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Hablamos árabe sin saber – Luis Alberto Ganderats
Hablamos árabe sin saber

Hablamos árabe sin saber

Durante casi seis siglos se impuso la riqueza cultural árabe desde los Pirineos a Indonesia. Los islamistas poblaron el castellano con unas 4 mil palabras, modificaron su sintaxis, dieron nombre a muchas cosas, lo hicieron más rico en sustantivos. Por eso, sin darnos cuenta, hoy hablamos su lengua. Un cargador o sembrador, un gannam, un gañán, usa la lengua del Islam cuando dice el nombre de limones, sandías y limas; aceitunas y achicorias; alcohol, jarras, garrafas y damajuanas; albóndigas, atunes, albacoras, arroz y romanas. Cualquier mujer refinada hablará de sus alhajas; de los ajuares, argollas y quilates; de jaquecas, alfombras, almohadas y divanes; del azabache, las muselinas y los naipes; del laúd y el rabel; de azulejos y marfiles. Contará de sus talcos, de sus tareas, de algunos fulanos burdos y de menganos macabros… Y en todo eso sólo habrá usado vocablos árabes, o algunos pocos de otras lenguas que ese pueblo arabizó y luego regalaría a Europa. Los más jóvenes, naturalmente, preferirán hablar de la arroba (ar-robha); del Zorro y el pintoresco Bodoque; del chulo y el sheriff (el jerife); del barrio, el jarabe y el tambor. Ellos lanzarán “carcajadas”, producirán “algarabía”, sin saber mucho, quizá, de ese imperio que llevó dicho arsenal de palabras a España. Ni menos que ese pueblo estuvo en Europa, pero no de visita; que nunca se fue; que habita hasta hoy en sus culturas.  

Por eso, todo campesino chileno nos hablará entusiasmado de las fondas sin saber que nacieron  como fundaq, campamentos levantados en los oasis, donde alojaban y comerciaban las sedientas caravanas de camellos. Y en el campo escucharemos decir berenjena, bujía, choza, almacén; azafrán y marmita; azotes y azúcar; escabeche y azotea…Todo en árabe, tan árabe como arrear o gritarle ¡arre! a las vacas; como pronunciar res, zorzal, maquila, racha, zarza, almácigo, zanja, de balde…Todo, sin  moverse un milímetro del árabe…El alcalde y el alcaide; el alfeñique y el mezquino; la aldea y los adobes; la noria y la romana; el algarrobo y el alfalfa; el alicate y la alpargata; el arsenal y el ataúd; el adobe y el alerce…

El jefe de ese campesino también hablará algo de árabe al usar las palabras cifras, guarismos y alquileres; aduana, dársenas, aranceles, tarifas, albur. Y al pensar en la salud, posiblemente preguntará del Auge, porque quien escogió ese nombre -claro- debió ignorar que auch nos acerca más al cielo que a la Tierra. Auge o auch es el lugar más alto del cielo en astronomía. No es un buen lugar de la Tierra.

La explicación es simple: como de aquella lengua sabemos poco, poco sabemos de la nuestra.