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Colombia: Fiesta en el cafetal – Luis Alberto Ganderats
Colombia: Fiesta en el cafetal

Colombia: Fiesta en el cafetal

Octubre y noviembre, los meses dorados de la cosecha, son la oportunidad perfecta para conocer una región de América donde los singulares pueblos campesinos, y las pequeñas ciudades del Triángulo del Café, parecen un botadero de tensiones. Son más quietos, nostálgicos y bellos de lo que podíamosimaginar.

Por Luis Alberto Ganderats

Nunca creímos poder encontrar una cosa así. Una decena de jeeps de los años 40 o 50, flamantes, estacionados frente a una plaza, esperando pasajeros, haciendo el mismo trabajo de las viejas “liebres” santiaguinas. Sus recorridos son más sorprendentes todavía: van a la India, a Arabia y Palestina, a Versalles, El Cairo y Marsella… Surrealismo perfecto. Son lugares del vecindario cafetero, bautizados de ese modo por la admiración que sentían los viejos “paisas” por esas ciudades y naciones llenas llenos de misterio, que conocían por la prensa o los libros. Tal ellos se dijeron a sí mismos: “Si  no podemos ir a conocerlas, que sean ellas la que vengan.”

Y aquí están la griega Salamina, la fenicia Cartago, la bíblica Palestina, la balcánica Montenegro, la italiana Salento, la greco-turca Antioquia, la catalana Barcelona, la cervantina Alcalá, y hasta el Cáucaso entero, partiendo por Armenia y Circasia.

Y hay también una rareza llamada Filandia, cuyo nombre se parece a Finlandia, pero no es más que una palabra inventada por los paisas para decir “hija de los Andes”, pues se encuentra en medio de la cordillera. Filandia es también una rareza por su belleza. Cuando pasen algunos años, tal vez muchos viajeros se olvidarán de los cafetales y del cafetero Juan Valdez, pero Filandia seguirá viviendo en su memoria. Sus habitantes parecen no conocer el reloj ni el calendario. Las casas lucen igual como hace medio siglo, tan ingenuas como alegres, lindas y cuidadas. El ritmo del pueblo es campesino, y frente a su plaza es donde descubrimos algunos de esos viejos Willys, antes usados en las fincas, que hoy nos invitan a dar una vuelta al mundo sin alejarnos del cafetal. Esos nombres exóticos fueron escogidos por la gente que vino a colonizar la región del Quindío, que tal como nuestro Aisén de los años 30, era tierra deshabitada. Casi todas esas familias llegaron de la vecina Antioquia, origen del presidente Uribe. Trajeron sus costumbres, su ética y su estética.

Los cargueros y los cargantes

En una sombrerería de Filandia vemos un grabado del siglo 19 donde una señora de sombrero alón viaja por las montañas cuando aún no había caminos. No es un burro el que la carga. Es un hombre blanco, casi desnudo, con una silla de bambú en la espalda. Quien firma este antiguo registro gráfico es Ramón Torres, que lo tituló “Carguero”. Una imagen parecida que vemos la explica un conocedor: “Aquella mujer que ve usted sobre otro carguero –dice– es la esposa de un senador; muchachota alegrona, de 25 años que pesaba entonces nueve arrobas, 15 libras; y hacía pujar, sudar, estremecer (y maldecir a veces) al miserable hombre que trajo a cuestas su rolliza humanidad. Y ese otro carguero que se divisa, trepando por allá arriba en el último lugar del cuadro, lleva a un muchacho hijo del senador, que viene a estudiar en un colegio de Bogotá, para salir tan doctor y tan hábil como su señor padre; ni más ni menos.”

Podemos intuir el esfuerzo y dolor que costó levantar estas ciudades y pueblos, pero eso no impide que Filandia entusiasme a cualquiera por la decoración de sus casas, sus fachadas rústicamente barrocas o art nouveau, saturadas de color. Abundan los dibujos hechos en “calados” de madera, que adornan puertas y ventanas, balcones y hasta el techo de los aleros. A principios del siglo XX, el Miguel Ángel de la región se llamó Eliseo Tangarife, un antioqueño que fue imitado en toda la región. Vivió en Salamina, otra ciudad linda del Triángulo Cafetero. El párroco le prestaba revistas europeas, y de ahí Tangarife bebía la nueva estética, digería imágenes, que luego adaptaba a la cultura local. Era un ebanista fino, que en madera tallaba flores, aves, figuras mitológicas y humanas, para decorar residencias y comercios, representando la riqueza del propietario y diferenciando así una casa de otra, un comercio de otro. Es difícil describir las fachadas de Salamina y Filandia. Muestran una intensa decoración: ventanas, tragaluces, vanos, puertas y celosías quieren imitar los calados de las filigranas de oro, a fuerza de serruchos, caladoras, martillos, hachas y machetes. Estos calados, siempre de colores contrastantes y vivos, más los fragantes jardines en patios enclaustrados, tentadoras escenografías para un beso, y las ventanas curvas, “arrodilladas” y los balcones de hierro, hacen de esta herencia antioqueña un tesoro turístico que se suma a la belleza ajardinada de los cafetales.

