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Khajuraho | Los templos bajo sospecha – Luis Alberto Ganderats
Khajuraho |  Los templos bajo sospecha

Khajuraho
Los templos bajo sospecha

“Es la más grande y admirable aglomeración de templos hindúes y jainistas de la India medieval”, ha dicho la UNESCO, para declararlos Patrimonio de la Humanidad. Por su  elevación y su gracia se les compara con el gótico europeo. En pocos días hemos caminado los mil años que llevan estos magníficos templos metidos en la bruma de una memoria perdida en el corazón de la India. Sólo ahora comienza a despejarse el sentido de sus mil figuras cargadas de erotismo explícito, siempre envueltas en sospechas. Estudiosos intentan explicar de qué se trata.

Texto y fotos de Luis Alberto Ganderats, desde Chatarpur

Algo cuchichean, entre sonrisas, varias mujeres indias, que caminan cubiertas de pies a cabeza. Las voces no se escuchan. Varios hombres siguen sus pasos de cerca, también en grupo. Son maridos silenciosos. La desnudez y las expresiones sexuales en muchos templos de Khajuraho no parecen dejar indiferente a nadie, ni siquiera a los indios, más familiarizados con el erotismo en sus templos.

–¿Cómo se podría aclarar lo que ocurre aquí?—le pregunto a Rajmil, el guía.

—No resulta fácil aclararlo— responde—. La verdad es que gran parte de los visitantes recorre cientos o miles de kilómetros  para venir a ver las escenas crudas de Khajuraho antes que a admirar la majestad arquitectónica de sus templos, ni menos a festejar el arte de la escultura.

Rajmil no se atreve a tomar partido por ningún a de las teorías en circulación. Parece que hay muchas cosas inexplicables como para confiar en la razón. Y se le nota que las ha leído todas. Y son muchas las hipótesis que procuran explicar los propósitos de imágenes con expresiones sexuales fuertes -a veces muy fuertes-, esculpidas hace mil años, que decoran principalmente el exterior de la veintena de templos que empezamos a ver hoy, en el centro del subcontinente indio. 

La mayor parte de los que opinan buscan el camino más corto: esto refleja simple decadencia de una cultura, o una forma de enseñanza sexual basada en el famoso tratado del Kamasutra o de clásicos contenidos tántricos, que supuestamente practicaban los fundadores de Khajuraho.

Nuevos investigadores toman partido por la existencia básica de razones religiosas, y tal vez ya se comienza a despejar algo de la oscuridad que por treinta generaciones ha ocultado el íntimo secreto de Khajuraho.

Hace más de tres décadas fue declarado Patrimonio de la Humanidad, porque según la UNESCO “es la más grande y admirable aglomeración de templos hindúes y jainistas de la India medieval”. Por eso resguarda y divulga esta herencia del clan de los Chandela, que reinó aquí por más de trecientos años a partir del siglo IX. Ese clan fue uno de los muchos que formaron el pueblo rajput, el mismo que compartió el poder con los mogoles musulmanes en varias regiones de la India. Una alianza que dejó notables herencias culturales y turísticas. Hoy, el Taj Mahal, creado por un rey mitad mogol, mitad rajput, disputa el primer lugar indio en número de visitantes con Khajuraho y el Templo Dorado de Amritsar.

Teorías y tincadas

Algunos, simplemente –muy simplemente– piensan que las imágenes de mujeres sensuales y escenas tan incitantes servían para someter a prueba a los devotos que llegaban a orar a los templos. ¡Un test para el examen del alma! Otros consideran a Khajuraho como un recurso extremo para dejar constancia de todas las costumbres de hace diez siglos, esfuerzo que no resulta fácil de imaginar en aquellos lejanos tiempos. Algunos le añaden un origen puramente testimonial religioso: alguien entró en puntillas a todas partes para mostrar lo que estaban haciendo los vecinos del lugar cuando ocurrió la inesperada visita y boda de los dioses hindúes Shiva y Párvati.

No falta el que simplifica hasta el absurdo: las imágenes que vemos estaban destinadas a anular el mal de ojo o a alejar los rayos de estos templos.

Pero las respuestas –como iremos viendo líneas abajo– piden más información y menos tincadas; y –en lo posible— un Gran Diccionario de Eufemismos para referirse a las escenas que estamos conociendo aquí.

