Hiroshima
Viaje por el olvido
En la ciudad-mártir, a cuarenta años de la bomba, descubrimos que su gente decidió ponerse escasa de memoria para poder vivir. Y otro poco para olvidar las mezquindades que hizo brotar la explosión. El lunes de la semana próxima el mundo celebrará cuatro décadas del epílogo de la segunda guerra mundial.
La señorita Yamamoto fue la encargada de abrirme los ojos. Lo hizo con la delicadeza propia de las mujeres de este país. Dejó en mi habitación del Hiroshima Grand Hotel -en cuanto llegué- una tarjeta con su nombre, un plano del centro de la ciudad y una singular invitación:
“Llame usted al anexo número cuatro y solicite gratuitamente en recepción un equipo para practicar trote”. “Happy jogging Mr. Ganderats”
El mapa para practicar jogging propone un recorrido de 5,5 kilómetros que pasa exactamente por el epicentro de la bomba atómica.
Bordea, también, el museo del horror Hiroshima Peace Memorial Museum, donde se exhiben y explican las consecuencias de la devastadora explosión. Y si el turista trotador cambia el recorrido sólo una media cuadra, puede enfrentar la Cúpula de la Bomba A, o sea, la Atomic Bomb Dome, única ruina que se conserva aquí, como advertencia, desde esa mañana del 6 de agosto de 1945.
Llegué a Hiroshima pocos días antes de conmemorarse los cuarenta años del brutal comienzo de la Era Atómica. Esperaba encontrar un ambiente de recogimiento. No fue así. La señorita Yamamoto me hizo esa invitación a trotar relajadamente durante la mañana -la tarde es un sauna aquí en Hiroshima-, y otra invitación a disfrutar por la noche de los 3 mil cabarets, bares y clubes nocturnos en el alegre sector de Nagaregawa-cho.
Para que la sorpresa fuese completa, la amable camarera Yamamoto del Hiroshima Grand Hotel lleva el apellido del almirante responsable de Pearl Harbor, botón de partida de esa cruel guerra en el Pacífico, que tuvo su momento más dramático precisamente aquí.
La bomba Little Boy casi terminó con cinco siglos de respiración humana en el llano de Hiroshima.
El hecho ha sido recordado profusamente por el mundo durante estos días de agosto. Fue -ya se sabe- un hecho decisivo para el término de la segunda guerra mundial, epílogo del cual se celebrarán cuarenta años el lunes de la próxima semana.
AMNESIA MASIVA
Ni orillas ni fondo tuvo el dolor que sufriera Hiroshima en los días y años que siguieron a la explosión. Tanto dolor hizo que los hombres decidieran ponerse escasos de memoria, olvidar el horror para poder sobrevivir.
–Es poco saludable pasarse pensando en la muerte-me dijo un anciano hiroshimita que veía deportes en televisión mientras esperaba que una de sus hijas pasara por el hotel a recogerlo. El señor Masayoshi Araki vivió la experiencia de Hiroshima a cuatro kilómetros del epicentro. No sufrió daño alguno. Cientos de sus parientes y amigos, sin embargo, desaparecieron consumidos por una ola de 5 mil grados de calor.
-¿Que sintió?-, señor Araki.
-Las palabras siempre son más débiles que nuestros sentimientos. Créame que sentí horror y también alegría. Mi casa no fue ninguna de las 60 mil que se hicieron humo, y ese era entonces un muy buen motivo para estar contento. Todo lo demás era suficiente para vivir aturdido durante años, y para querer olvidar, en especial a medida que recobrábamos la normalidad.
Casi toda la gente de Hiroshima, como el señor Araki, ha optado por la amnesia.
Esa es mi impresión.
Diríase que han olvidado incluso quiénes hicieron explotar las bombas. Hiroshima de hoy podría ser confundida con esos enormes barrios orientales de muchas urbes norteamericanas. Y su castillo feudal alegraría a Disneyworld. Fue construido en 1958, a imagen y semejanza de otro que existió en la misma colina hasta el día en que los hiroshimitas supieron lo que será el fin del mundo.
