La inmortalidad como chiripa
Muchas obras pensadas para ser eternas terminan como monumentos a la vida efímera. Parece que cuando se busca empecinadamente la inmortalidad, lo probable es que la obra muera joven. O sólo se convierta en símbolo de dolor, como ocurrió con las Torres Gemelas de Nueva York. Hechas para representar el poder de un imperio financiero, nunca convencieron del todo, y estaban construidas de tal manera que los atentados no las dañaron: las hicieron desaparecer. Surgen ahora como símbolo de fragilidad de los imperios, no sólo de la intolerancia.
Abundan, sin embargo, los casos opuestos, que -como en el billar-, se produce una chiripa, golpe de suerte por casualidad. La torre Eiffel no pretendía otra cosa que servir de llamativo adorno en una exposición mundial, pero recibió el indignado rechazo de la gente de París. Se daba por segura su desaparición en 1900 al culminar la feria. Se salvó únicamente porque militares alegaron que serviría para…instalar antenas. El Big Ben de Londres, concebido por un arquitecto sin estudios formales, amante del Renacimiento italiano y que se hizo asesorar por un experto en gótico, se conformaba con que su torre adornara el Parlamento y cantara puntualmente las horas. Ahora sabemos lo mucho que significa. El Manneken Pis, que representa a un niño desnudo aliviando su vejiga sobre una fuente, parece la cara más popular de Bélgica, aunque su autor flamenco fue artísticamente un italiano y su obra apenas mide 50 centímetros. Al reino de Dinamarca lo reconocemos gracias a un nostálgico empresario cervecero que quiso instalar sobre una roca de Copenhague la imagen de La Sirenita, enamorada de un navegante “alto, moreno y de porte real”, como lo describe Andersen. Aunque la escultura mide apenas 125 centímetros.

En esta Copenhague de cuentos nace el arquitecto que a los treinta y tantos años concibió el edificio para la Ópera de Sydney. La anti chiripa. Abandonó su obra a medio hacer, molesto con las autoridades australianas, que le negaban financiamiento. Por casi medio siglo se ha negado a volver. La Ópera figura hoy como candidata a convertirse en una de las nuevas Siete Maravillas del Mundo. Se equivocaron los avaros y miopes encargados del presupuesto. Como tantas veces, los mismos que se burlan de los magos anunciadores del futuro tomaron muy en serio a los economistas sin visión de futuro. Tal vez por eso, se nos dice que -en aquel tiempo- Australia era un buen país para vivir, “siempre que hubieses nacido canguro.”
Tardíamente, sólo medio siglo después de imaginar la magnífica Ópera de Sydney (ver boceto con idea inicial de 1957), el arquitecto Jorn Utzon recibió el Pritzker, premio de arquitectura que, según muchos, equivale al Nobel en ese arte. Para obtenerlo le ayudó ese incierto privilegio de ser anciano. Arrimado al sol de España, dentro de algunas semanas celebrará sus 89 años. Hace poco, el gobierno australiano le pidió asesoría para modificar el edificio por dentro. Un buen síntoma. Hoy, no sólo los canguros viven bien en Australia.