Habana Vieja
Historia secreta de un milagro
La Habana Vieja, que parecía el “escenario de una guerra ocurrida nunca”, empieza a lucir prolijamente restaurada, y entre danza de andamios vemos muchos de sus palacios y calles históricas. En octubre se cumplen 15 años desde que se iniciaron los trabajos bajo la conducción de un castrista-cristiano al que llaman “el Cardenal.” Esta es la historia secreta de su milagro.
Texto y fotos de Luis Alberto GanderatsEn 1929 nace el primer bulldozer, y 30 años más tarde, en 1959, un bulldozer verde y barbudo entra en la política y la economía cubanas, acabando con el desarrollo capitalista en la isla. Todos sabemos lo ocurrido desde entonces –en algunas semanas se cumplirá ya medio siglo–, y cada cual le ve a su manera. Lo que nadie duda es que la entrada de ese bulldozer barbudo cerró el paso a los bulldozers de acero que demuelen ciudades históricas. Se salvaron casi todos los monumentos antiguos de las ciudades cubanas, las fortalezas, los conventos e iglesias, los palacios, las callejuelas, los soportales. La Habana, sin embargo, ha vivido una historia dramática de decadencia, y a la vez una historia providencial, porque la alejó de una demolición segura, permitiéndole ser hoy uno de los conjuntos coloniales más valiosos del continente. Habrá que decirlo en lengua indígena yoruba: “Iré” Habana. Bendición a la La Habana.
La capital cubana nos llenó de tristeza cuando la visitamos hace una década. Vivía una crisis mayor luego de la muerte de la URSS, con sus edificios abandonados o abarrotados; muros y techos repletos de maleza; palacios en pie, pero casi de rodillas. Parecía “el escenario de una guerra ocurrida nunca”, dijo el poeta exiliado Antonio Ponte. La pobreza, el abandono, la humedad y la sal eran termitas que la consumían, aunque todavía se dejaba ver el lujo de la Colonia, período que se prolongó aquí hasta el siglo XX. También le maltrataba- la naturaleza, porque “a la orilla del golfo todos los años hacen su misterioso nido los ciclones”. Frente a tantas calamidades, los edificios se mantenían en pie gracias a “la estática milagrosa.” La noble ciudad se desmoronaba.
Hoy, la Habana Vieja comienza a vivir su segunda edad de oro en muchos de sus barrios. Los palacios barroco-habaneros y neoclásicos, los hispano-mudejar, art nouveau y art deco, recobran vida y colores. Se afirman sus balcones de fierro forjado, su selva de columnas, sus jardines florecen en los patios. Sevilla se vuelve a mirar aquí como en un espejo. La tristeza que sentimos aquella vez se cambia ahora por una sonrisa. La restauración ha embellecido no sólo varios cientos de construcciones de La Habana Vieja. Se empieza a extender frente al mar, por el Malecón. Sigue ausente, sin embargo, en el resto de La Habana. Se empezó por lo urgente y lo posible. El hombre que más ha excavado en la memoria habanera, Eusebio Leal Spengler, nos dice que él “necesitaría varias vidas para salvar toda la ciudad.”
Tugurios y espiritualidad
Todos los que llegan a Cuba para tratar de entender el misterio de este país, “que está siempre en tensión para que no suceda nada”, ahora ven que en Habana Vieja ocurren cosas importantísimas en materia de restauración. Y los ojos están fijos en un concepto clave: este centro histórico no debe ser una escenografía turística. Se trabaja con el máximo rigor, y fue creada hace 16 años una escuela-taller para rescatar los oficios de la reparación de inmuebles, cuyos alumnos pasan por talleres de madera, plomería, orfebrería, yeso, lámparas, pintura, jardines, relojería, cerámica, metales, textiles, papeles…Para que no sea una “escenografía turística”, en las áreas restauradas se mantiene a las familias originales, se restauran escuelas, consultorios, casas de ancianos, de inválidos, centros deportivos, viviendas, plazas, pavimentos, adoquines y cantos. Todo lo que pide una auténtica ciudad. Y junto a todo eso, brota lo que exige el turismo moderno: museos nuevos o renovados, restaurantes, tiendas y hoteles lujosos en palacios que al renacer lucen otra vez sus rejas-guardavecinos, azulejos, faroles, aldabas, bocallaves y guardacantones.
