Efecto turifel y el dèjá vu
Siendo veinteañero conocí el París que soñaba desde niño. ¿Y qué me pasó? “¡Bah! ¿Eso es todo?”, pensé. Fue algo distinto a un simple “no cumplió con mis expectativas.” En los bulevares faltaba algo. Mis ojos no veían, re-conocían. Sólo identificaban. Poca novedad, emoción de rienda corta. Era el efecto turifel. Nunca más me interesó volver. Después de 15 años lo hice por razones de trabajo. Llevaba cero expectativas respecto de mi segundo París, pero olvidaba que ahora mi pasaporte estaba habitado por muchas otras bellas ciudades con las cuales compararlo. ¿Resultado? No me cansé de mirarlo, de caminarlo. ¡¡Qué belleza!! Cuando la ex Europa socialista se abrió al turismo, fui a Praga. Tenía pocas imágenes previas. Fue una borrachera de placer y ha quedado por encima de todas. No hubo efecto turifel.

Por esos días, el escritor Sánchez Ferlosio ya había descrito lo que me afectó negativamente en París. Un colega ha hecho también un aporte que me parece lúcido. Dice que a menudo la mirada del turista está infectada por el caramelo del exotismo, por la idea publicitaria de lo paradisíaco, por el espejismo cultural de lo caribeño, por los lugares comunes -excesivamente reiterados- de la prensa y la televisión.
Mi clave para defenderme del efecto turifel -pronunciación francesa de tour Eiffel- es no lanzarme de cabeza a los lugares famosos de cualquier ciudad, gastados por la publicidad turística. Entro lentamente, por los rincones desconocidos, metiéndome en los cafés, dejándome llevar por la intuición, como cuando se visita por primera vez el cuerpo de quien amamos. Una vez enamorado de los pequeños detalles que hacen noble a un lugar, sólo entonces me acerco a los lugares clásicos. En lo posible caminando, tal vez sin más compañía que mis ansias, hablando solo, viéndolos primero desde lejos, hasta descubrirlos al dar vuelta una esquina. Así, resulta improbable no enamorarse como millones se han enamorado antes. El efecto turifel provoca una distorsión parecida al llamado déjà vu, popularizado porel repetido gato negro de Matrix. Déjà-vu, “ya visto”, describe aquella impresión de haber vivido antes una situación que esperábamos fuera enteramente nueva. Algunos tienen la suerte de excitarse pensando que es causa de una vida anterior. Quienes no hemos sido premiados con esa clave sobrenatural, al irnos de cabeza a la Torre Eiffel, no nos queda más remedio que llorar desconsoladamente, sin lágrimas a la vista. Evitémoslo. Qué nadie nos robe el placer del viaje.