Descubrimiento tardío

En la zona rural abundan todavía las casas blancas, plácidas, quietas. Algunas tienen puertas y ventanas azules, herencia de familias conservadoras; otras tienen puertas y ventanas rojas, de tradición liberal. Enarbolando esos colores de guerra, en el siglo 20 el fanatismo regó con sangre toda la tierra, drama que en parte recogiera García Márquez en Cien años de soledad. Las FARC y los paramilitares –de la raza de Caín– fueron los frutos amargos de esa siembra hecha a ciegas.    

Hemos venido a recorrer el Triángulo del Café, que está a sólo media hora de vuelo desde Bogotá si empezamos la visita en Armenia. Lo forman tres regiones tranquilas:   Quindío, Caldas y Risaralda. Queríamos conocer sus fincas y recorrer sus cafetales, que parecen pinturas ingenuas del Aduanero Rousseau. Pero nada nos ha sorprendido tanto como las casas de Filandia y Salamina. Tampoco sabíamos de la preciosa San Félix, en Caldas, ni de Marsella, en Risaralda. Siempre habíamos escuchado hablar con tibio entusiasmo de la zona cafetera. Era vista como turismo interno. Hace poco, en medio de la crisis del precio internacional del café, decidieron cambiarle el nombre de Eje Cafetero a Triángulo del Café, y beber de la copa verde del turismo internacional. Verlo ha resultado una sorpresa de punta a cabo, como para darle razón a quienes se quejan de los cronistas de viajes, porque escribimos, dicen, con poca información, casi desde la oscuridad, y cualquier cosa que sale a la luz nos asombra. Quizá por eso hemos descubierto tan tarde la belleza excepcional de esta zona, y nos dimos cuenta que no sólo nos regala una arquitectura conmovedora y el tejido delicado de sus cultivos, los museos y parques del café, sino que está repleto de actividades turísticas y aventureras. Tiene termas, canopys, cabalgatas, bajadas de ríos en balsa de bambú o en kayaks, gastronomía tentadora, y, para alojar, lujosas fincas llenas de historia, o simples pensiones o “estaderos”, para el que camina sin rumbo y sin miedo.

Este destino turístico luce en estos días mejor que nunca. Las “cerezas” del café  ya están rojas, y en pocos días más se inicia la cosecha, su época dorada. Aumentan las mujeres lindas con “canastos cogedores” al brazo, y hombres luciendo el poncho liviano, las sandalias, el sombrero de paja y el fino bolso de cuero tradicional, su carriel, colgando del hombro. Durante octubre y noviembre la cosecha será muy viva. Una fiesta. Pero seguirá, pausadamente, hasta mayo. Sobre el ancho camino regional entre Pereira, la capital de Risaralda, y la ciudad de Manizales, los cafetales y cosechadores ya hacen horizonte ahora.Es una de las rutas más admirables del Triángulo, en especial por estos días, porque está llena de flores blancas, como si quisieran convertirse en la espuma blanca del capuccino.

Siete noches son mil

Al pasar vemos a la gente llevando canastos distintos: cogedores, semilleros, lavadores, piñeros, cascareros, roperos…Vemos también cultivos de caña, piñas y mangos. Aquí y allá nos dan sombra los manchones de robustos bambúes nativos llamados guaduas. Con ellas se hacen casas, balsas, puentes; lo que quiera. A veces son gruesos como una pierna. Hasta podemos sospechar que alguien trajo de Medellín a Fernando Botero para que las tallara y engordara.

A diez minutos de Pereira, capital del café colombiano, se levanta Santa Rosa de Cabal. Cada sábado podremos ver en ella cómo se vende o se compra buena parte de la producción regional. Para allá y para acá se mueven los mismos jeeps Willys que vimos en Filandia, propios de la Segunda Guerra, usados luego para reemplazar a las mulas que llevaban el café a los puertos. Después de la feria, los hombres vuelven a sus pueblos con un poco de dinero, y los vemos gastar sus horas junto a las mesas de billar, saboreando aguardiente y café –su tintico y otro más–, mientras el aire se llena de canciones tristonas, como en tantos lugares de nuestra América campesina, donde el lamento se repite: “Lo que pasa es que no pasan, por eso no pasa ná.”

