El Tibet y los miedos

Fue como si una gran mano de Buda hubiese juntado los hechos. El 5 de agosto, en China se decretó que desde esa fecha es ilegal todo intento de designar, o identificar, a un nuevo Dalai Lama, sucesor del Patrón espiritual del Tibet. El mismo 5 de agosto se publicó en nuestras páginas un reportaje a Ladakh, el llamado Pequeño Tibet de la India. Es una bella región que ha servido como refugio a seguidores del budismo tibetano desde que al actual Dalai Lama se le impidió entrar al país y pisar Lhasa, la capital. Eso ocurrió hace 48 años. El decreto que elimina al futuro Dalai Lama, claro, parece tan inútil como desmesurado. Nadie doblega una fe tan vigorosa. Menos ahora, cuando el régimen comunista empieza a tomar el camino del sistema de mercado, se aleja sin pausa de la ortodoxia marxista, multiplica la propiedad privada y deja atrás -casi relegados al folklore- los años ciegos de la llamada revolución cultural. Los procesos de cambio piden tiempo, especialmente en China. Pero la oxigenación seguirá: el próximo año se celebran los Juegos Olímpicos de Beijing, y el 2010 la gran Exposición Universal de Shanghai. Ya nadie puede detener los cambios.
Aún más inútil parece el decreto sobre el futuro Dalai Lama cuando se viaja por la modernísima línea ferroviaria que -perforando las nubes sobre las montañas- une por primera vez el Tibet con Beijing. Fue inaugurada hace un año. El propósito obvio de la vía es fundir estos dos países, que forman uno solo desde 1951. Muchos exiliados la rechazan. Pero esta nueva senda política y turística abrirá inevitablemente el Tibet al viajero independiente, y es posible presumir que en años no muy lejanos, un nuevo Dalai Lama se moverá sin control entre ambas capitales. La tolerancia religiosa debería entrar con la misma fuerza con que han penetrado la economía de mercado y la cultura de Occidente. Es lo que espera el actual Dalai Lama, quien, en una entrevista que sostuvimos hace un tiempo, lucía optimista. Me dijo: “¿Ha visto usted los despojos que quedan de las muchas murallas chinas? Las derrumba el tiempo. No hay barreras capaces de detener las ideas, menos aquellas que contienen una riqueza espiritual y sobrenatural como las del budismo tibetano.”
Lo anunció con seguridad -no hay futuro sin esperanza-, y a la vez con una actitud mansa, propia de los seres superiores. El anacrónico decreto de Beijing es una confesión escrita de sus propios temores, de su fragilidad política. Pronto, budistas y viajeros podremos ir al Tibet sin control policial, y en Lhasa visitar el vieja palacio Potala, donde antes viviera el Dalai Lama (foto).