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Dambulla | Las cuevas del tesoro de Sri Lanka – Luis Alberto Ganderats
Dambulla | Las cuevas del tesoro de Sri Lanka

Dambulla
Las cuevas del tesoro de Sri Lanka

Siete siglos antes de Cristo, el hombre ya habitaba el centro de Sri Lanka, ex Ceilán, donde ahora recorremos el santuario de Dambulla. Sus cinco cuevas-templos  principales están llenas de arte y de un recogimiento milenario, que casi se puede tocar. La gruta mayor, cubierta de frescos y esculturas budistas, ha sido comparada con la Capilla Sixtina del Vaticano. Unesco la considera Patrimonio de la Humanidad y ahora es posible visitarla porque la paz está de regreso en Sri Lanka.

TEXTO Y FOTOS: Luis Alberto Ganderats, DESDE MADHYAMA PALATA, SRI LANKA

País pequeño, pero siempre al borde de los grandes misterios, Sri Lanka se ha abierto al turismo con una gran sonrisa. Hace pocos años –después de un devastador tsunami—parece haber iniciado un período de paz tras el inflamado conflicto con la minoría tamil. Buena nueva para los viajeros. Sri Lanka es una fiesta no sólo por sus playas y sus tés de Ceilán. También por lo que ha tenido oculto durante  demasiado tiempo: la magnífica civilización que floreció aquí hacia el siglo 5 a.C, gracias a un ingenioso sistema de riego. Cuando gran parte de Europa era todavía un sembradío de aldeas, esta isla del Océano Índico tenía ciudades magníficas.

Decir que hoy es uno de los destinos turísticos más completos del mundo le hace justicia. Tal vez no existe otro país 11 veces más pequeño que Chile con tanta riqueza cultural y atracciones de selva y playa. Y habitado por veinte millones, la mayoría gente sencilla que sabe sonreír. Pero que también  muchos saben odiar. Por eso, entre los cingaleses, que son el 75 por ciento de la población, y los tamiles, sólo el 10, el conflicto sangriento permanece latente. Todo hace temer que sólo se encuentra en una pausa larga. Una inestable pausa tras muchos años de guerrilla tamil y dura represión oficial del gobierno de esta República Democrática Socialista.

En la época colonial se encuentran las raíces del conflicto que por décadas ha remecido al país. Durante el siglo 19, –para mejorar sus ganancias– la Corona británica promovió el ingreso de casi un millón de trabajadores tamiles desde la India, destinados principalmente a las plantaciones de café y té. Los  cingaleses, que dominan el país, llegados mucho antes desde otra región de la India, han luchado –desde que lograron la independencia–  para que los tamiles traídos por los británicos regresen a su región de origen. Muchos lo hicieron, pero millones de ellos permanecen aquí, aferrados a su nueva patria.

El arte de  no zafar

Hemos llegado al centro de la isla, área conocida como Triángulo Cultural, en la provincia de Madhyama Palata. Ya recorrimos las milenarias capitales históricas, Anuradhapura y Polonnaruwa, salvadas por milagro de la desaparición en medio de la selva. Hoy son yacimientos arqueológicos que pueden dejarnos con la boca abierta aunque vengamos de recorrer las viejas Grecia y Roma. Pese a los saqueos de los colonialistas europeos y al abandono de siglos, estas ciudades ahora pueden ser visitadas como auténticos prodigios del espíritu humano.

Ahora estamos en un lugar del Triángulo Cultural que casi no tiene iguales en el mundo. Se trata de cuevas budistas que UNESCO protege como Patrimonio de la Humanidad, con el nombre de Templo Dorado de Dambulla. 

Excavar en su historia es requisito para entenderlas. Desde siete siglos antes de Cristo, una alta roca de neis, piedra semejante al granito y de color negro azulado, ha sido aquí casa del hombre y sus dioses. Se hizo refugio monástico de los primeros ascetas convertidos al budismo y por eso sus enormes grutas conservan huellas budistas de dos milenios. En la roca de neis se han cavado más de 80 cuevas. Cinco de ellas sobresalen hoy como templos. Se hallan  repletos de Budas, y conservan algunas pocas imágenes hinduistas y esculturas de tres reyes benefactores.