Esta no es sólo una ciudad sin raíces en lo arquitectónico. También, y como gran parte del Japón (al menos en la superficie), más parece Extremo Occidente que Extremo Oriente. Han terminado pareciéndose a sus adversarios de ayer. Y el millón de habitantes de Hiroshima vive apretujado en construcciones sin carácter, sobre varios islotes que forman los seis brazos del delta del río Ohta.
No es, por cierto, hermosa como Venecia -también construida sobre islas-, pero Hiroshima es más alegre.
SOLIDARIDAD HECHA POLVO
Hiroshima es más alegre, aunque pueda resultar contradictorio, Esta, ciudad -nos dice Gironella, autor de Un millón de muertos-viene pareciendo contradictoria desde los primeros instantes que siguieron a la explosión. Sus habitantes se comportaron de manera extraña.
Nadie niega que hubo gestos de heroica solidaridad y desprendimiento, pero los comportamientos dominantes fueron otros. Cuando los 80 mil muertos del primer día aún no encontraban sepultura, campesinos de la región llegaban a especular con sus productos; comerciantes de Osaka planeaban apoderarse de una ciudad sin almacenes ni tiendas; pandillas de niños huérfanos -hubo 6 mil- armaban fogatas con troncos o tizones, pero para calentarse en ella los viejos semidesnudos debían pagarles dos yenes por noche…
En tan dramáticas condiciones de necesidad, los enfermos y heridos debieron esperar por días, por semanas. El servicio médico fue lo menos rápido y eficiente de lo que es dable imaginar. “La nota característica fue el desamparo”, dice un sobreviviente. La poca atención médica tuvo origen privado. Y cuando llegaron los médicos, con ellos no llegó necesariamente el alivio.
Les interesaba más el diagnóstico que la curación.
Querían saber cómo se comporta el cuerpo humano sometido a los rigores de la radiación. Cada hombre era una ficha, un cuy de laboratorio, “un caso interesante para el análisis y las estadísticas”. De ellos, y de los primeros muertos, 113.271 nombres se hallan guardados bajo tierra, en un monumento funerario monumental al centro del Parque de la Paz. Y otros 4.500 se añadieron por estos días, escritos con pincel, luego de un acucioso trabajo de identificación.
De la misma acuciosidad hizo gala -se lamentan los japoneses- el llamado Centro Estadounidense de Investigaciones Atómicas, que se preocupaba aquí de hacer fichas y no de curar. El propio Gobierno nipón, por falta de financiamiento o por lo que fuera, no instaló en los primeros tiempos más que hospitales rudimentarios y mostró una preocupación ligera por la suerte de muchos enfermos y heridos.
LA VERDAD PROHIBIDA
Leucemias, vómitos, diarreas, quemaduras de la piel, desgarramientos de la carne (garras del diablo, les llama la gente), nefritis, peritonitis, tumores, sangre blanca, esterilidad y muerte -miles, decenas de miles murieron en los años siguientes-, fueron algunas de las consecuencias de la bomba, agravada por la escasa preocupación oficial y de las fuerzas estadounidenses de ocupación.
–La peor consecuencia de todas –dijo un monje sintoísta- es que la bomba hizo brotar sentimientos y comportamientos que no conocíamos entre nosotros. Es lo que la gente llamó “la maldición de la bomba”.
Sólo años más tarde un torrente de preocupación y conmiseración se dejó caer sobre Hiroshima, convertida ahora -a cuatro décadas- en ciudad mártir.
Durante los años 40 y principios de los 50, las fuerzas de ocupación estadounidenses hicieron del Japón un país donde la verdad estuvo prohibida por decreto: la prensa no podía ni siquiera mencionar la palabra “átomo”, ni menos hablar de las consecuencias de la explosión. Sólo después de la guerra de Corea fue levantada la censura impuesta por los estadounidenses.
Entonces fue posible decir que para los propios sobrevivientes, las víctimas de la radiación producían más rechazo que sentimientos de solidaridad. ¡Para qué hablar de los monstruosamente deformes! Llegó un momento, recuerda en un libro el naturalista estadounidense doctor J. Byrne, residente en Hiroshima, en que la presencia de los enfermos de la bomba comenzó a resultar molesta. Involuntariamente, ellos no hacían más que plantear problemas sociales y familiares, a menudo insolubles.