El restaurador-historiador Leal Spengler sabe que será inevitable sacar a muchos habitantes de la Habana Vieja. Casi todas las antiguas casonas estaban –y muchas todavía lo están—divididas y subdivididas hasta el infinito, abarrotadas de gente, convertidas en tugurios. La Habana Histórica “estaba tugurizada” en buena parte, dice. Los habitantes que se quedan necesitan un espacio mayor, y los demás—varios miles– tendrán que vivir en otro lugar. Ya se construyen 5 mil viviendas con ese propósito. Naturalmente, muchos miran con malos ojos este cambio de barrio. Pero no es ésta la dificultad mayor. Lo que más le costó a Leal Spengler fue que le permitieran salvar conventos e iglesias, y así lo deja dicho en un libro suyo editado por la UNESCO. A pesar de vivir el país tantas urgencias sociales, “resultaba indispensable la salvación del patrimonio que contiene la espiritualidad de la nación cubana”, dice, y le “fue necesario luchar para convencer y persuadir, motivar e inspirar a nuestros conciudadanos…”
La herida abierta
No extraña que este historiador cristiano, al que en Cuba llaman “el Cardenal”, haya sido declarado Profesor Emérito de la Universidad Católica de Guadalajara por el cardenal Sandoval Íñiguez. Al recibir el reconocimiento, Leal Spengler le dijo al cardenal: “Una sola plegaria suya es más importante para nosotros que 100 palabras.” Y cuando fue interrogado sobre el futuro de Cuba después de Fidel, respondió: “…vendrán otros…y Dios dirá”. Como hijos suyos decidieron irse de Cuba, Leal Spengler nunca critica a los exiliados, salvo que tomen las armas en contra de su país impulsados por el mar de pasiones que rodea la isla.
Él no pudo cursar sus estudios medios en forma regular. Tuvo que ayudar a su madre, lavandera y planchadora en casas particulares, y dar sus exámenes en forma libre para poder ingresar a la universidad. Hoy es doctor en Ciencias Históricas, miembro de la Real Academia Española de la Historia y en Italia ha cursado estudios de postgrado sobre restauración. Pero mucho de lo que sabe lo aprendió trabajando desde los 17 años junto al primer jefe de la Oficina del Historiador de la Ciudad, Emilio Roig, que hizo las primeras restauraciones en la década de los 30. En pocas semanas más se cumplirán 15 años del inicio del actual plan de Restauración del Centro Histórico, tras el derrumbe de la URSS. Su idea era distinta a cualquier otra. Propuso un plan de autofinaciamiento y autogestión. La Oficina del Historiador, dirigida por él, fue autorizada a cobrar un impuesto de cinco por ciento sobre la renta bruta de cualquier actividad pública o privada que se realice en el área. También puede recibir donaciones y vender bonos. Terminada la restauración de un palacio, por ejemplo, lo entrega a una empresa hotelera, y con lo que ella paga, recupera otros edificios históricos. A los 10 años gestionaba más de 50 millones de dólares anuales. Hoy maneja inversiones en el campo inmobiliario y en la administración de los edificios. Este plan ya obtuvo el premio español Reina Sofía de Conservación y Restauración, y Leal Spengler recibió el pergamino de honor ONU-Habitat por su trabajo en el casco histórico. El director regional de la UNESCO, Herman van Hoff, elogió este “modelo inédito” que ha tenido éxito “sin perder la autenticidad del legado, ni su disfrute público”. A la sombra de la Oficina del Historiador han nacido varias empresas encargadas de restaurar, construir o administrar hoteles, restaurantes, mercados y tiendas turísticas. La Habana está llena hoy de letreros enormes en edificios que se restauran, en los cuales se puede leer, junto al nombre de la Oficina, los de Habaguanex y de las constructoras Puerto Carenas y Restauración de Monumentos.
Dios dirá
La Habana Vieja está siendo nueva otra vez. Un extranjero nos dice sentir hoy que en cualquier esquina uno se va a encontrar con Hemingway, Clark Gable, Ava Gardner o Frank Sinatra. Caminarla produce inmenso placer, no menos que en Cartagena de Indias, Salvador de Bahía y muchas ciudades europeas rescatadas de los bulldozers. ¿Podrá la nueva Habana Vieja ser vista mañana como símbolo de la entrada de aire fresco al proceso cubano?