Christoph  Engels, párroco protestante de Leverkusen, en el Rin, hizo “un viaje religioso y espiritual alrededor del mundo”, (a veces sin levantarse de la mecedora), para escribir Mil lugares sagrados. Se detuvo en este santuario. Le interesaba por ser uno de los centros de recogimiento más venerados del Sudeste Asiático, y luego escribió con entusiasmo: “Es un maravilloso lugar de cuyo atractivo es imposible zafarse”.

Nosotros llevamos mucho rato tratando de zafarnos, sin éxito. Inventamos  cualquier pretexto para seguir en Dambulla. Eso impacienta un poco al guía que nos escucha decir…”Unas fotos más…”. “¡Mire este Buda en posición del león…!”. “Quiero observar a un grupo meditando…”. “Voy hasta la cumbre; quiero fotografiar la ciudad de Dambulla…”.

También nos detiene un viajero que ha pasado por unos 90 países, siempre dispuesto a que la emoción le toque el hombro. Dice que la cueva principal de Dambulla le ha parecido “uno de los lugares más grandiosos y mágicos que he conocido, uno de los más fascinantes que podemos ver en el planeta”.

Sixtina, pero no tanto

Varios siglos antes del nacimiento de Cristo ya vivían monjes budistas en los  bosques vecinos y cavaban cuevas que hoy huelen a incienso. Pero al asomarnos al lugar no vemos construcciones asiáticas, sino extensos edificios de arquitectura occidental, vagamente renacentistas, que ocupan el acceso a las grutas. Su origen no necesita muchas explicaciones: durante siglos Sri Lanka fue sometida por portugueses, holandeses y británicos, pueblos conquistadores que no sólo buscaban el oro, sino obras religiosas y de arte  antiguas para venderlas a coleccionistas.

Ahora, aprovechando una paz inestable y la mayor apertura de las fronteras, viajeros de todo el mundo llegan a visitar la madriguera sagrada de Dambulla. No les molesta su cara exterior occidental, tan ajena a las cuevas. Al contrario. Les parecen lo mejor que pueden ver de esa herencia europea. Nosotros hemos trepado hasta la madriguera dorada, resoplando y sudando sobre mil escalones y esquivando monos tan hambrientos como ligeros de manos. En lo alto de la gran roca nos encontramos con Dambulla y ese espectáculo algo surrealista de edificios europeos en la rústica boca de cuevas orientales. Se trata, sin embargo, de construcciones armoniosas, equilibradas. Le agregan interés al lugar.  

No se puede decir lo mismo de una especie de dorado templo que budistas japoneses regalaron a la rígida comunidad religiosa administradora de estos  templos. A la orilla de la gran roca sobresale su descomunal “Buda de oro” pintado con brocha gorda. Parece regalo del enemigo. Proviene, obviamente, de alguna mente kitch del Japón, y no de quienes levantaron las admirables  Kioto o Nara. Pero no debemos perder la esperanza. Si Buda sigue alerta sobre lo que ocurre en la Tierra, cualquier día un rayo destructor caerá sobre este Disneylandia levantado junto a la Capilla Sixtina de Ceilán. 

Lo de la Capilla Sixtina no es sólo una manera de decir. Estas grutas con sus enormes cielos y muros pintados hasta el último milímetro, han hecho pensar a muchos en una Capilla Sixtina de otra cultura y de otros tiempos. No se sabe quiénes fueron los Miguel Angel de Dambulla, ni los Botticelli ni los Peruginos, que pintaron aquí más de 2 mil metros cuadrados de murales. El conjunto de frescos y esculturas, sin embargo, se hace tan inolvidable para el viajero como los de la capilla vaticana. Es asombroso ver cómo el pincel deja la roca con la delicadeza de los tejidos de seda. Y si le creemos a Miguel Ángel, tienen una diferencia esencial con los frescos del Vaticano. Los de Dambulla fueron concebidos para homenajear a Buda. Los de la Capilla Sixtina, a Sixto IV. Este papa franciscano, guerrerista y nepotista hasta el escándalo, parece que pensaba más en los intereses terrenales del Estado Vaticano que en las en enseñanzas de Cristo o de san Francisco, el patrono de los ecologistas.

