El café como último deseo
Un lujo excesivo, casi intimidatorio, luce el hotel húngaro que ocupa hoy el lugar donde estuvo el cálido Café New York de Budapest. Fue inaugurado hace poco, en riguroso estilo italiano, y se llama New York Palace Hotel. Tiene un café, pero su refinamiento obsesivo contrasta con su pésima atención. Vemos su antigua monumentalidad palaciega, pero ya sin alma. La desalmada codicia de algunos no conoce límites. Por eso, recorrer el mundo es a ratos un paseo entre sepulcros. Hay razones para que todo viajero curioso tiemble al pensar en la suerte que espera a los cafés admirables que han logrado sobrevivir aquí y allá.
Antes que se repita la experiencia de Budapest, nadie que viaje a Buenos Aires debería volver sin haber visitado el Tortoni. Parece un daguerrotipo del siglo XIX. Su prestigio se lo dieron hombres que desconocían la codicia, y cuyo propietario los supo valorar. “… Los artistas gastan poco“, decía, “pero le dan lustre y fama al café Tortoni.”
¿Y si la vida nos premiara con un viaje a París? Deberíamos partir sin demora al Café de la Paix y al Procope, el más elegante. Los que vayan a Madrid, troten al Guijón, solitario sobreviviente de los cafés literarios; y si es a Venecia, admiren pausadamente al Florian, el primer café europeo. Los que pisen Roma tienen múltiples opciones. A la cabeza se halla uno que visitaba Goethe, llamado El Greco. Para triunfar, tuvo que esperar la muerte del Café Turco, donde nunca faltaban los cantantes castrados -los castrati-, junto a muchos apasionados militantes del libre pensamiento y clérigos gozadores de la corte pontificia. Los hábitos romanos persisten. El actual papa, Benedicto XVI, siendo cardenal iba todas las mañanas por su cappuccino a un café de Roma. Lo hizo incluso después de su elección acompañado de su hermano Georg, vistiendo sotana negra y no blanca, para despedirse de los meseros que lo atendieron por años.
Guardemos mucho entusiasmo para prolongar el viaje hasta Viena, especialmente este año. En junio se juega la Eurocopa en Austria (y Suiza), y la final se disputará en la capital del vals. Ahí podremos juntar el placer de la Eurocopa con copas de deliciosos cafés. Pedir, por ejemplo, un inspaner, que es el café grande con nata; nuestro popular cortado, que ellos llaman kapuziner…o un cappuccino que llaman melange. Los mejores cafés ofrecen el 1-2-3-4, que se desglosa así: 1 capuccino, 2 vasos de agua, 3 semanarios en la mesa y 4 horas para hojearlos.
Entre casi 600 cafés de Viena, algunos son Patrimonio de la Humanidad. Hay que verlos, saborearlos. El Sperl, único que se mantiene igual que el día de su inauguración, hace 128 años; el mítico Mozart y el café del Hotel Sacher, con sus tortas bañadas en chocolate. Pero que nadie se prive del Bräunerhof, de calle Stallburggasse. Los mozos visten estilo siglo XIX y hay una atmósfera sonora en que reinan valses y operetas. Los lánguidos de nostalgia proponen “ver el café Bräunerhof y morir.”
Mejor es tratar de verlos todos antes que mueran.
Sperl. Viena The New York. Budapest, parte de la historia. Café Sacher. Viena Viena. Cafe Schwarzenberg Café Central. Viena