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Las faldas del Kilimanjaro – Luis Alberto Ganderats
Las faldas del Kilimanjaro

Las faldas del Kilimanjaro

Trepando por la montaña más alta de África, descubrimos a los indígenas chaggas, cuyas mujeres avanzan por caminos o huellas ofreciendo un auténtico espectáculo coreográfico. La estación del diluvio nos obligó, sin embargo, a buscar protección nocturna y así descubrimos algo de la sensibilidad y el humor de una de las tribus más modernas de África Oriental.

Indecente sería decir que en estos instantes me siento desgraciado. Es cierto que la lluvia empapa tanto como las cataratas del Niágara, y por una huella barrosa sólo diviso hombres muy oscuros que se los traga la noche en medio de una vegetación lujuriosa y amenazante. El fotógrafo y yo vamos repartiendo pisadas como sonámbulos debido al cansancio, a la oscuridad y a esa cortina de lluvia que no tiene intenciones de interrumpirse.

Pero la lluvia, el cansancio y la incertidumbre no son suficientes para borrar un deleite que estuvo esperando en mi cerebro desde la niñez distante. He pisado, por fin, el África que en los años 50 conociera en un cine santiaguino de la Plaza Brasil, con las historias de un cazador melancólico y reflexivo, que tenía la mirada triste y el desencanto de Gregory Peck. Como en penumbra, Susan Hayward y Ava Gardner completan la imagen de una película tan dulzona como inolvidable.

Las nieves del Kilimanjaro no dejó satisfecho a Hemingway, autor del relato original. Entregó, sin embargo, a las mentes adolescentes la cuota precisa de romanticismo en un África peligrosamente seductora. 

EL TECHO DE AFRICA

En otros relatos de viajes he intentado mostrar algo del África inagotable de los grandes animales y de esos aristócratas semidesnudos llamados masais.

Ahora he llegado al propio Kilimanjaro. Después de esa película hasta ha cambiado oficialmente de nombre y se llama Uhuru. Sigue siendo, eso sí, la Montaña Blanca (Kilima Njaro). Conserva casi intacta la seducción de los tiempos en que el explorador  Livingstone y el periodista Stanley pasaron a sus pies, empecinados, cada uno en sus afanes.

Para conocerlo no es necesario ya caminar cientos de kilómetros ni poner cada día la vida en la ruleta, como lo hicieron esos aventureros. Ahora hay caminos y huellas confiables. Ya no se llega a un puerto de Tangañica -hoy Tanzania- zarandeándose en veleros malolientes. Un Boeing de aerolínea holandesa que olía a lavanda nos depositó suavemente en el Aeropuerto Internacional de Kilimanjaro, distante sólo 85 kilómetros del lugar por el cual ahora descendemos bajo la lluvia.

Estamos en las laderas de la montaña más alta de África y la más aislada de las cumbres famosas del planeta.

Cuando no llovía y el sol aún iluminaba la dilatada meseta masai, pude ver el territorio de Kenia donde termina el cono del Kilimanjaro. Hacia el otro lado divisé el Serengueti, en Tanzania. Es llamado con razón “el parque de los parques africanos”. Cobija a más de un millón de grandes animales, y su belleza y su fuerza la describimos tiempo atrás, sin ocultar nuestra agitación.

También hay elefantes. Y los búfalos traicioneros en esta región -¡cuidado con los mbongas!, nos dice la gente-, pero son muy escasos, y casi ningún viajero se acuerda de ellos al escuchar el concierto rotativo que ofrecen millones de aves alpinas y tropicales. También se disputan el escenario los bosques nativos, los cultivos de café y bananas en terrazas infinitas.

COREOGRAFIA EN RÚSTICO

No son las aves, ni los bosques ni las terrazas, sin embargo, lo que más seduce en el Kilimanjaro. Son las mujeres chaggas. Parece que alguien se propuso vestirlas a tono con la escenografía, enseñarles a caminar, produciendo así un espectáculo inimitable, casi coreográfico.

Muy erguidas llevando sobre su cabeza racimos de plátanos, atados de hierbas, canastos, ¡carteras!, dejando libres las manos para balancearlas con placidez, trepan por los caminos y huellas del Kilimanjaro. Por eso, mientras tuvimos luz, las fotografiamos sin pausa.

