India
¿Qué esconde Fatehpur Sikri?
De esta ciudad real india te enamoras de una mirada, y cuando empiezas a caminarla ya no sabes de quién te has enamorado ni qué es lo que estás viendo. Nació y murió entre misterios, pero sigue viva como alma en pena. Construida en el siglo XVI por Akbar, el más grande emperador mogol, ha deslumbrado tanto como la obra de uno de sus nietos: el Taj Mahal. Esta ciudad fue escenario de un hecho audaz en la historia de las religiones, en el que participaron jesuitas, budistas y musulmanes.
TEXTO Y FOTOS: Luis Alberto Ganderats, DESDE INDIA.En puntillas, casi con recogimiento religioso, entran al distrito de Agra quienes andan por este mundo buscando belleza. Es uno de los mayores templos de seducción que se puede visitar en la India y en el planeta. Agra no solo nos ofrece la tumba más admirada, el Taj Mahal, y el extraordinario Fuerte Rojo; también deslumbran aquí el primer mausoleo mogol hecho de mármol y la tumba del emperador Akbar.
Ahora estamos descubriendo otra de sus maravillas: la ciudad–museo de Fatehpur Sikri, a 250 kilómetros de Delhi. Fue construida hace más de tres siglos, cuando vivía su época de oro la deslumbrante obra de los musulmanes mogoles en la India. Fatehpur Sikri no solo es vecina del Taj Mahal: se halla íntimamente vinculada a su historia. Aquí nació el padre del emperador atormentado que imaginara ese extraordinario mausoleo blanco, que fue su apuesta de eternidad luego de un intenso dialogo de amor interrumpido por la muerte.
Agra es agria en su historia.Muy poco después de terminado el Taj Mahal, el emperador trasladó su trono a otra parte, y desde ese día solo ha sabido de decadencia.Y como si eso fuera poco, el propio creador del Taj Mahal acabó prisionero de su hijo en el Fuerte Rojo. Hasta morir. Agra nunca se ha repuesto de tanto despojo. Sobrevive su nombre gracias a lo que quedó de esa grandeza, pero forma parte del tercer mundo, entre el desorden y el desaseo. Y la pobreza. Vemos miles de años de distancia entre seres humanos que viven separados por unos cientos de metros.
Jesuitas y musulmanes
Fatehpur Sikri no ha tenido mejor suerte que Agra: es una bellísima ciudad vacía, amurallada al estilo mogol, y cuya historia aparece cubierta por una espesa bruma. Es el lugar menos transparente. En su construcción se consumió buena parte del oro y los talentos disponibles, porque el emperador Akbar quiso instalar aquí su residencia y su corte, y sin embargo la abandonó 13 o 14 años más tarde.
Una casa embrujada habría tenido mejor suerte. No hay documentos –solo conjeturas— que expliquen semejante sinsentido. Se habla de dificultades para abastecerse de agua, una negligencia difícil de aceptar para un proyecto faraónico como este y para un hombre lúcido como Akbar, su creador, el más grande de los emperadores mogoles de la India en tres siglos.Algunos suponen que el repentino abandono de la ciudad tuvo que ver más con decisiones geopolíticas, si bien solo dos años más tarde la capital se instalaría en Lahore, para defenderse de los afganos. ¿Por qué, entonces, se le abandonó con tanta prisa? Importantes cronistas piensan que tal vez influyeron cábalas, supersti- ciones y consideraciones religiosas, las mismas que determinaron su construcción.
¿Qué razones hubo para crear Fatehpur Sikri? Los cronistas sostienen que Akbar, el mayor de los Grandes Mogoles, cuyo harem habría tenido cientos de mujeres, no lograba engendrar un hijo. En esa oscuridad, un rayo de luz fue pedir ayuda a un anciano teólogo musulmán, santón sufí, el jeque Salim. Era miembro de los Chishti, orden suní de Afganistán, y en quien confiaba Akbar, por alguna razón no conocida. Este jeque, llamado ahora Salim Chishti, vivía aquí, dentro de una rústica caverna, al lado del pueblo. Hoy, sus restos descansan en una hermosa tumba de mármol dentro del patio de la gran mezquita de Fatehpur Sikri. Predijo (eso es lo que cuentan) que Akbar tendría hijos si se instalaba en este lugar, abandonando el Fuerte Rojo de Agra, desde donde dirigía entonces el Imperio Mogol.
