Los españoles y el canibalismo

En los últimos meses, España vive un festín con la publicación de varios libros sobre el canibalismo ajeno. Se habla casi exclusivamente de las ex colonias europeas, destacando, sin razón, al pueblo mapuche, entre otros, y queda en nebulosa su propia historia, que, como veremos, incluye la peor antropofagia. Luis Pancorbo, guionista de TVE, acaba de publicar El banquete humano. Una Historia Cultural del Canibalismo (en la foto, Pancorbo posando con un pigmeo, para TVE). Su libro mira para todos lados, y poco para Europa, pues la palabra canibalismo la crearon los europeos para referirse a una antropofagia exclusiva de países remotos. El bilbaíno Guzmán Urrero Peña dice del libro:” Se entreveran las tesis doctorales sobre banquetes humanos entre guaraníes, mapuches o maoríes, y relatos sensacionalistas sobre el consumo de carne humana durante el Sitio de Leningrado. Leningrado, en Europa, correspondería a “relatos sensacionalistas”, mientras que lo de los indígenas a “tesis doctorales”. Con este gastado truco, acusándolos de peligrosos caníbales, fue como se justificaron ayer los asesinatos masivos.
Junto con obras recientes, se analizan y reproducen textos hispanos anteriores o de regiones hispanistas, con títulos elocuentes: Los Bárbaros. La Antropofagia en los Indios del Continente Americano, de Felipe González Ruiz; La Antropofagia y la Diversidad de Costumbres, Universidad de los Andes (Colombia, 2008); El Canibalismo como Sistema Cultural, de P.R. Sanday.
La lista es larga y racista. Todos los pueblos, en etapas distintas de desarrollo, han practicado la antropofagia de manera ocasional o regular, por razones religiosas, necesidad extrema o confusos motivos culturales, y ella “se ha quedado de una forma residual en la frontera cultural del hombre y la bestia, como un tabú consistente, pero que se puede quebrar en cualquier momento”. El historiador cristiano Radulfus de Caen habla de los francos en las Cruzadas: “En Ma’arrat (Siria) los nuestros cocían a paganos adultos en las cacerolas, ensartaban a los niños en atizadores y se los comían asados”. España puede exhibir, sin orgullo, a veces sin memoria, muchos ejemplos semejantes. Dos de ellos deberían ahorrarle el trabajo de atravesar fronteras para hablar con fingido pudor de canibalismo. Primero: el Cid Campeador, cuyos huesos reciben honores en la catedral de Burgos, fue responsable de la antropofagia masiva practicada durante su sangriento sitio a la ciudad de Valencia. Segundo: el texto jurídico más importante producido en Castilla, Las Siete Partidas, de Alfonso X, justifica, en caso extremo de hambre y de seguridad del castillo a cargo, que un padre pueda vender o empeñar a su hijo. ¡O comérselo! De ningún modo entregar el castillo sin permiso superior… Dice el texto: “Segund el fuero leal de España, seyendo el padre cercado en algun castillo que touisse de señor, si fuesse tan cuytado de fambre que non ouiesse al que comer, puede comer al fijo, sin mala estanza, ante que diesse el castillo sin mandado de su señor”.
Este cuerpo jurídico llegó a América con los Reyes Católicos y seguía vigente tan tarde como el siglo XIX. Fue reimpreso hasta 1855, versión con glosa del erudito Gregorio López, presidente del Consejo de Indias, primo político de nuestro conocido Francisco Pizarro.
Pancorbo, el autor de El banquete humano, debería leer lo que Gabriela Mistral escribió a los hispanófilos chilenos Armando Donoso y María Monvel en 1935, cuando ella ejercía como cónsul en Madrid, texto privado que le costaría el cargo. Define a los españoles como “pueblo en desprecio y odio de todos los demás pueblos”, lo cual le parecía evidente incluso en quienes podían parecer superiores al promedio, especialmente cuando se referían a los pueblos originarios de América. Con dolor, la Nobel chilena se refiere a la actitud de la elite peninsular frente a la población originaria de América. Afirma que el médico y escritor Pío Baroja“insulta al indígena cada vez que puede”, y el propio Miguel de Unamuno “me ha dicho hace días que el indio americano debe desaparecer.” Todo esto después que los países hispanoamericanos han recibido con generosidad a los inmigrantes españoles que en épocas pasadas y recientes no tenían opción de sobrevivir dignamente en su patria, y que los capitales españoles se instalaran masivamente en nuestros países. Todos sabemos cómo se llama esto en el español más castizo, pero dejaremos al lector la opción de identificar la palabra justa.