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Japón: Kyoto y Nara | El esplendor de lo arcaico – Luis Alberto Ganderats
Japón: Kyoto y Nara | El esplendor de lo arcaico

Japón: Kyoto y Nara
El esplendor de lo arcaico

Recorrer las dos antiguas capitales imperiales de Japón es uno de los mayores placeres que el hombre puede permitirse hoy, cuando el planeta se hace homogéneo, cuando no chato. Conocerá templos de madera construidos desde el año 607, y otros que se levantan en el siglo XXI usando las mismas técnicas, diseños y valores de hace 2.000 años. Lo milenario forma parte de la vida cotidiana.

Por Luis Alberto Ganderats

Hay que mirarle la cara al arquitecto francés que va a mi lado. Luego de revivir el infierno en Hiroshima y de aturdirse en el bosque de letreros comerciales de Tokio, el descubrir Kyoto se está convirtiendo en “un verlo y no creerlo”.

¡Voilà!, exclama cuando a lo lejos aparece un nuevo templo milenario en madera, una pagoda de cuentos, un bosque con colores de jardín. Se le está abriendo el telón sobre un escenario majestuoso, mejor de lo esperado. Tambalea toda su imagen de Francia como uno de los centros del “viejo” mundo. No es que hubiésemos pasado de un país a otro. El francés me dice -y me lo repite- que se siente en otro planeta y en otro tiempo. Partimos del siglo XXI en el sorprendente aeropuerto de Osaka, y de un minuto a otro retrocedemos milenios en Kyoto.

Esta ciudad que fue capital imperial de Japón por más de 1.000 años –del 794 al 1868-, no sólo tiene vejez propia. Tiene la vejez prestada por China, por Corea, por la India. También por Persia, la actual Irán, y las islas indonesias de Sumatra y Célebes. En distintas etapas de su historia, Kyoto fue pidiendo prestado el arte antiguo y la arquitectura de sus vecinos. También algunas creencias. Casi nada es rigurosamente japonés. Pero en siglos de encierro y aislacionismo su gente pudo dedicarse a digerir lo que le llegó de otras culturas, injertándole en sus propias creaciones.

Hoy forma parte de “las maravillas construidas por el hombre.” Hay ránkings entre viajeros que ponen los templos de Kyoto por sobre las pirámides egipcias, el Taj Mahal, la Muralla China, el Coliseo de Roma, Machu Picchu y Tikal. Sólo aparecen superados por Santa Sofia, de Estambul, y Angkor, mítica capital de Camboya, con sus templos budistas casi tragados por la selva.   

Mirar y no entender

Recorrer Kyoto es uno de los mayores placeres que el hombre puede permitirse hoy, cuando el mundo se hace homogéneo y chato. A veces podemos equivocarnos en el trato con su gente. Existen diferencias no sospechadas siquiera. Por eso, muchas veces ellos se asombran con algo que hacemos. Su contrariedad apenas dura un instante: “Lo que tarda la sangre en llegar a la herida.”

Hay una eternidad acumulada en sus costumbres, en sus templos, palacios y jardines de piedra y musgo, repartidos en esta ciudad rodeada de montañas, que acoge a un millón y medio de personas. UNESCO incluye catorce de sus antiguos templos y monasterios en la  lista de Lugares de Patrimonio Universal, y 1.700 son tesoros nacionales y propiedades culturales registradas por el gobierno. Podemos maravillarnos -y de verdad nos maravillamos a cada paso-, pero sería presuntuoso pensar que hemos logrado pasar mucho más allá de la superficie de las cosas. Sentimos una emoción profunda. Pero ¿entendemos algo? Poco. Basta observar la cara del francés: perplejidad pura.

Aquí debemos conformarnos con guardar estos placeres en un rincón de la memoria, y más tarde tratar de entender lo que hemos visto y por qué producen fascinación. Nos pueden ayudar quienes han estudiado las claves de Oriente, aunque de verdad rara vez se ponen de acuerdo.

El español Fernando Sánchez-Dragó, escritor y crítico, que ha vivido siete años aquí, que se define como “taoísta y casi budista”, nos alerta contra la caricatura del japonés frío y trabajólico:

“En ninguna parte del mundo existe hoy día tanta calidad (y cantidad) de vida y tanta belleza agazapada como en el archipiélago nipón.”

