El mundo Bóer
Festejo y drama en Sudáfrica
En un tren de super lujo recorrimos el duro escenario de la Guerra de los Bóers, que terminó hace 120 años, donde aún se venera a la reina Victoria y se recuerda la cosecha de toneladas de diamantes. Terminamos buscando leopardos en un Land Rover y alojando en cabañas del Singita, uno de los hoteles soñados del mundo.
Texto y fotos: Luis Alberto Ganderats, desde Ciudad del Cabo, SudáfricaVa galopando el Land Rover por una huella de tierra, tomando las curvas como carro de montaña mágica. Nos avisaron por radio que dos leopardos se han dejado ver a minutos del camino. El ranger avisó: “Afírmense; vamos a correr”, y el vehículo se puso a saltar sobre un camino lleno de vueltas. Pero lo que salta más es el corazón. La emoción de la aventura se siente fuerte. Felicidad pura. Dicen que la vida es una carrera de aguante, y que en el mejor de los casos ganamos por puntos. Hoy, sin embargo, parece un día de nocaut, de gran festejo. El sol está muriendo y nosotros, iluminados, porque hemos visto un bello leopardo, tan cerca que escuchamos su respiración. Cuando desaparece entre los arbustos, partimos tras una manada de elefantes que la noche ha convertido en siluetas sobre un horizonte amarillo y naranja. Los que vamos en el Land Rover hemos quedado en silencio. Cuando el Hombre regresa al lugar de donde viene ¿se le acaban las palabras?
Aquí he hallado otro placer, comparable a esta carrera por la sabana. Es la paz que se siente en las cabañas del Singita Ebory Lodge. Parece el escenario histórico de los grandes safaris de caza que alguna vez vimos en el cine. En los últimos años este hotel sudafricano junto al Kruger –parque que lleva el nombre de un presidente bóer– ha sido seleccionado más de una vez por los lectores de la revista especializada Travel+Leisure como el mejor del mundo. Hay paz, pero una paz ligeramente inquietante, porque se me han juntado el placer y el temblor ahora que un guardia armado de rifle me condujo hasta mi cabaña y me ha dejado sin más compañía que la incertidumbre.
La escolta armada es requisito por la noche, cuando los animales peligrosos salen en busca de algo para echarse a la boca. No hay alambradas ni verjas que los detengan. A lo lejos se escuchan graznidos y de vez en cuando gritos de animales que habitan las 18 mil hectáreas del Singita, muy próximo a las fronteras de Mozambique y Zimbabwe. Aunque la cabaña se levanta en una pendiente sobre el río Sand, grupos de monos juguetones suelen llegar en busca de comida. La piscina de la cabaña tienta a todos, pero pocos pueden pagar los 2.400 dólares por noche, incluyendo comidas y safaris. Estoy aquí sólo por privilegios del oficio.
Antes de sumergirme en la piscina, me doy un baño tibio en la tina victoriana con patas, rodeada de cristales, que mira hacia el río y a la piscina. La forma en U de la cabaña permite observar desde la tina el salón de la suite y un iluminado rincón con té inglés, café y delicada vajilla. En otro rincón –al final de una sala de vestir—se oculta un segundo baño. La bella piscina se hunde en una terraza de madera, que tiene solarium y cómodos sillones. Una chimenea de doble cara entibia la sala-biblioteca y el dormitorio, que parecen alcanzar los cinco metros en su parte más alta.
Demasiado espacio para estar sólo y obligado a dormir, todavía excitado por el safari y cuando los sonidos de África perforan los vidrios. Observo cuidadosamente cada detalle. Todo luce estrictamente colonial inglés, con algunos textiles africanos. Finalmente aprieto diez botones hasta dejar la cabaña a oscuras. Cerca de aquí, en el Selati Camp, durmieron, no hace mucho tiempo la reina Sofía de España y el rey-cazador Juan Carlos I de Borbón. Usaron la suite Ivory, estilo siglo XIX, con románticas lámparas de aceite, cama con baldaquino, obras de arte, terraza privada y chimenea, y un espléndido baño decorado con alfombras persas. Entre almohadones y sábanas de hilo, como un maharajá de vacaciones, me duermo, sonriendo.
Ya tengo otro nombre para darle al paraíso. Estoy culminando aquí un viaje para seres afortunados que empezó en el Grace Hotel de Ciudad del Cabo, junto a otros invitados, con Adriana Frugone, representante de Southafrican Airways, como anfitriona principal. En los dos días anteriores vivimos una experiencia que no admite definiciones fáciles. En los nostálgicos carros del Rovos Rail, “el tren más lujoso del mundo”, según su repetido grito de combate, hay todo lo necesario y nada de lo superfluo produce sentimientos de culpa. En el salón-comedor, los 32 pasajeros pueden cenar juntos, vistiendo esmoquin y traje largo, o tenidas estrictamente formales. Los camarotes Royal Suite ocupan casi medio vagón, con camas de dos plazas y baños completos; los vagones de uso común lucen espesos cortinajes, y desde ellos es posible observar el paisaje, conversar o leer. Se trata de un larguísimo convoy con locomotoras y carros antiguos o de apariencia tradicional. Algunas estaciones lucen igual de elegantes y rigurosamente británicas. Parecen salones de un cinco estrellas. El tren promete el goce perfecto. Ya sea para un viaje de dos días, como el que hicimos, atravesando casi toda Sudáfrica, entre Ciudad del Cabo y Pretoria, o más aún para los que deciden cruzar todo el continente, para llegar a Egipto, viajes que Rovos Rail ofrece regularmente.