Son las mujeres de un pueblo despreciable, según los masais.

Es que los chaggas sacan partido a toda oportunidad que se les presente. No caminan si pueden correr. Por eso, mientras en otras tribus del África Oriental la gente muere de hambre, muchos chaggas mueren de indigestión. Son hábiles comerciantes, agricultores que saben de regadío y fertilizantes. Tal vez aprendieron mucho de los holandeses, alemanes e ingleses, sus colonizadores, y por eso parecen hoy una de las tribus africanas más organizadas y modernas.

Trescientos mil individuos de este pueblo dan vida a las laderas del Kilimanjaro. Muchos eran esclavos cuando en Chile vivíamos las alegrías del Cielito Lindo, en los años 20. Hoy caminan gradualmente hacia el socialismo, conducidos por Julius Nyerere, uno de los 26 hijos de un cacique polígamo. Muchos chaggas se oponen a este “socialismo tanzanio”, al Ujamaa, como se llama en lengua suahili, Y se resisten, especialmente, a ser gobernados por el partido único de la revolución el Chama Cha Mapinduzi.

En mis dos visitas a Tanzania he visto más miseria que en la Uganda de Idi Amín, y estoy llegando a la conclusión de que si en el capitalismo “el hombre explota al hombre, aquí el socialismo lo hace al revés...”.

ESTACION DEL DILUVIO

No es posible saber si los 19 millones de tanzanios tienen un pensamiento político tan libertario como el de los chaggas. Tampoco he viajado hasta el Kilimanjaro con el propósito de averiguarlo. Pero son preguntas que me asaltan mientras descendemos en tinieblas, camino a Himo, un pueblo a los pies de la montaña.

Regresamos de un ascenso pausado que duró treinta horas, hasta la vecindad de Mandara, un caserío próximo a los 3 mil metros. Es el camino que hacen los escaladores. En la buena época llegan a los casi 6 mil metros de la cumbre principal, pero ahora se abstienen. Entre marzo y mayo, la estación de las lluvias, la ascensión se torna riesgosa. En consecuencia, la nuestra ha sido una simple caminata de reconocimiento y -¡Dios nos libre!- sin pretensiones deportivas.

Nunca pensamos, es verdad, que la estación de las lluvias fuera más exactamente la estación del Diluvio Universal, y por eso el descenso tan lleno de obstáculos nos tiene inquietos. El calor ecuatorial hace más difícil la ruta. Los brazos parecen de plomo y todo el cuerpo se siente lánguido como una toalla empapada. No podemos estrujarnos el cansancio y el aturdimiento. El cerebro, sin embargo, continúa milagrosamente alerta. Tal vez por eso, de pronto, y sin ponernos de acuerdo con el fotógrafo acompañante, sin decir una palabra, tomamos un atajo que nos lleva directamente a un galpón iluminado en medio de la intensa oscuridad.

En el portón nos recibe un muchacho con el gangoseo inentendible del suahili. Balbucea luego algunas palabras en inglés y después de observar nuestros rostros decide gritar algo hacia el interior.

Todos son trabajadores chaggas, concentrados allí por el laboreo de un cafetal, y que celebran la despedida de un novio. Algunos hablan inglés, Nos advierten que faltan varias millas aún para llegar a Marangu, donde existe un lugar de alojamiento llamado Kibo.

Kibo es la cumbre más alta del Kilimanjaro.

Descansen un rato. Les conviene seguir después que aclare. La noche ya es la que termina”, dice un muchacho que viste blanca tenida árabe y parece habitante de la costa musulmana.

Entramos al bodegón y medio centenar de trabajadores nos saluda, casi en coro, con un cordial ¡hola! en suahili: “¡Jambo!”.


POLIGAMIA CON HUMOR

Ese jambo lo hemos escuchado mil veces en tres días. Ningún campesino tanzanio pasa junto a un forastero sin decir jambo. Sin sonreír con ánimo hospitalario. Tememos que con los chaggas podría ser distinto. Bajo esa sonrisa -acusan algunos- se ocultan seres astutos, duros. “Son ajíes confitados”. Pera recibimos en la cara un torrente de humanidad. Nos ofrecen varias tazas de café y un plato de mazamorra insípida.

