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China | Las extrañas casas de los emperadores – Luis Alberto Ganderats
China | Las extrañas casas de los emperadores

China
Las extrañas casas de los emperadores

En Beijing conocimos por dentro la vieja Ciudad Prohibida del último emperador, y tratamos de entender la monótona y admirable manera de construir que han tenido los chinos durante milenios.

Por Luis Alberto Ganderats

Hay que ser sincero. Cuando me lo dijo, no pensé: “¡Qué monada de chino!”.

No. Me pareció más bien un chino aguafiestas.

Estaba recién llegado a Beijing después de un extenso recorrido por Xi´an –ciudad donde salían las principales caravanas de la Ruta de la Seda-, por Shangai, Hong Kong, Macao, y por varios países del Pacífico, y cuando le sugerí que a la mañana siguiente, saliéramos un poco más tarde para tomar aliento, me respondió con una sonrisa inexplicable:

-Piénselo bien. Es bueno partir temprano para recorrer la Ciudad Prohibida. Es muy grande, y allí vivió el último emperador.

-Es que…

-Permítame decírselo de otra manera: Ya tendremos bastante tiempo para dormir cuando estemos muertos.

Y volvió a sonreír.

Como es natural, el chino tenía razón.

Wu Di es un guía puntual y salimos a las 8 de la mañana del moderno hotel Sheraton Gran Muralla de Beijing, rumbo a la Ciudad Prohibida. En el camino le pregunté por qué ese gran hotel en que alojo se ha convertido en la nueva “ciudad prohibida” para los 11 millones de chinos de Beijing, ya que sólo unos pocos pueden ingresar, debidamente autorizados.

-El gobierno ha construido estos hoteles lujosos para los turistas y no para los ciudadanos chinos. Nadie quiere que vuelvan los privilegios para unos pocos. Y tampoco es posible permitir que la gente por simple curiosidad visite el hotel. Somos más de mil millones. Eso no acabaría nunca… El turista quiere descansar.

Ya hablaremos de eso otro día. También del Hard Rock Café, del Mc-Donald´s, del mall Lufthansa, de los hoteles Sofitel, Meliá, Meridian, Kempinski y otros de China… Hoy nos interesa vivir el clima y conocer el escenario donde vivió Pu Yi, el último emperador, y otros 23 monarcas desde el siglo XV hasta ayer no más: el año 1924.

Queremos visitar el Palacio Imperial, en la Ciudad Prohibida, hoy el museo más grande del mundo, y el azulado Tian Tan, Templo del Cielo, sector sur de Beijing, que Kissinger visitara las 22 veces que fue a China en sus días de mediador.

Tres mil años imitándose

El Palacio Imperial, rodeado de un extenso foso, está situado cerca del mausoleo de Mao y de Tiananmen, la plaza más polémica y más grande del planeta. Todos hemos visto fotos o películas en que aparecen fragmentos de esta enorme Ciudad Prohibida. Sus construcciones no lucen muy distintas a otras muchas arquitecturas de origen chino que se conservan en Japón (Kioto, Nara…); en Taiwán o Hong Kong. Y después de ver todo esto se produce una sensación de monotonía.

Imitar parece que ha sido la norma.

Admite el guía que, básicamente, los chinos de ayer sólo acostumbraban a  combinar una formula arquitectónica: el t´ing.

Por esa razón, siempre los techos tienen aleros muy salientes y aristas curvas. La planta, es siempre cuadrada o, al menos de sólo cuatro ángulos. Los muros o columnas siempre son más bien cortos, dejando lucir el tejado, que es el principal atractivo exterior de las construcciones.

Y como suprema imaginación y variación, los edificios pueden tener tres techos (o más), uno sobre otro. Casi iguales…

Y si se trata de construir una gran residencia imperial o de nobles, no aumenta el número de pisos. Tampoco los edificios crecen a lo ancho, como ocurre con un gran palacio occidental.

¿Qué hace la arquitectura china?

Construye varios edificios de regular tamaño, uno junto al otro, o (más bien) después del otro, siempre en dirección norte-sur, siempre separados por patios o plazas.

Llevan 3.000 años haciendo lo mismo, con escasas excepciones. Se dice que los arquitectos no figuran siquiera en los anales de la China milenaria, mientras abundan los poetas, artistas y pensadores. ¿Habrán muerto de aburrimiento? ¿De repetir techos hasta la agonía?