Pero ahora pasan muchas cosas en el Triángulo del Café. Tours bien organizados nos llevan, sin sobresaltos por esta región situada en el centro de Colombia y en el corazón del continente. Vamos viendo allí el pasado remoto, y allá, el mañana que ya llegó. La diversión está asegurada. Y ni hablar de la emoción de todos los sentidos: siete noches pueden ser mil y una noches. Un botadero de tensiones.

Todo el cuento del café

Es una historia simple. La planta, llamada cafeto, empieza a producir antes de los tres años, y lo hace por cinco años seguidos. En ese momento se recorta el cafeto y se deja el chongo. Pronto le aparece una rama nueva, que le permite producir por otros cinco años. Completada una década de producción, lo normal es que esas plantas sean arrancadas, pues al envejecer la calidad del producto decae. Entre la floración y la madurez del grano pasan 32 semanas. Pero la floración no es simultánea, y por eso la cosecha se hace en etapas sucesivas, entre octubre y mayo.

A la planta de procesamiento, el café llega en forma de cereza, roja, y termina como algo muy parecido a un maní tostado. Se le descascara o despulpa en un tornillo sin fin. Luego se le quita la baba o mucílago – el demusilagado–, lo cual se hace mediante frote, y no agua, pues la cáscara es muy ácida y mata toda planta que toca. Al final, el grano es lavado, y esa agua va a un pozo séptico. En este momento, el grano tiene 80% de humedad, la cual debe bajarse a no más de 12%. Para secarlo se mete en hornos, que a veces son alimentados con la cáscara del mismo fruto (ésta también se utiliza como abono, por sumatoria orgánica, y quizá se utilice para producir biocombustible). Muchos caficultores todavía quitan la humedad del café poniéndolo al sol. Una vez seco, lo que se obtiene es el llamado “café pergamino”, listo para ser tostado.

Colombiano, ¿siempre bueno?

A mitad de camino entre Pereira y Manizales nos detenemos en el municipio de Chinchiná, Caldas, que tiene las plantaciones más tecnificadas de Colombia. Gabriel Cano, un verdadero doctor en materia de café, nos acompaña en la Finca Veracruz, de donde salen algunos de los mejores cafés nacionales. El colombiano es uno de de los mejores del mundo, explica, pero con honestidad cree necesario precisar: “Decir café colombiano no siempre significa buen café, pues café se produce en casi todas las regiones del país y los controles de calidad, hechos en los puertos de embarque, no siempre resultan confiables. Los más finos son los del Triángulo del Café y el país sólo se responsabiliza de los productos exportados bajo el auspicio de la Federación Nacional de Cafeteros de Colombia.” La garantía es el símbolo “Juan Valdez”, cafetalero bigotudo, tradicional y algo solemne, siempre acompañado de su burro, concepto publicitario creado en 1981 por una empresa de Nueva York, la DDB.

Colombia es el primer productor mundial de café suave, pero en producción total Brasil produce diez veces más. Colombia recolecta unos 12 millones de sacos, de los cuales exporta el 90 por ciento, principalmente a los alemanes y japoneses, que gustan de los  granos de arábigo, caturro, borbón. Para producir estos buenos cafés, en Chinchiná cuentan con suelos de origen volcánico de un metro de profundidad, 1.800 horas de brillo solar al año, y mucha lluvia después de períodos secos. Crearon un Centro de Investigación del Genoma del Cafeto, para seleccionar plantas resistentes a las plagas y así evitar el uso masivo de productos químicos.

Los mejores tostadores del mundo son los italianos, que han desarrollado maquinarias cada día mejores, nos dice Cano. “Los colombianos también tostamos, pero somos mejores productores que tostadores”. ¿Con qué café pone él los ojos en blanco? Con el Coffea Excelsa, orgánico y tostado con sabiduría.

Esta es la breve historia del café en Colombia, una planta que nació en Etiopía, de acuerdo con los seguimientos que se han hecho del genoma del cafeto. Cano lo sabe.   

Parque del Café

A 25 kilómetros de Armenia, principal puerta de entrada al Triángulo del Café, se ha levantado un parque que permite conocer la historia y el proceso cafeteros, visitar un museo, recorrer senderos ecológicos, subirse a un teleférico, conocer un puente de guaduas o bambúes, lanzarse por una montaña rusa y admirar fincas cafeteras a escala y subirse a una torre mirador de 18 mt de altura, construida de guaduas. El Parque Nacional del Café se encuentra a 5 km del Pueblo Tapao, cerca de Montenegro. www.parquenacionaldelcafe.com