Jorge Edwards, uno de los críticos históricos de Fidel, antiguo embajador de Chile en La Habana, dijo hace poco que “una transición es siempre impredecible: depende del deseo de libertad que exista en el pueblo. En Cuba no creo que exista vuelta atrás. La dinámica desatada por Raúl Castro es imparable. Es imposible querer modernizar la economía sin algo de democracia.”
Conversamos con mucha gente en la calle, y hasta un muchacho peinado en estilo rasta coincide con la mayoría: “Creo que un 70 por ciento de la gente quiere cambios profundos; no podemos comer y vestirnos con lo que hoy ganamos.”
Hay una expresión que su restaurador Leal nos deja a préstamo: Dios dirá.
El Dr. Eusebio Leal Spengler, cabeza de la Oficina del Historiador de la Ciudad, dice que se debe recuperar la ciudad de Trinidad, de la cual algo se sabe. Pero se sabe menos de Sancti Spíritus, y mucho menos de Remedios, “ciudades maravillosas”. No se sabe casi nada de los pueblos pequeños como Gibara, “bellísima y muy importante en lo monumental”. Se habla mucho (como en estas páginas) de La Habana Vieja, pero casi nada del Cerro y menos del Vedado monumental habanero; nadie dice algo de Jesús del Monte y del municipio 10 de Octubre, donde hay arquitectura extraordinaria, que debería preservarse, “y sin embargo, se pierde.” Le duele al doctor: “Me habría encantado poder tener una responsabilidad en esa dirección y haber contado con los medios, los recursos y desde luego, con los colaboradores.”
Lo que falta salvar
Museos
Para entender a La Habana Vieja es muy importante recorrer el Museo de la Ciudad, frente a la Plaza de Armas, en el hermoso Palacio de los Capitanes Generales. Se trabajó medio siglo en restauraciones y colecciones. Es, por mucho, el más interesante de una ciudad que tiene numerosos museos en los que se ha invertido poco. Le sigue en interés el Museo Nacional de Bellas Artes, colecciones internacionales, que ocupa el colosal edificio del ex Centro Asturiano (calle Zulueta-El Prado), y la Casa de la Obrapía, en medio de la Habana Vieja, en la calle Obraría 158, que exhibe muebles y decoración del siglo 19. Inevitables el Museo de la Revolución (castrista), el Museo del Tabaco y el Museo del Ron y el arte cubano en el Museo Nacional. Original es la Casa de los Árabes, y muy justas la Casa de África, pues gran parte de La Habana es obra de esclavos africanos, y la Casa de Asia, ya que la comunidad china es una de las grandes del continente, y ha dejado un auténtico hallazgo genético: la mulata-china, color arena húmeda.
Templos
Lo primero que deberíamos visitar es la antigua iglesia barroca de los jesuitas transformada más tarde en catedral, de la cual salieron muchas de las ideas para decorar fachadas de grandes casas de la ciudad. El restaurador de La Habana, Leal Spengler, nos dijo: “Para mi la Catedral de La Habana forma, con su Plaza, uno de los conjuntos de más intensa significación en el corazón de la vieja Habana. La fachada del templo semeja un retablo pétreo, cuyas hornacinas quedaron vacías para siempre. El suave y ondulado movimiento de esa fachada resulta la evocación sin par de una era de auge y esplendor. Al alba y al atardecer, la luz otorga un suave y delicado color a los sillares, colmados de madreporas y conchas milenarias. Todo ello es como el alegre monumento que erigió a sí misma la ciudad marinera.”Hay muchas otras valiosas. Nuestra Señora de la Merced (Cuba esq. Merced), tiene un interesante medio claustro decorado con estatuas, y cuyo párroco debe estar alerta para que los santeros no celebren en ella sus ritos. Maria Auxiliadora, en la calle Teniente Rey. El Convento de Santa Clara, y la iglesia y convento de San Francisco, fines del siglo 16, luego remozados en estilo barroco; hoy la iglesia sirve de sala de conciertos, donde es posible escuchar la obra coral Misa Cubana, de Jose Mª Vitier, autor de la banda sonora de la cinta “Fresa y Chocolate”. Uno de las iglesias más curiosas es Nuestra Señora de Belén, ya restaurada, que era una de las dos en las que se mantenía el viejo derecho de asilo por el que los criminales que se refugiaban en ella no podían ser detenidos. En su interior se ha instalado un “avisador” de huracanes. Frente al puerto, se encuentra la bella sede neoclásica del Seminario Conciliar de San Carlos y San Ambrosio, el único donde hoy se forman sacerdotes.