Ellos lo tendrán claro…

No nos ciega la admirable semi oscuridad de las grutas de Dambulla, y debemos admitir que aquí no hay nada que se iguale a La Creación de Adán ni a otros frescos salidos del genio de Miguel Angel. Tampoco hay nada que las haga inferiores al magnífico arte rupestre indio, con el cual éstos se hallan emparentados. Aquí se nota que Sri Lanka y la India son como la madre y el hijo, aunque  han asumido distintas formas de vivir y de crecer. Últimamente–según me informa mi acompañante cingalés– se dice que ambos países pudieron estar unidos, en época remota, por un camino de arena o un puente, un cordón umbilical de casi 30 kilómetros de largo. Algo semejante a lo que ocurriera con el camino de hielo de Bering (entre los actuales Rusia y Estados Unido, en Alaska), por donde hombres  y animales, semillas y plantas, pudieran pasar de Asia a América durante dos períodos geológicos que duraron unos 19 mil años.

Lo mismo pudo ocurrir entre Sri Lanka y la India al bajar el nivel de los océanos en distintas etapas glaciales. Ahora algunos proponen construir un puente entre ambos países. En Bering también se habla de levantar un puente o cavar un túnel, lo cual dejaría unidos por tierra a cuatro continentes, menos  Oceanía y la Antártica.

Volvamos a Dambulla, cuya historia cultural y religiosa no se entendería sin la tan vecina India, pues pueblos inmigrantes llegaron desde allí hace milenios. Nuestro acompañante nos ha ido mostrando, en orden cronológico las cinco grutas principales de Dambulla. Las primeras fueron cavadas cinco siglos antes de Cristo por ascetas del bosque vecino convertidos al budismo. Otros continuaron la tarea hasta hace unos 400 años. Así nos enteramos de la accidentada historia de las cuevas, marcada por un derrocado rey de Polonnaruwa que se ocultó en ellas y después de recuperar el poder se propuso darles mayor dignidad y belleza. Somos testigos, eso sí –desconcertados– de una paradoja: lo perecible o no durable es rasgo esencial del budismo. Sin embargo, aquí se ha usado a menudo la piedra más dura y durable para construir estatuas y oratorios. Vivirán más que la especie humana y el budismo. Toda una contradicción.

–Mientras ellos lo tengan claro…–, dice entre dientes mi guía, algo rezongón.  

Dos grandes Budas yacentes hechos de piedra sobresalen en el santuario. Uno de ellos descansa su cabeza sobre almohadas con ricos ornamentos. El otro tiene un gesto pensativo antes que iluminado. En las cinco cuevas hay otras 150 imágenes de piedra o de fina madera, y otros cientos en los frescos de sus techos y muros. Muestran a Siddharta Gautama en las distintas etapas de su vida y de su silencioso ardor proselitista. Ciertamente habrá muchas otras imágenes nobles de este maestro en el corazón de la gran piedra. Pero no podemos visitar las 80 grutas restantes. Están cerradas al no creyente. Muchas de ellas son anteriores al cristianismo y al budismo. Fueron usadas primero como habitáculos rupestres y viviendas, y luego transformadas en templos budistas.

