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Costa Amalfitana | La ruta de las caricias – Luis Alberto Ganderats
Costa Amalfitana | La ruta de las caricias

Costa Amalfitana
La ruta de las caricias

Los enamorados, y también los que se regalonean a sí mismos para endulzar la vida, deberían recorrer alguna vez esta parte de la costa de Nápoles. Neruda lo hizo en éxtasis de amor. Son de aquí algunos de los pueblos más bellos de Europa, compitiendo con La Toscana. Al frente se halla Capri, y al lado, la dramática Pompeya.     

Una confesión necesaria: este viaje es una acción de gracias a Jesús, el gran predicador de la aventura, caminante de cien países, autor de miles de crónicas de viajes. Nos referimos a Jesús Torbado. Fue este cronista español quien nos contagió su entusiasmo al decirnos que “los pueblos más bellos de Europa” se descuelgan por los precipicios de la Costa Amalfitana. Por eso, cuando íbamos rumbo a sur profundo de Italia decidimos dar una vuelta por esos 40 o 50 kilómetros al sur de Nápoles, ciudad que se encuentra a 2 horas de tren desde Roma. Hasta ahora los habíamos mirado con cierta distancia,  porque, como suele ocurrir con los Patrimonios de la Humanidad es que parecieran patrimonio de unas docenas de millonarios y de famosos. Así lo reconoce el propio Torbado, sin que se le enfríe el entusiasmo por Amalfi y su vecindad.

Vamos en una especie de Metro, el Circumvesuviano, (en italiano, vesubio se escribe Vesuvio), que une Nápoles con Sorrento, ciudad de entrada a la Costa Amalfitana. En Sorrento iniciaremos el recorrido utilizando una extensa red marítima y terrestre, que nos llevará por los “pueblos más bellos de Europa.” También de Sorrento parten los aerodeslizadores que llevan a la isla de Capri, a donde es bueno ir para conocer el escenario del más novelesco de los amores que viviera Neruda en su etapa doblemente clandestina: de amante y político perseguido.

Pero Sorrento es más que un puerto de paso. Parece una pequeña capital de la melancolía acunada por la canción napolitana Torna a Surriento. Aquí se levantaron –y permanecen– la mayoría de los grandes hoteles de la época de oro, y sigue siendo el lugar más conveniente para alojar. Caminamos por la calle San Cesareo, un mar de artesanías, seda, perfumes y recuerdos en medio de los recuerdos, y un torrente de limoncello, el célebre licor de limón. Otra de estas antiguas calles baja al puerto, donde parten los transbordadores y aerodeslizadores que recorren la esquina de los sueños formada por Capri y la Costa Amalfitana.

Suspiros en Positano

Optamos por el camino terrestre: muy bueno, aunque no conoce la línea recta. En tramos, tenemos que subir y bajar bordeando viñedos, naranjales y olivares, con lenguas de playas oscuras que se asoman y desaparecen, como jugando. Entre las casonas –las villas italianas, moriscas y mediterráneas a la vez–, se alzan los pinos marítimos, y adornan las buganvillas, los almendros, las higueras. Limoneros hay por donde se mire.

Positano se llama la primera gran emoción de la Costa. Sus casas  -color miel, mantequilla, damasco-, parecen talladas en el acantilado, y se unen por escaleras, sopor  calles. Hasta las más pequeñas, hechas para pescadores, valen hoy más de un millón de dólares aunque tengan 40 metros cuadrados. Ninguna interrumpe la vista a la que está más arriba. Son balcones al paraíso. Aquí como en Ravello sobresalen algunos de los hoteles con más glamour –Le Sirenuse, el San Pietro–, donde se han ocultado desde una juvenil Elizabeth Taylor hasta el Rossellini más famoso, desde Greta Garbo a Hillary Clinton. Lucen llenos deparejas anónimas y millonarios recién casados que hacen del beso y el suspiro su ocupación principal. Aquí, dicen sus habitantes, nació el bikini en los años cincuenta, y se propagó por el mundo. Otros le dan cuna francesa. Pero lo cierto que en Sicilia vimos un mosaico de 1.600 años con jovencitas en bikini. Como sea, pasado medio siglo, la ropa de playa sigue siendo la artesanía principal del pueblo. Y la fotografía, vicio de todos. No lejos –camino a Amalfi– se encuentra una miniatura excepcional, Praiano, cuya Marina da Praia parece una pintura hiperrealista. Aquí, un principiante puede obtener una fotografía magistral. Pero si de otras artes hablamos, y queremos música, hay que seguir camino.

