Explorando el Mar de Coral
Recorrimos el deslumbrante mundo sumergido y emergido de los corales de Australia. El gran editor de Fauna lo definió como “el medio más abigarrado, policromo, exaltante -y diríamos inconcebible- de cuantos puedan hallarse dentro y fuera de las aguas de nuestro planeta” Usamos embarcaciones con fondo de vidrio, equipos de buceo y observatorios submarinos, que nos mostraron el mejor rostro de Australia, el país del nunca acabar.
Excesiva, inquietante, resulta la calma. Nuestro avión parece colgar del cielo, inmóvil, como atado a un cable invisible. Abajo, muy cerca de nosotros, se estira la Gran Barrera de Coral, la más extensa del planeta. Parece una infinidad de lotos agrupados en islas verdinegras que apenas se asoman fuera del agua.
El lento Twin Otter permite que la docena de excitados pasajeros pueda observar la región con detenimiento. Air Queensland tiene pilotos especializados en estas rutas escénicas recorridas a baja altura. Por la calma cualquiera diría que nos quedaremos flotando para siempre sobre el Mar de Coral como una espora gigantesca.
Pero de pronto la espora da un coletazo. Alguien parece haber cortado el cable invisible, y hemos bajado bruscamente veinte metros en un segundo. Siento mi estómago en la garganta y cuando miro hacia dentro, varios pasajeros lucen verdes, amarillos. El auxiliar de a bordo sonríe, sonrosado. Sabe él que estas balsas de aire asustan, incluso pueden ser digestivas. Pero no matan. En el trópico los aviones suelen convertirse en toboganes y segundos después vuelven a colgarse –calmos- de ese cable invisible.
Verdaderamente hermoso resulta el espectáculo desde la altura, pero sigo pensando que este viaje por el norte de Australia puede convertirse en algo tan decepcionante como temí el día que me invitaron. Cuando por teléfono preguntaron si me interesaba viajar a Australia, estoy seguro de que en la otra punta del hilo se adivinaba mi sonrisa de oreja a oreja. Conocer la isla más grande de la Tierra -¡diez veces mayor que Chile!-; caminar por el mundo de los canguros, koalas y ornitorrincos; por el territorio de los buenos salvajes y sus búmerangs, por el escenario dramático del capitán Cook y contagioso del Waltzing Matilda, ha sido una aventura siempre presente en mis insomnios.
Llevo mucho tiempo esperando conocer Sydney, una de las ciudades más hermosas del Pacífico, con su edificio del Opera House (“parece un velero”… “parece una caparazón”; nadie se pone de acuerdo), acechando junto a la impresionante bahía de Nueva Gales del Sur. Y, por último, como estímulo me bastaba pisar los lugares de migración de tantos chilenos que llegaron llenos de esperanza (y no se defraudaron).
Tal vez por eso, la sonrisa de oreja a oreja se me congeló al escuchar en qué consistiría nuestro viaje: después de atravesar el interminable océano Pacífico -con escala en Hawái- ni siquiera aterrizaríamos en Sidney. Simplemente seguiríamos de largo por ¡2 mil kilómetros!, hasta una casi desconocida ciudad del extremo norte, en las orillas del Mar de Coral.
-Cómo se llama?
-Quéins.
-¿Y cómo se escribe?
-C-a-i.r-n-s. . Cairns.
-Ya, ya.
De Cairns, agregó, viajaríamos a algunas islas del trópico australiano. “Tienen playas blancas y aguas transparentes”. (¡Serán iguales a otras tantas del Pacífico!). Y para recorrer un poco el resto del enorme país dispondríamos de unos días solamente.
DIANA DE LUNA DE MIEL
Casi sin sentirlo hicimos el largo viaje hasta Cairns, y ahora en un pequeño avión de Air Queensland -colgado aún de su cable invisible- tenemos la proa dirigida a la isla Lizard. Durante dos horas y media navegaremos por sobre la Gran Barrera de Coral, que termina en Papúa-Nueva Guinea, la isla de Perro Mundo, cuyas montañas visitaré en las próximas semanas.
Tras una hora de vuelo, he comenzado a comprender un poco mejor esta invitación que parecía inexplicable. Desde el aire, el color turquesa de las aguas y los arrecifes oscuros ofrecen un espectáculo plástico distinto a cualquier otro que haya visto antes en los océanos.
