La viajera De Beauvoir
Bautizar un puente peatonal sobre el río Sena con el nombre de Simone de Beauvoir ha sido una alegoría, una metáfora de esta escritora de cuyo nacimiento Francia está celebrando por estos días el centenario. Representa una ancha pasarela entre dos edades de la historia contemporánea. Sin ella, la mujer habría tenido que recorrer un camino todavía más largo para avanzar hacia un lugar de igualdad junto al hombre. El día de sus funerales, hace 21 años, en medio de las lágrimas, la historiadora Elisabeth Badinter gritó a las miles de mujeres que acompañaban su féretro: “¡Se lo deben todo!”. Y su agradecimiento se hizo coro en lenguas que tal vez ella nunca llegó a escuchar. Pensaban en el libro Le deuxième sexe, que hace casi 60 años desnudó la condición cultural del “segundo sexo”, echando un foco de luz sobre varias generaciones.
No sólo la filosofía y su propia vida íntima y cotidiana le permitieron reconocer mejor cuál era la situación de la mujer en los días posteriores a la segunda guerra mundial. Influyeron, también, sus intensos y repetidos viajes por países diferentes, con su sensibilidad instalada como un lente sobre sus ojos. Vio y miró en los viajes; con sus relatos hizo cátedra sin proponérselo. Como en Le deuxième sexe, procura examinar a la mujer occidental desde un punto de vista histórico, filosófico y político.
Al terminar la guerra, comienza a trabajar en la revista Les Temps Modernes, y recorre gran parte de Europa, México, China, Marruecos, URSS, la Cuba castrista. Su libro de viajes Estados Unidos día a día es el diario íntimo de una parisina en Nueva York y en grandes ciudades de California, donde se ensamblan su gran habilidad para relatar y su curiosidad por una cultura ajena. Más de la mitad de su obra tiene que ver con sus viajes o con su vida, ese largo viaje de exploración, acompañado en cada trecho de cierto escándalo.

¿Cómo relata Simone de Beauvoir?
Escuchémosla:
“El avión sobrevuela esa extraña región plana acuosa que va de Nueva Orleans hacia el mar. Es un paisaje magnífico, lleno de ríos, meandros, lagunas cortadas por lenguas de tierra negra empapada —luego el océano—, y de repente en el infinito las brumas de Yucatán; y en medio de las brumas, sola debajo del sol, la ciudad de Mérida. Estuvimos paseando en las placitas hasta medianoche. ¿Recuerda el bullicio del Pireo, de Marruecos? Pues es eso, con mexicanos en lugar de griegos o árabes. Aquí parecen de buena raza, las mujeres tienen una bella carne grasa y morena y al envejecer se ven como figuras de madera esculpidas. Orgía de frutas, dulces sospechosos, camarones, fritangas, zapatos, telas de algodón. Nos sentimos aturdidos.”