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Colca: Invisible por cuatrocientos años – Luis Alberto Ganderats
Colca: Invisible por cuatrocientos años

Colca: Invisible por cuatrocientos años

Admirable lugar es este valle que corre junto al cañón más profundo del planeta, en el Perú. Una veintena de pueblos de los nativos collaguas esperan con paciencia al viajero desde siglos pasados, pero no llega casi nadie. Fuimos de visita y mostramos aquí lo que vimos, asombrados, con el río como un hilo a nuestros pies y una asamblea de cóndores.

Por Luis Alberto Ganderats

Disparatada es la idea que se me metió en la cabeza mientras nuestro vehículo trepa lentamente hacia el Altiplano peruano, en busca del reino misterioso de los collaguas. Tal idea surge cuando me pregunto por qué este pueblo de origen aimara ha podido permanecer invisible en su valle por 400 años.

Nadie se lo explica bien. Casi ni los peruanos lo conocen. No hay collaguas identificables en el archivo de la historia, ni siquiera en el extenso mar del periodismo de viajes. Sólo pocos meses antes de nuestra primera subida, la curiosidad trajo por este mismo camino al periodista hijo de Vargas Llosa y al documentalista desaparecido J. Cousteau.

Fueron de los primeros.

En esa ruta vamos con ese premiado fotógrafo que es Lincoyán Parada.

Nos movía la curiosidad, naturalmente. Y para tratar de entender voy leyendo un grueso tomo sobre la materia, lleno más de preguntas que respuestas. Y de ese libro me surgió esa idea disparatada (¿culpa de la puna?), pues ahí llegué a pensar que los collaguas quizá se han mantenido ocultos porque deben cargar por estas tierras de Dios con apellidos como Chacha, Chica, Pucho, Taco, Quico, Cama, Tinca, Supo, Callo…

Pero lo que pienso no es más que una tontera. En aimara o en quéchua -la lengua que han adoptado- esos apellidos tienen quizá hermosas resonancias y a nadie debieran provocarles bochorno.

¿Por qué no se dejan ver entonces?

Quizá no quieran compartir su territorio, que Vargas Llosa hijo ha llamado sin derrochar originalidad “el valle de las maravillas” (¡Cuántos valles de las maravillas hemos leído! ¿Cuánto hemos titulado nosotros con esas palabras? Mejor no hacer arqueo…).

Ni siquiera entendía ese aislamiento el ingeniero y conservacionista Mauricio de Romaña,  “un arequipeño sin semejanza” que un día nos acompañara en nuestro primer recorrido del Colca. Ningún otro intelectual había transitado por este valle con mayor entusiasmo. Fue cicerone de la BBC para su programa El vuelo del cóndor, y del recién desaparecido Jacques-Ives Cousteau en su búsqueda del origen último del Amazonas en un nevado del Colca.

De Romaña se había propuesto convencer al mundo científico y turístico de que es preciso descubrir de una vez por todas este valle,  distante solo 150 kilómetros de Arequipa. ¡Tan cerca de Chile!

Ya lo verán

Indiferentes nos dejaron el ascenso, la vegetación y las curvas del camino. Parecíamos ir camino a Farellones. Pero todo cambió de pronto, en pocos kilómetros. Vimos la fauna pensativa del Altiplano alimentándose en los verdes bofedales. Ahora no es el camino a Farellones; es el camino a Chungará y al Lauca, es nuestro Chile aimará. Casi no hay árboles, y los nidos, desesperados, se sujetan apenas en la cruz de los postes telegráficos.

No podemos fingir entusiasmo. El Altiplano en el cual se oculta el valle de los collaguas nos parece, hasta ahora, igual a todos los que conocemos en los Andes. Su belleza ya ha sido descubierta y desplegada en muchos reportajes.

El guía adivina nuestra indiferencia. Nos adelanta que el cañón por el cual corre el río Colca supera incluso al célebre río Colorado, al menos en profundidad: más de 3.400 metros en su mayor depresión.

-Ya lo verán.

Pocos lo conocen, admite, pues durante siglos han venido a la zona sólo los hombres vinculados a la minería regional. De los catorce pueblos del Colca, visitaban uno o dos. Casi no existían caminos para vehículos. Sólo rutas de herradura llevaban a pueblos y paisajes inesperados.

-Ya lo verán.

En los últimos años, explica, fue necesario construir un acueducto en la región. Entonces grandes empresas internacionales de ingeniería irrumpieron en el Colca, y dejaron mejores caminos.

