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El puente Carlos y una obsesión – Luis Alberto Ganderats
El puente Carlos y una obsesión

El puente Carlos y una obsesión

Raro fue lo que me ocurrió cuando en TV5Monde dieron la noticia: “Tres años durará la restauración del puente Carlos.” ¡Tres años! Lo sentí como una condena de privación. Volver a recorrer el puente de Praga ¿es algo obsesivo de alguien que va de salida por la vida? ¿O un simple deseo de quien siente que le sobra entusiasmo para seguir recorriendo mundo? Ninguna de las dos cosas. Está lejos de mis planes volver a pisar esas piedras para luego sumirme en un sillón a saborear los recuerdos. Nada de eso. Quiero seguir sumando partidas y regresos. Pero Praga es la ciudad que ha llevado más lejos mi entusiasmo. Me ha parecido la más romántica de todas, una prodigiosa casa del hombre. Y de ella, el puente Carlos es su insignia. Recorrer otra vez esos 500 metros, como si avanzara por la historia medieval y el gótico, satisface un apetito que nunca acaba.    

Al escuchar que será restaurado durante tan largo tiempo me pareció que alguien clausuraba un distrito de sueños. Pero estaba equivocado. Nadie puede privar a Praga de su corazón. El puente permanecerá abierto mientras los trabajos se hacen en las bases y el parapeto, se restauran las protecciones contra el agua encabritada del Moldava, se mejoran la ventilación, las redes eléctricas, la iluminación a gas. Cuando quiera (y pueda), entonces, podré visitar el puente enfermo. Verlo un poco melancólico, como siempre; pero encontrar su mirada prometedora, llena de siglos, propia de los médium, esos puentes humanos que sirven para llegar al extramuros donde viven los espíritus.

Claro. Es de ciegos pensar a Carlos como un puente y no como un médium. Es mezquino presentarlo como una obra de arte. Si lo recorremos, sin multitudes, de madrugada o media noche, entre neblinas, es pura metafísica: difícil de entender,  oscuro y luminoso a la vez. Sobrenatural. Siempre nos hace la promesa de que algo grande está por revelarse. En julio se contaron 650 años desde el inicio de las obras de construcción, y en sus muchos días y noches su piedra se ha ido transformando en nebulosa, en espíritu, como si imitara a los artistas y caminantes que llegan y no quieren seguir camino. Prefiero creer que su dulce carga poética tiene que ver con quienes lo imaginaron: eran dos alados jóvenes de la Europa del gótico tardío: un arquitecto de 27 años, Petr Parlér, quien también dio forma a la magnífica torre gótica que corona el puente en su extremo más antiguo, y Carlos, un emperador apasionado de 30 años. Por eso, tal vez, al cumplir siglos el puente sigue siendo refugio de almas adolescentes.