“¿Por qué no desaparecen de una vez? era el sentimiento que muchos expresaban con su actitud”, según mi amigo José María Gironella. Dice que en el trabajo los enfermos rendían menos, y entonces eran despedidos. Arrastraban problemas de concentración, de fatiga rápida, de mala adaptación al grupo laboral debido a la neurosis y otros desajustes sicológicos. Entre los más desajustados figuraban los solteros involuntarios. Difícilmente hallaban a alguien dispuesto a casarse con ellos, por temor a que engendraran hijos enfermos. Y, efectivamente, muchos de ellos tuvieron creaturas visiblemente distintas: cabezas muy pequeñas y lo que de niños llamábamos orejas de paila. Si los atomizados eran mujeres, sólo daban a luz mujeres, con pocas excepciones.
(No es raro, entonces, que la primera obra de teatro estrenada en Hiroshima luego del holocausto fuese Los espectros, de Ibsen, que se desarrolla en torno al tema de las taras hereditarias).
RENACIMIENTO
Tan inesperado como aquellas reacciones mezquinas en un país como Japón –normalmente solidario como una gran familia- resultó el interés de otros muchos japoneses por radicarse en Hiroshima luego de la bomba. Sólo en los primeros meses hubo temor, desconfianza y hasta un intento de emigración masiva. Pero en cuanto brotaron las primeras malezas -flores blancas y verdes del erigeron canadiense tiñeron el valle-, el hiroshimita supo que la vida podría continuar. Hoy los árboles que rodean el único edificio sobreviviente del epicentro -el Domo– son gigantescos y frondosos. Le dan casi un aspecto amable. Y la población humana se ha multiplicado por cinco en cuarenta años, hasta superar ligeramente el millón.
Primero llegaron los japoneses expulsados de Corea, Taiwán, Malasia y Manchuria, tras la derrota de las fuerzas de Hirohito. Ellos encontraron en Hiroshima alguna ayuda en vez de desprecio, y, sobre todo, un lugar donde vivir anónimamente. Luego vinieron otros, decenas de miles, atraídos por el trabajo de reconstrucción y las nuevas industrias.
Pero Hiroshima no se cansa de sorprender. Revista del Domingo comprobó que todavía muchos extranjeros reclaman en sus calles porque no los dejan vivir en la ciudad de la bomba. Al menos así se proclamaba durante una protesta en víspera de la conmemoración de los cuarenta años del holocausto. Junto al monumento que: señala el lugar exacto sobre el epicentro -en el corazón del Parque de la Paz- conversamos con un grupo de personas que llevaba varios días enarbolando un letrero llamativo: “¡NO!”.
Eran coreanos residentes en Hiroshima.
Protestaban pacíficamente, pacientemente, tendidos en el suelo, bajo un sol caliente como brasa y una humedad del noventa por ciento:
-Queremos que nos dejen vivir tranquilos, que la policía deje de controlarnos con tanto rigor, que se ponga fin a la restrictiva legislación sobre extranjeros impuesta por los ocupantes yankis. ¡Queremos vivir en paz en la Ciudad de la Paz!
Ya nadie teme, como vemos, a la ciudad maldita.
Los atomizados que aún sobreviven son pocos, y la mayoría no se distingue del resto. Sólo siguen semi ocultos aquellos que sufrieron deformaciones graves en la cara y en sus miembros. Los demás viven en sus domicilios y periódicamente concurren al Hospital de la Bomba, el Bembaku Byoin, situado junto al gran hospital de la Cruz Roja, a dos y medio kilómetros del epicentro. Tiene 170 camas y atiende unas 150 personas diarias con edad promedio de 70 años.
Como la verdad ya no está prohibida en Japón, podemos recorrer muchas dependencias del Hospital de la Bomba sin que nadie nos interrogue. Su director, Tadahiro Kida, practica la política de puertas abiertas, salvo en el sector de enfermos con deformaciones graves. Pudimos fotografiar ancianos flacos como un pelo y a otros sometidos a tratamientos de ortopedia mayor. El hospital cuenta con equipos modernos y un personal lleno de paciencia.