Todo lo demás resulta sabroso. Mientras nos secamos junto a un horno encendido, podemos hablar de ellos y sus costumbres. Cuentan que todos son hijos o nietos de esclavos. Un viejo que trabaja en la cocina vivió su niñez como “propiedad” de un granjero europeo, hasta que en 1922 una ley puso fin a la esclavitud.

-¿Qué es para ustedes la esclavitud?– preguntamos.

El cocinero toma la palabra para decir que hoy no disfruta mucho de la libertad porque hay pobreza y el Estado resuelve todo por él. La diferencia principal es que ahora le pagan en chelines, no en ropa y comida.

-¿Era la esclavitud una situación tan dura como se dice?
Sí, era extremadamente dura. Aún nos quedan huellas, Le diría que la esclavitud es un muerto que los negros aún no enterramos.
-¿A qué tribus les temen ustedes?
A ninguna que conozcamos. Sólo respetamos a los cinco gigantes.
-¿Cinco gigantes?
Al elefante, al rinoceronte, al búfalo, al león y al leopardo.
-¿Y la mujer?

Los chaggas ríen como niños. El viejo opta por el silencio mientras los otros comentan entre sí usando su lengua endemoniada.   En la manera de reaccionar, no parecen muy distintos a los hombres de otros puntos del arco iris. Uno de ellos me dice en inglés la expresión más celebrada por todos:

La mujer da sus peores mordiscos a las otras mujeres; hasta que se le caen los dientes, ja,ja…

Sonreímos (por hacer algo) y preguntamos cuál de todos tiene más mujeres, ya que la poligamia es cosa común entre los chaggas. Ninguno tiene más de dos esposas. Son jóvenes, escasos de riquezas, y “una mujer sale más cara que un cebú”.

-¿Hay problemas entre las esposas?
Tantos como puede haber entre hermanas. Todas quieren ser más importantes que la otra, pero terminan aprendiendo a convivir.
-¿No protesta la mujer cuándo aparece otra esposa?
Normalmente ocurre lo contrario. Ella le pide al marido que se case con una joven para que le ayude en la casa y en el huerto. Ella mantiene para siempre su categoría de primera y principal, aunque haya cinco esposas nuevas.
-Ustedes, que saben de estas cosas, ¿Creen que para conquistar a una mujer es necesario entenderla?
Atenderla más que entenderla. Hay que tocar el sentimiento antes que cualquier otra cosa.

Preguntamos si ellos mantienen la costumbre ancestral de muchas tribus africanas de cortar el clítoris a la mujer, cuando es una niña de 7 a 10 años, para inhibir el goce sexual. Así, dicen, se acaban los celos, los adulterios y las exigencias maritales a un marido cargado de responsabilidades.

Escuchan mi pregunta en silencio. Se miran con expresión cohibida. Uno responde:

Esas cosas son inventadas por los escritores blancos. Nunca los chaggas hemos hecho algo así.

Ahora el cohibido soy yo. Hay preguntas que quiebran huesos, y en los ojos de cada uno de los chaggas veo que se asoma cae muerto sin enterrar que dejaron los europeos.

CHAGGAS Y SUAHILIS

El viejo cocinero ofrece otra taza de café y así se diluye un poco la tensión. Un

muchacho decide volver al tema de los temores, y dice que ni los animales ni las mujeres son tan temibles como los espíritus y los brujos. Muchos chaggas siguen siendo animistas, y creen, en consecuencia, que los objetos sin vida y los fenómenos naturales gozan de alma.

-¿A dónde se va el alma de ustedes cuando mueren?
A un animal a una piedra, a otro hombre. Y también el alma se puede ir sin que uno haya muerto, para volver luego. Esa es la fuerza de los hechiceros. Por eso el espíritu del mal posesiona a veces a algunos de nosotros.
-Entre ustedes ¿hay algún brujo conocido?

