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La montaña mágica de París – Luis Alberto Ganderats
La montaña mágica de París

La montaña mágica de París

El hombre primitivo cree siempre que las montañas son recintos de dioses. Entre los aztecas, hasta cuando lo ocurrido era algo tan natural como un esguince  subiendo cerros, lo relacionaban con una causa divina. Ellos no habían flaqueado o tropezado, sino que transitaban por un lugar donde vivían espíritus maleteros, expertos en zancadillas, maestros del quiñazo. Y para qué hablar de las cosas importantes en la vida, desde la cuna a la sepultura. Ahí los dioses eran todo: premio y castigo. También las montañas, su eterno refugio. Muy temprano las imitaron construyendo montañas sagradas a escala, que donde se alzaran señalaban el centro del mundo. Empezaron como túmulos, cerros artificiales de los que la piel del planeta se llenó en tiempos inmemoriales. Del modesto túmulo a la soberbia pirámide era cuestión de tiempo, de dinero y fe. De vanidad. No de geografías. Seres de todos los rincones construyeron formas piramidales, si bien nadie ha superado a los egipcios, que dejaron de construirlas hace 3.800 años, y por eso ya eran antiguas en tiempos de los antiguos. Llevaba razón el poeta al decir que el hombre teme al tiempo, pero el tiempo teme a las pirámides.

Si recorremos el mundo iremos viendo construcciones que de una u otra forma imitan las montañas de los dioses: las pirámides de Tikal, placer para el alma en Guatemala; los milenarios zigurats de Persia y Mesopotamia; las pirámides de Tiahuanaco; las de los incas, chimús y mochicas del Perú. Incluso en Chile. Este año se ha publicado en inglés un libro sobre los sagrados cerros artificiales del pueblo mapuche, los kuel, que Tom Dillehay investigó. Ha identificado unas 300 formaciones cónicas, de hasta 40 metros de altura, repartidas cerca de la cordillera de Nahuelbuta, en Lumaco, en Purén, la popular cuna del humorista Bombo Fica. Sirven como vía de ingreso al mundo de los dioses y abuelos mapuches. Dan paso a la relación entre vivos y muertos.

Sólo medio siglo después que los egipcios construyeron sus últimas pirámides, se talló  el obelisco de Luxor (foto). Ahora es una joya exótica de París sobre la ensangrentada Plaza de la Concordia. Las  pirámides, en cambio, se niegan a emigrar de Egipto. Tal vez por eso, la ciudad va por su segunda pirámide, ahora en la vieja Puerta de Versailles, para hacer compañía a la del Louvre. Acaba de autorizar la construcción del colosal Triangle, de última tecnología  -más alto que la pirámide de Cheops-, no destinado al descanso eterno de faraones, sino al placer del moderno tirano universal: el turista. Tendrá un hotel de 400 habitaciones y otras dependencias, en el Centro de Congresos. Es una creación de los mismos que maravillaron al mundo con su olímpico Nido de Pájaros, de Beijing, los basilienses Herzog & De Meuron. Con 50 pisos y casi 200 metros de altura, su pirámide traslúcida y armónica competirá con la Torre Eiffel desde el año 2012. ¿Y la crisis?  ¡Calme!, madames et monsieurs. Las civilizaciones mueren, las pirámides, no.