Debemos decir primero que se trata de un conjunto de 23 templos sobrevivientes de un total de más de 80, repartidos en tres áreas vecinas y en algunos pueblos dispersos del distrito de Chatarpur, todos en el estado de Madhya Pradesh, en el centro del territorio indio. La mayoría fueron levantados para rendir culto a dioses del brahamanismo –origen del hinduismo–, y muy especialmente a una pareja que se halla en la cumbre del panteón: Shiva y su esposa Párvati. 

Otros templos de este conjunto pertenecen a la religión jainista, que muchos consideran una secta hindú, pues al no tener dioses en su origen, adoptó los del brahamanisno-hinduismo. En ambos abundan por igual las imágenes eróticas.

Y encontrarlos juntos en Khajuraho nada tiene de raro. Entre muchos jainistas la exhibición pública del cuerpo –“vestirse de aire”– resulta tan natural, hasta hoy, como andar vestidos. Ellos se dicen vencedores de todas las pasiones humanas.

Exquisito y enigmático

En mi última visita a Benarés he visto muchedumbres de jainistas del ala digambaras  caminar completamente desnudos a orillas del Ganges. Avanzaban entre miles de devotos y turistas asombrados, que venían llegando del Kumbah Mela, peregrinación que origina la mayor muchedumbre del planeta. Aquí en Khajuraho, los monjes jainistas aparecen totalmente desnudos en las portadas de textos oficiales que he visto a la venta en su templo. Lucen, eso sí, bien peinados y compuestos –como jefes–, y se cuidan de ocultar los genitales adoptando posturas de yoga.

Khajuraho se halla entre Benarés y Agra, la ciudad del Taj Mahal, a horas de distancia de ambas. Ayer, después de visitar todos los edificios de ese inimitable mausoleo del amor, tomé un tren repleto hasta Jhantsi. Seguí por varias horas hasta Orchha, ciudad que parece estacionada en la Edad Media y al terminar la jornada estaba en Khajuraho, que a esa hora hervía de lugares nocturnos para visitantes jóvenes. Muchos me cuentan que llegaron en avión desde Delhi.

Los templos forman parte de un enorme parque, cuyos prados dejan ver una multitud de techos altos. “Están inspirados en los montes del Himalaya”, cree  el guía Rajmil. Son esbeltos y la elevación se expresa tanto en la altura como en el vuelo  espiritual.

“Alzan la masa aérea de sus torres hacia la altura con un ímpetu que ha hecho que se les compare con el gótico europeo”, dijo el médico y escritor talquino Juan Marín, que fuera encargado de Negocios en la India. Marín admiró esas elevaciones, esas espiras o shikaras apuntando al cielo, pero le hizo mucho ruido el “tremendo contraste con el de sus frisos atestados de imágenes lujuriosas”. Otro diplomático chileno, sin embargo, pasó por aquí sin levantar la ceja. Miguel Serrano, nuestro primer embajador en la India, escribió en uno de sus libros que en este lugar de tanta belleza arquitectónica y escultural “los extranjeros a menudo se escandalizan. No comprenden el templo hindú, cubierto de figuras eróticas”. Ese libro, La serpiente en  el paraíso, fue comentado hace poco por Cecilia Valdés, crítica de arte y profesora de su especialidad en el magister de la Universidad Católica de Santiago. Dijo que las esculturas eróticas de Khajuraho le parecen un “arte exquisito y enigmático”. No pensó igual mahatma Gandhi, quien se cuidó de no criticar a jóvenes que intentaron destruir las imágenes. Al mahatma le producían disgusto algunas imágenes de sexo con animales y otras de tipo orgiástico, nunca recogidas por el Kamasutra. Son “altamente indelicadas” dijo un militar británico en 1838 al descubrirlas para la Corona.

Miss Khajuraho

Avanzamos con ansiedad entre los templos. Fueron construidos en medio de los bosques, pero ahora sobresalen en el pasto rasurado, entre jardines medio afrancesados y unos pocos árboles inmensos. Casi todos tienen una o dos franjas en todo su entorno, y en ellas nos enfrentamos ¡por fin! a las figuras esculpidas que por siglos han provocado curiosidad, y, a veces, estupor.