No hay, sin embargo, lugar para el optimismo entre estos hombres emocionalmente disecados tras cuarenta años de sufrimiento.
¿ODIO AL ESTADOUNIDENSE?
¿Y qué ocurre si se remece un poco la madriguera? ¿Qué sale de la boca de los hiroshimitas? ¿Odian a quienes lanzaron la bomba?
-No los odiamos, señor. Pero nadie puede esperar que los amemos. Injusto sería decir que el estadounidense es un pueblo malo; pero fue malo con nosotros. Estoy consciente de que en Estados Unidos no existe responsabilidad colectiva, pero si vergüenza colectiva por lo de Hiroshimay y Nagasaki.
Es la respuesta del anciano Masayoshi Araki, ex técnico de la Mitsubishi. Y en la voz de Tayayuki Hashzume, senior vicepresidente de la Japan Air Lines, hallé un signo y un matiz que parece revelar el otro sentimiento:
-Me obligaron a ir a la guerra. Yo era muy joven y no deseaba combatir.
Quizá en él se halle el punto exacto de equilibrio, punto al cual en Hiroshima sólo se llegó en los años 50. Sin desconocer un grado importante de responsabilidad de Washington por el uso de la energía atómica, admitieron grave responsabilidad de los conductores japoneses que los llevaron a la guerra.
Hablan mucho de los Gunbatsu, casta militar aliada con los Zaibatsu- grandes consorcios industriales-, que promovieron una política expansionista para enfrentar la dramática escasez de materias primas.
“No a Pearl Harbor. No a la bomba. Aprendamos a vivir juntos”, es el mensaje que se ha escrito hace pocos días en el libro de visitas del Hiroshima Peace Memorial Museum, que nadie puede recorrer sin un vago sentimiento de que la “vergüenza colectiva” alcanza a todo el género humano. Suscribía esa condena a Pearl Harbour la bomba, un australiano de Adelaida, Bill Taylor.
Y en ese voluminoso libro de visitas leí imploraciones a Cristo, a Visnú, a Siva, a Alá, a Buda, ¡a Reagan!
EL RIESGO DE NO TEMER
Justo es admitir, sin embargo, que para los hiroshimitas el asunto de la bomba es agua pasada. La mayor parte no vivió la experiencia, no desciende de sus víctimas ni de personas que vivieran en estas islas de río cuando se desencadenó el infierno. La maldición de Hiroshima apenas les roza la piel. Y por eso andan escasos de memoria cuando se trata de pensar en el 6 de agosto de 1945. Visitan alguna vez el Museo del Horror (muchos lloran, todos sienten un ligero temblor); recorren el hermoso Parque de la Paz, construido sobre el lugar exacto donde la bomba hizo explosión a más de 500 metros de altura, y suscriben los propósitos pacifistas sin pensarlo dos veces; pero para lo demás andan escasos de memoria. “Lo peor de las guerras es tolerar a los sobrevivientes”, parecen decir.
Los mitos milenarios japoneses han sido sustituidos por aspiraciones prácticas. Entre ellas sobresale el propósito de ser una sociedad igualitaria y moderna, meta alcanzada en importante grado hace ya largos años.
Hiroshima -al cual se llega en el Tren Bala- no vive de los recuerdos. Vive de la Mitsubishi, de la Mazda, del cultivo de ostras, de la producción de saké, de las conservas de sardinas y del envase de derivados del petróleo. Y cuando todo el mundo habla atemorizado de la Guerra de las Galaxias, ellos ofrecen el Galaxia, lujoso yate de turismo, para que los visitantes recorran en dos horas la bahía de Hiroshima. Y docenas de lanchas privadas adornan las aguas del río junto al dramático Domo de la Bomba.
Hitaru Inque, vocero del Congreso Japonés contra las Bombas, cree que la más nueva generación ya no siente el santo temor a la guerra nuclear.
–Otras generaciones recibieron metódica concientización. Se les hizo ver las películas filmadas en Hiroshima y Nagasaki, lo cual les sirvió de vacuna antibélica. Los más jóvenes de hoy viven en una peligrosa ignorancia de ese riesgo.
