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Freud nos ayuda a viajar – Luis Alberto Ganderats
Freud nos ayuda a viajar

Freud nos ayuda a viajar

Siempre buscamos un cómplice para viajar sin culpas. ¿Le parece buen cómplice Sigmund Freud? Nuestro vicio de viajar, dice él, es culpa de otros. Somos inocentes. Se analiza a si mismo, y habla de su vida de niño más bien pobre y afligido. Viajar, dice, se parece al impulso que induce a tantos adolescentes a fugarse de su casa. “Hacía tiempo que me había dado cuenta que, en parte, el deseo de viajar consiste en el cumplimiento de esos deseos, es decir del descontento con la casa y la familia”. Cuando por primera vez se viven como realidades ciudades y países que durante tanto tiempo han sido objetos del deseo, explica, “se siente uno como un héroe que realiza grandes e increíbles hazañas”.

Este impulso puede tener una raíz psicosexual, una realización de fantasías infantiles. El mismo Freud fue psiquiatra sólo en segundo lugar. Primero que nada, un viajero. Un viajero estudioso, con una afición especial por los países de riqueza arqueológica. Confesaría que siempre leyó “más arqueología que psicología“. Roma le daba tanto placer que terminó asociándola con un “anhelo neurótico“. A ratos pareciera que atendía pacientes sólo con el propósito de juntar plata para embarcarse. “Quiero hacerme rico para repetir estos viajes. ¡Un congreso en suelo italiano! Nápoles, Pompeya…”, le escribe a su amigo el científico alemán Fliess. “Mi estado de ánimo depende también mucho de mis ingresos. El dinero es para mí gas hilarante.” Y no ganaba poco. En sus largos tiempos de terapeuta en Austria le bastaba un día de trabajo para pagar casi un recorrido de 15 días por Italia. (Cartas de viaje (1895-1923), Siglo XXI de España.)

Es a la vez un viajero exquisito como un turista del montón. Puede molestarse en la bella isla de Capri porque “pulula un horrible gentío“, y también lanzar monedas en la Fontana de Trevi. Le gustan los lugares donde lo alojan y alimentan “a cuerpo de rey”, pero estudia durante meses cada metro de los lugares que visitaría en sus viajes por ciudades antiguas. Como buen viajero, ya disfruta antes de partir: “…Si no se interpone nada, nos evaporamos, vivimos cuatro días como estudiantes, como turistas…” Y goza durante el viaje: “Es difícil tener una vida mejor”. He puesto en la maleta las Cartas de Viaje de Freud. Una página en la mañana y otra en la noche son dosis suficiente para enfrentar los peores sentimientos de culpa.