Asomándose al absurdo

Kyoto no sólo sorprende por sus tesoros. También por sus absurdos. Existe una infinidad de templos antiguos repartidos por la ciudad, la mayor parte sintoístas. Claramente, los espíritus han salvado sus viviendas. Pero el hombre no defendió las suyas. Ningún bombardero voló sobre Kyoto durante la desastrosa segunda guerra mundial, porque el ministro de Defensa estadounidense, H.L. Stimson, que había visitado dos veces la ciudad, decidió salvarla del holocausto nuclear. Merece ser recordado. Sin embargo, pasado el conflicto, miles de habitantes de Kyoto empezaron a renunciar voluntariamente a los hogares levantados por cien generaciones anteriores. Estaban hechos de madera, con ventanas de papel de arroz que filtran suavemente la luz, y puertas deslizables que permiten disfrutar del paisaje propio, del jardín familiar, y también del “el paisaje prestado”, que aportan los cerros o parques vecinos. De este modo, el hombre se sumaba a la naturaleza, sin intenciones de dominarla.

Eso empezó a desaparecer. Por influencia norteamericana, y sus tropas ocupantes, la mayoría de este pueblo humillado y derrotado optó por el concreto, el aire acondicionado, la calefacción central y el práctico colmenar de los edificios de departamentos. Existen algunas casas tradicionales en el centro de las manzanas, sobre estrechos pasajes, como ocultando la vergüenza de la falta de cemento, hierro y vidrio. Que nadie se sorprenda, dicen algunos que dicen entender el alma japonesa.

-Ellos aman la naturaleza, la conocen, lo cual los hace muy conscientes de su permanente renovación, de su fragilidad; y no luchan contra eso.

Demoler las casas tradicionales no era raro, por lo tanto. Un cambio más. Antes habían adoptado ideas y costumbres de otras zonas de Oriente. Su religión nacional, el sintoísmo, fue injertado de budismo indio traído a Nara por inmigrantes coreanos. Y a su vez, el budismo fue mezclado con sintoísmo, la religión nacional del Japón, básicamente animista, que carece de libros sagrados, mandamientos y preceptos. Los sintoístas empezaron a utilizar imágenes -imitando a los budistas-, y los budistas adoptaron divinidades nacionales de Japón, propias de los sintoístas…

Casi todo cambia siempre. Mientras hay cosas que permanecen milagrosamente. Muchos templos de madera son demolidos y vueltos a construir cada veinte años, o cada cincuenta, ¡idénticos! El Kosuga Taishi, uno de los tres mayores santuarios sintoístas de Nara, ha sido rehecho 57 veces, por los incendios, por enfermedades de la madera y, especialmente,  por mandato espiritual. Pero algunos incendios no son fatales. A menudo, junto al templo que se funda, los monjes plantan un bosque para poder reconstruirlo con las mismas maderas todas las veces que sea necesario.

Utilizan arces en sus jardines y construcciones. El continuo cambio de color de las hojas durante el otoño sirve como estímulo para la meditación.

Mientras viajamos, vemos que los bosques inventan rojos, cobaltos, escarlatas, anaranjados, marrones, ambarinos y otros colores que vemos de una sola mirada, incrédulos. Todo se halla en proceso de transformación. El concepto de cambio, de caducidad, tiene aquí una expresión más.

Todo el placer

Otros japoneses -fundados en creencias diferentes- se conforman con reparar las construcciones, reemplazar las tablas y pilares dañados. Por todas estas razones, Kyoto y su vecina Nara, tienen los edificios de madera más antiguos y grandes del planeta. Y si un incendio destruye uno de ellos, no hay titubeo posible: empiezan de inmediato los planes de la reconstrucción más fiel. Usan técnicas ancestrales nunca olvidadas, porque una parte importante del pasado más remoto no vive aquí enclaustrado en los libros; forma parte de la vida cotidiana. Si hoy levantan un nuevo templo, lo harán igual que hace 2 mil años. Lo arcaico tiene emocionante belleza en Kyoto y Nara, una inexplicable frescura.

