Es lo que contaban los exploradores franceses Henri Mouhot y August Pavie (cónsul en el siglo XIX). De Pavie hay una escultura en el Luang Say Residence, hotel donde almorzamos ayer, y que organiza viajes muy seguros por el Mekong. El naturalista Mouhot, descubridor para Occidente de las maravillas camboyanas de Angkor, se inclinó ante los habitantes de Luang Prabang. Hace 150 años llenaría su cuaderno de viajes con elogios para ellos:   

“Son apacibles, sumisos, pacientes, sobrios, confiados, crédulos, supersticiosos, fieles, sencillos y dulces”.

Ha sido así por siglos. Josep María Romero, que ahora vive en la vecina Tailandia (Chaing Mai) dice que  Luang Prabang “parece la isla feliz de un cuento de hadas”, y hace un siglo y medio Mouhot ya advertía aquí algo semejante. En el  relato de su exploración (libro que mi guía conserva cuidadosamente forrado en cuero), cuenta que en este pueblo él fue recibido con calidez. Había hecho un viaje de meses en elefante, único medio posible para atravesar selvas intransitables. Luang Prabang  le pareció “un pequeño paraíso”, si bien le hizo sufrir el calor del verano húmedo y le produjo mucha risa la ingenuidad primitiva de sus reyes, que a él le trataron como a un príncipe.   

Al carácter suave del laosiano hay que agregarle ciertas buenas herencias del  protectorado francés, concluido ayer no más (1954). Es lo que cree nuestro guía, quien teme que malas prácticas turísticas puedan arruinar todo.  El gobierno procura evitarlo. No abre las puertas de par en par, e incluso ha pensado en poner límite al número de visitantes. Desde que desapareció la monarquía en 1975, y hasta 1989, eran muy raras las visitas turísticas organizadas. Venían principalmente asiáticos y unos pocos franceses con tradición familiar gestada durante los 60 años de protectorado. Ya se cumplieron 25 años de turismo moderno, y Luang Prabang—con menos de 30 mil habitantes– se abre paso con fuerza como un destino de viajes tan distinto y  jovial como su gente. 

Recorriendo hoy su Barrio Viejo, principalmente la calle Sisavangvong, lo hemos sentido como un placer casi inconcebible en una ciudad rodeada de  selvas y ríos torrenciales. Está lleno de lugares para probar la comida laosiana tradicional y de una multitud de bistrós y brasseries, de digestivos Armañac; de una repostería secreta que produce inolvidables crepes y croissants, profetiroles, tartas Tatin, pasteles de fresas y dulces Saint-Honoré. Asia y Francia comparten aquí sus pasiones. Y hoteles perfectos, como The Luang Say Residence –en un barrio cualquiera—nos deleita en su restaurante La Belle Epoque. En el barrio histórico –casi sin tránsito de vehículos– los mejores capuccinos se saborean en L`Arlequin y en el Café des Amis, que encontramos llenos de relajadas y bellas viajeras europeas.

Emoción en la orilla

Caminando muy poco, los visitantes podemos conocer aquí algunos de los templos, estupas y monasterios budistas más admirables que hemos visitado en Asia. Otra razón para que Luang Prabang merezca ser considerada un hallazgo. El entusiasmo inocultable de los extranjeros se explica también, en parte, por ser un oasis de tranquilidad en el Sudeste Asiático, área maravillosa de Oriente, pero cuyas ciudades casi nunca son fáciles de digerir. El hormiguero humano y la presencia abrumadora y rugidora de motos en las calles, sobresaltan a muchos, o al menos les hacen muy difícil el desplazamiento.

Luang Prabang es tan Asia como cualquiera; pero distinta. Por el río Mekong algunas compañías pueden llevarnos sin sobresalto a países vecinos (o traernos). Hay visitas organizadas a las admiradas cuevas vecinas de los Mil Budas, y a las cataratas de Quang Si (antes de las 11 de la mañana, para evitar la multitud).  Los que quieran emociones fuertes pueden explorar con los ojos bien abiertos las orillas selváticas del Mekong. Para eso basta contratar una pequeña embarcación y pedir que haga orilla en cualquier lugar. El goce está asegurado; también la inquietud, esa leve inquietud que nos mejora el viaje.  

Mouteau prefiere la ciudad, y la noche antes que el día. Nos hace recorrer ciertas calles, como Khao San, elegida por los trasnochadores amigos de la mochila y la cerveza. Nos lleva a los comercios cerca de la sede UNESCO, en Sakharin. Y al correo, siempre repleto, en Chao Fa Ngum. Recorremos el llamado Mercado de la Mañana, donde laosianos compran frutas y verduras. Luego, el Mercado de la Noche. Este existe sólo gracias a los turistas que buscan artesanías. Hace una década nació como una feria de cinco días y su éxito le hecho permanecer y crecer bajo lienzos de colores alegres, que cierran una parte de la calle principal. En un estilo comercial casi inimaginable en Oriente, los vendedores guardan silencio, nadie intenta forzar la compra, aunque siempre es sano regatear. Al lado de este mercado prospera otro, que ofrece comidas laosianas y occidentales, a buen precio y sanidad confiable.

Qué ver y no hacer

Nada confiable nos ha parecido el espectáculo más famoso de la ciudad. Antes del amanecer vimos a centenares de monjes budistas caminando en fila india por una calle principal del centro, con hábitos ocre y recipientes en sus manos. Recibían comida de los vecinos y turistas madrugadores que los esperaban en las veredas. Algunos niños y mujeres nos tentaban con platos preparados para obsequiar a los monjes. Mouteau nos había advertido: “No les compren; puede ser pura basura. A veces se trata de restos de comida añeja, que enferma a los monjes”.     

Este desfile de amanecida es una antiquísima costumbre limosnera budista, que ha desaparecido en el mundo. Sólo permanece aquí, y la hemos visto también, ligeramente distinta, en Myanmar, dentro del monasterio de Mahagandayon, cerca de Mandalay. Más de un millar de monjes vive y estudia en él. A media mañana reciben limosnas al igual que en Luang Prabang.  El de aquí y el de allá, antes que una expresión de generosidad nos han parecido indignos espectáculos. Sólo sirven para hacer autofotos tontas con teléfonos inteligentes.

Lo que necesita Luang Prabang son fotógrafos sensibles que recojan la belleza casi desconocida de sus monasterios y templos. Deben empezar por Xien Thong, seguir con sus vecinos Mai Suwannaphumahan –un monasterio suntuoso–,  y el templo Haw Pha Bang. Este fue terminado ayer por el gobierno socialista, pero que parece una vieja reliquia, aunque demasiado dorada. En este templo se guarda una imagen de Buda traída de Angkor hace muchos siglos, y que le dio el nombre a Luang Prabang: el Bang Phra Buda.

Los fotógrafos deben disparar también al verde penetrante de los cien montes del área, envueltos de selva; ojalá lo hagan desde el ombligo de la ciudad, la colina Phu Si, que se sube entre Budas, estupas y construcciones testigos de una fe sin fronteras. Desde la cima descubrirán cómo es el lugar donde se levanta la ciudad: una península de río que se forma en el encuentro del  Mekong y el Nan Khan.

En esta península, rodeada de naturaleza intacta, Luang Prabang, desde hace trece siglos vive su íntima quietud; su siesta alegre y dulce.  

Que nadie la despierte.    

Ver texto publicado en revista en formato PDF Laos-Luang