Pero no es esto lo que más nos abre el apetito.
Tampoco algo que se nos ha recordado: en Lizard vivieron días de su luna de miel la princesa Diana y el príncipe Carlos. Es un atolón privado, tiene mil hectáreas y recibe un máximo de veinte visitantes al día. La mayoría de ellos llega a su pista de aterrizaje construida en medio de la jungla tropical; otros, tripulando yates de las mil y una noches sobre el mar. Uno de esos yates llevó a Carlos y Diana, y ya hay un islote frente a la playa principal bautizado con el nombre del eventual próximo monarca británico. En ese solitario islote él conoció muy íntimamente la tierna y cálida forma de amar que tienen los peces coralíferos avecindados en sus orillas. Tampoco es esto lo que nos abre el apetito ni lo que nos tiene absortos. Nos interesa la Gran Barrera.
Es la mayor construcción hecha por seres vivos en todo el planeta. Esta construcción tiene 2.400 kilómetros de largo y es obra de unos individuos llamados pólipos, entozoos o corales. Una sola isla solitaria producida por ellos representa un trabajo constructivo superior a todo lo hecho por la especie humana desde que existe, si lo vemos en términos comparativos.
PAISAJES NO COMPARABLES
Bajo el agua, cerca del islote Príncipe Carlos, tendremos muy pronto la visión personal de este mundo que se anuncia extraordinario.
“En el mar no hay paisajes comparables a los del mundo del coral”, escribió poco antes de morir ese inagotable viajero autor de la serie Fauna, Félix Rodríguez de la Fuente: “El explorador de estos mares”, dijo, “tiene ocasión de integrarse, quizás, en el medio más abigarrado, policromo, exaltante —y diríamos inconcebible— de cuantos puedan hallarse dentro y fuera de las aguas de nuestro planeta”
Bajo estas aguas transparentes y junto a las islas de arenas blancas hay mucho más que un lugar de diversión para las vacaciones post nupciales. Hay una historia que tiene millones de años más que la historia humana. Tal vez por dicha razón -soberbia pura- los hombres olvidamos con tanta facilidad este fenómeno de la naturaleza.
Ahora nos esforzaremos por ver no lo que no se ve; por comprender.
Ningún deseo por comprender y, en cambio, muchas ganas de esponjarse sobre la arena es lo que nos domina a todos cuando el avión aterriza casi junto a la playa grande de Lizard y su hermosa hostería. Poco rato después, los más impacientes ya estamos en camino a una pequeña construcción donde los visitantes autorizados pueden escoger libremente balones de oxígeno, trajes especiales y todo lo necesario para bucear en los arrecifes vecinos.
Estamos 95 kilómetros al norte de Cooktown, la última ciudad australiana, y estos arrecifes son considerados los mejores de cuantos hay en los 2.400 kilómetros de la Gran Barrera.
Moss Hunt, a cuyo cargo se encuentra Lizard Island, se pone a disposición de los periodistas que hemos sido invitados. Su experiencia y compañía servirán a quienes aspiramos a bucear sin riesgo ni pérdida de tiempo por la comarca acuática de los corales. Al poco rato -ataviados como astronautas de fiesta- iniciamos la exploración del espacio interior de la Tierra.
BUCEANDO EN EL JARDIN
Vean ustedes el mundo al que acabamos de llegar. A pocos metros de la orilla se inicia un asombroso jardín acuático. Con señas y gestos, Moss Hunt nos va mostrando los corales. ¡Nadie podría clasificarlos! Vemos una pluma, y es coral. Tropezamos con las ramas de un gran arbusto color violeta, y es coral. La mano nos muestra algo que parece un enorme cerebro humano o un curioso ikebana vibrante, ¡y son corales!
Pasamos las manos sobre ellos, no sin cierto recelo. Al tacto ofrecen la sensación de ser huiros o badanas empapadas. Pero se trata de animales, diminutos animales agrupados. “Así son cuando están vivos”, nos ha dicho Hunt.
Cuando mueren no hay menos diferencia que entre una bella mujer viva y su esqueleto ya carcomido por el tiempo. Desaparecen flores, arbustos, ikebanas, cerebros monumentales. Sólo quedan restos más o menos informes.