Con té de los ángeles

A juzgar por los restos fósiles hallados en el área, estaba habitada siete siglos antes de Cristo. (Mil setecientos años más tarde llegarían recién los primeros mapuches a Chile…). Podemos conocer algo de su historia gracias a inscripciones en las cuevas que registran el nombre de los donantes y reyes que permitieron mantenerlas y alhajarlas. Las más antiguas sirvieron a remotos asentamientos monásticos. A partir del primer siglo después de Cristo se activaron los trabajos. También fue importante el avance entre los siglos 5 y 10 d.C, cuando las celdas de los monjes y las cuevas más grandes se empezaron a transformar en templos. El complejo fue totalmente renovado en el siglo 12; se cavaron nuevas cuevas, otras fueron ampliadas o renovadas, y muchas  imágenes recibieron capas color oro.

Durante el siglo 17 se produce la última gran renovación. Por primera vez, muchas paredes interiores de las cuevas quedaron totalmente cubiertas de pinturas murales. También se dio forma a una multitud de esculturas. En la cueva dos, la Devarajalena, la más valiosa de todas, con 52  metros de longitud y 7 de altura máxima, es posible admirar una notable escultura  rupestre de Buda en el Nirvana.

Ahora seguiremos viaje tras otras imágenes de piedra excepcionales. No lejos de aquí revisitaremos el enorme, magnífico y milenario Buda yacente de Gal Vihara, tallado en un bloque de piedra descomunal. Se le considera una escultura perfecta, como el David clásico. Y también llegaremos por primera vez hasta el monumental Buda de Aukana, a 90 minutos de Anuradhapura, la histórica  capital. Tiene fama de ser uno de los más notables tallados verticales de toda Asia. Sigue intacto después de 1.500 años.

Un museo abierto rodeado de mar nos parece Sri Lanka al recorrerla. Pero también hemos visto hermosas playas blancas y avistado elefantes salvajes cerca de Arugam Bay, la capital del surf. Magníficas son los  paisajes, arenas y aguas tropicales de Trincomalee, Unawatuna y Koggala, donde bebimos tés de Ceilán seleccionados por ángeles. Es lo que se necesitábamos para recuperar fuerzas y reanudar el peregrinaje tras nuevas ciudades de leyenda.

Esos Budas que nos engañan

No es fácil entender lo que ven nuestros ojos, en la penumbra, mientras avanzamos en estas grutas con más de 150 esculturas  de Buda. Es un bosque de maravillas, aunque desconcertante a ratos. Se nos ha hecho un poco más comprensible gracias a la guía de Vidya Dehejia, historiadora del arte y arqueología de la Universidad de Columbia, erudita en arte oriental. Ella nos advierte que la forma de representar a Buda ha cambiado muchas veces en 2 mil años, y eso se puede confirmar visitando un solo lugar, Dambulla, que se ha construido en muy distintas épocas, en etapas saltadas.

Hasta el siglo 6 d.C se produjeron cambios relativamente menores en las imágenes. La etapa final de dicho período, la Gupta, es para muchos la edad de oro, la del “Buda ideal”. El Maestro lucía pelo corto y pequeños rulos como adheridos a la cabeza (antes usaba moño y una espesa masa de pelo ondulado). En esa época, los templos acogían principalmente imágenes de su nacimiento principesco y de sus incesantes meditaciones para alcanzar la iluminación. El estado de nirvana era representado por una llama sobre su nuca; al estar recostado tenía los pies muy juntos, uno sobre el otro, más alguna flor de loto, símbolo del  progreso del alma. También se le representaba en el paranirvana, momento en que la materia humana se desintegra, porque dejará de reencarnarse, de acuerdo con las creencias budistas. La imagen muestra entonces al Maestro con los pies ligeramente desalineados; sin flama sobre la cabeza; con los ojos a medio cerrar y las palmas de las manos abiertas. Su  estómago luce plano, vacío.

–Su alma ha migrado—explica Vidya Dehejia.