LA NAUSEA Y ALGO MAS
Hace poco más de dos semanas, en ambas ciudades se centró la protesta mundial contra los riesgos de la guerra nuclear. Decenas de miles se mostraron como fieros combatientes por la paz.
Alcaldes de más de sesenta ciudades de los cinco continentes se reunieron en Hiroshima y Nagasaki para instar a los gobernantes influyentes del orbe a asumir una actitud pacifista; para que el mundo no siga creyendo que quien mata a un solo ser humano es un asesino mientras que quien mata a miles es un vencedor; para impedir -por último- que el Hombre se convierta en un Adán escrito a la inversa, en n-a-d-a.
Todos los medios de comunicación masivos nos han hecho asistir durante estos días a las escenas pavorosas que los hombres provocaron y registraron en Hiroshima y Nagasaki. Resultó fácil comprobar que la Humanidad no ha perdido aún, afortunadamente, el sentido de la náusea.
Pero, ¿ha aprendido el hombre a amar a los otros, única forma práctica de construir la paz?
Contestar esta pregunta con optimismo sería darse un lujo excesivo. Pero justo es recordar ahora -en vísperas de los cuarenta años del epílogo de la Segunda Guerra- que al menos el ser humano no ha repetido en tan largo tiempo un Hiroshima ni un Nagasaki.
La esperanza puede seguir siendo el sueño de tos que están despiertos.
Sombras y espectros
Cuarenta monumentos, museos, monolitos piedras y placas conmemorativas del holocausto existen hoy en el Parque de la Paz, construido sobre el sector de Hiroshima más directamente afectado por la explosión atómica. Tiene 550 metros de largo y 200 de ancho promedio. De todas sus construcciones, ninguna es más fría e inocente en su apariencia externa y más sobrecogedora en su interior, que el edificio dominante del Parque. En él se instalaron dos museos relacionados con la Bomba-A: el Museo Conmemorativo y el Museo de los Materiales de la Bomba.
Una maqueta panorámica esferoide muestra en el primero cómo el valle de Hiroshima se convirtió en un desierto atómico el 6 de agosto de 1945. De ese valle en llamas surgieron los muertos y heridos que salen al paso del visitante en numerosas fotografías espeluznantes, y también son de esos seres las pellejas humanas conservadas dentro de grandes frascos, con líquidos que los mantienen. Muestran ellas las deformaciones producidas en la cara, que las víctimas llamaron “garras del diablo”.
Y en el Museo de los Materiales de la Bomba se conserva el símbolo más elocuente de esa arma: los peldaños de entrada al Banco Sumitomo, sobre los cuales una sombra negra marca el lugar donde una persona estaba sentada en el momento de la explosión, a dos cuadras del epicentro.
Esa “sombra” es lo único que quedó del cuerpo desintegrado por la onda de calor.
Y muy cerca del Banco Sumitono y su sombra, hay un espectro. Allí estaba la Cámara de Comercio y Desarrollo Industrial de Hiroshima, donde sesenta empresarios comenzaban una reunión cuando estalló la Little Boy.
De esos hombres no se halló rastro alguno.
Y el edificio, por ser de concreto, no fue consumido por el fuego, pero quedó en ruinas. Su cúpula metálica y los muros que siguen en pie constituyen un esqueleto qué simboliza hoy el sacrificio de Hiroshima: el llamado Domo o Cúpula Atómica.
Horas históricas de Hiroshima
Fundada medio siglo después que Santiago de Chile, la ciudad de Hiroshima tenía el día de su destrucción parcial, una población estable de 318 mil habitantes, un tercio de nuestra capital. Ocupaba el sexto lugar entre las ciudades niponas (ahora el undécimo).
Su historia militar, sin embargo, era conspicua. Había servido de cuartel general del Ejército japonés en las guerras contra China y Rusia, a principios del siglo XX y a fines del anterior.
