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Kuala Lumpur | El tigre de la Malasia – Luis Alberto Ganderats
Kuala Lumpur |  El tigre de la Malasia

Kuala Lumpur
El tigre de la Malasia

Entre los Tigres Asiáticos, uno de los más visitados es Malasia,  cuna de Sandokán. La capital, Kuala  Lumpur, asombra por su potencia económica, su vida nocturna, y la excepcional armonía religiosa en ambiente musulmán. Kuching, ciudad-gato, es gran destino en el Sudeste de Asia.     

Texto y fotos: Luis Alberto Ganderats, desde Kuala Lumpur, Malasia.

César Pelli, el mismo arquitecto de nuestro polémico Costanera Center, creó los edificios gemelos más altos del mundo, que parecen parte de una descomunal iglesia gótica en el perfil urbano de Kuala Lumpur. Sus primeros pisos, un mall de muchos niveles, se ha convertido en templo del consumo suntuario; y en su interior funciona la poderosa petrolera malaya que le da el nombre: Petronás. Las torres representan bien a esta ciudad-tigre que dirige la manada dentro del reino de Malasia. Exhibe el progreso de una manera apabullante, al estilo occidental. Pero al recorrer sus calles queda claro que Malasia no olvida sus raíces orientales. En abril coronó como monarca al anciano sultán Abdul Halim, que hemos visto ataviado casi como un Sandokán del siglo XIX. Hasta su esposa no luce muy diferente a Marianna, el gran amor de ese aventurero imaginado por Salgari. Mientras las Torres Petronas nos dicen claramente hacia dónde va Malasia, los dorados aposentos y atuendos del rey, nos dicen de dónde viene.

¿Sandokán podría estar orgulloso de Kuala Lumpur?  ¿De este país que el próximo año sólo cumple medio siglo de vida?

Creemos que sí, y por razones distintas. No por su arquitectura moderna y armoniosa, sino por ser el símbolo de una de los países modernos donde conviven cerca de 30 millones de hombres de creencias tan distintas como la musulmana, budista, taoísta,  hinduista, cristiana, confucianista, animista. También le daría alegría saber que Malasia hoy es un país formado principalmente por nueve sultanatos de la península de Malaca, cuyos jefes religiosos se turnan democráticamente para asumir como reyes cada cinco años, y se preocupan del país entero, incluyendo una tercera parte de la isla de Borneo, situada al otro lado del Mar de China, de donde el propio Sandokán fuera príncipe de ficción.

Tal vez a él no le gustarían mucho los casi 70 centros comerciales de Kuala Lumpur, ni el gigantismo de Suria, su mall de ocho pisos en las Petronas, pero sin duda disfrutaría de su lujo asiático, donde no falta una sola marca de prestigio mundial,  y agradecería (como todos aquí), el aire acondicionado del centro comercial para huir del calor y la humedad. Es posible que le abrume un poco la multitud que compra por estos días, aprovechando que todo el país está viviendo el Malaysia Mega Sale Carnival 2012, una impresionante fiesta de rebajas y liquidaciones en todos sus centros comerciales,  que durará hasta el 2 de septiembre. Pero le daría gusto saber  que la pobreza extrema se encuentra ya cerca de desaparecer de su territorio, y que las mujeres malayas ya son más numerosas que los hombres en los estudios superiores.     

Es posible que le extrañe ver multitudes de mujeres musulmanas mirando vitrinas a través del velo de su chador y comprando las prendas occidentales más audaces. Ellas le podrían explicar que esa ropa la usan puertas adentro. Que en las calles van siempre arropadas al modo tradicional, pero en la privacidad usan todo lo que les gusta a ellas (y a su pareja).