La estructura calcárea es el caserón o pedestal común que construyen los corales para protegerse. Como se trata de seres muy frágiles y pequeños, producen una sustancia semejante a la de las rocas (de cal), y con ella, entre todos, dan forma a esa fortificación.
A veces la fortificación es flexible como un huiro. Otras, rígida y voluminosa. Adopta formas que juegan con la imaginación del hombre. Hay 2.500 especies distintas, a lo menos, del Ártico al Antártico. Unos seres diminutos forman la parte viviente. Tienen la forma de una flor extraña, con un tallo muy grueso y muy corto, y pétalos pequeñitos, que son tentáculos apropiados para atrapar su alimento. Por sus colores pareciera que el camino de los corales pasara por medio del arcoíris: amarillos, verdes, azules, blancos, marrones.
Durante millones de años, sus esqueletos calcáreos se han ido acumulando en ciertos sectores de los mares, hasta convertirse en monumentos al asombro. Las montañas de esqueletos alcanzan alturas seis o siete veces mayores que el Empire State, y en muchas zonas (como en la Gran Barrera) forman auténticas cordilleras. Hay casos extraordinarios. En las islas Marshall de la Micronesia -no muy lejos de aquí- existe un atolón coralífero cuya superficie es casi tan grande como la provincia de Valparaíso: 2.175 kilómetros cuadrados y se llama Kwajalein.
Vivos o muertos, los corales se han propuesto asombrar al hombre.
REBAÑO PREDILECTO
Agotados por las emociones y la tensión, buscamos descanso sobre un área coralífera casi sobresaliente del agua. Parece una roca plana llena de pequeñas algas. Moss Hunt, que se ha paseado con nosotros bajo el agua como si fuera su parcela de Buin, promete responder a nuestras muchas preguntas cuando la sobremesa del almuerzo nos deje tiempo para gráficos y consultas. Lo más asombroso de todo, dice es el proceso de formación de los atolones o islas coralíferas. Tienen miles de metros de profundidad.
Siguiendo aguas superficiales -tras breve descanso- hemos reanudado nuestro buceo. Hunt nos quiere mostrar ahora su rebaño predilecto, los peces, crustáceos y moluscos. Nos sobrecoge el silencio casi perfecto qué nos rodea bajo las aguas. Y la sensación de sentirse en un mundo ajeno crece porque los volúmenes y las distancias sufren aquí grandes distorsiones.
Hay que aprender a ver y a oír. A contener las emociones (además), ya que el espectáculo se hace alucinante. Por momentos pareciera que en sueños nos hubiéramos empequeñecido hasta caber dentro de esos acuarios multicolores que asombran a los niños. Entre esponjas, corales y algas participamos de un desorganizado desfile, con cardúmenes desmesurados, peces con trajes a rayas que parecen soldados medievales, peces mariposas volando bajo las aguas, sardinas jaspeadas y en tornasol, solemnes peces panzudos y muchas frágiles miniaturas, peces payasos que divierten con su ropaje chillón (otros inconsolablemente negros), y truchas cuyas colas sorprendentes imitan en forma perfecta la luna menguante.
Afuera el sol brilla.
Sólo en este recodo del Pacífico transita mayor variedad de especies que por todo el Atlántico: casi 700 variedades, algunas con coloridos tan inconcebibles que los llaman papagayos, arcoiris, picasso… Es una verdadera cortina de peces.
VISITA A UN FARSANTE
Hunt ha llenado de color su voluminosa cámara fotográfica submarina. Focos potentes alimentados con baterías ponen luz donde hay oscuridad o cuerpos opacos.
-¿Es puro capricho esta abundancia de peces coloridos?
-De ningún modo. Esos son colores de guerra, o colores de amor- dice.
Y lo demuestra durante el recorrido siguiente. Sabe con toda exactitud dónde se encuentran determinadas especies, pues ellas se apoderan de un lugar y lo reservan para ellos, como los leones en la selva africana. Son peces territoriales porque defienden su territorio como cualquier animal terrestre. Y como aquí la comida abunda y el agua es acogedora, son muchos los que buscan un espacio donde vivir.
De ahí vienen los conflictos y esos colores de guerra.