Música con fuego

La fama de Ravello llega hasta nuestros oídos antes que trepemos la montaña rugosa donde se levanta. Uno que viviera años aquí, Gore Vidal, se jactaba de tener el más hermoso panorama del mundo. En su alambicada Villa Cimbrone –ahora un hotel de 300 dólares la noche, con jardines y miradores envidiables– vivieron una intensa fuga de amor la Garbo y Stokowski, el director que tuvo a su cargo Fantasía, el clásico de Disney. De esas otras fantasías, las vividas con Greta Garbo, todavía quedan  lenguas de fuego en las lenguas del vecindario.

No sólo por Stokowski Ravello es la ciudad musical de la Costa Amalfitana. Aquí Wagner compuso trozos importantes de su obra, y cada julio -cuando apenas se puede caminar en esta villa asaltada por el turismo–, se celebran los festivales wagnerianos de verano en el palazzo Rúfolo. Entramos a otro palacio, llamado Sasso, un gran hotel, para asomarnos a su vista de 180º sobre el mar Tirreno. Un pretexto para reservar en su restaurante Rossellinis nos sirvió –y servirá a otros– para entender el privilegio de asomarse a la Costa Amalfitana desde un hotel como este. ¡Visita recetada! Hace bien para la salud del alma. Si quiere, puede pagar algo más de 50 dólares en el Rossellinis, y hacer una degustación de diez platos (sin bebidas), o por la  misma plata, comer a la carta. ¡Tutto squisito!  Y luego bajar a Amalfi, la ciudad que le ha dado el nombre a este empinado festín.

Amalfi, mucho pasado

Cada junio, se realiza en Italia la Regata de las cuatro Repúblicas Marítimas Antiguas: Venecia, Génova, Pisa y Amalfi. Estamos llegando, como es fácil darse cuenta, a una ciudad  campeona de las ligas mayores de la Edad Media. Comerciaba en grande con el Oriente y el África árabe, cuando estaba bajo dominio bizantino. Su Domo de 1.000 años recuerda a Constantinopla, y la plaza vecina, a los centros comerciales más refinados, en casonas blancas, altas, también vagamente orientales. En el recorrido nos vamos enterando que aquí fueron construidas muchas de las embarcaciones de remo y vela que llevaron a los cruzados a Tierra Santa. Eran sus días de gloria. Junto con nacer el reino de Sicilia, Amalfi perdió su independencia, se adelgazó su gloria de siglos. Hoy es ciudad para turistas. Tiene palacios, museos de larga historia y templos suntuosos que hablan de su aristocracia no borrada. Conservará para siempre, también (Dios mediante), la bellísima Grotta dello Smeraldo, tan bella como la Grotta Azul de Capri. Descubierta hace 75 años, tiene estalactitas y estalagmitas que suelen alcanzar los 10 metros de longitud. Hay que verla. Se encuentra cerca del puerto. El color verde de sus aguas se nos queda pegado a los ojos. Pero cuidemos los dientes… Debemos fijarnos bien dónde comer y dónde dormir en esta costa. Si no, tendremos que empeñar hasta el diente de oro.

Capri, Neruda y el salón del mundo

Es “el más delicioso pequeño paisaje imaginable”, para millonarios, famosos y artistas. Situada frente a la Costa Amalfitana, a 1 hora en ferry desde Sorrento o Amalfi (US$ 30 ida y vuelta. Las casas de Neruda atraen a muchos. El poeta y su Matilde pasaron aquí buena parte del invierno-primavera del 52. Aquí celebró con Matilde la gestación de su segundo hijo -que no alcanzaría a nacer-, y tuvieron simbólica boda ante la Luna. Aquí Neruda puso fin a su libro Los versos del capitán, y también inició Las uvas y el viento. Vivieron primero en la casa de un amigo editor, la casetta d´Arturo, en Via Tragara s/n, y luego arrendaron en via Gli Campi 7. Obligatoria la visita a la Gruta Azul, que le diera fama en el siglo XIX, y a La Piazzetta,pequeña plaza considerada la más bella pasarela de famosos y ricos, que alguien ha llamado “salón del mundo.” A su alrededor se extiende una trenza infinita de sillas y mesas de cafés y buenos restaurantes. Ahí se instalan muchos protagonistas de la pequeña y la gran historia.  Pero Capri no ha sido únicamente capricho de ricos. Muchos intelectuales y artistas, llamados por la belleza de la isla y de su mar, decidieron fijar allí su residencia. Curzio Malaparte, del que se conserva una preciosa casa roja que pende de un acantilado, escribió, mirando al mar, su libro La Piel. También Máximo Gorki, que aquí fundó una escuela de bolcheviques, y en cuya casa, situada en uno de esos estrechísimos callejones blancos que conforman la localidad de Capri, acogió en varias ocasiones a su amigo Lenin. Otros, como Goethe, Dumas, Weber, D.H. Lawrence se pararon a crear, reflexionar o simplemente a divertirse.

Conviene abandonar la isla en el último ferry, ojalá de amanecida. En Capri, lo mejor del día es la noche.

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