Pero la mala calidad de los viejos caminos, tampoco nos parece suficiente para explicar tanto desconocimiento e indiferencia.

-Tiene razón, hay algo extraño.

¿Será por la cercanía del Cuzco y Machu Picchu? Una dura competencia turística…

-Al contrario. La vecindad pudo servir para atraer viajeros. No ha ocurrido mucho. Pero no lo lamento. Si este valle hubiese permanecido abierto, ya sería otra cosa. Ahora nos hallamos en condiciones de darlo a conocer sin destruirlo, sin contaminar a su gente, sin ahuyentar su fauna.

Hay muchas cosas del Colca que merecen ser protegidas.

-Ya lo verán.

La cortina corrida

En cuanto aparece el valle comenzamos a cerciorarnos de que nuestro guía ha sido casi desabrido en su entusiasmo.

El Colca es un gigantesco museo viviente.

Como las puertas del valle se mantuvieron cerradas, el tiempo no pudo pasar. Casi todo permanece inmóvil. Las mujeres aún visten como extrañas españolas coloniales. Lucen largas faldas, chalecos bordados y simples sombreros blancos, todo eso modificado, naturalmente, por el gusto milenario de los collaguas.

Las viviendas son de piedra y barro, con techos de paja, con piso de tierra. De esta manera se construyeron los pueblos apenas llegaron los españoles, por orden del virrey Toledo. Quiso él que todos los collaguas repartidos por el valle fueran reunidos en catorce reducciones. Así resultaría fácil controlarlos políticamente, sacarles beneficio económico. Dividir para reinar.

En cada pueblo, los franciscanos y sus sucesores hicieron levantar templos hermosos y proporcionalmente descomunales. Barrocos, neoclásicos, renacentistas. Hoy asombran a los historiadores del arte. Y no es raro, pues fueron estos mismos indígenas los que, según parece, trasladaron el barroco mestizo al Alto Perú y dieron su carácter único a la ciudad blanca de Arequipa, y a su melancólico monasterio de Santa Catalina.

Entusiasmados contemplamos, en medio de la atormentada geología del Colca, estas iglesias serenas, algunas cúpulas que recuerdan basílicas del Bósforo. Para los collaguas, sin embargo, estos templos añosos tal vez sean cosa reciente. Solo 400 años tiene el más antiguo, y ellos trabajan todos los días cultivando terrazas que están en producción desde los tiempos de Cristo.

O desde muy poco después.

Tenían mil años aproximadamente cuando la paz del Colca fue interrumpida por los incas un corto tiempo la paz del Colca. Fue en el siglo XII. Y otra vez calló el telón.

Después llegaron los españoles con su alboroto. También se fueron. Se fueron persiguiendo el oro. Durante la época republicana todo se hizo silencio. La paz fue rota ayer no más por grandes máquinas de empresas extranjeras que construyeron un acueducto junto a las terrazas, que siguen produciendo, inconmovibles. Llegarán, sin duda, al tercer milenio ofreciendo su espectáculo sin tiempo.

Terrazas sin iguales

Al descubrir los anfiteatros verdes que ellas forman sobre el río -cuyos escalones intentan perderse en el horizonte y en la altura nubosa de las montañas-, quien observa comienza a respirar suavemente, recogido como ante una obra de arte. Ni en Machu Picchu, ni en los Himalaya, ni en Bali, ni en las faldas del Kilimanjaro, los constructores de terrazas agrícolas han logrado producir un efecto tan lleno de gracia.

Así lo siento.

Difícilmente se puede captar en fotografías y describir en palabras las sensación de grandeza y trascendencia que ellas comunican.

En quechua, Colca (Ccolca) significa granero.

El guía, agrónomo experto y calmoso, explica:

-Fue éste el valle agrícola más importante de los incas después del Urubamba. Sus terrazas son las de ingeniería más avanzada en todo el Perú. También las notables en forma y volumen. Los collaguas demostraron más habilidad que los incas para aprovechar la topografía del terreno y realizar verdaderas curvas de nivel. También fueron mineros adelantados, grandes albañiles.

Ahora parecen vivir la dejadez de una familia dañada. No son ya hijos puros de la naturaleza andina. Llegaron hace unos 3 mil años del Titicaca, como aimaras. Hoy son 30 mil seres contaminados de civilización foránea. No beneficiados por ella.