Edificios históricos
Son varios centenares de edificios históricos ya restaurados. Entre ellos sobresalen algunos por su arquitectura, otros por su contenido actual, museos muy buenos o muy malos, pero la historia está en ellos, y el silencio resuena como en la colonia. Veremos plantas robustas y a veces raras en los patios, árboles testigos de la historia, y los característicos vitrales de La Habana antigua, simples y llenos de color. El estilo tropical mudéjar –mezcla árabe y española—se puede admirar en el interior de los palacios de los Capitanes Generales y de los Condes de Jaruco, de los siglos XVII y XVIII, que pueden ser tal vez los más meritorios. En el de los Capitanes Generales, uno de los grandes edificios barrocos, frente a la Plaza de Armas, está el Museo de la Ciudad. En la misma plaza, otro gran edificio, el palacio del Segundo Cabo, donde funcionara el Congreso. Muy cerca, en la calle Obrapía y Mercaderes, la Casa de la Obrapía, antigua residencia del marqués de Cárdenas, expone muebles y decoraciones de época. En la plaza Vieja se halla el palacio de los Condes de Jaruco, con las más imponentes columnas de La Habana. Y en la plaza de la Catedral se encuentra el palacio del Conde de Casa Bayona, sede del Museo de Arte Colonial. Un enorme y majestuoso edificio del siglo 20, que en los tiempos de Batista servía como Centro Asturiano, estuvo casi abandonado, y ahora, con restauración completa, aloja al Museo Nacional de Bellas Artes, con las Colecciones de Arte Universal no cubano. (Agramonte esq. San Rafael.) También interesante el antiquísimo Palacio de los Gobernadores (siglo 18) ahora museo con piezas antiguas, en la Plaza San Francisco. Junto al lugar donde se inician los 5 km del famoso Malecón está el túnel de la Bahía, que lleva a las colosales fortalezas que ayer custodiaban la entrada del puerto. Un conjunto restaurado que rivaliza con Cartagena de Indias y la Ciudadela Laferriere de Haití.Se trata delCastillo de los Tres Reyes del Morro, desde la cual se tiene la mejor vista de la ciudad, y la fortaleza de San Carlos de la Cabaña, del siglo 18. Soldados vestidos con uniformes de época disparan un cañonazo hacia el mar todos los días.
Plazas restauradas
La primera de todas fue la Plaza de Armas, del siglo 16, abandonada después de la Independencia, y restaurada en 1935, siguiendo imágenes de antiguos grabados. En ella hay edificios históricos, como el de los Capitanes Generales, luego palacio presidencial por corto tiempo (en uno de sus salones, Cuba cambió un amo por otro: pasó de la dominación española a la de Estados Unidos, en 1901.) Ahora, Museo de la Ciudad. Otros edificios: castillo de la Real Fuerza, la primera fortaleza; el Templete, neoclásico, del siglo 19, hecho para conmemorar la fundación de la ciudad y la primera misa celebrada en 1519; el restaurado Hotel Santa Isabel, ex palacio del conde de Santovenia, famoso por sus fiestas elegantísimas; el palacio del Segundo Cabo, antigua sede del Senado, joya del barroco cubano, hoy acoge editoras y librería oficial. Al frente, feria permanente de libreros. En esta plaza, de amanecida, la luz hace maravillas sobre las piedras color pizarra de los edificios antiguos y sus columnas. Plaza de la Catedral. Admiraremosla catedral, vagamente toscana, donde hay misas regulares (ver Templos); la casa del marqués de Aguas Claras, la más hermosa de la plaza, del siglo 18, como todas, donde a principios del 20 se instaló en ella el Café de París, luego un banco y ahora un café con terraza cubierta, donde hay actuaciones musicales; es un grato lugar turístico, con restaurante y buena vista de la catedral. Otras casonas: la de Lombillo; el palacio del Marqués de Arcos, una de las casas coloniales mejor conservadas, y la casa del Conde Bayona, hoy Museo de Arte Colonial. A pocos pasos, en calle Empedrada, funciona la Bodeguita del Medio, turística hasta lo intolerable. Plaza San Francisco. Fue siempre comercial y portuaria. Lo más notorio son la iglesia y el convento de San Francisco de Asís, del siglo 17, “barroquizados” en el 18. Es la segunda por su antigüedad y en ella vivieron los capitanes generales durante 30 años, en el Palacio de los Gobernadores, hoy abierto al público. Plaza Vieja. Del siglo 16, donde ricos comerciantes construyeron sus mansiones, muchas ahora restauradas. Excepcional es la del conde de Jaruco, hoy Fondo de Bienes Culturales, con colecciones de pintura. Admirables son las galerías, con arcos de medio punto y vidrieras de colores, en la plaza y sus alrededores.