Con explicable temor nos acercamos entonces a la Ciudad Prohibida. Quizá la monotonía arquitectónica la haga decepcionante. Especialmente ahora, después de recorrer un Beijing que florece en cientos de nuevas construcciones de altura, modernas, diferentes, audaces.

Viejos palacios nuevos

Al atravesar la gran puerta del palacio descubrimos -con verdadera alegría- que nuestro temor era exagerado. La arquitectura del Palacio Imperial puede resultar monótona, pero es monumental; y el conjunto sólo merece el adjetivo de soberbio.

Soberbio por la relación de espacios entre los distintos edificios, y las formas y dimensiones de los patios, escalinatas, balaustradas. La armonía es la cualidad suprema. Y es subyugante la atmósfera de pasado que comunican esas formas arquitectónicas que ya existían mil años antes de Cristo.

Los edificios, sin embargo, si se nos permite una licencia cronológica, son nuevos. Los más antiguos no tienen un año más que nuestra iglesia santiaguina de San Francisco -que data del siglo XVI-; y la mayor parte son contemporáneos de La Moneda y la Catedral de Santiago. Fueron construidas en los siglos XVIII y XIX.

Los palacios más viejos, levantados en el siglo XV, desaparecieron para siempre de la Ciudad Prohibida. Todos fueron construidos originalmente de madera. El tiempo, los hombres y el fuego, todos ellos, se encargaron de destruirlos.

Con tales materiales se construía siempre, y por eso, en toda la China milenaria casi no hay construcciones milenarias. Sólo unas pocas hechas de tierra o ladrillo, como la Gran Muralla, reducida a escombros en casi toda su extensión (ver).

Atmósfera en que vivió Pu Yi

También eran provisorias las familias reinantes o dinastías. Claro que las dinastías en vez de desaparecer por el fuego, desaparecían por las revoluciones, por invasiones. Pu Yi, el último emperador, por ejemplo, pertenecía a un pueblo invasor -no chino-, venido de Manchuria, que por siglos reinó en el Celeste Imperio. Y fue destronado por una revolución antidinástica que estuvo a punto de terminar en una nueva dinastía.

Y casi ocurrió lo mismo cuando Mao Zedong -antes en español le llamábamos Mao Tse Tung, con pronunciación inglesa- se encumbró al poder con intenciones de perpetuarse. A pocas cuadras de aquí lo hemos visto inerte dentro de un féretro de cristal, como una momia de cera, y a pocos metros una estatua suya en un ademán de emperador manchú.

Miles y miles de individuos hacen múltiples colas durante el día para ver sus restos. Otros miles caminan ahora junto a nosotros para recorrer los caminos y salones que antes pisaron los emperadores.

La reverencia y la veneración se parecen, en ambos casos, como un chino a otro.

Al menos para el ojo occidental.

Si se quiere visitar la Ciudad Prohibida, que tiene 720 mil metros cuadrados y 9 mil habitaciones -rodeada por un alto muro y un foso de casi media cuadra de ancho-, se necesita más tiempo del que dispone un viajero común. Por eso, hemos decidido recorrer primero la serie de los seis palacios principales (dispuestos en fila de norte a sur, naturalmente), donde vivieron 24 emperadores. Los tres primeros edificios eran utilizados para las ceremonias, y los posteriores, para la vida privada. Todos fueron levantados sobre terrazas y están, normalmente, rodeados de enormes balaustradas de mármol blanco.

Sobre esas terrazas es posible ver las figuras clásicas que rodeaban los palacios imperiales: esculturas de animales en piedra, bronce o mármol, a veces con los (para nosotros) indescifrables pictogramas chinos. Aquí están las tortugas de bronce, símbolo de la eternidad dinástica, junto a las cuales el joven emperador aislado Pu Yi pone sus oídos sobre los adoquines y exclama: “Quiero ver la ciudad de esos sonidos”. (Así lo hace, al menos, en la famosa película, que el cable se encarga de mostrarnos de vez en cuando).