UNA LADYBOY EN SU CAMINO

Como buen corsario, Sandokán disfrutaría de estas nuevas mujeres, haciendo de la noche de Kuala Lumpur una fiesta, sobre todo en el Triágulo Dorado, en el corazón del Centro, que parece vivir del regocijo y del caminar sin pausa. Recorrería sus calles, sus jalan, como laSultán Ismail, la Ramlee y la Ampang. Ahí sentiría en sus pies el vibrar de las veredas por los parlantes de los clubes nocturnos y bares. Pasaría del Rum Jungle al Beach Club, y del Zouk al Thai Club. La noche entera. Alguien debería advertirle, sin embargo, que es prudente mirar bien antes de escoger pareja. Abundan aquí las ladyboy, hombres con cerebro y…ropa de mujer. Algunos de ellas sólo andan en plan de conquista. Otras, en cambio, prefieren recaudar dólares donde abundan: entre los extranjeros (australianos, neozelandeses y otros), que con mucho alcohol en el cuerpo ya no quieren hacer distingos muy finos entre hombre y mujer. Se los come la noche y el hedonismo. Algunos turistas, acompañados de estas lindas mujeres, terminan admirando la ciudad desde las azoteas, tomándose un trago en el Luna Bar o el Sky Bar, con vista a las torres Petronas, aunque otros prefieren ir al hotel Mandarín Oriental, justo al frente, donde los 452 metros de las gemelas se pueden ver enteros, brillando como dos espigados cerros de luciérnagas.

Los que prefieran no correr riesgos con las ladyboy invitarían a Sandokán a pasar la noche en las calles del Barrio Chino, y su mercado nocturno, que es un paraíso para los que quieren buenas imitaciones de grandes marcas. También para los que buscan tallarines sabrosos al estilo Hong Kong, o se vuelven locos con las antigüedades. Otros quisieran llevarlo por la Bukit Bintang, y calles vecinas, en el downtown, que por la noche se transforma en un interminable centro de comidas. Se puede ir todos los días durante un año sin repetirse un plato. Es barrio de ocio y diversión, de centros comerciales y restaurantes estilo improvisado, y que se hace más exótico en su sector árabe.

Alguien preferirá ir al barrio Little India para probar su curry y ver cómo se divierten  los inmigrantes que hacen los trabajos más duros de Malasia, y ganan menos, pues en este país del Sudeste Asiático el dinero es de los chinos y el poder, de los malayos. Sandokán, que tuvo amigos malayos entre sus secuaces, tal vez le gustaría recorrer el barrio Kampung Baru, a los pies de las Petronas, donde ellos se divierten al pausado estilo musulmán. Su cultura es mayoritaria en Kuala Lumpur y en todo el país. Sólo consumen la cocina islámica, la halal, que es barata. Lo más pedido es el nasi lemak, que se ofrecen sus restaurantes sin lujos, en las clásicas casas malayas de madera. Se trata de un arroz cocido en leche de coco, que acompañan con anchoas, huevo, rebanadas de pepino y maníes fritos. Y a veces, carne.

Pero como en el Barrio Malayo no se vende alcohol, lo probable es que la noche termine en otro lugar, y casi siempre junto a un gin con amargo, el gin-pahit. Esta antigua creación malaya entusiasmaba hace 80 años a otro aventurero y viajero, Pablo Neruda. Solía tomarlo cuando era joven cónsul de Chile en la región y vivía por largos períodos en “un estado de espíritu verdaderamente miserable”, como le confesara en una carta a su amigo argentino Héctor Eandi. Tenía humo en su corazón. Claro que nuestro poeta, para sus penas de soledad oriental disponía de escapes más estimulantes. Desde luego, se casó sin pensarlo mucho con una javanesa, y cuando lo trasladaban del consulado en Ceylán a los de Sinagapur-Java, le escribe a su amigo: “Eso quiere decir que me voy al mágico archipiélago malayo, bellas mujeres, bellos ritos. He estado ya dos veces en Singapur, Bali, y he fumado muchas pipas de opio allí, no sé si aquello me gusta, pero es diferente, en todo caso”.