Mercaderes y tentaciones
La renovada calle Mercaderes sirve para ver y disfrutar. Empecemos el recorrido en La Casa de las Especias de Marco Polo, entre Obispo y Amargura. Hermoso almacén que vende jengibre, curry de la India, y muchas especies secas. Al frente hallará la perfumería Habana 1791, decorada con vitrales, que produce esencias naturales de jazmín, azahar, tabaco, ilán ilán, violeta…, más esponjas marinas. Pregunte por aromaterapia y joyitas de la Congregación de Plateros San Eloy. Muchos puros excelentes puede comprar en el mercado negro, pero son un poco menos seguros que si se acerca a tiendas oficiales de esta misma calle, donde están La Casa del Tabaco y la Casa del Habano del hotel Conde de Villanueva (Nº 202). Prefiera Montecristo A, Partagás Lusitanias, Cohiba Espléndidos y Montecristo No 4, éste, el más barato de los cuatro. También se encuentra aquí el Museo del Chocolate (esquina Amargura, nombre tomado del Calvario bíblico.) Pida un jugo elaborado con cacao de Baracoa. En ron busque marcas no exportadas todavía, al menos no en gran cantidad, como Paticruzado, Legendario y Santiago. Cerámicas, junto a la Plaza Vieja. Música: en hoteles y tiendas de recuerdos y en la vecina iglesia de San Francisco (ver recuadro Templos).
Restaurantes
No es La Habana un sitio de fama gastronómica, salvo que se hable de la Bodeguita del Medio o de El Floridita –excelentes mariscos–, más turísticos que preocupados de la creación. El mayor interés puede estar en su comida criolla, aunque no se diferencia gran cosa de las otras Grandes Antillas y del resto de las islas del Caribe. El ambiente y la música de los restaurantes, sin embargo, los hace a menudo muy atractivos. En comida criolla destaca El Aljibe, y en cartas internacionales La Herminia, Dos Gardenias, El Tocororo y el Restaurante 1830. Éste, en especial, en un extremo del Malecón, es ya un clásico. Se inició con el nombre de 1830 como sucursal de La Zaragozana, fundada ese lejano año. Bellos balcones de madera, rejas antiguas, salones y vitrales reciben a los que buscan finos platos internacionales y también cubanos. Muchos hoteles tienen hoy servicio de restaurante de buen nivel, y en la Habana Vieja hay cocinas nuevas que empiezan a ganar quilates.
Hoteles de Habana Vieja
Unos 20 hoteles y hostales en antiguos edificios restaurados, varios en palacios coloniales, son parte principal de la oferta hotelera de La Habana Vieja. Conservan, en general, una intacta atmósfera de pasado, con servicio contemporáneo. Entre los notorios está el lujoso Santa Isabel, en la Plaza de Armas, y el más discreto y elegante Conde de Villanueva, dedicado al tabaco, en la calle Mercaderes. Interesante es también el hostal Beltrán de Santa Cruz, en San Ignacio, cerca de la Plaza Vieja, y el cercano Hotel Raquel, situado en un palacio que este año cumplió un siglo, ubicado en calle Amargura; tiene vestíbulo con columnas de mármol y cúpula art nouveau. En el palacio O’Farrill, del siglo 19, propiedad de negreros, funciona un hotel con 33 habitaciones de 3 estrellas. A la empresa Habaguanex pertenecen también otros hoteles importantes y confiables del sector histórico, como Ambos Mundos, El Mesón de la Flota, Armadores de Santander, Beltrán de Santa Cruz, Del Tejadillo, Florida, Los Frailes, San Miguel, Telégrafo y Hostal Valencia. HOTELES DE OTRAS ÁREAS. Meliá-Cohiba, en el residencial barrio de Vedado, es el más internacional de los cinco estrellas. El Inglaterra, inaugurado en 1875, es el hotel más antiguo, donde alojaran Churchill, la Mistral y Caruso. Saratoga Palace, un cinco estrellas famosos desde los años 30. Sevilla. Perteneciente a la cadena Sofitel, cuatro estrellas, este año cumplió un siglo luciendo esplendor colonial.
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