Palomar andino

Pese a todo, los collaguas superan en algunos aspectos al hombre de la gran ciudad. Uno de ellos es el ecológico. Así lo comprobamos, de improviso, asombrados, en nuestro primer amanecer junto al cañón del Colca.

Comimos y dormimos en el campamento casi desierto de una empresa que construyó el acueducto. Sólo ahora comienzan a llegar turistas, a surgir hoteles básicos, puesto que la mayoría de los turistas viaja por el día desde Arequipa. El campamento nos sirve, mientras tanto, de cómodo alojamiento.

Antes que amanezca nos hemos levantado, y ahora vamos camino al río, para fotografiar con la primera luz las hermosas profundidades del cañón.

Al tomar una curva, el fotógrafo ahoga un grito.

Posados, sobre rocas, a ambos lados del camino, tranquilos como zorzales en cualquier poblado chileno, vemos ¡medio centenar de cóndores!

A pocos metros del vehículo, una vaquilla desbarrancada, muerta.

Y así comienza una experiencia que jamás imaginamos posible vivir después de la encarnizada persecución sufrida por estos gigantes andinos. Lincoyán Parada con sus cámaras alertas, y el autor de este texto correteando los cóndores como gato en palomar para que los cóndores levantaran vuelo y pudieran ser fotografiados en toda su espléndida elegancia.

Luego de planear brevemente vuelven a posarse sobre riscos cercanos, como pidiendo una explicación. Reanudamos carreras y gritos una y otra vez, tratando de que ahora se acerquen al cañón del río. Allí habitan, y queremos captarlos con el brillante caudal al fondo.

Ocurre de improviso. Nubes en tropel viene en su ayuda y cubren el área como si alguien hubiese corrido un descomunal visillo. Los cóndores fingen ser fantasmas tras la niebla, reposando tranquilamente sobre peñascos que cuelgan sobre la dramática geología del cañón. Otros, sin embargo, regresan a esperar pacientemente la pudrición de la vaquilla, y podemos entonces continuar el safari fotográfico por un rato.

Condor chivay

Nuestro viaje debe reanudarse. Queremos seguir recorriendo este valle en que el misterio habita pueblos con nombres sonoros: Achoma, Maca, Coporaque, Ichupampa, Lari, Pinchollo, Callaqui, Canocota, Cabanaconde, Madrigal… Todos a más de 3 mil y a menos de 4 mil metros de altura.

Lo más populosos llegan a los 3 mil habitantes.

Sabemos que Chivay, la capital de esta provincia arequipeña llamada Caylloma, es una aldea con aspiraciones de pueblo chico. Al recorrerla descubrimos que en un almacén se vende la revista Condorito -¡es patria de cóndores!-, que incluso tiene luz eléctrica y … flippers.

Su gente mantiene contacto diario con Arequipa, y algunos ya aprendieron el arte de vender: la empresa funeraria de Chivay se llama nada menos que El Cielo y ofrece, en llamativos letreros, la vida eterna en cómodas cuotas mensuales.

Antes fue otra la ciudad principal del valle. Tiene un nombre sugestivo: Yanque o Yanqui, que significa jefe en lengua aborigen. (Sus habitantes, como casi la totalidad de los 30 mil collaguas, no usaban luz eléctrica cuando nosotros pasamos por ahí en nuestro primer viaje. No sabían de televisión, de diarios ni de radios. Sólo algunos afortunados habían comprado radios a pila, y escuchaban los tristes huainos que sus abuelos remotos conocieron de los incas invasores).

Noche de otro siglo

Cuesta imaginar la vida nocturna en un poblado de éstos, privados de luz y con escasa memoria. Por eso, decidimos vivir una noche en el caserío de Achoma, a 3.500 metros de altura. Achoma duerme su siesta de 24 horas diarias detrás de un áspero cerro, muy cerca de nuestro campamento. Viajamos ahora en esa dirección en un vehículo. Son cerca de las 11 de la noche.

Unas mil quinientas personas habitan en la más completa oscuridad. Los focos del vehículo y el ruido del motor entran al pueblo como una sonora impertinencia. El conductor nos deja en la plaza –sin árboles, sin prados- comprometiéndose a regresar después de medianoche para llevarnos de regreso al siglo XX.

Al desaparecer las luces del vehículo detrás del cerro, comprobamos que las estrellas del cielo brillan sin alumbrar. No hay luna. Ni faroles a gas. Tampoco hemos preguntado cómo se comportan los pobladores de Achoma con le gente extraña, como nosotros.

