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Cruceros | Cada loco con su tema – Luis Alberto Ganderats
Cruceros | Cada loco con su tema

Cruceros
Cada loco con su tema

No se ponen de acuerdo los 20 millones de cruceristas que hay en el mundo. Algunos (los más) se lo gozan todo, en tierra o navegando. Otros (los menos) buscan fijaciones infantiles para explicar su éxito. Y no faltan (el 10 o 15 por ciento) que nunca baja a tierra: todo el placer lo encuentra a bordo. Cada loco con su tema.

Por Luis Alberto Ganderats

El filudo David Foster Wallace no figuró nunca entre los entusiastas de  los cruceros. En uno de sus libros, sin embargo, interpretaría  muy bien (tal vez sin quererlo) a quienes buscan en este tipo de viajes una instancia de descanso; de dejarse servir como príncipes. Wallace hizo un crucero por obligaciones de su trabajo, y llegó a una conclusión que a él no le entusiasmaba, pero que sí atrae a muchedumbres: conseguir lo que quieren  desde hace mucho tiempo: no hacer absolutamente nada.

Efectivamente, hay muchos cruceristas que no disfrutan de paseos, de tours ni de museos: disfrutan de la vida y los placeres del crucero. Disfrutan de hacer absolutamente nada; olvidados de esos jefes odiosos, de empleados demandantes, de suegras mandarinas y despertadores de amanecida.

Foster Wallace fue enviado por la revista Harper a realizar ese crucero de lujo. Fue toda una prueba para este genio de mente inestable, que según su colega Steve Weinberg “desde que nació fue un suicidio a punto de ocurrir” (lo que ocurriría finalmente hace 7 años). Naturalmente, convertirse en crucerista estaba muy lejos de sus planes,  aunque para muchos—dijo—esas navegaciones parecen ser “una fantasía vacacional suprema”. El que sube al barco “no tiene otro remedio que volver a su tierna infancia y divertirse”. El crucero le va a entregar los suficientes cuidados como para que su parte infantil quede satisfecha. “El placer es gestionado de forma eficaz y sabia durante siete noches y seis días y medio”.

Reponerse de un éxito

Algo parecido le escuchamos a ese inquieto redactor de viajes español Mariano López. Dijo: “Tenemos que dar a los cruceros el reconocimiento y el mérito a su estrategia para embarcarnos en un viaje hacia olvidados pliegues de nuestra infancia que siguen pugnando por jugar”.   

Hace ya un tiempo tuve una larga conversación con el entonces capitán del Voyager of the Seas, Eric Tengelsen, noruego-británico con 35 años en el mar. El dijo saber lo que quiere el amante de cruceros:

–¡Una buena vida a bordo! Eso es lo que busca generalmente. Quiere entretenciones, atención excelente y descanso. Mucho descanso. Quiere vivir una gran experiencia de viaje dentro del buque.

–Entonces, le gusta más viajar que llegar.

–Exactamente. Por eso, cada día los cruceros son más cómodos y dan mejores servicios. Es que para ir a playas, para jugar golf o para hacer submarinismo hay muchas opciones más simples. Y muchos prefieren un crucero porque les resulta más barato que instalarse en un resort cinco estrellas.

Un poco de las dos visiones de un crucero tiene una chilena que ha viajado como veinte veces a los Estados Unidos, poco interesada en conocer Europa. María Esther Fierro Herreros, viuda de un comandante de la Armada, hizo hace poco un crucero por el mar Báltico.

–¡Me lo repetiría todo!—dice sin dudar.–. Eso de no hacer maletas a cada rato; de ser comilona y poder comerlo todo; de encontrar piscina  tibias, frías, con olas o sin olas. Ver espectáculos fantásticos de bailarines y músicos rusos. Eso me encantó. Pero también disfruté mucho de los desembarcos. Lo hice en cada puerto. Me fascinó San Petersburgo y recorrí sin apuro varias  ciudades preciosas del Báltico y del Mediterráneo.

–¿Otros preferían quedarse a bordo?

–Sí.Mucha gente iba simplemente a descansar. Especialmente los mayores. Nadaban en las piscinas, jugaban en el casino, recorrían las distintas cubiertas. En la tarde se arreglaban bien, iban a comer, se sacaban fotos y ¡después a bailar!

