La garota incógnita
-¿Y?
Cuando uno cuenta que ha ido a Ipanema, ya sabe lo que quiere decir esta breve pregunta en boca de un hombre.
-¿Y qué?- respondemos sin saber bien qué responder. Es como explicar una puesta de sol. Hay que estar ahí. Las garotas tienen algo inexplicable. “Me dijo ¡hola! y todo su cuerpo se hizo sonrisa”, me cuenta un colega argentino y tanguero que lleva un tiempo largo viviendo en la tierra de Vinícius de Moraes. Ella estaba sentada en la playa, con amigos; él paseaba por ahí más curioso que otra cosa, cuando los ojos de ambos tropezaron. Ese ¡hola! natural fue la primera palabra de muchas palabras mayores: hoy tienen dos hijos y un matrimonio que no ha sido puras sonrisas naturales. Pero él sigue encontrando a su mujer tan buena como una fruta.

El africano temperó el carácter brasileño con la alegría de vivir. Lo salvó de la melancolía portuguesa, de la costumbre tan peninsular que hacía de la alegría un pecado capital, y de cualquier aventura de amor un sobresaltado pasadizo al infierno. Es lo que dijo Jorge Amado. De su novela Gabriela, clavo y canela pareciera venir el mito de la mujer carioca, reforzado por Doña Flor y sus dos maridos. “Una muchacha cargada de curvas, pero liviana de cuerpo. Mala para el compromiso, libertaria y a veces libertina. Desinhibida, descalza, graciosa. Que vive la sexualidad como por orden médica, con una espontaneidad que desarma. La cama simplemente ocurre en su vida. Llega a ella sin tomar propiamente decisiones: entre sábanas nace, muere y ¡cómo ama!”.
Claro que ese es un retrato deformado por los sueños del varón universal. Sobre la piel de las garotas proyectan sus sueños. Es una pantalla que puede ser negra azabache o tener 130 colores distintos, según descubrió y describió un censo domiciliario en Río de Janeiro que anda por ahí. Imaginemos estos colores en una garota: alba oscura, alba rosada, albina, azul, azul marino, amorenada, canela, castaña, tira para blanca, poco clara, encerada, bronce, mestiza, mixta, café con leche, blanca morena, bien morena, casi negra, tostada, retinta, marrón, morena-morena cerrada, morena rubia, morenita, morena jumbo, negrota, chocolate, bahiana, sarará, color firme, burro en fuga…
Y no es que la belleza ande sobrando, ni que siempre venga de cuna. Es algo aprendido, pues antes que belleza se trata de sensualidad, de saber caminar; de actitud frente a la vida y frente al otro. También a menudo interviene el bisturí. Y de telón de fondo siempre está la alegría, porque no le echan salmuera al placer. Como la garota del Carnaval que se cubre y sonríe cuando -de tanto girar-se le rompe el bikini (foto).
Basta de explicar qué es una garota. Para sentirlo en la piel hay unos días ya muy próximos -entre el 2 y el 5 de febrero-, los del Carnaval, que siempre proponen más respuestas.