Sus jardines también ayudan a sentirse en otro mundo. En ellos, la meditación hace una diferencia significativa. Meditar supone lograr la captación directa de la realidad, sin que intervengan el lenguaje y el pensamiento, que alteran la realidad. Lo que pretende el budismo zen a través de sus jardines de piedra o musgo, dicen, es precisamente mostrar que la realidad no debe ser entendida desde el pensamiento, sino desde lo que llaman la intuición pura.

Para conocer todo lo que tiene valor excepcional en esta ciudad y su entorno, necesitaríamos meses de visita. Hay 1.600 templos budistas, 270 santuarios sintoístas, un palacio y dos residencias imperiales. El tiempo se alargaría si recorriéramos la otra antiquísima capital imperial, Nara, distante sólo 40 kilómetros, que conserva auténticos prodigios de la cultura japonesa, donde se levantaron los primeros templos budistas del país.

Describimos a continuación 14 visitas en ambas ciudades que garantizan el máximo asombro, el mejor Japón. Todo el placer.

Ver en Kyoto

Santuario de Sanjusangen-do. A 10 minutos a pie desde la estación de Kyoto (evite los taxis; son muy caros.) Construido en 1266, veremos, en una oscuridad sobrecogedora, más de mil imágenes de la diosa de la misericordia, Kannon.  La protege una estructura, la más larga del mundo hecha en madera.

Templo de Kiyomizu-dera. Uno de los antiguos: año 798. Formado por varios edificios. Se halla a pocos minutos a pie desde el santuario anterior, en la ladera de una colina llena de vegetación. Para llegar a la entrada hay que subir por una calle que caracolea, flanqueada por toda clase de tiendas y casas de té. Este soberbio santuario central (1633) se levanta sobre 139 pilares de ciprés, algunos de hasta 50 m de altura,  que se apoyan en la quebrada. Desde esta llamativa plataforma se domina la ciudad y sus alrededores. Es tal la altura sobre la falda de la montaña, que los japoneses usan la expresión «como saltar desde la terraza de Kiyomizu» para referirse a cualquier acto de valentía. Existen 160 grupos de voluntarios para evitar incendios en el templo. Muy cerca, caminando, se encuentra un fascinante sector de tiendas de cerámicas en dos calles que trepan una colina: Kiyomizu-zaka y Gojo-zaka. De los barrios antiguos y comerciales de Kyoto, quizá el mejor sea Shijo-dori. Para los fanáticos de las antigüedades, Shinmonzen-dori. Para feria persa de fin de semana, Kitayama Flea Market, frente al Furitsu Sogo Shiryokan, cerca de la estación de metro Kitayama. Desde este templo, también podemos ir caminando al Pabellón Dorado o Kinkaku-ji, que describimos a continuación. Bus desde la estación de Kioto de la línea Kintetsu o JR.

Templo de Kinkaku-ji. Antigua casa de campo señorial, luego templo budista, es conocido como Pabellón Dorado, porque su segundo y tercer piso están recubiertos por hoja de oro. Originario del siglo XIV, fue reconstruido a mediados del XX, luego de ser incendiado por un aspirante a monje. Edificio de gran belleza y jardín excepcional, con colina de fondo, entre un velo de neblina. Forma parte de Higashiyama, el barrio más interesante de la ciudad, donde podemos visitar este templo y los dos señalados antes, y disfrutar, caminando, del extraordinario mundo de los jardines de las colinas del noroeste.

Villa Imperial Shugakuin. En la falda del monte Hiei, formada por tres palacios y jardines con estanques. A 15 minutos a pie desde la estación de Shugakuin. Garzas, patos, pavos reales y ardillas. Entre sus muros -como en los de la otra villa imperial- se refinaron la ceremonia del té, la caligrafía, el teatro Noh y el ikebana. Muestra notable de la arquitectura feudal, al igual que Katsura (descrita a continuación), que evitan los adornos y privilegian la línea recta, y consideran igualmente importantes el edificio que su entorno.