Lentamente, los peces han ido adquiriendo formas y pigmentos llamativos para diferenciarse con nitidez de los otros, reconocer y expulsar al extraño que invade sus territorios. Y como viven muy aglomerados, las mutaciones y la selección natural hacen cada día cosas más extraordinarias para fabricar trajes diferentes.
Ha facilitado este fenómeno cromático la gran sensibilidad visual de los peces coralíferos y la luz magnífica de estos mares. También ha hecho lo suyo el instinto de conquista sexual, ya que el macho atrae con su colorida extravagancia.
Nuestro guía nos lleva de visita al área en que vive uno de los productos más refinados de esta adaptación a un área de guerra. Tiene apariencia inofensiva, diría que insignificante.
Es un gran simulador.
Lo vemos llegar nadando pausadamente, bailoteando en forma simpática, como si anunciará buenas intenciones. Con una línea negra que lo cruza de cabeza a cola, y con escamas de colores delicados, parece gemelo de un pez inocente llamado Limpiador. El Limpiador se alimenta de los parásitos y excrecencias de los más grandes, y ellos, entonces, le permiten acercarse e incluso qué se introduzca en su bocas, para que los libre de parásitos. De este salvoconducto se ha aprovechado un farsante, cuyo nombre es Falso Limpiador. Lentamente se ha ido mimetizando con él, aprendiendo incluso sus meneos y menequeteos.
El farsante parece un pejerrey amarillento y no resulta difícil seguirlo en sus maniobras. Á tres metros de distancia -semiocultos tras una masa de coral-, observamos que se acerca a un mero, juguetea a su alrededor durante unos minutos y sorpresivamente le mordisquea una aleta y huye con la velocidad del láser.
Las aletas de pescado son su plato favorito.
Este ser -nos diría Hunt- tiene un nombre respetable, como muchos frescos de la especie humana: Aspidontus taetanius.
En tres horas hemos asistido apenas a una sinopsis de lo que será nuestro recorrido por el Mar de Coral. Nuestro guía interrumpe buceos y zambullidas. En la hora de almuerzo procura explicarnos algo de lo que ya tiene explicación en este extraño mundo. Y luego nos prepara para otra etapa. Navegaremos hasta Green Island y Dunk Island, más cerca de Cairns hacia el sur.
ALMEJAS COMO TERNERAS
Muchos viajeros prefieren Green Island por sus bañistas a pecho descubierto que buscan el “negro integral”. Pero la mayoría llega de todo el mundo a contemplar otros animales extraordinarios. Estos se ven desde su Observatorio Submarino, único en la Gran Barrera, lugar de privilegio para conocer en su ambiente algunos de los seres más sorprendentes producidos por la naturaleza. Almejas del tamaño de una ternera por ejemplo, con más de 200 kilos de peso y comestible. Muchos las acusan de haber provocado accidentalmente la asfixia de exploradores descuidados. Al cerrar las dos piezas de sus conchas habrían atrapado brazos o piernas impidiéndoles regresar a la superficie.
Ahora las conoceremos.
Tras 45 minutos de navegación desde Cairns (centro de nuestras operaciones), nos estamos enfrentando a una de las tantas islas paradisíacas que ofrece el Pacífico y que han mosqueado las propagandas turísticas. Muchos seres humanos no esperan de la vida más que la paz, paz rodeada aquí de colores intensos y en un clima tibio. Otros, sin embargo, salen huyendo a los pocos días; les molesta la belleza relajante, les inquieta la quietud.
Green Island no cansa pronto, me han dicho, y no perturba a los inquietos. Apenas llegamos descubrimos la primera de las razones: existe una flota de embarcaciones con fondo de vidrio transparente para asomarse al siempre cambiante mundo del coral (y sin meter un dedo al agua). Por otra parte, su Observatorio Submarino ofrece una ventaja adicional: permanece quieto en medio de los arrecifes, y así los peces y crustáceos desfilan sin temor.
Ninguna de las admirables películas de Jacques Cousteau podría repetir la emoción del cara-a-cara que ahora vivimos. Nos ha bastado descender por una estrecha escalera de metal para ingresar al observatorio bajo el mar. Pesa setenta toneladas, está hecho de acero y por sus 22 ventanas como ojo de buey se pueden observar los animales acuáticos que viven completamente libres en el Mar de Coral.
Cada minuto ofrece una visita distinta, a veces inesperada.