Lo primero que hizo Akbar fue levantar sobre los riscos de este lugar una colosal mezquita y una residencia para él. Y decidió transformar Sikri –así se llamaba el pueblo original— en Fatehpur Sikri, sede de su residencia y la de su corte (1572–1585). Había tardado 17 años en construir una ciudad tan efímera como deslumbrante, con arquitectos y artistas traídos de distintas regiones del Imperio Mogol. Poco aportó a la historia política de la India, pero fue escenario de un hecho que tal vez hizo de este emperador un adelantado para su época, y de lo que se habla casi nada: aquí se hizo el primer esfuerzo de unir las grandes religiones. En él participaron misioneros jesuitas, el propio monarca y sus consejeros musulmanes, y representantes del hinduismo, jainismo, zoroastrismo y del budismo tántrico tibetano.
No dio resultados sólidos el empeño ecuménico de Akbar, pero quedaron valiosos testimonios de esa experiencia. Lo documenta un libro del aventurero jesuita catalán Antonio de Montserrat. Y hacia 1605 se pintaron miniaturas de esos encuentros, obras de arte que los británicos retienen –vaya a saber por qué– en un museo de Londres, y que he visto reproducidas aquí en Fatehpur Sikri.La escena muestra al emperador mogol junto a represen- tantes de esas religiones, incluyendo al jesuita persa Francisco Henríques –un converso que ofició por corto tiempo de intérprete–, y el italiano RodolfoAcquaviva,hermano de dos cardenales católicos, y de Claudio, considerado el segundo fundador de la Compañía de Jesús, y el que más tiempo ha estado a la cabeza de los jesuitas.
Rodolfo Acquaviva permaneció tres años en Fatehpur Sikri, con la secreta intención de convertir al monarca musulmán al catolicismo y no para participar –como quería Akbar– en la creación de una religión que fuera síntesis de todas las principales.Acquaviva se pro- puso vencer en vez de convencer, y tuvo que abandonar Fatehpur Sikri con las manos vacías. Meses después fue muerto por hindúes enemigos de los colonialistas europeos en la India Portuguesa (Goa), donde los jesuitas tenían su sede asiática. Considerando su martirio, León XIII lo beatificó tres siglos más tarde.
Alboroto en la mezquita
Pese a todo, el emperador Akbar alcanzó a proponer una nueva creencia –llamada Fe Divina–, que intentaba recoger lo mejor de muchas religiones. Incluso escogió al jesuita Antonio de Montserrat para la tarea de educador de su hijo Murad, y lo llevó a algunas de sus campañas de conquista. Este jesuita habría sido iniciado en el budismo tántrico tibetano por el tercer Dalai Lama, quien junto con Akbar figura entre los estudiosos que por ese tiempo propiciaron la tolerancia entre las religiones.
Fue la primera vez en la historia de la humanidad que desde un gobierno, el gobierno de Akbar, se propiciaba la tolerancia entre las diferentes creencias. No solo la tolerancia sino además el diálogo interreligioso permanente. Todo un mérito de un emperador audaz y sabio en su tolerancia, pero que, paradójicamente, nunca pudo leer ni escribir sus propias ideas: hijo y nieto de emperadores, murió analfabeto. Se alimentaba de la sabiduría transmitida oralmente.
Su religión, Fe Divina, gozó de nombre y de propuestas concretas, pero los dioses no le acompañaron: nunca tuvo fieles.
No le fue mejor a Fatehpur Sikri: por esos mismos días, su presencia se desvanecía en los mapas al dejar de ser sede oficial del emperador, y empezar a servir solo para visitas temporales o para guarecerse de una peste, como ocurriera una vez a un hijo de Akbar. El propio emperador habría muerto aquí, dicen, en 1605, décadas después de abandonarla. Aunque versiones más seguras lo hacen expirar (por una disentería) en la vecina ciudad de Agra.
Lo que ahora vemos es una enorme ciudad–museo. Solo la mezquita Jama Masjid –la Mezquita del Viernes— sigue abierta. Es la estructura más grande de todo el reinado de Akbar y “también uno de los logros arquitectónicos más perfectos en la India”, como ha dicho la Unesco al declararla Patrimonio de la Humanidad. Su descomunal puerta fue construida para celebrar la conquista del reino de Gujarat, donde siglos más tarde nacería Mahatma Gandhi.