Parece otra pregunta quebradora de huesos, y entonces decido consumir el resto del tiempo hasta el amanecer contando nuestra experiencia en el país de los chaggas. Les digo cuánto nos sorprendimos al hallar cultivos en terrazas hasta los 3 mil metros, tan cuidados como un jardín. Y en la charla vamos descubriendo que ellos y nosotros, por la ancestral influencia árabe, tenemos palabras comunes. Nuestra alfombra es para ellos al-jomra; nuestro azafate, as-safat; nuestra alcoba, al-gobba; nuestra aldea, al-dayha.


Desde Mascate los árabes han influido en esta región a partir de la Edad Media. Todo el comercio costero y hasta la lengua suahilí -idioma oficial tanzanio y común en África Oriental- han florecido bajo la sombra de los turbantes.

Y de ese mestizo bantú-árabe de la costa del Índico llamada suahili, el chagga ha adquirido no sólo su lengua, sino su agresividad comercial, como del alemán y el inglés obtuvo la capacidad organizativa. Haciendo un juego de palabras, el chagga se divierte con mestizo suahili, llamándolo sahua-hilah, “tramposo habitual”. Le atribuye una limitada vergüenza e ilimitado desánimo para el trabajo.

Suahili significa “gente de la costa”. Y no otra cosa. El chagga no le tiene respeto; sólo un poco de recelo.

INVITACION A VAGAMUNDOS

Un gran foco de luz se prende sorpresivamente sobre el cielo. El sol ha hecho blanco en los glaciares que enciman el Kilimanjaro. Otra vez divisamos Kenia hacia un lado y la estepa masai en Tanzania. La despedida de los chaggas  –jambo… jambo… jambo- me hace pensar en los millones de hombres oscuros como ellos, que tendrán, por muchas generaciones, un muerto sin enterrar.

Los chaggas viven agrupados por clanes, en recintos cerrados por una empalizada, con muchas de nuestras comodidades. Pero algo resulta distinto. No es igual el hombre cuando ha nacido esclavo. O de esclavo.


Tampoco es igual si su país en estos días sólo ha cumplido veinte años como entidad independiente.

Al retomar el camino de bajada hacia Himo, sorteando charcos y barrizales, no me cabe duda de que estoy geográficamente a mitad de camino entre Alejandría y Ciudad del Cabo. Es esta un África indudable, inocultable, fascinante en el sentido figurado del término. Su belleza engaña, ofusca, permite sentir y difícilmente pensar. Exige entrega a ojo cerrado, sin preguntas.

Bruscamente bajamos a tierra y desaparece el embrujo: al llegar a Himo nos enteramos de que los buses que nos trajeron desde Arusha al Kilimanjaro no trabajarán en 24 horas. Arusha, ciudad principal del área, se encuentra a 120 kilómetros, y en su Hotel Mount Merú se hallan nuestras maletas y los pasajes para un avión que debe llevarnos a Dar es Salaam esta misma noche.

Trepados en camiones de carga comenzamos a recorrer los 120 kilómetros más largos de que tenga recuerdo. Muchachones de dudosa actitud se interesan por nuestras máquinas fotográficas, observan bolsos y bolsillos. Aunque no hemos dormido, desde hace treinta horas, ni siquiera nos atrevemos a descansar por turnos.

Así, adormilado, veo alejarse la cumbre del Kilimanjaro, la montaña mágica de todos los africanos. Cuando regrese -alguna vez-, ya no serán los mismos. Ni los chaggas ni los masais. Antes de trepar al camión puedo imaginar lo que les espera. En Himo, una aldea insignificante, fotografiamos un boliche que luce un letrero aterrador: Miami Snack Bar

En pocos años más habrá desaparecido el coreográfico espectáculo de las mujeres y veremos a unas negras gorditas en bluyines estilo bombé por los caminos de la montaña.

Espero que entonces no hayan desaparecido, eso sí, a las aves alpinas y tropicales. Ellas ponen la música ambiental en las faldas del Kilimanjaro y quien las escuchó una vez jamás podrá olvidarlas. Es el marco musical perfecto para una vegetación magnífica y una fauna que aún tiene al hombre gloriosamente en la cumbre.

Las nieves del Kilimanjaro aún esperan con dignidad a los ansiosos vagamundos. ¿Hasta cuándo?

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