A medida que el tiempo pasa, los visitantes se van deteniendo frente a las estatuas. Como arrastrados por un remolino llegan hasta las imágenes más crudas, y lanzan expresiones de sorpresa o alborozo. Algunas imágenes de varones también llaman la atención. Lucen cuerpos fuertes, piernas y brazos más largos que el natural, aunque no tienen la armonía que siglos más tarde alcanzaría el David, de Miguel Ángel, que –también desnudo–, estuvo destinado a la catedral católica de Santa María del Fiore, de Florencia, para ocupar algunos contrafuertes externos, donde se instalarían el altar y el presbiterio. Finalmente nunca lo dejaron llegar a ese lugar.

El 90 por ciento de las escenas, sin embargo, no tienen contenido erótico, ya que muestran a la gente de Khajuraho en sus actividades domésticas y cotidianas. En la décima parte restante, se hacen obvios los ademanes provocadores de cientos  de mujeres jóvenes: ninfas conocidas por su melodioso nombre de surasundaris (“extremadamente bellas”), y otras figuras femeninas de origen celestial o terrestre. Cierta surasundari lleva un sari húmedo sobre su cuerpo, que hombres de su época observan con vivo interés. Tuerce su tronco con una elasticidad que parece sobrenatural.

“¡Ella es la Miss Khajuraho; los turistas la bautizaron así”, nos dice Rajmil mostrándonos esa perturbadora imagen femenina en el templo Lakshmana.

Aquí en Khajuraho, los que no llegan a visitar a Miss Khajuraho se interesan más por saber cómo se vivía aquí hace mil años. En casi todos los templos se produce el deslumbrante espectáculo de las manifestaciones de una época. Son esculturas talladas en piedra blanda, que no tienen la rigidez del Ejército de Terracota, mil años más antiguo. Lo que deslumbra –y a ratos marea– es el ritmo de las esculturas. No todos los que parecen danzar son bailarinas. Vemos elefantes, guerreros, cosechadores, leones rampantes; vemos dioses con cabeza de caballo o diosas con cuerpo de serpiente, y gran número de parejas absortas en el delirio amatorio, algo que cuando tiene significado religioso aquí llaman maithuna.

Lo que más abunda son esculturas de mujeres con más joyas que ropa. Lánguidas y provocativas a la vez, fuerzan sus cuerpos para ejecutar actos sencillos. Se sacan espinas de un pie, se dibujan la clásica tilaka roja sobre sus frentes, se contemplan ante el espejo, se abrazan a una columna o miran de reojo a un dios fornido y poderoso. Otras cubren sus  párpados con khol. Todas son mujeres de pecho lleno. Muchas están provistas de una imantada sensualidad, como ocurre con la Miss Khajuraho. Para encontrarlas, vemos que muchos visitantes siguen jugando al tugar-tugar.

¿Qué decir hoy?

El ingreso a los templos no se hallan a nivel del suelo: se levantan sobre bases altas y alargadas. Para llegar a los pórticos de acceso hay que trepar por escalinatas de piedra. Sus templos son de “una belleza perfecta” –como dijera Juan Marín–, y sus líneas arquitectónicas tienen un ritmo que parece encandilar al visitante. Los templos mayores están formados por varias torres, como una cadena minúscula de montañas. Tal vez pueden ser imitaciones de los cerros del Meru, montaña central del Cosmos, donde la panteología fija el domicilio de Shiva.

En el interior de los templos vemos elementos interesantes, algunos de mayor calidad que los externos. Son recintos donde llega poca luz, y su tamaño es muy pequeño. Especialmente si se le compara con la enormidad del conjunto exterior, ya que uno solo de los templos luce casi 900 esculturas, y el que le sigue, casi 700.

Por razones desconocidas , esta ciudad dejó de ser capital del reino chandela cuando algunos templos estaban recién construidos. El habitante principal de Khajuraho fue, por siglos, el olvido. La falta de mantención y acciones de carácter moralista parece que influyeron en la desaparición de muchos templos. Ya en el siglo XIV el inagotable Ibn Batuta la describe como una linda ciudad con templos interesantes. Al parecer, los islamistas mogoles, que dominaron en la región por tres siglos, permitieron que estos templos siguieran en pie por encontrarse medio ocultos en la selva. Los salvó el bosque. Nuestro guía cree que fueron los dioses.