Villa Imperial Katsura. Admirable ejemplo de unión entre naturaleza y arquitectura, que inspiró al Bauhaus, al pintor Mondrian y a Frank Lloyd Wright, uno de los primeros arquitectos del siglo XX. Estuvo destinada al príncipe imperial. Construida en los inicios del siglo XIV, tiene uno de los jardines y estanques más hermosos de Asia. Para el ingreso a ambas villas imperiales es necesario un trámite previo a través de agencia de viajes. Una advertencia para los estudiantes secundarios: los menores de 20 años no pueden ingresar, ni siquiera acompañados por adultos. Desde la estación de Kioto, tomar los autobuses 33 o 60 y bajar en la estación Katsura Rikyu mae (30 minutos de viaje).

Templo Sintoista de Heian. Reconocido por su arquitectura laqueada en rojo vivo, admirables jardines y gran variedad de cerezos que florecen en abril. Construido en 1895 para conmemorar el 1.100º aniversario de la fundación de Kyoto, la mayor parte de los edificios son una reproducción en menor escala del primer palacio imperial, levantado el año 794. (Metroestación Sanjo de la línea Kyohan.) 

Templo de Kiyomuki. Su magnífica balconada es un milagro de ebanistería sin clavos, desde la cual en marzo-abril veremos la blancura casi cegadora de los cerezos en flor que siguen las curvas del río Kamo. Se halla en el barrio de Gion oriental y parece despertarse de un larguísimo sueño en medio de un bosque espeso. Los peregrinos han venido aquí durante más de mil años para orar ante la imagen de once cabezas de Kannon y beber de su manantial sagrado. 

Templo de Ryoan-ji. Famoso por tener el más importante jardín seco o de piedras de Japón, con quince rocas y piedrecilla rastrillada. Este es considerado la máxima expresión del budismo zen. Existen muchas interpretaciones del significado de estas rocas, algunas simples adivinanzas. Conviene llegar cuando se abren las puertas, a las ocho de la mañana. A las diez puede haber una multitud exasperante. Cerca, estanque que en verano tiene nenúfares maravillosos. Se halla muy cerca del Pabellón de Oro, o templo Kinkaku-ji. Otros jardines de piedra notables son el de Nanzenji, un templo zen fundado a los pies de las colinas orientales, y el de Daisenin, del templo Daitoku.

Templo de Ginkaku-ji. Antigua casa de campo señorial, luego templo budista. Su dueño tuvo la intención de recubrirlo con láminas de plata -lo que no hizo-, pero igual le llaman Pabellón de Plata. A lo menos es igualmente hermoso que el Pabellón de Oro. Su jardín ha sido definido como una de las mejores “obras de filosofía en tierra.” Giankaku-ji-cho, Sakyoku.  

Templo To-ji. En el corazón de la ciudad. Su estructura de cinco pisos es la más alta de Japón hecha en madera. Conserva un gran mandala tridimensional compuesto por 21 estatuas que rodean al Danichi Nyorai, el gran Buda cósmico que enunció las claves esotéricas. Junto a la pagoda cada día 21 funciona el mercado de antigüedades Kobo-ichi, de buena relación calidad-precio. Encontraremos cerámicas, lacas, muebles, ropa usada y kimonos, en más de 1.200 puestos de venta, en los que también se ofrecen comidas. El mercado está llenísimo desde la mañana a la noche.

Ver en Nara

Templo Horyu-ji. Cerca de Nara, fundado el año 607, es el más antiguo de todos los templos del Extremo Oriente. De sus 40 edificios, algunos son los más viejos del mundo hechos en madera. Su Pagoda de Cinco Pisos, tiene 14 siglos y conserva maderas originales. Notable su Puerta Nandaimon, su Santuario Central (Kondo), con muchas obras de arte budistas y el Salón de los Sueños, del año 739. Un tesoro en arquitectura, pintura y escultura. Se encuentra a 35 minutos en bus desde la estación de Nara-Ninki Nippon, y a pocos minutos andando se hallan los templos de Chuguji y Horinji.

