Elogio de la intolerancia

Abandonamos Estambul, hace ya largos años, haciendo un comentario tan sincero como apresurado: “Si alguna vez nos perdemos, no nos busquen en Turquía.” Nos pareció irritante la manera de regatear en los bazares, o “pazares”, como dicen los turcos. Pero conocíamos poco aún de su territorio y menos de sus rincones. Sobre todo, no imaginábamos la sorprendente Capadocia, donde se vive, se medita y se goza metido en agujeros cavados en la piedra blanda volcánica. Hoy podríamos decir que si alguna vez nos perdemos en Turquía será mejor que no nos busquen: estaremos disfrutando a mil en Capadocia, y si tomamos en cuenta sus millones de túneles y otras perforaciones será tan difícil saber de nosotros como atrapar a Osama bin Laden en los vericuetos de Afganistán.
Quien quiera visitarla debe viajar 760 kilómetros desde Estambul al oriente, hasta los valles de Ürpüg y Göreme (fotos). En sólo tres días, sin apuro, recorrerá uno de los parajes más perturbadores de la Tierra, en un tramo de la mítica Ruta de la Seda. Son 37 ciudades subterráneas abandonadas, que pueden tener hasta 20 niveles bajo tierra. También, muchísimas casas-cuevas hechas hace 15 siglos, y templos y monasterios bizantinos ocultos a 50 metros bajo la superficie. Aquí vivió un millar de comunidades cristianas en tiempos de dura intolerancia. Ahora existen hoteles para acoger al turista curioso. Los hay pequeños y de decoración básica, y algunos que no dejarán descontento a un emir de vacaciones, pues tienen televisores de plasma, jacuzzi, baño turco, tinas de mármol, duchas con puertas de cristal, sábanas bordadas con hilo de oro, camas hipoalergénicas y ricas alfombras de tres nudos.
Este mundo impensado se explica por las guerras entre cristianos y romanos, entre cristianos y musulmanes, y también por las disputas entre grupos cristianos que pensaban diferente. Algunos se dedicaban a destruir cualquier representación de Jesús, de María o de los santos, por considerarlos contrarios a la buena doctrina. Viviendo bajo tierra, los partidarios de esas imágenes podían celebrar sus cultos sin limitaciones. En nuestro siglo 21 hay miles que siguen prefiriendo esos habitáculos perforados en la piedra, para huir del frío o de los calores sofocantes. En su búsqueda llegan los buenos viajeros. Ningún esfuerzo que hagamos es mucho. Se trata de una pequeña región dentro de Capadocia, y basta recorrer unos pocos kilómetros entre media docena de pueblos para quedar con los ojos inundados de asombro al pisar el valle de Göreme y los lugares en su entorno, Avanos, Vevsehir y Ürgüp, y otros más distantes como el pueblo de Cat, en la carretera a Sahinefendi. Sus nombres dicen poco, pero darán enorme placer. No es la primera vez que se nos escapa el entusiasmo al hablar de estos escondites de Turquía. Hoy daremos un paso más al agregar una confesión sincera, a pesar de los horrores anacrónicos que hoy se viven en Medio Oriente: aquí dan ganas de agradecer la intolerancia religiosa. Gracias a ella existe Göreme.