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En la Isla del Amor no se salva nadie – Luis Alberto Ganderats
En la Isla del Amor no se salva nadie

En la Isla del Amor no se salva nadie

Por estos días en que renace el invierno europeo, Bled es a la vez la Isla del Amor Ardiente y la Isla del Amor Congelado. Muchos novios de todo el mundo llegan a la minúscula Eslovenia, al lado de Italia y de Austria, para casarse en un templo de elevado campanario, llamado Iglesia de la Asunción, en medio de un lago de cuentos. Requisito para el éxito matrimonial es que el hombre lleve en brazos a su doncella en toda la ascensión –casi dije asunción– por una escalera interminable. Al llegar, el enamorado debe conservar fuerzas para hacer cantar una campana. El lago se encuentra a 50 kilómetros de la capital, y a la isla se accede en bote; y si el invierno está crudo, sobre patines de hielo, o en trineo. Muchas parejas se van luego al Mediterráneo para tomar un crucero de salmón y caviar. Con razón, Bled es, para tantos, la isla universal del amor a toda prueba. Un tipo de amor, claro, que ha perdido musculatura en las últimas décadas. Bled parece el test que los nuevos novios necesitan, pues hasta el lago tiene la forma de perro fiel, y la isla parece su corazón. Para llegar a la hermosa capital nacional, Ljubljana o Liubliana, los novios pueden tomar un tren en la italiana Trieste, en Croacia o Austria.

Vale la pena ir. No he visto mucha gente en el mundo como la de Liubliana. Antes de las 6 de la mañana, completamente a oscuras, nevada, con varios grados bajo cero, llenan sus calles con un ajetreo como el del mediodía en un mall. Su espíritu ha hecho de esta antigua república yugoslava una nación ejemplar. Como perteneciera por siglos al mundo de los Habsburgo y el Imperio Autro-Húngaro, es hermana de Praga, de Viena, de Budapest, de Transilvania. Centroeuropea hasta la médula. Una hermana menor, claro, de apenas dos millones de habitantes, bastante más pequeña que la región de Coquimbo, aunque enteramente admirable, tanto si trepamos a los Alpes Julianos como si tocamos su minúscula costa sobre el Mediterráneo.       Luego de un plebiscito, en 1991 se declaró independiente. Fue la  primera que se atrevió  en la antigua Yugoslavia, aunque el héroe nacional no es un guerrero, es el constructor de ciudades Joze Plecnik. Estudió arquitectura en Viena, la enseño en Praga y volvió a su natal Liubliana en los años 20 del siglo 20. Durante más de tres décadas no hizo otra cosa que llenar de belleza a una ciudad mustia y dañada. La planificó y remodeló. La protegió del río. Relucen hoy sus edificios del estilo sezession o modernismo vienés, y su arquitectura barroca de raíces italianas. Los novios que van rumbo a la isla de Bled se inflaman aquí de romanticismo, y al llegar a su destino descubren que en los bosques alpinos domina el rojo, el color de la pasión. No se salva nadie. Y el amor les dura -como le he escuchado decir a Delia Domínguez- incluso después que a uno de los dos “le entra el fallecimiento.”