Ese viajero y aventurero sin límites que es Paco Nadal ha puesto entre sus 15 viajes inolvidables un crucero. “No hay palabras para describir el capricho de viajar en un barco de lujo con 30 tripulantes para 11 clientes. Ni para describir los soberbios paisajes de Tahití y sus islas, que se veían desde la borda”.

Luego de esa charla con un experto, y de realizar varios cruceros como redactor de viajes, he llegado a una conclusión provisoria: todos los cruceros son cruceros del amor. Y le hacen tan bien a la inmensa mayoría, que para evitarnos s males más caros deberían ser financiados por el AUGE… Lo pensé imaginando las distintas formas del amor. Amor a la comida y al buen servicio; amor a la pareja; amor a la escapada; amor al mar; amor a la aventura y ese amor de primera necesidad que es el amor por uno mismo. Ayudan a reponerse de un fracaso o, lo que es más difícil, a reponerse de un éxito. También es un buen amor el viajar con un grupo que te apoya y acompaña, aunque ratos nos sobre (todo sea dicho).

Méritos de lo raro

El nombre Crucero del Amor nos lleva al capitán Merrill Stubing y su tripulación, que el mundo conoció en la serie de TV de los años 70, y que  se sigue viendo en pantallas del mundo. Casi todos quedamos contagiados entonces, y los demás contrajeron el contagio por el boca a boca. Ya hay más de 20 millones de cruceristas. Muchos, tal vez, no gustarán del estilo de decoración de algunos barcos. Pero pronto se darán cuenta que incluso que esos decorados contribuyen a su mejor evasión, apartándolos de su mundo cotidiano. Se verán caminando con los ojos muy abiertos, asombrados, olvidando los problemas que dejaron en tierra. Ese mundo estéticamente distinto puede ser un curso intensivo para aprender de la diversidad. Cualquiera sea la opción estética de quien decoró nuestra cabina, vamos a disfrutar nuestra inmersión en el Mar de China, nuestra subida en burro o ascensor en la isla de Santorín, mirando Capri entre nubes rosadas, y poniendo oídos a la selva amazónica seguramente con el temor y el temblor al asomarnos a ese lado escondido del mundo.

A veces estos barcos nos abruman por sus dimensiones. Un día navegué en un crucero que al ser bautizado se había convertido en el gigante de los mares. Lo primero que se me ocurrió decir es que me sentía como hombre que se casa con mujer grande: “No sé por dónde empezar”. Y, además, era difícil de entender de una sola mirada.  Pero un pasajero que parecía el más navegado de todos me advirtió:   

–No trate de entenderlo. Tiene nueve días sólo para pasarlo bien. 

–Pero, ¿por dónde empiezo?

Me miró con una expresión difícil de interpretar.

–¿Usted conoce las muñequitas rusas que van saliendo una desde dentro de la otra. Así será, más o menos. Tendrá que ir descubriendo el buque como se descubre una matriushka.

De este modo supe que un crucero es muchas cosas a la vez. No resulta  tan simple como subirse, esperar a bordo, desembarcarse varias veces en playas blancas o puertos llenos de historia, y luego regresar al punto de partida. Las navieras  llevan tantos años perfeccionando los cruceros que los ha convertido en una sucesión de experiencias inesperadas.

Ahí puede estar su primer secreto.

Para la posteridad

Lo que podríamos ver al principio no es como para no verlo: es un barco que tiene 2 cuadras y media de largo y casi 50 metros de ancho. Catorce pisos o cubiertas, como una singular pagoda extendida. El barco no sólo es blanquísimo y muy limpio: parece recién hervido. La profilaxis perfecta. Un enorme hotel flotante cinco estrellas. Como buen hotel, tiene habitaciones simples, de 15 metros cuadrados, y suites de más de 100. Los balcones de las suites suelen ser más grandes que las habitaciones pequeñas, pero en unas y otras todo funciona perfecto, con una precisión casi irritante.  

Y no es que sean pocas las personas las que viajen a bordo. Tal vez 5.000, de las cuales, 3.400 son huéspedes. Los 1.600 restantes se encargan de que el crucero funcione como si lo manejara un piloto automático.

Esta primera muñeca de las matriushka aparece  sólida, como un enorme hotel levantado sobre roca.

La segunda “muñeca” puede darnos la primera sorpresa: el barco se transforma en un enorme estudio fotográfico. Ocupando varios lugares, de distintos pisos, muchos hombres y mujeres se dejan retratar por fotógrafos profesionales. Ellos, vestidos de smoking; ellas, en tenidas de Courreges. O ambos de ropa muy formal, a lo menos. No es raro ver gigantescos hombres afroneoyorkinos luciendo bellísimas túnicas de príncipes tribales, como si quisieran revivir las Mil y una Noches.  

