La pobre cuna del gótico
Una conmoción dentro del pecho es lo que se siente. Y la certeza de haber sabido poco de templos hasta entonces. Eso ocurre cuando conocemos una catedral gótica. Enormes vitrales en lugar de muros opacos parecen ser la expresión de algo sobrenatural. Pero lo que termina por hacernos bajar los brazos son sus elevaciones, su dimensión vertical. No importa cuánto nos importen los dioses, hagamos lo que hagamos, en Chartres, Milán, Colonia, la Sainte-Chapelle…sentiremos el tránsito de lo material a lo espiritual. Es una bendición caminarlas acompañadas por el silencio. Pero, ¿cuánto conocemos del abate francés que las imaginó? Seguramente no sabemos que fue un niño pobre “ofrecido” a los benedictinos para que lo alimentaran y educaran en religión. Ese hijo de padres oscuros llegó a reemplazar al rey de Francia durante las Cruzadas. Ser regente ya era un milagro, y noble argumento para los que reclaman educación para todo hombre. Pero ese niño no sólo llegó a tener los poderes de un rey: compartió un poco el poder de los dioses al imaginar la primera iglesia gótica en el 1140. Sabía –sabio–, que lo nuevo debe ser visto como algo renovado: “Honra lo viejo y sigue adelante.”

De él sólo conocemos su nombre cristiano: Suger. El “apellido” fue tomado de la abadía donde fue educado: Saint Denis (foto) Estaba entonces a las afueras de París, hoy se halla en una de las estaciones de su Metro, y es famosa no por ser la cuna del gótico, sino porque en su pobre vecindario musulmán se levanta el gran estadio del Mundial de Fútbol 98.
Suger se hizo cargo de un templo decadente. Sin embargo, contenía el alma y la gloriosa historia de la pequeña Francia de entonces. Patriota fervoroso antes que abad en éxtasis de fe, quiso que Saint Denis recuperara la grandeza de otros siglos para que así Francia creciera con ella. Leyendo a Dionisio, un ateniense cristiano del siglo I, descubrió la inspiración para hacer de la luz el nuevo principio rector de su iglesia. Postulaba que Dios es la luz increada y creadora, luz de la cual participaban todos los seres. Se imaginó, entonces, inundar de luminosidad los templos, elevar el cielo, dar punta a los arcos, estirar las torres hasta el extremo, dejar espacio interior para la exaltación del espíritu. Como su templo era histórico, y Francia crecía al liberarse de los señores feudales, el gótico se transformó en ejemplo imparable.
Más de mil años había entre el abad y su inspirador. Han pasado desde entonces casi otros mil años, y este prodigio de la Edad Media sigue conmoviendo al hombre. Sus enormes espacios parecieran inspirar a un descontento que en la desnudez altiplánica, escribiera un graffiti: “Para encontrarse hay que tener la capacidad de perderse.” Quizá revela el sentimiento de un muchacho tan abandonado y resiliente como Suger, que se empeñó en “hacer surgir el espíritu ciego hacia la luz.”