Valle del Cocora y Los Nevados

Por su valor paisajístico es considerada entre los lugares extraordinarios del Triángulo del Café. El Valle del Cocora no se beneficia del café, sino de las palmas más etéreas y hermosas que es posible imaginar: las Palmas de Cera, que con un hilo de tronco crecen hasta los 60 o 70 metros de altura y se reparten por la cordillera Central como agujas de una catedral gótica. El Cocora, valle a 11 km del pueblo de Salento, en el Quindío, tiene restaurantes lujosos para recibir al visitante, y es, además, una de las puertas de entrada al Parque Nacional Natural de Los Nevados, en que sobresalen el Ruiz, Tolima, Quindío y Santa Isabel, origen de las tierras volcánicas donde se produce el mejor café de Colombia. El ingreso turístico a los Nevados se hace normalmente por Manizales, en la vecina región de Caldas, o por Risaralda. Es un paseo o turismo aventura que entusiasma a los viajeros que vienen de zonas cálidas. El Valle del Cocora, en cambio, puede conmover a todos por el eterno verde de la montaña, rematada por su multitud de palmeras de tronco infinito. Hay hoteles, cabañas, restaurantes, cabalgatas, zona de camping. Con suerte podremos ver el oso de anteojos, pumas, cóndores, venados de cola blanca y aves andinas. Una fiesta para el fotógrafo.

Canopy sobre cafetos

Dos canopys sobre paisajes diferentes sobresalen en el departamento del Quindío, ambos próximos a la ciudad de Armenia. A 27 km, en Alcalá, volaremos sobre cafetales, platanales, bosquecillos de bambú guadua y pequeños ríos. Es el Canopy Bosque del Samán, cuyos cables recorren 2.000 metros, a mucha altura, con emociones aseguradas, hasta a 70 km por hora. www.fincahotelelbosque.com El otro es el Canopy Los Caracoles, a sólo 5 minutos de Armenia, en el cual se viaja sobre bosques nativos, a lo largo de 1.900 metros, pasando por 16 plataformas, dispuestas a hacer tirolesas, tirolinas, ascensos, descensos, avances, progresiones, puentes colgantes y todas las diferentes actividades de altura, guiados por profesionales. Tarifas desde 14 dólares. canopyloscaracoles@hotmail.com

Alegres días al aire libre

En jeeps cafetaleros abiertos se viaja hasta un puertecillo del río La Vieja para pasar el día navegando en balsas de gruesos bambúes o guaduas “cortadas en menguante y al amanecer.” Estos hermosos y alegres recorridos por el Quindío, El Valle y Risaralda, los realizan una docena de empresas (Balsas Quimbaya, Balsas Fantasía, Casa Vieja Café y Balsaje, entre otras.) Muchas parten y terminan el recorrido en Quimbaya, y el viaje se hace en la más completa sensación de libertad, con baños sin tiempo en el río, entre árboles centenarios, comiendo fiambres y tomando bebidas sin alcohol, observando garzas, monos aulladores y guaduales. Se toman bebidas calientes en algún puerto del camino, viviendo experiencias de cuatro a ocho horas que nos llevan de vuelta al pasado indígena. Información: Agencias de viajes y Municipio de Quimbaya. (57) 6 7520614. alcaldia@quimbaya-quindio.gov.co También se realizan recorridos en kayac doble por el río Barragán, hasta el Rancho California, y se hacen cabalgatas  que atraviesan los ríos Verde y Quindío, muchas fincas cafeteras y buena parte del valle del Maravelez. www.portalesdelcafé.com

Alojar

Hotel del Campo, con edificios cómodos de colores alegres; 20 habitaciones, desde 58 dólares. Quimbaya, Quindío, km 7. www.hoteldelcampo.com.co. Las Heliconias tiene varias edificaciones de formas coloniales, en Quimbaya, Quindío. Dobles desde 90 dólares. (57-6) 752 0044 www.turismoquindío.com Rancho La Soledad, Armenia, Quindío, con cabañas individuales, con piscina, y servicio de hostería. www.rancholasoledad.com. Finca Los Colibríes, en Cerritos, cerca de Pereira, con capacidad para 10 personas, cuatro habitaciones y piscina. Villa Maria, finca cafetera de 80 años, en La Bodega, a 12 km de Pereira; cinco habitaciones, para 14 personas. www.turiscolombia@andes.com/villa maría Finca El Sinaí, a tres kms del aeropuerto de Armenia, para 12 personas, piscina, jardines, jacuzzi. El Edén Country Inn, en Circasia,  hotel campestre, excelentes habitaciones y suites. www.eledencountryinn.com Sazagua, finca boutique en Risaralda; habit.doble, desde 90 dólares.www.sazagua.com. Hacienda Combia, Calarcá, Quindío; casona con servicios básicos. Dobles desde 47 dólares. Cel. (57) 311 623 4. La Floresta, notable por su entorno, cerca de Armenia. Dobles desde 70 dólares. www.laflorestafincahotel.com. Informaciones generales: www.colombiatudestino.com www.turismoquindío.com

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