Templo Todai-ji. Fundado en el año 752, tiene en una de sus construcciones la más voluminosa estatua de bronce del mundo, de 16,2 m de altura, hecha con 437 toneladas de bronce y 130 kilos de oro (Gran Buda o Daibutsu).  El santuario que la acoge es la mayor construcción de madera conocida. El soportal de entrada del edificio principal, Nandai-mon, sostenido por imponentes columnas de madera de una sola pieza, luce dos enormes esculturas de madera que representan a guardianes Nio, de intimidante aspecto.

Naramachi.Una manzana tranquila de casas al sur del estanque Sarusawa. Las casas son de las épocas de Edo y de Meiji.

Parque de Nara. Lo habitan libremente unos 1.200 gamos, y a mediados de julio se pueden ver y fotografiar sus crías.

Geishas y lo demás

Lo mejor para observar geishas auténticas o geishas en proceso de formación, las maiko, es ir al barrio de Gion, de Kyoto, distrito de Miyagawacho. El horario en que salen a la calles es de 6 de la tarde a 2 de la mañana, cuando van de un trabajo a otro, taconeando sobre la calles de piedra. Para ingresar a una auténtica casa de té es necesario ir acompañado por una persona del país. Antes de la segunda guerra había en Gion 250 de estas casas. Quedan unas 50. Las que cerraron, hoy son salones de belleza, escuelas de maikos o academias para recibir lecciones de shamisen, tambor o iniciación a la ceremonia del té. El distrito de Gion entrega lo que más quiere un japonés medio del siglo XXI: vino, mujeres y karaoke. En su zona comercial podemos comprar a buen precio auténticos quimonos, abanicos, peinetas y horquillas. Para quienes gusten de algún espectáculo tradicional el mejor lugar es Gion Corner. Muy cerca se encuentra la angosta calle de Pontocho donde abundan las casas de las geishas. Aquí puede encontrar la entretención en todos sus grados, donde las geishas no dejan aburrirse a la clientela. Muchos faroles rojos hay en sitios de comida llamados akachochin, donde sólo se paga lo consumido y ningún servicio extra. Ojo con los establecimientos que se anuncian como “bar”. Encontraremos señoritas muy interesadas en que el cliente beba mucho, y ellas tanto como él. En los llamados “cabarets” se va más lejos. 

Próximas fiestas            

16-17 julio. La fiesta de Gion, en el santuario Yasaka, de Kyoto, se celebra desde hace 11 siglos y es la más famosa del país. Dura todo el mes de julio. Lo principal es un desfile de suntuosas carrozas tiradas por grupos de veinte hombres, con un mástil muy alto de madera. Esta procesión se llama Yamahoko Junko (días 16-17). Veremos muchos hombres y mujeres  vistiendo yukata, capa única de algodón, muy cómoda y fresca para usar en climas calurosos.

15 agosto. En Nara, Festival de las Linternas del templo sintoísta de Kasuga.

16 agosto.  Festival Daimonji-Okuribi, con figuras de fuego en el monte Nyoigatake y otros cuatro cerros que rodean Kyoto. El principal tiene forma humana simplificada. Es el más famoso de los okuribi (“fuegos de despedida”) para despedir las almas o espíritus de los ancestros de cada familia que han venido de visita (celebraciones budistas por Obon.) Se celebra también  en otros lugares de Japón.

22 octubre. Festival de las Edades, en el templo sintoísta de Heian, Kyoto. Miles de personas forman procesión vistiendo trajes desde los siglos VIII al XIX, época en que la ciudad era capital imperial. Tiene sólo un siglo de tradición.

22 octubre. Festival de Fuego, en el templo Yuki, de Kura Mayoama, fundado antes del año 1.000, en el norte de Kyoto. Ceremonia con dos santuarios portátiles que avanzan entre la multitud, en el cual varones con sus torsos desnudos pasean enormes antorchas  alrededor del santuario. Dura hasta el amanecer. Su nombre en japonés: Kurama-No-Himatsuri.

Clima

En verano (julio a septiembre) el clima es húmedo y caluroso, lo cual se compensa por la ausencia de muchedumbres en los lugares turísticos. Temperatura media alta en verano 26º C. Desde el punto de vista del clima, la época óptima para viajar es parte de octubre y todonoviembre. Baja humedad.

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