Otros no se conforman con fotografiarse en una sola de las  tenidas elegantes traídas al buque: van con todos sus hijos a cambiarse de ropa, a veces más lujosa todavía, para duplicar el placer del recuerdo dorado.

Casi todos los pasajeros se hacen fotografiar en noches sucesivas contra imágenes interiores del barco, imágenes de atardecer o de nobles escaleras que recuerdan (¡ay!) las del Titanic. Otros prefieren un simple fondo blanco, infinito. Además, todos los pasajeros son fotografiados sorpresivamente en los comedores para hacerles  luego un retrato enmarcado al estilo Farwest, con la palabra ¡Wanted!

Nadie ofrece las fotos. Quien quiere se las toma. Y luego las ve colgadas en un espacio muy visible del barco. Si no le gustan, no las compra.   Pero casi ninguno se resiste a ser inmortalizado con gesto de magnate de vacaciones, aunque sólo sea un pequeño librero de Brooklyn o un desaliñado redactor de viajes… Algunos piden que les aclare la piel si les parece demasiado oscura, o que le adelgacen los brazos.

El fotoshop viaja a bordo.

El mar se come el sol  

 Muchos graban con sus I-Phones el buen humor que se genera en los grandes grupos. Vemos como algunos usan esos mismos teléfonos o sus cámaras de video para recoger el sonido de la jungla africana producido con algazara por un grupo de  “príncipes” y “princesas” cruceristas, que en la vida cotidiana son profesionales de la más próspera comunidad negra de Nueva York. Ahora recorren el Caribe. Mañana estarán en Venecia.  

Ser espectador de este multiplicado espectáculo a cargo de los propios pasajeros convierte al crucero en una experiencia inclasificable.

Con el paso de las horas, el paisaje cambia de cara. Y el viaje vuelve a sorprendernos. A maravillarnos. Esta es la palabra exacta. Cerca de Haití, el Sol comienza a sumergirse en aguas del Caribe y al hacerlo monta todo un espectáculo. Medio oculto detrás de inmensas y oscuras nubes, usando pedacitos de luz, va dibujando en el cielo paisajes terrestres casi perfectos, y hasta cielos imaginarios sobre el cielo real. La puesta de sol deja de ser puramente romántica para convertirse en un prodigio.

Son 40 minutos que valen por un crucero completo.

Pero al apagarse el Sol, el encantamiento se esfuma como si alguien nos hubiese despertado. Entonces vuelvo al interior del buque con la sensación de llevar un tesoro que nadie podrá quitarme. A bordo la vida continúa. Casi todos los pasajeros disfrutan de platos y copas en el comedor principal. Son tres pisos alhajados y decorados con nostalgia.

Es la otra cara de esta matriushka flotante. No sólo hay piscinas y tiendas, camarotes y modernos restaurantes de comida rápida. Hay también lujo de mármoles, de tapices, de pintura moderna, de bibliotecas y salones. Más de 4.000 obras de arte. Y estos comedores al estilo del mejor hotel cinco estrellas. Para entrar a ellos se pide ropa formal. Algunos días se propone la tenida más lujosa, sin excluir las de gran etiqueta, partiendo por el capitán. Muchos caballeros arriendan tenidas que incluyen zapatos de charol, pagando 100 dólares la noche.

 Broadway y el mall  

A la mañana siguiente, toda etiqueta desaparece. Los pasajeros bajan con ropa mínima a bañarse en playas que parecen de polvo de talco, o llevan todo tipo de aparatos para nadar, mar adentro, junto a inofensivas mantarrayas. Es lo que ocurre, por ejemplo, en la isla Gran Cayman. Ahí descubrimos que no sólo es un paraíso de los inversionistas. Es una hermosa isla. Otros destinos mezclan playas y  museos. Y el siguiente combina las compras con vuelos en parapente, o bien la emoción de las lanchas rápidas en aguas quietas. También hay visitas a famosas cataratas, como en la jamaicana Ocho Ríos, donde abundan impecables campos de golf.

