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Islas Galápagos, Ecuador | El Arca de las rarezas – Luis Alberto Ganderats
Islas Galápagos, Ecuador | El Arca de las rarezas

Islas Galápagos, Ecuador
El Arca de las rarezas

Un espectáculo nunca imaginado sobre esta arca terrestre perdida en el Pacífico, que abrió los ojos a Darwin para explicarse el origen de las especies y la evolución del Hombre. Protege seres únicos, divertidos, admirables, que no le temen al ser humano. Eso nos permite sentirnos privilegiados testigos del amanecer del Primer Día.

Por Luis Alberto Ganderats. Fotos del autor y Jaime Bórquez

Nadie puede creer lo que está viendo. Es como estar en el arca de Noé con las puertas abiertas. O en un sueño sin cerrar los ojos. Miles de aves de patas celestes empollan tranquilamente mientras nosotros pasamos a su lado, casi rozándolos. O hacen juegos de amor sin importarles quien los observe. Los machos silban al cielo imitando a lobos en noche de luna, y las hembras ronronean gozosas como gatos.

Estas aves llamadas piqueros patas azules se extienden en la lejanía hasta formar un horizonte de plumas y ojos desorbitados. Han inventado una divertida coreografía amorosa, levantando -una y otra vez- exageradamente, sus patas color piscina como si las piedras quemaran.

Es la danza nupcial más sorprendente.

Pero la sorpresa aumenta cuando avanzamos un poco más y nos encontramos con el juego nupcial de los albatros amarillos, las aves más grandes del Pacífico Oriental. Macho y hembra preparan el apareamiento como lo harían amantes experimentados. Juegan y juegan sin cesar. Y de un modo que nadie podría creer si no lo ve en las Galápagos, único lugar del planeta donde anidan.

Es posible observar unos 20 mil albatros amarillos. Muchos usan sus largos picos como si fueran espadas o florines de D´Artagnan. Sablean con elegancia y suavidad, y a ratos chasquean con frenesí, produciendo un sonido ronco. Lo hacen por veinte segundos, luego macho y hembra alzan sus cuellos hacia el cielo y enseguida -¿quién podría explicarlo?- meten sus picos entre las plumas de un costado, como si envainaran.

Una breve pausa, y vuelven a su juego de espadachines.

Prolongan por mucho rato este placer de tocarse y tocarse sin decidirse a iniciar el apareamiento. Y nosotros podemos presenciar todo como si alguien nos hubiese hecho invisibles.

Nada perturba a los albatros amarillos. Ni a los patas azules. No le temen al hombre. “Me parece increíble”, nos dice una visitante australiana. Estas islas son para ellos el paraíso terrenal antes del gran cambio. El turismo de fauna silvestre tiene un antes y un después de las Galápagos. Ni el soberbio Serengeti y sus Cinco Gigantes han sido igualmente corteses como para recibirnos con una fiesta tan admirable.  

Es, además–ya lo sabemos-, vitrina animada del proceso de evolución de las especies, formulada por Darwin, quien se nos adelantó casi 170 años en su visita a las islas. Descubrió algunos seres que se han olvidado de morir. Hace 60 millones debieron desaparecer, pero siguen esperándonos como si quisieran comunicarnos secretos que guardan todavía.

Nos alentó el guía antes de partir:

Darwin, a los 26 años, vio lo que otros nunca vieron. Hay que abordar el barco con los ojos bien abiertos. Todos podemos descubrir algo nuevo.

Es lo que hemos hecho, y el viaje se siente como un premio. Las Galápagos tienen  preciosas playas blancas donde nadar con lobos marinos y enormes tortugas, y aguas transparentes para asomarse a enormes acuarios naturales rigurosamente vigilados.

Alguien pregunta por la vida nocturna, por el carrete, las tiendas.

Nada de eso, advierte el guía. El que lo piense tiene que cambiar de planes. La visita, sin embargo, puede ser la pausa necesaria, la paz que permite descubrir esos seres inesperados que habitan… nuestro cuerpo y nuestro cerebro, a veces sin que lo sepamos.

Sorpresas en el cráter

Para iniciar la aventura es necesario tomar un barco, un yate o cualquier cosa que flote, debidamente  autorizado por las autoridades del archipiélago. Como las Galápagos están separadas de Guayaquil por casi 1.000 kilómetros de océano, la mayoría de los visitantes llega en avión. Siempre un guía se hace cargo del grupo, y así proteger flora y fauna. En isla San Cristóbal se inicia el recorrido. O bien en Puerto Ayora, isla Santa Cruz, la más importante de todas por sus servicios turísticos, que tiene su aeropuerto en la vecina isla Baltra. 

En cinco días de tour, las Galápagos hacen lo suficiente para que todos salgamos distintos a como entramos. Desde lo más simple, como aprender a embarcar y desembarcar sin muelles, con el agua a las rodillas. Hasta lo más difícil, como irnos sin llevarnos de recuerdo ni una piedra, ni una rama seca. Nada. Sólo podemos meter en la maleta mil imágenes, que siempre serán pocas.

Muchas serán de la isla Española, en cuya punta Suárez, nosotros vimos las colonias de patas azules y albatros amarillos en sus cortejos amorosos.

Ahí pudimos fotografiar también las inquietantes iguanas marinas, que durante su etapa de celo tiñen de rojo su sucio color negro. Son los únicos saurios conocidos que un día cambiaron su hábitat terrestre por el mar salado, cuyos parientes murieron hace 100 millones de años. Su aspecto antediluviano puede estremecernos, pero son mansas como ovejas, y también herbívoras. 