Pero ya no hay lugar a vacilaciones.

Ni arrepentimiento posible.

Avanzamos cautelosamente por uno de los callejones. Es igual a todos en su color café rojizo y su altura mínima. Los ladridos de perros invisibles desatan en nosotros esa mezcla de gozo y temblor que hace atrayente cualquier lugar desconocido.

Apretamos puños.

No todos duermen en la oscuridad.

A unos cien metros aparece de pronto la borrosa imagen de un individuo que avanza.

Estamos conscientes de que para defendernos no llevamos más que nuestros argumentos.

-¿Han visto pasar a un hombre jalando un caballo?- pregunta, y sigue andando sin más, luego de escuchar nuestra respuesta (“No hermano, no hemos visto a nadie”). Ni siquiera logramos descubrir si es joven o viejo.

Y al poco rato hasta llegamos a dudar si sólo lo hemos imaginado.

En este pueblo, el oscurantismo tuvo buena salud hasta hace poco. Fundado hace más de 400 años con el nombre de Santos Ángeles de Achoma, es obra del mismo virrey que ejecutó a Túpac Amaru e introdujo la Inquisición en el Perú. Ahora sus niños reciben, por lo menos, enseñanza básica.

Todavía la gente vive en ranchas de factura mestiza. Los techos se hacen con paja de trigo, siguiendo la vieja costumbre europea, pero reforzada con paja pampa, como en gran parte del Altiplano andino. Algunos comienzan a usar zinc. En la oscuridad, dificultosamente podemos identificar antiquísimos dinteles de piedra adornados con águilas y leones y soles incas y monogramas de Jesús.

¡Algo de luz!

¡Qué ideas raras!

Todos sus callejones fueron trazados en el siglo XVI y aún conservan su anchura de cuatro metros. Caminamos por ellos, seguimos en tinieblas, sin rumbo, sin novedad, por largo rato. Sólo cuando se acerca la hora de partir, tres pequeños hombres quejumbrosos brotan del interior de una rancha. Son borrachos trompudos de cara impávida. Se afirman entre ellos como los borrachos de cualquier parte -de Nueva York o Dakar-, pero que en vez de whisky o coñac han bebido chicha de maíz en vasos descomunales.

Pasan a nuestro lado sin vernos. Al concluir nuestro caminar por la noche de otros siglos, ya no sentimos emoción ni temblor. Apenas un poco de incertidumbre (¿Qué haremos hasta el amanecer si el conductor se ha dormido?).

Llega el vehículo por fin, con su luz y sus ruidos anacrónicos. También nos trae los comentarios de un hombre sorprendido.

-¡Qué ideas raras las suyas! Si en Achoma nunca pasa nada; no hay con quién divertirse.

En cambio, Chivay –la capital de Condorito-, hace posible conseguir Yayitas cariñosas con dos cajas de cerveza.

Mientras habla, el conductor se preocupa poco de un camino que conoce de memoria. Culebrea en medio de la confusa revolución de las rocas andinas, bajando abruptamente a ratos, como si quisiera precipitarse al vacío. En estos caminos de bajadas bruscas, las mulas suelen llegar con la carga montada en las orejas. Nosotros vamos en la punta del asiento.

Tiempo y aburrimiento

La luz eléctrica de nuestro campamento paraliza la procesión de luces en el cielo. ¡Desaparece el hechizo!

Antes de dormir se nos hacen vivas la imagen y la voz de un patriarca arequipeño, el doctor Humberto Núñez Borja, con quien conversamos largamente en vísperas de la primera visita. Nos recordó que el Perú es un archipiélago terrestre, que aquí y allá surgen islas llenas de hombres incógnitos. Islas separadas de otras por montañas andinas, por selvas amazónicas, por dunas innumerables. Países muy distintos en uno solo.

Tiene razón.

El Colca -reino aislado- agrega argumentos a su tesis. Es una isla cronológica, además, pues el tiempo no se mide por el reloj y hasta el calendario se nos hace estrecho. ¿En qué tiempo vive?

Hay otros misterios cronológicos relacionados con los callaguas y su mundo. Alguien ha dicho que nada mide mejor el paso de las horas que el aburrimiento, y nuestros días aquí han sido apenas un segundo.

Refunfuñando en silencio abandonamos el Colca.

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