Pero ya se dijo que ésta ha sido una experiencia que no admite definiciones fáciles. A bordo de un tren tan placentero recorrimos un escenario dramático. En él se desarrollaron las guerras y guerrillas bóers, a partir de 1880, con unos 75 mil muertos, tras las cuales se empezó a gestar un sistema de convivencia que en el siglo XX daría origen al Apartheid, donde el racismo alcanzó profundidades inconcebibles. Sabemos que los bóers –sudafricanos de origen holandés y alemán—fueron derrotados por los ingleses, que llegaron mucho más tarde, pero tenían de respaldo al poderoso Imperio Británico, determinado a asegurar su hegemonía en África, de extremo a extremo. Como consecuencia de esas guerras, hace 120 años fueron disueltas las dos repúblicas creadas por los bóers, y nació una sola nación, que se convertiría más tarde en Sudáfrica. Pero la derrota no hizo desaparecer a los bóers. Poco más tarde recuperaron cierta autonomía, y por ser más numerosos que los ingleses residentes, al celebrarse elecciones nacionales en Sudáfrica terminaron apoderándose del gobierno a mediados del siglo XX. Votando, recuperaron el poder que perdieron en la guerra, y añadieron los territorios de habla inglesa, partiendo por Ciudad del Cabo. Desde el poder, los bóers crearon el sistema del Apartheid, y hasta 1994 negaron el derecho a voto –y a casi todo derecho– a los habitantes negros, que representan el 80 por ciento de la población.
Estuve antes por aquí, en la época del Apartheid, cuando Nelson Mandela vivía prisionero en Pollmors, alejado ya de la isla de Robben, donde pasara la mayor parte de su largo cautiverio. Con 94 años cumplidos hace pocas semanas en su pueblo natal de Quru, el expresidente es un anciano enfermo retirado de la política. Lleva 22 años en libertad, menos de los 28 que pasara prisionero del gobierno bóer. Celebró su cumpleaños sin dejarse ver, pero el mundo verá su rostro para siempre en todos los nuevos billetes de Sudáfrica. Es un prócer universal.
A bordo del Rovos Rail avanzamos por el escenario de esas dos guerras bóers. También por lugares que, en esos mismos años, fueron estremecidos con la mayor locura por la explotación de brillantes que haya conocido la historia humana. Del recorrido nos quedaron muchos apuntes. Veamos algunos.
“Dejamos el magnífico Hotel Grace de Ciudad del Cabo y en el convoy del Rovos Rail empezamos a recorrer el extenso Gran Karoo. Es tierra de peladeros. Después de casi tres horas llegamos a lo que parece oasis, un pueblo de estilo victoriano, Matjiesfontein, que fuera refugio de los ingleses en su guerra contra los bóeres. Tiene un llamativo hotel con almenas de fortaleza medieval, que lleva –con razón—el nombre de Milner. Fue Lord Milner el peor enemigo de los bóers. Alemán de antepasados británicos, a principios del siglo XX terminó armando campos de concentración para bóers. Al frente del hotel, en un sencillo bar de aspecto londinense, sobresale un retrato de la reina Victoria. Aquí se le admira. Ya viuda a los 42 años, sostuvo con energía la guerra contra los bóers apoyada en su amado, el escocés John Brown. Victoria murió antes de conocer el desenlace del conflicto.
“Estamos en la mitad del camino cuando pasamos por la estación de De Aar, un lugar clave de la guerra, nudo ferroviario usado por las tropas imperiales, y por donde pasaba el artillado tren con diamantes entre Kimberley y Ciudad del Cabo. El pequeño pueblo tiene un Jardín del Recuerdo, homenaje a los ingleses muertos por los bóers. Pero lo más llamativo está en el aire: nubes de pequeños halcones vuelan sobre nosotros, y a la distancia hombres con alas parecen colgar de las nubes. Aquí se han batido récords mundiales en delta y parapente.
“Por fin llegamos a Kimberly, donde miles de hombres cavaron la tierra, casi siempre con chuzo y pala, buscando piedras preciosas. En casi medio siglo –desde 1871—extrajeron casi 3 toneladas de diamantes, unos 14,5 millones de kilates. El Big Hole llegó a tener unos 1.000 metros de profundidad, pero ha sido rellenado con tierra y agua. Hoy tiene menos de 300. Sobre él se ha instalado un gran mirador para turistas. Forma parte de un museo abierto con la maquinaria utilizada en la etapa más moderna de la explotación y reproducción de edificios de época. Un lugar raro en las afueras de Kimberly, una ciudad que sin duda olvidaremos pasado mañana.
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“A la salida de Kimberly se incendió el cielo: miles y miles de flamencos enanos volaban sobre un embalse, llenándonos de alegría y de fotos tomadas al ritmo del tren. Es lo último que nos sorprendió antes de llegar al fin de nuestro viaje, a Pretoria, que antes fuera capital de una república bóer y ahora lo es de toda Sudáfrica, como para demostrar que aquella fue una guerra inútil. La estación del Rovos Rail deslumbra por sus asientos mullidos, su elegancia y sus caobas. Otros pasajeros van hasta las cataratas Victoria o a participar de safaris fotográficos en el Kruger. Nosotros seguiremos viaje a las cabañas del Singita Ebory para dormir entre sábanas de 800 hilos, y a tratar de ver a los cinco grandes de la fauna africana… ¡La vida puede ser muy dura!”.