La eternidad ha terminado para él. Otros conducen la historia. Desde esa misma terraza con cigüeñas de bronce se domina hoy el gran patio por el cual el pequeño emperador corrió tratando angustiosamente de alcanzar a su nodriza, que era sacada del palacio luego de la instauración del sistema republicano.

“Ella no es mi nodriza; es mi mariposa”, decía el niño sin entender.

Y se conserva también, cuidadosamente restaurado, el pabellón o salón de la Suprema Armonía, donde Pu Yi fue coronado con el nombre de Hsuan Tung en diciembre de 1908. Este es el primero de los seis palacios principales puestos en línea. Construido sobre una terraza de tres niveles -todas con balaustradas de mármol-, en su interior el techo artesonado está sujeto por columnas centrales adornadas con dragones. Y el trono de Pu Yi se conserva sobre una nueva plataforma, a la cual se trepa por seis gradas blancas.

Mao Zedong lo hizo Gugong

La armonía es la palabra que reina en esos tres primeros palacios. El primero se llama -como queda dicho- De La Suprema Armonía. Le sigue el de la Perfecta Armonía (más pequeño), y por fin, un palacio impresionante de doble techo, llamado De la Preservación de la Armonía.

Los tres grandes palacios privados fueron bautizados pensando en la Pureza Celestial, la Unión y la Tranquilidad Terrenal (este último, cámara nupcial y residencia de las emperatrices).

Poco o nada de los objetos originales quedan dentro de estos palacios. En Taipei (Taiwán) he visto tesoros del Imperio que en miles de baúles se llevaron las tropas del Chiang Kai-Shek al ser derrotadas por las armas comunistas en 1949. Otros objetos fueron sacados por la familia imperial y sus eunucos, antes de abandonar el palacio definitivamente en 1924 (doce años después de la instauración de la república). Y casi todo el resto fue desapareciendo como por arte de magia en los últimos 70 años.

Cuando en tiempos de Mao Zedong, su mujer impulsó la restauración de la Ciudad Prohibida, muchos objetos que pertenecieron a los príncipes imperiales y a las familias nobles fueron traídos nuevamente a los grandes palacios para devolverles parte de su esplendor. Y lo han conseguido.

En nuestro recorrido hemos visto estupendas colecciones de bronce, porcelanas, pinturas, jade y demás caracterizados tesoros chinos. Se conservan los cofres con sellos imperiales, pebeteros de incienso, calderas y leones de bronce dorados, el llamado trono-dragón y muchas otras piezas de valor.

El propio Palacio Imperial es hoy un museo, llamado Gugong. Para visitarlo hay que pagar entrada, como la pagó el ex emperador Pu Yi cuando salió de la cárcel -envejecido, pobre- y fue a visitar “su” palacio antes de morir.

Unas 50 mil personas -miles de turistas- hacen lo mismo todos los días.

Templo del cielo

Viviendo hoy en la era de la imagen, casi no tiene sentido intentar la tarea imposible de describir siquiera uno de los 79 palacios y demás edificios que conforman la Ciudad Prohibida. “Describir lo bello es como destejer el arco iris”, dijo alguien. El lenguaje escrito se hace pobre.

Más pobre aún resulta si se intenta describir un templo situado fuera de la ciudad imperial, lugar obligado de oración para todos los emperadores: el llamado Templo del Cielo. El más hermoso conjunto de construcciones que hemos visto en China, y cuya antigüedad es comparable a la de la Ciudad Prohibida.

Su edificio principal, con tres techos redondos cubiertos de tejas azules barnizadas, y una esfera de color oro en el extremo superior, es una maravilla de la arquitectura en madera: no fue usado ni un solo clavo en su construcción.

Se llama Templo de la Plegaria para una Buena Cosecha, y cerca de él cada solsticio de invierno, el emperador rompía la tierra con un arado de oro y marfil. Luego realizaba sacrificios sobre un altar, que todavía se conserva, acompañado de tañidos de gong, canto de sacerdotes, música ritual y quema de incienso.

Cuando se recorren estos lugares nuestro cerebro se escapa al pasado sin dar más explicaciones. Y en cada rincón uno cree sospechar que existe un gato encerrado; que, por ser “prohibida”, algo hay en la ciudad que nuestros sentidos se niegan a olvidar. Si se ha visto la película “El último emperador”, resulta aún más difícil el olvido.

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