LA FATIGA DEL ALMA FUERTE

Nada de todo esto resultaría extraño a Sandokán. Ni menos si le invitaran a pegar un salto sobre el Mar de China Meridional, hasta el Malasia del Este, un tercio de la isla de Borneo, pues se le da por nacido allí, y tuvo en la islita de Mompracem su reducto secreto. Aunque ha desaparecido gran parte de sus bosques legendarios, Borneo tiene una ciudad que nadie debería perderse, Kuching. Su nombre significa gato en lengua malaya bahasa. En el centro, sobre un pequeño pedestal, hay un ejemplar blanco, con bigotes de alambre, que tiene 3 metros de altura, cerca de un tradicional arco de triunfo;  y frente al Holiday Inn veremos una pandilla de gatos que forma otro monumento. Kuching, la ciudad de los cuchos, de 600 mil habitanyes, es, por lejos, una de las más atractivas ciudades del Sudeste Asiático. Y viajar a conocerla puede resultar muy barato, ya que Kuala Kumpur se halla en medio de una tupida red de vuelos de bajo costo, los low cost,  y por eso es una de las ciudades más visitadas del mundo. Apenas llegan a Kuching, muchos viajeros son llevados al Cat Pub o al Cat City Holidays cerca del muelle, junto al río Sarawak, donde brindan por sus mascotas o inician un tour por parques llenos de simios y pájaros que parecieran venir del arco iris. Esta provincia, llamada Sarawak, fue de las más bellas colonias británicas.

Lo más original de nuestra estadía en Kuching puede ser el recorrido por el Sarawak Cat Museum, que exhibe un gato egipcio embalsamado hace 3 mil años, y, sobre todo,  hacer un tour para visitar a los orangutanes en sus horas de libertad. La Oficina de Turismo de Kuching lleva todos los días a los viajeros hasta un lugar donde pueden observarlos, a sólo 22 kilómetros, en Semenggok. Antes de llegar el guía nos dirá que el nombre nativo de nuestro pariente es orang hutan (hombre-selva). Debemosmirarlo con respeto: la comparación del genoma humano con el de este simio revela que tienen una secuencia idéntica en un 97 por ciento, como lo certificara el año pasado la revista Nature. Ver a estos parientes de pelo rojo juguetear con sus brazos enormes resulta un espectáculo divertido, pero también ellos nos dejan temas para reflexionar.

¿A dónde ir después de Kuching y sus orang hutanes? Sandokán tendría algo que decirnos. Por ejemplo, que aquí de Kuching deberíamos hacer el camino de regreso para conocer Malaca, una ciudad a sólo 150 km de Kuala Lumpur, Patrimonio de la Humanidad, con medio millón de habitantes. En ella se resumen muchos siglos de la Malasia histórica. Antes del descubrimiento de América ya era el mayor depósito comercial, de alfombras y porcelanas, de sedas y piedras preciosas. Todavía parece escucharse el tránsito de los portugueses, holandeses y británicos, el rumor de los comerciantes indios y chinos, que han dejado llamativas huellas en sus calles, en sus mesas y en su forma de vida. Hoy parece una ciudad dormida y literalmente abierta: nadie cierra las puertas de sus casas, y es posible asomarse a su intimidad sin molestar a nadie.

Aunque los portugueses llegaron hace 500 años, aún existe en el centro histórico un barrio donde viven sus descendientes, tan mezclados que sólo parecen malayos, pero siguen siendo católicos, mantienen sus fiestas, y comen como si  hubiesen desembarcado ayer. También sobrevive un barrio chino, donde, después de la larga siesta, el rojo se enciende, brotan las mesas sobre el viejo pavimento  y todos saborean los platos de ayer. En Malaca se respira la presión baja de una ciudad colonial que parece por fin dispuesta a darse un largo descanso con una guitarra portuguesa en las manos y en sus bocas, un fado. Un canto que no es alegre ni triste –como dijera Fernando Pessoa–, sino la fatiga del alma fuerte. Aquí conoceremos la Malasia melancólica que se oculta tras telón eufórico y moderno de Kuala Lumpur. Y en estos dos mundos, junto a Sandokán, podremos agregar a nuestras vidas otra de las grandes emociones con que hemos soñado. 

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