El dudoso gusto de los abuelos

Poco memorables son los museos de arte que podemos mostrar al turista extranjero. Y la razón es una: los grandes propietarios chilenos del siglo XIX no sabían de pintura y escultura. Con cruda franqueza, Domingo Edwards González, director de empresas y profesor de Historia del Arte, con estudios en el Louvre y en Columbia, nos dijo un día: “La generación de nuestros abuelos tuvo pésimo criterio para comprar arte. No es que gastaran poco, sino que compraban con un gusto catastrófico. Tenían una educación artística a nivel escolar. En Europa pudieron conseguir más gastando menos.”
Ellos estuvieron en París junto con los impresionistas, y pasaron a su lado sin verlos. Compraron obras sólo capaces de conmover a la sociedad de Santiago de entonces, eminentemente campesina. Coleccionista refinado, Edwards puso sus ojos críticos hasta en uno de sus abuelos. “Trajo a Chile telas de valor más que dudoso.” Y de su padre, Domingo Edwards Matte, dijo: “Compró cosas mucho mejores, pero más por intuición que por verdadero conocimiento. A medida que fue perfeccionando su colección, eliminó sus primeras telas, algunas con motivos históricos italianos que nada podían envidiar a los avisos de Jabón Flores de Pravia.” (Foto, aviso de la época) En las colecciones privadas chilenas del siglo XX existía una buena cantidad de obras meritorias, muchas de las cuales fueron sacadas del país luego del triunfo de S. Allende. Paradójicamente, el Museo de la Solidaridad que lleva su nombre –con obras regaladas por artistas universales—ha sido hasta mediados de agosto un suceso al exhibir parte de sus colecciones más valiosas en el Centro Cultural Palacio de La Moneda. Los otros museos sólo tienen colecciones notables de artistas chilenos, por las razones que nos diera Edwards. Éste coincidía en sus juicios con el antiguo martillero público Ramón Eyzaguirre. A ambos le pedimos que identificaran a los pocos antepasados que tuvieron conocimiento o sensibilidad para comprar arte en Europa. Destacaron a los hermanos Echaurren Valero, con “certera intuición artística”, abuelo y tío abuelo de los Matta Echaurren. Uno de ellos se exilió luego de la derrota balmacedista, y al volver en 1894 no venía solo: “Traía una colección de obras que constituyen hasta hoy la base de las mejores colecciones chilenas.” Ramón Cruz Moreno, afortunado comerciante porteño, llenó su palacete de la Alameda (hoy Embajada de Brasil), con obras compradas en Europa y en Chile. Es el antepasado de los arquitectos Cruz Montt, Cruz Eyzaguirre y Cruz Claro. Una sola mujer destaca en su tiempo: Mª Luisa MacClure, nieta de un “comerciante de trapos en Santiago”, como lo recuerda Virgilio Figueroa en su Diccionario. Ella fue exquisita, una flor rara en esa sociedad que nos dejó pocas obras de arte e infinitos marcos dorados y estofados.