En nuestras narices, una almeja monumental abre pausadamente sus valvas, muestra dos labios azules y un color rosado en el interior de su enorme concha bivalva. Luego se cierra con extrema lentitud, produciendo un cierto estremecimiento a los que observamos, aunque se alimenta de plancton y es inofensiva. Sus desmesuradas dimensiones -más de un metro de largo- la harían personaje infaltable en cualquier pesadilla infantil.
En Green Island -reserva marítima oficial- y en otros lugares del Pacífico caliente, vive esta almeja conocida con el nombre de tlacobo (Tridacna gigas). Es la más grande de las 10 mil especies de moluscos bivalvos existentes en el planeta. Semejante al mejillón y a la ostra, habita en las grietas coralinas y sobre los fondos arenosos, casi inmóvil gracias a su peso. Las mayores alcanzan a los 250 kilos y al metro y medio de largo. Aquí hemos logrado fotografiar ejemplares de un metro de largo, y con unos dos siglos de vida.
CORALES EN LA NARIZ
No sólo estos colosos se hallan cerca de las ventanucas del observatorio. También podemos ver con detenimiento los pólipos diminutos del coral. Estos antozoos se distinguen por sus pequeños tentáculos, que rodean el único agujero que poseen. Se trata de un agujero de uso múltiple. Por él ingieren su aliento, expulsan sus deposiciones y segregan el carbonato de calcio con el cual forman el esqueleto calcáreo comunitario y han hecho obras de ingeniería admirables.
Otros pólipos, no coralíferos, alcanzan mayor tamaño, y se puede observar con facilidad su sencilla estructura. Su cuerpo cilíndrico semejante a una gruesa y corta cañería culmina en tentáculos muy movibles que parecieran ocultar una cabeza. ¡Pero son animales sin cabeza! Muy primitivos.
Predominaban en los océanos hace 350 millones de años. El primer hombre surgió -vale la pena recordarlo- hace sólo cinco millones, de acuerdo a estimaciones científicas. Y mientras este ser inteligente hace todo lo posible por extinguirse, hay 2.500 especies de corales -¡sin cabeza!- que viven sin más amenaza que las ajenas. Así lo explica el gerente del Observatorio, Paul Siegel:
–El hombre es el peor enemigo de los corales. Colecciona conchas de tritones, los cuales se alimentan de estrellas de mar consumidoras de corales. Así ha producido graves desequilibrios. Una de esas estrellas, la Acanthaster, devoradora de pólipos vivos, se multiplicó peligrosamente. Hemos debido cazarlas con rifles acuáticos o envenenarlas, para salvar la Gran Barrera de Coral. Otros han criado artificialmente tritones, en procura del equilibrio. Se supone que el peligro quedó conjurado antes de que fuera incontrolable.
Hermosísimas estrellas de mar color azul pizarra hemos visto bajo las aguas que rodean Green Istand. Son inocentes. Aparecen repartidas aquí y allá, entre corales, almejas gigantes, cardúmenes en tecnicolor, esponjas y extraños moluscos. Los vemos a través del piso de vidrio de la embarcación que nos lleva en una excursión extraordinaria.
A diez metros de profundidad, aún son visibles pequeños peces y esas estrellas color cielo, Las formaciones de coral adquieren por momentos una belleza arquitectónica espectacular, una dimensión inconcebible, como lo dijera el ya citado autor de la serie Fauna. Si no existiese la fotografía ni recursos modernos para explorar los mares coralíferos, sólo un pintor afiebrado podría imaginar parajes como éstos.
Dentro y fuera de las aguas de nuestro planeta -como se ha afirmado- no hay nada parecido a ellos.
Las fotos de estas páginas nos ahorran más descripciones y adjetivos.
Seguiremos por otras islas y atolones, entre playas y bañistas rubias (buscando el negro), por hoteles ocultos entre las palmeras. Luego nos llevarán a la Australia de los canguros, del Opera House, de los búmerangs y de los grandes misterios de este país del nunca acabar.
Aquí podría acabar nuestro viaje, sin embargo, y haríamos el regreso con los pulmones llenos. La emoción de destapar y recorrer este acuario prodigioso entusiasmaría a un millonario deprimido.
A nosotros nos tiene deslumbrados.
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