En este recorrido, que se inicia al lado de Manhattan, en Nueva Jersey, la mayoría de los pasajeros no necesita tomar aviones. “Para cambiar de vida  simplemente deben subir al barco”, explica el capitán. El director del crucero, Xavier Matthias, va más lejos. Afirma que  unas 300 o 400 personas nunca bajan en los puertos. Al contrario, cuando los demás desembarcan, ellos se apoderan de los espacios inmensos, gozan como nunca de las 3 piscinas y los 5 jacuzzis, se apoderan de los comedores y de los spa. Lo que necesitan es recargar baterías.

Casi todas las cabinas tienen balcones; todas disponen de TV; y muchos de Internet, pues mucha gente sigue trabajando mientras navega. Y existe un cybercafé. Hay pequeñas canchas de patinaje en hielo y paredes para practicar escalada.

Con el propósito de borrar dificultades de lenguas, en los grandes cruceros suele haber algún intérprete que conoce varios idiomas, y que con su teléfono inteligente sirve a todo pasajero en apuros idiomáticos.

Otras de las sorpresas de los cruceros es que a ratos parecen un pequeño Broadway. Al igual que Broadway, dispone de salas enormes, con presentaciones en vivo. Verdaderamente excepcionales suelen ser las tradicionales exhibiciones de danza y acrobacia en hielo, que ocupa a un equipo de cuarenta personas. En otras salas hay horario para bingos masivos, que entusiasman a los huéspedes de las tres Américas, pero que gustan menos a los europeos. Quienes prefieren juegos de azar, de mayor riesgo y emoción,  tienen casinos en que de día y de noche se escucha el ruido de las fichas y las monedas, del Black Jack, la ruleta y las hambrientas tragaperras.

Algunos cruceros tienen sus propios mini-malls, a veces con el largo de dos canchas de fútbol y techo alto, de cuatro niveles. Hay tiendas de ropa, perfumerías, relojerías, cafés con mesas “en la vereda” y muchas otras cosas que atraen al consumidor habituado a gastar pisadas y dólares en los modernos centros comerciales. Estos malls flotantes tientan con ofertas y liquidaciones durante todo el viaje. Ponen mesas llenas de cosas en desorden al centro de la “calle” y es posible escarbar en busca de hallazgos mínimos, que agregan emoción a la compra.  

Spanish hacienda-style

Otros placeres han aumentado en los barcos de última generación: la gastronomía de gran restaurante. Para 5 mil pasajeros pueden trabajar 120 o 150 chefs. Los grandes comedores suelen tener dos o tres pisos, rigurosamente decorados al modo barroco. Con alguna descomunal lámpara vagamente Imperio, mesas vestidas de etiqueta y la extensa carta de vinos.  

Aquí se mezclan también las particularidades de los variados huéspedes de un crucero internacional. Todo es cuestión de geografías. Los rusos blancos sorprenden por su extrema falta de formalidad, mientras que los negros ricos de Nueva York pueden parecer un manual viviente de refinamiento. 

Al salir del gran comedor, se puede pasar del cielo a la Tierra. La  arquitectura y el diseño cambian bruscamente, porque el quiere ofrecer   variedad de ambientes y estilos. Busca estimular los sueños que el hombre asocia a los viajes en barco. Por eso, los que mandan aquí son los colores alegres, los más estimulantes; el lujo más obvio; los espacios sugerentes y muchos elementos modernos, que buscan atraer a los jóvenes (que abundan). Se deja el gusto tradicional para el gran comedor, las habitaciones y algunos otros rincones. 

El espacio más sofisticado en cuanto a decoración puede ser el spa en algunos grandes cruceros. El mármol de Carrara está presente en alguna escultura  de rasgos romanos y llaman la atención sus columnas y su solemne ingreso  italiano o un “spanish hacienda-style.” Al pasajero se le ofrece un tranquilo solarium y la batería más completa de tratamientos de belleza y rejuvenecimiento, servicio de personal training, yoga y Pilates.

En otro lugar del barco, un enorme gimnasio de aparatos permanece siempre activo y ruidoso. Ayuda a quienes desean conservar la figura, y especialmente a muchísimos que quieren reducir peso (por  razones que saltan a la vista.) De aquí salen los entusiastas que son los primeros en desembarcar en Gran Bahama, en las Cayman, en Jamaica o en Labadee, un secreto paraíso blanco, playa que una gran naviera  arrienda al Estado de Haití.

Muchos se quedan en cubierta, con un cafecito cortado en las manos. Saborean el paisaje, el no hacer nada, el no agitarse.

Así lo pasan bomba.

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