El templo sigue muy activo,tal vez demasiado, pues parece secuestrado por una muchedumbre de guías improvisados y aprovechadores, de pordioseros y comerciantes sin dios ni ley. Ocupan gran parte de las anchas y altas escaleras del templo para acosar al turista, entre monos chillones y chivos que suelen descansar sobre los peldaños. El modo más seguro de atravesar su monumental puerta de ingreso—54 metros de altura– es hacerlo con un guía oficial. Este esfuerzo vale la pena. En su interior podremos ver una multitud de tumbas esenciales, ele- gantes caligrafías del Corán grabadas en los muros y un edificio fúnebre de mármol resplandeciente –“obra maestra extraordinaria de la decora- ción esculpida”, como ha dicho la Unesco–, donde descansa el santo sufí que aconsejó al emperador la construcción de esta ciudad.
Un placer igual –o mayor– ofrece el sector no religioso de la ciudad. En él resalta el estilo arquitectónico, en que se funden los estilos indio y persa de manera muy caprichosa o ecléctica.Aquí tuvo su sede la corte del Gran Mogol.Vivieron Akbar y las muchas mujeres de su harem y sus esposas (la llamada Casa de la Esposa Turca es de las construccio- nes más perfectas). Aquí vivieron también los nobles, los guerreros y funcionarios.En distintas plataformas conserva edificios administrativos y residenciales, palacios y áreas para la corte, el ejército y los sirvientes del rey; los hospitales y caravasares para proteger a las caravanas; los baños, escuelas y establos de caballos y camellos. Lo que vemos le otorga a Fatehpur Sikri “un valor universal excepcional” (dice Unesco), ya que en los urbanístico y arquitectónico ejerció una influencia definitiva en las urbes del reino mogol,incluyendo la propia Delhi.
Parece una de las ciudades más extraordinarias por su arquitectura en piedra de arenisca roja, pero sobre todo por el diseño urbano. Los edificios se encuentran distribuidos de una forma que parece simple capricho de Akbar, pero que respondería a una lógica que viene de lejos: podría ser un orden semejante al de los campamentos de sus remotos antepasados nómadas en la Mongolia, que vivían en eterno vagabundeo por las estepas, sin templos, ni castillos ni plazas. Por eso vemos grandes espacios vacíos y una aparente falta de jerarquía entre las construcciones,algo aparentemente muy distinto a las ciudades occidentales que conocemos, desarrolladas normalmente a partir del castillo, de la plaza o del templo.
Tal vez por eso,Fatehpur nos deja con las cejas juntas, mirando para todos lados, tratando de entenderla. Nos sentimos, eso sí, como en una visita íntima, pues hay poca gente recorriendo sus calles. Ciertamente no será fácil olvidarla, como no la han olvidado viajeros de distintas épocas,que supieron de su seducción. Como el británico Samuel Bourne, explorador–fotógrafo, que hace 150 años le dedicó tanto tiempo, entusiasmo y placas fotográficas como al Taj Mahal, tal vez por ser un “testimonio excepcional de la civilización de los mogoles a finales de ese siglo”, y primera ciudad planeada por ellos.
Vivientes deben esperar
Cuando la India era colonia británica (por 300 años, hasta después de la Segunda Guerra Mundial), funcionarios ingleses decidieron restaurar la semi abandonada Fatehpur Sikri. En esos afanes bien intencionados, pero ajenos, la vegetación nativa fue reemplazada por el clásico grass o insípido césped inglés, útil en una región de escaso sol, donde la sombra de los árboles no se necesita, muy diferente a la región deAgra,donde la temperatura llega hasta los 45 grados Celsius en verano (la mejor época para visitarla es de octubre a marzo). Al césped se le agregaron bojes, como adorno, pero al igual que el pasto necesitan mucho riego si se les planta en área muy soleada, y resulta que se supone que la escasez de agua hizo morir la ciudad…
Pero en Fatehpur Sikri no solo se hizo desaparecer la vegetación propia de Agra: se perdieron para siempre los nombres y los usos de la mayor parte de sus edificios civi- les, y la ciudad se hizo aún menos transparente. Por eso, nuestro severo guía, Mahmoud Halil, nos pide que no repitamos la identificación de los edificios que usan los blogueros de viajes,mal informados por los guías locales o por publicaciones hechas a la ligera. A nuestro lado pasa un guía divirtiendo a sus clientes con informaciones dudosas: “Ese edificio era para el goce del emperador y su amigos, por sus noches frescas. Y desde ahí Su Alteza tomaba un corredor secreto hasta la estancia de las concubinas…”.