Los cambios en la imagen de Buda hasta el siglo 6 d.C tenían que ver no sólo con el pelo, largo o corto. También con el tamaño de las representaciones, que se hicieron cada vez más grandes, especialmente aquellas que lo muestran en el nirvana o sin vida. Y se advertían leves cambios en el vestuario. Al principio, la imagen de Buda parecía una imitación de las estatuaria romana del Apolo, con toga clásica y joyas. Es la etapa llamada Gandhara. Más tarde se deja al desnudo su hombro derecho, imagen que más abunda en el templo de Dambulla. Luego la toga deja de ser romana para adquirir forma india, y el otro hombro es el que se deja desnudo. En seguida se produce un cambio más notorio: las manos de Buda empiezan a hacer gestos o mudras, adoptando distintas formas con diferentes significados. Es la etapa llamada Andra Pradesh, muy evidente en Sri Lanka y en el área más próxima del Sur de la India. Aquí en Dambulla, la Gruta Cuatro está dominada por un Buda que forma con sus manos el mudra Dhyana, el del vacío. Los pulgares unidos dejan  un espacio de aire, que suele tomar la forma de corazón, hoy muy usado por la gente joven para expresar amor sin palabras.

En la etapa del “Buda ideal”–, el Maestro no sólo usa pelo corto y con pequeños rulos, sino que su túnica o toga tiene dobleces, su mirada se dirige hacia abajo y según los budistas se hace visible su aura espiritual.

Iluminación y oscuridad

Sólo a partir del siglo 7 d.C  se empiezan a producir cambios significativos en los templos. Se agregan otros seres al panteón y los rituales se advierten más elaborados. Aparecen diosas populares, como Tara y otras, y nace el concepto de los bodhisattvas celestes, seguidores  e imitadores de Buda que terminan por ser vistos como seres superiores. Estos bodhisattvas surgen de la corriente budista Mahayana. Con el tiempo se convertirán en ejemplos, en ideal de vida. Es el caso de los Dalai Lama, que tienen un claro rasgo diferenciador: buscan la salvación colectiva y no sólo personal, como en el budismo clásico. Estos bodhisattvas son muy valorados, especialmente en el Tibet.

De los cercanos al concepto de bodhisattvas ninguno es más famoso y engañador que el “Buda gordo”. Se llama oficialmente Hotei. Pero su nombre popular, Bu-Dai, suena parecido a Buda, y por eso mucha gente de Occidente cree que él es Buda. No sólo eso: para ellos es el único Buda que suelen reconocer con facilidad. No entienden quién es ese Buda seco y de rostro afilado afilado que los budistas reverencian. Ese buda panzón y pechugón fue en verdad solo un monje budista de hace unos mil años, que según las tradiciones era dulce y benevolente. Por eso, algunos lo llegaron a considerar una especie de mesías o el otro Buda histórico por venir, encarnación del bodhisattva Maitreya. Lo mismo ocurre hoy con los distintos Dalai Lama, considerados por muchos como encarnaciones de Avalokitesvara, bodhisattvas de la compasión.

Hay otros seres agregados al panteón budista en estos siglos, que han cambiado dramáticamente el contenido y la estética. Son dioses hechos para proteger al budismo; seres feroces, feos, temibles, como algunos del hinduismo, surgidos especialmente en Nepal y el Tibet. También se han incrustado imágenes de naturaleza esotérica, tántricas, mándalas, dioses sintoístas,  taoístas… Esta es, quizá, la razón por la cual el profano siente a menudo que en el budismo hay ahora menos iluminación y más oscuridad.

Moverse en Sri Lanka

Las rutas aéreas desde Chile a Ceilán pasan por Argentina, Qatar, Singapur, Estambul o Europa. Los autobuses (algunos de buena calidad) y los trenes, cubren casi toda la isla. Para distancias cortas tome un tuk-tuk  (triciclo a motor). Si arrienda auto, mejor con conductor, por   mal estado de algunas carreteras y la señalización vial en cingalés y tamil. Desde la capital religiosa, Kandy, salen continuamente buses a las otras ciudades del Triángulo Cultural. Poco antes de llegar a Annuradhapura se encuentran las Cuevas de Dambulla.

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