Quienes hoy intentan explicar el sentido último de sus imágenes eróticas lo hacen con simpleza: miran con ojos del siglo XXI la realidad de hace diez siglos. Olvidan que en la antigüedad los campesinos solían iniciar la etapa de las siembras con una manifestación multitudinaria de fertilidad humana. El sexo tenía expresiones y explicaciones que se encuentran muy lejos de las nuestras.

¿Qué explicación convincente podría escuchar hoy el talquino Juan Marín si aún viviera? La gruesa capa de siglos que ha dificultado una respuesta ya tiene una grieta por donde podemos asomarnos a ese pasado. Esa grieta es el estudio crítico de los antiguos textos hindúes, como los Shastras, manuales religiosos y legales; los poemas épicos y los upanishads, doscientos libros hindúes, parte de los Vedas, escritos en sánscrito. En éstos hay varias alusiones a relaciones sexuales como analogía de la unión entre el individuo creyente y lo divino. La unión de la pareja sería la metáfora empleada para expresar la verdadera unión entre el alma humana y Dios.

“…en el abrazo a su amada el hombre olvida el mundo entero, todo lo de dentro y lo de fuera. De la misma manera, aquel que abraza el Yo no sabe nada ni dentro ni fuera. Esta es la verdadera forma en que su deseo es satisfecho, el Espíritu y la totalidad de su deseo. Entonces, nunca más tiene deseos ni dolor”.  

Stella Kramrisch, la mayor estudiosa de los viejos documentos y tradiciones indias, procura aclarar el significado del íntimo abrazo entre hombre y mujer; pero no es fácil seguirla. Dice que tal acto es un símbolo del moksha, la liberación final o re-unión de los dos principios, la Esencia y la Naturaleza, que se expresa en la ya mencionada maithuna, el estado de ser de una pareja, la liberación final. Esta teoría se sustenta en textos que respaldan el uso del símbolo de ‘unión’ para representar la disolución definitiva de la pareja en Dios, a través de la supresión del concepto de separación, causa del dolor de la Humanidad.

La comprensión de los grupos escultóricos de Khajuraho resulta imposible sin una preparación específica. Así lo advierte Ananda K. Coomaraswamy, otro experto que se ha sumergido en las fuentes últimas del hinduismo. Sus creadores, el pueblo de los Chandela, eran al parecer practicantes del culto tántrico. Este se basaría, entonces, en que la satisfacción plena de los deseos humanos es un paso necesario hacia el logro de la liberación o última moksha.  Por eso, en Khajuraho se exhibe todo, se celebra toda actividad humana.

Divine Ecstasy

La escultura erótica ha formado parte importante de la tradición india desde los tiempos antiguos, abarcando desde hombres y mujeres erguidos en mera proximidad, hasta retratos explícitos de actividad sexual. Es casi seguro que aparecen en edificios religiosos en parte porque se consideran buenos auspicios, asociados como están con la fertilidad y con la alegría. En su libro Divine Ecstasy, la Dra. Shobita Punja, posgraduada en historia del arte de la India en Stanford, despliega su propia tesis. Se basa en estudios arqueológicos y etnográficos que registran la existencia hasta nuestros días del culto y ceremonias a Shiva en Khajuraho, particularmente durante el festival anual de Maha-Shrivatri. Según ella, Khajuraho ilustra las bodas místicas de Shiva y Párvati, con todos los dioses, diosas, semidioses y seres celestiales reunidos para la fastuosa celebración. Postula que la vida ofrece mil placeres, y entre tales placeres dominan los asociados al sexo y al amor. Dice que la vida tiene principio y fin, pero que puede prolongarse con prácticas mágicas y adecuados ritos eróticos. Pero también es oportuno (superado cierto límite), prepararse también para el último viaje, para que sea sin retorno y lleve al alma a diluirse serenamente en lo Absoluto.  

Abandono los templos sintiendo que la profesora chilena Cecilia Valdés tiene razón. El arte de Khajuraho es exquisito y es enigmático. El hombre no ha logrado despejar totalmente el enigma; y eso me gusta: ¿Seguirían soñando los viajeros si no hubiese enigmas esperándolos lejos del camino de cada día?