Lo poco que está claro, sin embargo, es que en la ciudad había un área mayor para las mujeres, y una menor para los hombres; que el palacio real marcaba la frontera entre los espacios públicos y privados. Pero cuando entramos al tema de los palacios, pabellones y quioscos, el terreno se pone resbaladizo. La mayoría de ellos no serían lo que hoy se dice que eran, y sus nombres a veces vienen de la imaginación de un cronista enemigo del trabajo.
A Fatehpur Sikri la rodea un bello muro de seis kilómetros, fortificado por torres. Los visitantes disponen de siete puertas, y por eso no se aglomeran ni llaman la atención, salvo cuando entran enjambres de mujeres hindúes vestidas con saris que harían palidecer al arcoiris. Es entonces cuando sentimos que la ciudad ha vuelto al siglo XVI. Se hacen más familiares la multitud de pequeños quioscos cuadrados u octogonales que coronan los techos de muchas construcciones, los chhatris (son puramente decorativos, e indican el refinamiento de quien los usa). También se explica el bello edificio de cinco pisos que –dicen— servía al harem; es liviano y transparente como una telaraña de arenisca roja, aunque ya no cuelgan los lienzos de seda con que las mujeres, presumiblemente, se protegían de la curiosidad; o tal vez las celosías que pudieron ser retiradas o robadas después del abandono de la ciudad. Sobresale el edificio donde –dicen— se reunían con el monarca los repre- sentantes de distintas religiones. El Diwan–i–Am, que tiene un capitel en el centro, con forma vagamente vegetal, grueso y bello, que Gaudí podría haber agregado con ventajas a su obra maestra, la basílica de la Sagrada Familia. Muy admirables son los arcos jainistas del llamado Pabellón del Astrólogo. Parecen colgar como robustas guirnaldas de piedra, semejantes a serpientes. Se les conoce como cchajas.
A medida que avanzamos, en muchos edificios vemos finísimas celosías de madera o de piedra, que aquí llaman jaalis. Ellas reemplazaban al vidrio, que no se usó en la India hasta la llegada de los británicos, quienes lo utilizaron en forma habitual desde el siglo XVII. Finas celosías de mármol abundan en la tumba del santo sufí. Cumplen una función adicional, nunca imaginada por Akbar, y que atrae a miles de personas al patio de la Gran Mezquita, donde se halla la tumba. De muchas celosías cuelga una infinidad de hilos de colores. Han sido amarrados por mujeres deseosas de tener un hijo varón –como quiso Akbar y lo consiguió-, y con esos hilos intentan ganarse el favor del santo. Si se produce el milagro, deben volver a la tumba a retirar el hilo que un día dejaron colgado y agradecer con plegarias.
¿Y qué se sabe de Sikri, el prehistórico pueblo original? Nunca tuvo una gran extensión ni importancia, aunque ya se le menciona al pasar en el Majabhárata, el segundo trabajo literario más extenso del mundo, después del tibetano Rey Guesar, que tuvo más de 120 tomos. Por lo tanto, Fatehpur Sikri, comparado con Sikri,nació solo ayer.Nació –como sabemos— por cábalas, por supersticiones o consideraciones religiosas. Y por esas mismas razones pudo ser abandonado. Nadie sabe bien lo que pasó. Hoy conserva mucha potencia espiritual en su mezquita. Lo que ahora vemos en sus patios y templos parece transportar a los creyentes más allá de la Tierra. Hasta se diría que el santo Salim Chishti y el inquieto Akbar pueden estar orando o divirtiéndose juntos en algún lugar del vecindario. Pero nos previenen: tenemos cerrado el paso a esos son lugares invisibles mientras seamos vivientes.
Deberemos esperar para saber, finalmente, qué nos esconde Fatehpur Sikri