No pocos de los seres que habitan esta isla son únicos en el mundo. Evolucionaron aquí. Desde luego, el 90 por ciento de sus reptiles, un tercio de sus plantas, casi la mitad de sus insectos. La playa de la bahía Gardner -tibia, blanca, segura- se encuentra poblada de lobos marinos bonachones. Al frente vemos islotes para bucear o ponerse esnórquel y observar tiburones de cola amarilla, peces loros, manta rayas, tortugas. Vuelan gavilanes y pinzones sobre el mar turquesa. Son cuatro horas de recorrido por  tierra, siempre con el corazón en la boca. Es la primera isla que deberíamos visitar. Y, obligados a escoger, la única irrenunciable.

Después de bañarse aquí con lobos marinos, el mayor placer -no el más breve ni más barato-puede ser llegar a la isla Isabela. Es lo que nos recomienda nuestro guía.

Tiene algunos volcanes, y en sus cráteres viven unas 5.000 tortugas gigantes. Hay que trepar durante varias horas, y luego descender a la gran taza volcánica. Tres horas bajando. Pero seremos testigos de cómo el aislamiento produjo cambios significativos en estos misteriosos reptiles a medida que pasaban los milenios. Basta comparar estas tortugas con sus vecinas de otras islas, todos descendientes de un antepasado común. Experimentaron accidentes genéticos distintos, adoptaron distintas especializaciones.  Por eso, evolucionaron de otro modo.

Charles Darwin, que anduvo detrás de las tortugas, se fijó más, sin embargo, en unas pequeñas aves, los pinzones, que viven con ellas en forma parasitaria. Comparando los de distintas áreas, descubrió cambios significativos, producidos en miles de generaciones. Hay ahora trece o catorce pinzones diferentes. Incluso advirtió diferencias significativas en una sola isla entre tortugas y pinzones de distintos cráteres.  Eso -como sabemos- le permitió a ese sabio inglés adolescente sustentar mejor su teoría sobre el origen de las especies y la evolución.

Los invitados casuales

Galápagos sirve no sólo para aprender cómo evolucionan los animales. También es una clase práctica de geología. Su isla Fernandina, con volcanes activos, nos permite saber de qué manera se fueron forjando los paisajes en las demás islas, todas talladas en lava. Es fácil advertir, paso a paso, cómo las plantas colonizan el territorio después de las erupciones. Fernandina tiene uno de los volcanes más activos del planeta después del hawaiano Kilauea. Podemos ver una profunda caldera colapsada ayer, y muchos seres extraños: iguanas que nadan, cormoranes que no vuelan, lobos marinos con alma de ángeles. A ratos, pareciera que nuestros sentidos nos engañan. Hay áreas que conservan todavía las formas onduladas de masas de lava en movimiento, pero al pisarlas comprobamos que están duras, y al tocarlas, que están frías. Sus volcanes hacen erupción, y podemos fotografiar iguanas recortadas contra el cielo rojo. Presenciamos la mañana de los tiempos.

Algo extraordinario es el modo cómo se pobló de animales y flora este archipiélago antes deshabitado.

Sus islas tienen larga paciencia y buena suerte. Cuando recién se enfriaba la lava, los primeros habitantes le llegaron volando de distintos puntos de la rosa de los vientos. Más tarde tocaron la puerta los navegantes casuales. Venían montados en grandes trozos de tierra del Amazonas, en masas de hielo del sur del mundo, en troncos voluminosos. O nadando con las corrientes.

De ese modo arribaron tortugas terrestres, iguanas, pingüinos, plantas, muchos animales cuya presencia de otro modo resulta inexplicable. Como su historia es de millones de años, bastaba que cada cincuenta siglos arribaran algunos de estos navegantes casuales (en pareja o a encontrarla) para que unas islas despobladas dieran origen a esta arca de las rarezas, que nos ayudaría a entender nuestro propio origen.

Han tenido tiempo.

Su historia y su importancia la entendimos mejor durante una visita a la Estación Científica Charles Darwin, en Puerro Ayora, de isla Santa Cruz. Su atractivo mayor es el criadero de tortugas gigantes, que nos permite tomarle fotografías sin subir volcanes. Desde ahí, en 45 minutos, llegamos a caleta Tortuga Negra. La recorremos con un guía, en bote a remos, silenciosamente, casi con sigilo. Ahí se aparean las tortugas marinas y reproducen varias especies de rayas y tiburones. Tiene una de las áreas de playa más lindas del mundo, visitada por pájaros terrestres naturales de la isla, que se nos acercan sin miedo. 

Al día siguiente, desde el mismo Puerto Ayora hacemos un recorrido de diez horas hasta la Reserva Tortuga, para ver galápagos tipo cúpula. Las encontramos descansando bajo los árboles, o regulando su temperatura bajo el sol. Nos advierten que si queremos verlas en plena actividad es necesario llegar muy temprano. “Volveremos otro día”, dice alguien, sin apuro. Estamos en el reino del no-apuro. Nada cambia rápido aquí. Mañana no es otro día. Es el mismo día.

Y -dormitando por ahí- nos está esperando el asombro para despertarnos.

Dónde dormir

Lo normal es que los turistas duerman a bordo de los barcos, que en tres o días hacen un buen recorrido. Existen hoteles medianos y hostales en Puerto Ayora, de la isla Santa Cruz. También en Puerto Baquerizo Moreno, la capital de Galápagos, en las isla San Cristóbal, utilizados por los viajeros independientes.

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