El superfortaleza Enola Gay, que hizo explotar el artefacto estadounidense -británico a 580 metros de altura, inició la Era Nuclear y puso fin a la historia militar de Hiroshima. Fue reconstruida más tarde con el nombre de Ciudad Conmemorativa de la Paz. En su Parque de la Paz, el Reloj de Flores (de Citizen), y la Torre del Reloj de la Paz (de Seiko) marcan la hora de la nueva Hiroshima la ciudad comercial e industrial del Mediterráneo japonés.
¿Cuántos murieron?
“Todavía no se puede conseguir el número exacto de las víctimas”, advierte Ta- Keshi Arakio, que lleva más de diez años como alcalde de Hiroshima, uno de los sobrevivientes sanos y que ha estudiado profundamente el fenómeno de la bomba. La falta de seguridad en materia de estadísticas sobre muertos y heridos es la misma que tenemos nosotros después de leer las cifras más dispares, entregadas todas por publicaciones comúnmente dignas de crédito.
Pese a todo, intentaremos a continuación realizar un balance aproximado, de acuerdo con publicaciones internacionales y otras obtenidas en la Biblioteca del Museo Conmemorativo de Hiroshima.
La ciudad tenía en 1945 alrededor de 318 mil habitantes permanentes, más unos 43 mil militares acantonados en ella por la guerra. La densidad de población era de 13.500 personas por kilómetro cuadrado.
Está comprobado fuera de toda du da que nadie sobrevivió en un área de cuatro cuadras a la redonda del epicentro. Alrededor de 12 mil personas habrían muerto en forma instantánea, de acuerdo a una estimación que parece confiable. En las cuatro cuadras siguientes de este círculo imaginario, la gente sufrió heridas y daños muy graves, terminados en muerte poco después en muchísimos casos.
Por el calor de la bomba (5 mil a 7 mil grados en su epicentro), se produjo un incendio generalizado en la ciudad, que destruyó completamente 62 mil casas, dañó seriamente 6 mil y dejó casi incólumes 22 mil.
En el transcurso de esas horas habrían muerto unas 80 mil personas, incluyendo las víctimas del primer segundo. Y un año más tarde, el balance de muertos era de 118.661. Como gravemente dañadas aparecían 30.500 personas. Por otra parte, los sanos y los que manifestaban sólo daño ligero superaban a los anteriores en 18 mil.
Los efectos de la radiación siguieron produciendo muertes en las décadas siguientes, y hasta hoy se responsabiliza a la Bomba-A del acortamiento de la vida de centenares de personas cada año. Sin embargo, a medida que pasa el tiempo, resulta más difícil establecer las causas objetivas de muerte sufrida por individuos que tuvieron algún daño por la explosión. En consecuencia las estadísticas resultan más subjetivas y objetables.
Un cálculo conservador arroja hasta hoy una cifra de 170 mil a 190 mil personas muertas o con su vida drásticamente acortada por efectos de la bomba. De todas las víctimas, unas 123 mil han sido identificadas. Sus nombres, escritos con pincel, se hallan en grandes libros que se guardan en el lugar exacto del epicentro, dentro de un sarcófago de concreto recubierto de madera.
Sobre una de las paredes del sarcófago hay una inscripción en caracteres japoneses escrita por el profesor de la Universidad de Hiroshima Tadayoshi Saika. ¿Qué dice? Conocemos cinco versiones diferentes (tres en español y dos en inglés), pero en síntesis reza así: “Descansen en paz. Nosotros no repetiremos el error”.
No lleva firma.
Sobre este sarcófago se levanta un gran monumento en forma de arco o herradura, orientado hacia el Domo de la Bomba, que se halla a unos 400 metros, al otro lado del río Motoyasu. Es la única ruina de la Hiroshima sufriente que se conserva.
El sufrimiento de los enfermos y heridos -hemos visto algunos en el Hospital de la Bomba– sólo podría medirse con una “estadística del horror”, más difícil de conseguir que la del número de víctimas. Los testimonios que hemos conocido (¡se los ahorraremos al lector!) son para ser escuchados tapándose el rostro. Al oírlos cualquiera termina pensando como David L. Swaim, profundo conocedor del tema:
“Espero que nadie olvide nunca Auschwitz. Pero querría que todos supieran más de Hiroshima y Nagasaki”.
Ver texto publicado en revista en formato PDF Hiroshima-85